Reina del Caribe

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Summary

Éloi Marchand no quería ese viaje. No era el momento, no eran los planes. Pero terminó en una isla perdida del Caribe, acompañando a su padre y su madrastra, en un lugar que no conocía y al que no pensaba volver. Hasta que la vio. Liana Morel. Ella no prometió nada. No se acercó. Ni siquiera pareció notarlo. Pero él no pudo olvidarla. Años después, cuando la universidad quedó atrás y el trabajo empezó a ocuparlo todo, algo lo empujó de regreso. Porque hay personas que no necesitan quedarse para quedarse. Porque hay encuentros que parecen breves… hasta que te das cuenta de que nunca se fueron del todo.

Genre
Romance
Author
Gabssby
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1



Éloi Marchand Dubois no quería viajar, y cuando lo decía, no era por dramatismo. Era porque, sinceramente, no tenía ganas de pasar cinco días metido en un pueblo caribeño, rodeado por gente que hablaba con una cadencia que no entendía, comiendo cosas que no podía pronunciar y fingiendo que no le incomodaba ver a su padre tan feliz al lado de su nueva esposa.

Su madrastra tenía veintiocho años. Éloi, diecinueve.

El chiste se contaba solo.

—Al menos podrás despejarte antes de que empiecen de nuevo las clases —le dijo su madre por teléfono, desde Marsella.

—Claro —respondió él, mirando por la ventana del avión—, despejarme. Como si las cosas que uno lleva en la cabeza se evaporaran con el calor.

Llevaba los audífonos puestos, pero no escuchaba nada.

El avión hacía un zumbido constante, uno que ya no registraba. Estaba sentado junto a la ventanilla, aunque no miraba hacia afuera. Solo tenía los ojos clavados en la pantalla frente a él, congelada en el menú de películas, como si no pudiera decidirse por ninguna. O como si ninguna tuviera sentido en ese momento. Había protestado. Lo suficiente como para que su padre lo llamara “inmaduro” y su madrastra suspirara con esa mezcla de pena y resignación que tan bien sabía interpretar. Pero igual estaba ahí. En un asiento clase turista, cruzando el Atlántico en dirección a un destino que no había elegido.

—Es solo una semana, Éloi. —le había dicho su padre antes de embarcar—. Te va a venir bien cambiar de ambiente.

Sí, claro. Cambiar París por una isla que ni siquiera aparecía bien en Google Maps.

El avión aterrizó con un leve salto, y el calor entró como una bofetada apenas se abrieron las puertas. El tipo de calor húmedo que parecía meterse bajo la piel. Él se abanicó con el pasaporte mientras esperaba en la fila del control migratorio.

—Bienvenidos a San Cayé —dijo una voz en altavoces.

El acento era musical. Las palabras parecían bailar.

Éloi solo pensó en lo lejos que estaba de casa.

El puerto de San Cayé no salía en los mapas turísticos de Francia.

Su padre, sin embargo, tenía un cliente allí, y creyó que sería una buena idea llevar a su esposa y a su hijo mayor a “disfrutar del Caribe real, el que no sale en las postales”.

Y allí estaban. Humedad pegajosa, un calor que parecía venir del suelo y no del sol, y un idioma —el creole— mezclado con el español que Éloi no lograba atrapar del todo.

El aeropuerto era pequeño, casi improvisado. Afuera, una hilera de taxis oxidados y vendedores ambulantes que ofrecían collares de conchas, sombreros de paja y cocos fríos. La madrastra, Solène, parecía encantada. Sacó su teléfono y empezó a tomar fotos de todo, incluso del cartel oxidado que decía “Bienvenidos al Paraíso del Caribe”.

Él solo asentía, sonreía a medias, y dejaba que su padre hiciera de guía mientras su madrastra tomaba fotos a todo.

Todo. Incluso una iguana muerta al lado del muelle

—¿Sabías que aquí hicieron una película en los 90s? —le dijo a Éloi, sonriendo—. Hay playas vírgenes, manglares, ruinas coloniales…

Éloi no respondió. Estaba sudando, cargando su maleta por una calle llena de baches. El hotel era una casona colonial remodelada, con balcones de madera y un jardín central lleno de buganvilias. Olía a sal y a guayaba madura.

La habitación tenía un ventilador de techo que giraba perezosamente. Se dejó caer en la cama, abrió el bolso y sacó su libreta. Ni siquiera sabía por qué la había traído. No había escrito nada en semanas. Quizás meses.

Pasó las hojas sin mirar realmente. En la última página escrita había un dibujo torpe de una silueta femenina de espaldas, caminando hacia el mar. No recordaba haberlo hecho.

No lo pensó más. Cerró la libreta. Bajó a cenar.

—¿Vas a quedarte todo el día con esa cara? —preguntó ella mientras lo alcanzaba con una botella de agua.

—No es una cara —respondió él—, es mi rostro natural.

La mujer se rió.

Éloi no.

No le caía mal, pero no le gustaba estar ahí.

Ni con ella. Ni con su padre. Ni en ese lugar.

Hasta que llegó la noche.

Y la música.

—Mañana hay una fiesta en el malecón —anunció Solène mientras probaba un plato de pescado con arroz de coco—. Es la bienvenida a los turistas de temporada.

—¿Una fiesta? —Éloi levantó una ceja.

—Con bailes típicos, música en vivo, comida local. ¡Tienes que venir!

—Paso.

Su padre le lanzó una mirada severa.

—No estás aquí para quedarte en la habitación como un prisionero voluntario. —Tampoco estoy aquí porque quería venir.

Solène intervino con una sonrisa.

—No peleen. Será divertido, de verdad. Solo una noche.

Una noche, pensó Éloi. Una noche más.

No fue una fiesta organizada para turistas.

No era ese tipo de sitio.

Era más bien una bienvenida comunitaria, un encuentro espontáneo que coincidía con la llegada de varios visitantes y con una fecha ritual del pueblo: la noche de la Danza de las Mareas.

—Es una celebración ancestral —explicó un guía local—. Se hace cada vez que el mar cambia su ritmo. Según los pescadores, eso afecta la pesca, el ánimo, y hasta los sueños.

Éloi pensó que era una excusa poética para armar una fiesta.

El malecón se iluminaba con farolillos de papel. Había niños corriendo, músicos callejeros afinando sus instrumentos, turistas con mojitos en la mano. Éloi caminaba detrás de su padre y Solène como si los pies le pesaran.

Pero cuando vio el escenario improvisado, cuando sintió los tambores empezar, no pensó más. Porque entonces, la vio a ella.

Apareció como si ya hubiera estado allí desde siempre.

El vestido era apenas un top amarillo con verde, el mismo color que el mar cuando se mezcla con la luz del atardecer.

La falda le flotaba con cada movimiento, como si el viento supiera que debía obedecerle. Llevaba una flor en el cabello. Roja. Viva. Descaradamente hermosa.

Éloi dejó de respirar.

La danza empezó.

El guía dijo el nombre: Kalinda Bèlmè, una adaptación caribeña de una danza africana ancestral.

Liana estaba al centro.

No hacía falta que se presentaran. No hacía falta que dijera una palabra.

Su cuerpo hablaba.

No era sensualidad lo que transmitía. Era poder.

Una conexión con el suelo, con el tambor, con el aire, con la historia que se tejía en esa arena desde hacía generaciones.

Y Éloi sintió, sin saber por qué, que estaba viendo algo que no estaba destinado a sus ojos. Como si estuviera violando un secreto.

No supo cómo explicarlo. No fue el vestido, ni el ritmo de la música. Fue ella. Una chica en el escenario. Los tobillos desnudos, los pies firmes sobre la madera caliente. Bailaba con otras mujeres, pero era la única que parecía no necesitar mirar a nadie para saber qué hacer.

Bailaba como si el mundo entero le hubiera pertenecido siempre. Bailaba como si cada paso dijera algo.

Éloi sintió que algo en su pecho se apretaba, y no supo si era el calor, la música o ella. No lo pensó. Sacó su celular e intentó tomar una foto. Le temblaba la mano.

—¿Quién es? —preguntó, casi sin darse cuenta.

Una mujer local, parada junto a él, le respondió sin mirar:

—Liana Morel.

No le servía esa respuesta, se acercó a alguien más. —¿Quién es ella? — preguntó a una señora que vendía dulces en una bandeja de madera.

—¿Quién?

—La del centro.

—Ah, la Liana.

—¿La Liana qué?

—Liana Morel. Hija del pescador que vive cerca del estero. ¿Es turista usted, ¿verdad?

Éloi solo asintió.

—Pues mire, no se le vaya a subir el corazón al cuello, que esa niña no es fácil. Ni para los de aquí.

No habló con ella. ¿Cómo hacerlo?

Después de la danza, desapareció entre la multitud.

La buscó con la mirada durante toda la noche, entre los puestos de comida, entre las luces.

Nada.

No intentó acercarse.

La vio danzar.

La vio desaparecer entre la gente al terminar.

Y se quedó de pie, con los pies llenos de arena y las manos vacías.

Ni una palabra.

Ni una mirada.

Solo un recuerdo inmediato.

Inmortal.

Era su Reina del Caribe.

La mañana siguiente amaneció con olor a mango y sal.

Éloi bajó a desayunar antes que su padre y Solène. No tenía hambre. Tampoco sueño. Tampoco nada.

Se sentó en una de las sillas del comedor del hotel, bajo un techo de palma que filtraba la luz en rayas. En la radio sonaba algo en creole. Un bolero antiguo, quizás. No entendía la letra, pero le dolía como si sí.

Pidió café.

Fuerte.

Sin azúcar.

No dejaba de pensar en la noche anterior.

En la danza.

En la flor roja.

En la forma en que sus brazos parecían cortar el aire y al mismo tiempo acariciarlo.

Miró su celular. Cero notificaciones. Lo puso boca abajo.

—¿Y ese silencio tan temprano? —preguntó su padre, entrando con Solène detrás.

—Estoy bien —dijo, aunque no era cierto.

—¿Dormiste?

—Sí.

Mentira. Se había quedado mirando el ventilador del techo durante horas, repasando cada movimiento que recordaba de la muchacha del escenario. Liana Morel.

Repitió el nombre mentalmente, como un secreto.

Como una canción.

Ese día recorrieron parte del pueblo.

Su padre tenía reuniones con un empresario local, así que Solène se ofreció como guía turística. Éloi accedió sin quejarse demasiado. No porque quisiera, sino porque la idea de quedarse en el hotel sin hacer nada le parecía aún peor.

Caminaron por calles de tierra con casas de colores desteñidos.

Madera. Zinc. Murales con frases religiosas y retratos de mujeres negras con turbantes y flores. Un gallo los persiguió durante media cuadra.

Solène se rió.

Éloi también, un poco. Pero su mente estaba en otro lado.

—¿Qué buscas? —le preguntó ella, en un momento.

—Nada.

—Mentira. Estás mirando para todos lados desde que salimos.

Éloi no respondió.

Pasaron por la plaza central. Había un grupo de niños ensayando una coreografía al aire libre, con una maestra que les daba instrucciones a gritos.

Éloi la observó con atención, por si acaso. Pero no. No era ella.

Siguieron caminando. Vieron la iglesia, el mercado, un mural de grafiti con colores que gritaban. Pero no había rastro de Liana.

Ni una pista.

Ni una flor roja.

Esa noche, Éloi volvió a bajar solo. Dijo que quería “aire fresco”.

Caminó hasta el malecón.

El mismo sitio donde la había visto bailar.

Ahora estaba vacío.

La madera crujía bajo sus pies.

El aire olía a sal, a ron, a algo quemado en alguna cocina cercana.

Se sentó en una de las bancas, frente al mar. La marea subía.

Abrió su libreta.

Dibujó una línea.

Y luego otra.

Y otra.

Hasta que, sin pensarlo, volvió a trazar la silueta de ella.

La flor.

El cabello.

Los pies descalzos.

El ritmo.

Suspiró.

Guardó la libreta.

Y se quedó allí.

Solo.

Con la marea.

Con su recuerdo.

A las seis de la mañana, el puerto ya estaba despierto. Los pescadores descargaban redes todavía mojadas. Las gaviotas chillaban como si tuvieran hambre de todo. Éloi bajó con una camiseta cualquiera, sandalias prestadas del hotel y una pregunta que no se atrevía a hacer en voz alta.

—¿Vamos a la playa? —preguntó Solène, ya lista para su dosis diaria de fotos y sol.

—Vayan ustedes —dijo Éloi—. Quiero caminar un poco.

Su padre alzó una ceja, pero no insistió.

Caminó por las calles sin destino.

Se detuvo frente a un local de empanadas. Luego frente a un mural. Luego frente a nada. Los ojos lo traicionaban. Buscaban flores rojas.

Rostros conocidos.

Cabellos crespos.

Caminó hasta donde comenzaba el estero. Un sitio menos turístico. Allí las casas eran de madera vieja y techos con parches de lata.

Vio un letrero pintado a mano: “CLASES DE DANZA TRADICIONAL – miércoles y viernes”.

La letra era firme.

Había un dibujo de una mujer bailando.

No era Liana, pero en su mente, todo ahora era ella.

—¿La está buscando? —preguntó una voz.

Era una niña, no más de nueve años.

Tenía una mochila con parches de tela.

Éloi la miró.

—¿Perdón?

—La muchacha de la danza. La de la flor roja. La que todos vieron en la fiesta.

Éloi se quedó en silencio.

—No sé de qué hablas —intentó.

La niña se rió.

—Los turistas siempre se delatan. Usted está preguntando con los ojos.

Éloi se sonrojó, aunque intentó disimularlo.

—¿Y tú la conoces?

—Claro. Es mi profe. De danza.

—¿Da clases aquí?

La niña señaló el letrero.

—Aquí y a veces en la playa. Pero esta semana no. Dijo que no podía venir.

—¿Por qué?

—No sé. A veces se va al manglar. A caminar.

—¿Sola?

La niña lo miró como si esa pregunta fuera extraña.

—Siempre sola.

Éloi asintió.

—Gracias.

—De nada. Pero no se enamore, que la Liana no se deja enamorar de nadie.

Y se fue corriendo, como si no acabara de lanzar una advertencia.

El día siguió.

Solène volvió roja como camarón, con decenas de fotos y un sombrero nuevo.

Su padre lo regañó por salir sin avisar.

Éloi solo comió en silencio.

Estaba empezando a entender que el Caribe no era lo que creía.

Y que Liana Morel no era solo una cara bonita en un escenario.

Esa noche soñó con ella.

Pero en el sueño, no bailaba.

Solo lo miraba.

Y cuando él trataba de hablarle, el sonido del tambor lo cubría todo.

A las cinco de la tarde, el calor empezaba a ceder. El cielo tenía ese tono naranja que parecía inventado por algún pintor generoso.

Éloi salió del hotel sin avisar.

Caminó sin dirección, aunque en el fondo sabía a dónde quería ir. El muelle de San Cayé no era turístico. No tenía letras gigantes ni plataformas para selfies. Solo tablones de madera gruesa, algunos oxidados en los bordes, otros con conchas pegadas debajo.

Y olía a sal, a cuerda húmeda, a historia vieja.

Se sentó al borde, con los pies colgando sobre el agua.

El mar estaba sereno.

Las barcas mecían despacio, como si respiraran.

Entonces la vio.

Estaba ahí.

Sentada a unos metros de distancia.

De espaldas.

Con los pies también colgando.

El cabello le caía en una nube oscura, recogido apenas con una trenza delgada que no intentaba domarlo.

No vestía como en la danza.

No llevaba flores.

Solo una camiseta blanca amplia y un short desteñido.

Y, sin embargo, parecía brillar.

No bailaba.

No hablaba.

Solo miraba el agua.

Éloi no supo cuánto tiempo pasó así, mirándola sin moverse. No quiso interrumpirla. No se atrevió a hablarle.

Solo quería grabar esa imagen.

Guardar ese momento con la nitidez de algo que, por alguna razón, sabía que no volvería a repetirse así.

Ella no volteó.

O quizás sí.

Pero no hacia él.

El sol bajó un poco más.

Y con él, la sombra de su silueta se estiró sobre el muelle.

Éloi tragó saliva.

El viento le trajo un olor que no supo definir: algo entre mar y mango maduro.

Entonces ella se levantó.

Se sacudió la arena de las piernas.

Y caminó hacia el final del muelle.

Con pasos tranquilos.

Sin apuro.

Y desapareció detrás de una barca anclada.

Éloi no la siguió.

No se levantó.

No dijo nada.

Solo se quedó ahí. Con los pies colgando. Con el corazón pesado. Como si hubiera perdido algo que nunca tuvo.

Esa noche, no cenó.

Tampoco escribió.

Solo se tumbó en la cama, con los ojos abiertos, mirando el ventilador girar en círculos lentos.

Liana Morel.

La del muelle.

La de la danza.

La que no había dicho ni una palabra, pero ya le había cambiado el ritmo a su mundo.

La Reina del Caribe.

El canto de un gallo lo despertó antes del amanecer. No estaba seguro de si lo había escuchado de verdad o si era una de esas cosas que solo se sienten al borde del sueño. Abrió los ojos con pesadez. El ventilador del techo giraba lento, lanzando ráfagas tibias que ya no refrescaban. Afuera, el cielo aún estaba azul oscuro, salpicado de nubes bajas y un tenue resplandor anaranjado sobre el horizonte.

Se sentó al borde de la cama y pasó una mano por su rostro. Su equipaje ya estaba listo. No por ansiedad, sino porque sabía que si lo dejaba para el final, le costaría más irse.

Desde la ventana de la habitación podía ver el jardín lleno de rocío. Las buganvilias aún dormían, cerradas como si no quisieran que el sol las tocara. El mar no se veía desde allí, pero se escuchaba. Como un suspiro constante. Como una promesa no cumplida.

Bajó a desayunar. La señora que atendía el hotel ya tenía listo el café. Pan de yuca, queso fresco, una mermelada casera que olía a guayaba y limón.

—¿Listo para regresar a la gran ciudad? —le preguntó con una sonrisa que no era irónica.

Éloi hizo un gesto vago, medio asentimiento, medio resignación.

—¿Qué tal le pareció San Cayé?

—Cálido —dijo él—. En todos los sentidos.

Ella asintió, satisfecha con la respuesta.

Después, subió por su maleta y bajó las escaleras despacio, como si cada peldaño fuera una despedida. Afuera, su padre lo esperaba con Solène y el taxi.

El maletero del carro crujió cuando metieron las maletas. El chofer encendió la radio. Un bolero antiguo. Algo de despedidas.

Durante el trayecto al aeropuerto, Éloi no dijo nada. Solo miraba por la ventana: los muros descascarados, los vendedores abriendo sus puestos, los niños corriendo descalzos. El sol ya subía, más fuerte que otros días. Como si quisiera asegurarse de que no olvidara su calor.

Al pasar por el malecón, giró la cabeza. La vio.

Liana.

Sentada al borde del muelle, con los pies colgando sobre el agua, las trenzas sueltas y un cuaderno sobre las piernas. Estaba sola. Leía. O escribía. O simplemente miraba el mar.

Éloi no dijo nada.

Solène tampoco.

Solo el padre, que iba revisando el celular, preguntó:

—¿Todo bien?

Éloi asintió. No podía dejar de mirarla.

No se atrevió a bajar la ventana.

No se atrevió a saludar.

Ella no lo vio.

O tal vez sí. Pero no miró hacia el taxi.

Siguió sentada, flotando en su propio mundo.

Cuando el auto giró la esquina, y Liana desapareció de su campo de visión, Éloi sintió que algo dentro de él se partía en dos.

No de tristeza.

De certeza.

Había cosas que no se podían empacar. Ni olvidar.

Ya en el aeropuerto, mientras hacía fila para abordar, revisó su celular. Sin señal. Sin datos. Sin nada que lo conectara con ella.

Pero aún tenía el dibujo. Aún tenía la libreta.

Y la imagen grabada en la piel: una muchacha con falda blanca y flor roja, sentada sobre el muelle,

mientras el mar la abrazaba sin tocarla.

Subió al avión sin mirar atrás.

Pero no se fue solo.

Ella se fue con él.

París no lo recibió con alegría.

Tampoco con tristeza.

Simplemente lo recibió.

Las calles eran las mismas. Los cafés también. El cielo, más gris. El metro, más lleno. Todo parecía encajar en su sitio… menos él.

Volvió a clases una semana después de regresar de San Cayé. Se suponía que debía concentrarse: segundo semestre de Ciencia Política, nuevos profesores, ensayos por entregar.

Pero cada vez que abría un libro, una imagen aparecía sin permiso.

Liana.

Bailando. Callada. Con el mar de fondo.

Al principio, se dijo que era nostalgia. Después, que era tontería. Pero los días pasaban, las semanas se acumulaban, y la imagen de ella seguía ahí. No en las paredes. En los espacios. En las pausas.

—¿Y ahora qué estás dibujando? —le preguntó Jules, su compañero de clases, al verlo garabatear algo en su cuaderno de apuntes.

Éloi levantó los ojos. En la hoja había un contorno femenino, unos pies descalzos, un pedazo de falda flotando. Nada más.

—Nada. Solo una chica.

—¿“Nada”? Eso dibujas desde hace meses.

—Es solo una imagen que me quedó de las vacaciones —murmuró.

—¿Vacaciones? ¿Dónde era que habías ido? ¿Martinica?

—San Cayé.

—¿Y qué pasó allá? ¿Te enamoraste o qué?

Éloi no respondió.

—¡Mierda! Te enamoraste —dijo Jules, riéndose—. ¿Y no le hablaste?

—No. Ni una palabra.

—Eso no es enamorarse, eso es… obsesión romántica.

Éloi sonrió, apenas.

Pero sabía que no era eso. No era una obsesión. Era algo que no podía encajar en palabras, ni siquiera en las suyas. Porque no hablaba de ella como quien recuerda a una ex. Hablaba de ella como quien recuerda haber tocado algo sagrado, aunque solo fuera una vez.

Pasaron los meses. Las clases se intensificaron. Las salidas con amigos, los correos, las lecturas. La rutina parisina intentaba tragárselo. Pero no había semana en que no pensara en ella.

No había caminata sin que el sonido de unos tambores callejeros no lo llevara de vuelta al muelle.

A la flor roja.

Al vestido amarillo con verde.

A veces, garabateaba cosas en su libreta. Palabras sueltas. Imágenes. Nunca el nombre. Como si nombrarla fuera romper algo sagrado.

Y la universidad terminó. Con buenas notas, pocos escándalos y una invitación directa a entrar en la empresa familiar, Marchand & Dubois, una firma de arquitectura y diseño urbano que mezclaba eficiencia europea con estética internacional.

Éloi entró como director creativo, pero al poco tiempo, por presión de su padre, asumió como gerente general de desarrollo de proyectos internacionales. El título se sentía grande. Frío. Rígido. Como si llevara puesto un traje que no era suyo.

En menos de un año ya estaba sentado en una oficina de esquina, con ventanales que daban a la Torre Montparnasse, una asistente puntual, diplomática y precisa, y un cargo con demasiadas palabras: Gerente de relaciones institucionales estratégicas para proyectos internacionales.

Su vida parecía avanzar en la dirección correcta.

Los almuerzos eran con inversores. Las cenas, con embajadores o empresarios. Cada semana, un nuevo itinerario: Ginebra, Bruselas, Lyon, de vez en cuando Berlín. Todo milimétricamente organizado, todo justo como su padre quería.

Y, sin embargo, cada noche, al llegar a su apartamento en el distrito 14, Éloi soltaba un suspiro. Largo. Silencioso. Uno de esos que nadie oye, porque no hay nadie cerca para escuchar.

Nunca volvió a San Cayé.

No porque no quisiera.

Sino porque no supo cómo hacerlo.

No había justificación.

No había excusa.

No había plan.

Solo un recuerdo persistente que se negaba a diluirse, aunque el tiempo hiciera su parte.

Hasta ese día.

Era lunes. El cielo tenía ese gris espeso típico del otoño parisino.

El café de la mañana, olvidado sobre el escritorio, ya estaba frío.

Tenía una reunión a las 10:00, una llamada con Bruselas a las 11:30, y una comida programada en Le Train Bleu con un delegado canadiense a la 1:00. Su asistente le había dejado una carpeta de informes sobre nuevos proyectos.

Nada fuera de lo normal.

Hasta que vio el correo.

Uno cualquiera. Sin color ni urgencia.

Solo un asunto que decía:

“Proyecto infraestructura pesquera - Caribe sur”

Lo abrió casi por reflejo. Esperaba ver estadísticas, mapas, nombres de contacto, cifras.

Y estaban ahí.

Pero también estaba el nombre.

San Cayé.

El documento hablaba de una alianza propuesta entre la empresa familiar y un pequeño consorcio de líderes comunitarios en la costa caribeña de una isla sin gran visibilidad mediática, pero con una rica tradición pesquera y cultural.

Había informes de deterioro en las instalaciones del puerto, entrevistas con pescadores locales, y notas sobre un plan para reconstruir los muelles con fondos de cooperación europea.

Pero todo eso quedó atrás cuando sus ojos volvieron a esa palabra: San Cayé.

Su mente se fue.

No al informe. No al proyecto.

A la arena caliente.

A los farolillos colgando en el malecón.

A una silueta bailando entre tambores.

Liana.

El recuerdo fue tan real que por un segundo creyó oler el mar.

Ese olor no se parecía a nada en París.

Era una mezcla de sal, fruta madura, y algo más… algo que nunca había podido nombrar.

Pasó el resto del día como un autómata.

Firmó papeles. Respondió correos.

Asintió en reuniones sin registrar las palabras.

Su cuerpo estaba en la oficina, pero su memoria lo había abandonado.

A las 8:45 p.m., cuando finalmente cruzó la puerta de su apartamento, no encendió la televisión ni tocó su celular.

Fue directo a su escritorio.

Abrió el segundo cajón.

Sacó la libreta.

La misma.

Esa que había dejado de llenar hacía años, pero que jamás se atrevió a tirar.

Pasó las páginas. Algunas contenían frases sueltas. Dibujo de una mano, de un rostro, de una playa sin nombre.

Hasta que llegó a la última hoja escrita.

El primer dibujo.

La silueta de una mujer caminando hacia el mar.

Éloi la observó como si la viera por primera vez.

Se apoyó en el respaldo. Cerró los ojos.

Y la vio.

No como una imagen borrosa.

La vio completa.

Liana Morel.

La flor roja.

La falda girando.

El ritmo que no era música, sino memoria.

Su respiración se agitó un poco. Tomó aire por la nariz, profundo, como si así pudiera absorberla.

Entonces lo entendió.

Ya no era un turista.

Ya no era un estudiante curioso.

No era un joven buscando postales exóticas.

Era un hombre con una deuda.

Una deuda emocional.

Una historia inconclusa que le latía en las costillas.

Tomó el celular.

Buscó el contacto de su padre.

Marcó.

—¿Aló?

—¿Sigues en contacto con los del proyecto Caribe? —preguntó, sin saludar.

—¿Qué? ¿Éloi? ¿A estas horas? ¿Qué pasa?

—Sí. Quiero encargarme personalmente.

—¿Del qué?

—Del proyecto. San Cayé.

—¿Estás seguro?

—Más que nunca.

Silencio al otro lado.

—¿Y por qué ese repentino interés?

Éloi no supo qué responder.

Porque hay lugares que nunca te dejan ir.

Porque hay personas que se convierten en preguntas abiertas.

Porque hay amores que no necesitan haber comenzado para sentirse eternos.

—Porque tengo algo que hacer allá —dijo al fin.

—Bueno... entonces hablaré con los socios. Pero ten presente que si vas, no vas como turista. Vas en nombre de la empresa.

Éloi sonrió.

Pequeño, pero real.

—No te preocupes, papá. Esta vez, voy como yo.