Chapter 1
Sentía el pecho oprimido, una presión lenta que le robaba el aire poco a poco.
Los días pasaban y ya no soportaba la sensación constante de ahogo. Necesitaba escapar. Aunque esa pequeña parte masoquista de ella, se rehusaba.
En definitiva este no era el momento, ni el lugar para contárselo a su amiga. Aun así no se contuvo. Buscando con desesperación algo de alivio.
Cori se quedó quieta en medio del pasillo observándola con los ojos muy abiertos. Ana la tomó de los brazos.
—Tierra llamando a Cori. Por favor, ¡reacciona! —la agitó suavemente, intentando recuperar su atención.
—¡Ok, ok. Ya me he reiniciado! —Cori ondeó las manos en el aire zafándose de su agarre, las pulseras que ella siempre llevaba tintinearon con el movimiento.
—Seguro estaba bromeando o algo parecido, ¡No creo que vaya en serio!—. El tono de su voz se escuchaba sobre el murmullo del pasillo—. ¿Cuánto tiempo llevan juntos? Bueno ya sabes, “oficialmente”.
—No estamos juntos —se apresuró a decir, como si al decirlo en voz alta pudiera borrar la culpa que se acumulaba en su interior.
—¿No habías hablado con él, de esto? —. Cuestionó su amiga con una mirada marrón tan acusadora que se sintió como un reproche— dijiste que estaban de acuerdo. —Cori sintió una punzada de dolor. No podía creer que su amiga estaba haciendo lo mismo que le habían hecho a ella.
—Lo hice y no volvimos a hablar de ello. Asumí que todo había quedado claro, tampoco es que hablemos mucho cuando estábamos juntos. Normalmente nos ocupamos en… otras cosas.
—¡Dios! Deja de presumir, no sabes cuanto extraño eso —sonrió pero no le llegó a los ojos.
—¿Qué pasó con el tipo de las trenzas? —era la última actualización de su vida, un chico vago que Cori había sacado de algún evento musical.
—Lo mismo de siempre: unas semanas divertidas y adiós. —Señaló con impaciencia—. Pero eso no es lo importante aquí, sino tú.
—Tienes que dejar de hacer esto, amiga—. Ana se inclinó para tomar sus manos—. En serio por tu bien.
—Bueno, al menos ahora tengo algo en qué pasar el tiempo —su rostro se iluminó, el gesto que siempre usaba cuando estaba a punto de contarle algo bueno—. Tengo un comprador grande, es un poco… digamos excéntrico —sus pequeños labios rosados se curvaron en una sonrisa pícara.
Conocía muy bien a su amiga como para saber que había algo ahí que ocultaba, pero ella prefirió guardar silencio. Era obvio que no estaba en posición de darle un sermón. Solo le quedaba esperar que su amiga fuera prudente, al menos esta vez.
—Jamás había perdido el control de la situación así, Cori —mordió su labio, sangrando sin querer la piel reseca; el ardor la hizo quedarse en silencio un momento—. ¿Dónde están los chicos que no quieren nada serio?
—Tal vez debería llevarte conmigo; créeme, encontrarás lo que buscas —se quedó un momento meditándolo—. Sabes qué, mejor no, tal vez te vuelva a pasar lo mismo que con Max y tendría que aceptar que la que no sirve para algo serio, soy yo.
—Extraño tanto el tiempo en la universidad, todo era tan sencillo —la voz de Ana era casi un susurro, como si pudiera tocar ese recuerdo.
Allí habían conocido a Max: un chico joven y muy carismático, un clásico imán para chicas.
—¿Recuerdas a todas babeando por él? —cuestionó Ana, más para sí misma, pero su amiga alcanzó a escucharla.
—No te hagas; tú también te morías por él, por eso no te entiendo; ya lo tienes a tus pies.
—Pero no planeaba quedarme con él.
Lo que tampoco había esperado, fue encontrarlo aquella tarde en la entrevista de trabajo, meses atrás. Al principio, creyó que estaba alucinando: llevaba un traje azul hecho a la medida, que enmarcaba a la perfección su cuerpo trabajado.
Ella consiguió algo más que el empleo.
—Supuse que él quería lo mismo. Me dio justo lo que siempre quise.
Pero todo lo que empezaba debía terminar en algún punto. Y este, era el suyo.
Por eso iban a verse esa tarde.
Ana evitó a Max por dos días, no respondió sus llamadas y había logrado esquivarlo en la oficina. Pero su racha de buena suerte no duraría.
Caminaron juntas hasta el estacionamiento. El aire fresco de la tarde les llegó de golpe, agitando el largo vestido de gasa, de estilo bohemio que Cori siempre llevaba.
Ana se detuvo escaneando entre los autos, la fragancia del perfume que conocía tan bien le llegó de golpe. Fue un momento fugaz, la piel de su cuello se erizó.
—¿Qué pasa Ana? El auto está por allá —señaló donde su auto verde destacaba.
—Es solo que… ah olvídalo no importa, ¿Un cafecito? —preguntó ignorando la sensación que persistía.
—Obvio, vamos a Oasis —se acomodó algunos mechones de su cabello largo desordenados.
El café de Lety. Era la casa de infancia de su abuela, la misma que la prima de Ana había heredado y restaurado. La propiedad, en ruinas; ahora se había transformado en un refugio lleno de plantas y luces suaves.
Respiró profundo, llenando sus pulmones de aquel aroma; olía a pan dulce, a canela y a recuerdos, agridulces y persistentes.
—¡Ana! —gritó Lety cuando las vio cruzar el jardín. Llevaba su delantal floreado y una trenza al hombro, idéntica a la que usaba su abuela cuando horneaba con ellas.
—Necesito mi dosis semanal de ese brebaje celestial —este lugar siempre la reconfortaba , podía sentir a su abuela en cada rincón..
—¿Lo de siempre? —preguntó Lety.
Asintió.
—Agrégale un volcán y nieve de chocolate. Chocolate al cubo, por favor.
—Yo solo quiero un té de jazmín —contestó Cori. Lety anotaba en su libreta mientras observaba cómo otros clientes le llamaban.
—Hecho.
Cuando Lety se perdió rumbo a la cocina, Cori fue la primera en hablar.
—¿Entonces, es definitivo? —Cori reclinó los codos en la mesita, acercándose—. Si me lo preguntas, creo que te equivocas. En verdad algunas mujeres matarían por un poco de lo que él, te esta prometiendo. Y tu, lo estas rechazando.
—Hay una diferencia abismal entre prometer y cumplir—. Cori guardó silencio, porque sabía que su amiga hablaba desde una herida que nunca cerró.
—No entiendo por qué no trajimos a Eve. Seguramente te daría mejores consejos que yo. Está más cuerda que nosotras —sonrió.
—Sí, lo sé. Pero sabes cómo adora a Max. Seguramente se pondría de su lado y me soltaría un sermón sobre terapia y blablablá —rodeó los ojos.
—Y tiene razón. Necesitamos ayuda, amiga mía —Cori rió, pero su risa murió al instante cuando la pantalla de su teléfono se iluminó.
Cori no entendía por qué su nuevo comprador estaba tan ansioso esa semana, pero no estaba de humor para lidiar con él hoy; por más delicioso que fuera. Ella trabajaba a su ritmo siempre. Giró la pantalla apartándola de su vista.
Ana pasó su mano por la cara, frotándose los ojos, ignorando el ligero cambio de actitud de su amiga.
—Bueno, entonces… ¿vas a ayudarme o qué? —se cruzó de brazos acomodando el cuerpo en el respaldo de la silla.
Cori inclinó su cabeza mirándola y arqueó una ceja. No entendía qué era lo que su amiga esperaba dado que ella jamás había roto con nadie. Siempre era la que estaba del otro lado.
—Cariño no importa cómo se lo digas. Va a doler igual —suspiró cansada, como si recién entendiera su propia situación. —El sentimiento de ser rechazado... siempre es el mismo.
De mismo de siempre: unas semanas divertidas y adiós. —ondeó su mano en el aire con impaciencia—. Pero eso no es lo importante aquí, sino tu.
—Tienes que dejar de hacer esto amiga, —Ana se inclino sobre la mesa para tomar sus manos —enserió por tu bien.
Cori siempre fue un alma libre, pero muy ingenua. Quizás por eso a Ana le dolía tanto verla tropezar una y otra vez. Intentó muchas veces hacerla entrar en razón, pero fueron en vano. Ella debía entender que no debería dar todo de si misma tan rápido. Al menos esperaba que en algún momento lo comprendiera.
picara.
Conocía muy bien a su amiga como para saber que había algo ahí que ocultaba, pero ella prefirió guardar silencio. Era obvio que no estaba en posición de darle un sermón. Solo le quedaba esperar que su amiga fuera prudente esta vez.
Ana dio un largo suspiro, como si toda la frustración de los últimos días le llegara de golpe, cayendo sobre sus hombros tan alterada y quisiera terminar con todo tan rápido, desvió la mirada más allá de la puerta de entrada. Ana la siguió, aunque ya lo intuía.
Max.
Cruzaba la avenida directo hacia ellas.
Ana miró a Cori con súplica. Pero ella ya se marchaba. No quería ser parte de eso, ya había tenido suficientes rompimientos como para presenciar el de su amiga.
—¡No te vayas! —suplicó tomándola del brazo.55
—Lo siento, cariño. No puedo quedarme.
Max alcanzaba a verlas desde el otro lado de la acera; la incomodidad de ambas era notable incluso desde esa distancia. Acababa de guardar el maldito teléfono en el bolsillo, cuando ya estaba sonando de nuevo; sintió el nudo de la corbata más ajustada de lo normal.
Desde aquel día en que le propuso vivir con él, no había tenido un momento libre. Se acomodó las mangas del traje, como si con ello pudiera arreglar el caos de la oficina. Le había costado mucho encontrar un momento para verla. Esta vez no dejaría que nada se interpusiera.
Vio cuando Cori pasó por su lado, despidiéndole desde lejos con un ligero gesto de la mano. Nunca fueron cercanos en el tiempo que llevaban conociéndose, y nunca entendió porque Cori siempre parecía evadirlo.
Ana se acomodó en el asiento; tomó con torpeza el bolso sobre sus piernas. Él sabía que para ella era incómodo hablar de estas cosas, por ello aprendió a no presionarla, a seguir sus condiciones. Solo esperaba que esta vez ella se quedará. Al menos por el bien de ambos.
Ana se odiaba por lo que estaba a punto de hacerle, pero no había otro camino. La idea de todo solo la hacía querer correr de allí y no volver jamás.
—¿Cómo estuvo tu día? —preguntó Ana ganando un poco de tiempo para organizar sus ideas.
—Bien, supongo —se acercó para tomar sus manos, ella hizo un movimiento rápido para alejarlas—. ¿Te divertiste de compras? —Max se acomodó a su lado, dejando un ligero espacio entre ambos.
—Sí… —estaba a punto de seguir cuando Lety regresó.
—¡Max! ¿Cómo te va? —él le sonrió mientras tomaba el té. —Era para Cori, pero se fue. Si quieres, puedo traerte algo más —ofreció.
—Descuida, esto me vendrá bien —se quedó un segundo viendo el contenido de la taza.
Max sabía que estaba jugando sus últimas cartas, así que, o hacía las cosas bien o todo se iba al carajo.
—Sé que me has evitado estos días, pero tenemos que hablar.
Oh, dios. Aquí venía todo lo que trató de atrasar.
Ana se giró para verle de frente, tomando una bocanada de aire.
—Max, yo... no voy a hacer esto. —el temblor en sus manos era evidente.
—Lo único que quiero... es estar a tu lado y cuidar de ti, Ana.
Esas palabras le erizaron la piel. Las había escuchado antes, y el recuerdo, aun ardía en su memoria.
—¿Por qué haces esto? —se levantó, buscando un respiro. Necesitaba alejar aquellas imágenes, que la perseguían desde hace años.
Con un movimiento rápido, la hizo caer sobre sus piernas. La besó, y por un momento su mente estuvo en blanco.
Ella se dejó llevar, aferrándose a él.
—¡Vamos, chicos! ¡Consíganse una habitación! —bromeó Lety al llegar. —están distrayendo a mis cocineros —Max se acomodó.
Él sintió el momento exacto donde Ana ponía de nuevo sus barreras, alejándose de él. Un poco más y habría logrado que ella se calmara, y olvidara lo que pasó.
Su teléfono comenzó a vibrar de nuevo; estaba tentado a apagarlo, pero era una excelente forma de huir. Antes de que Ana, le pusiera un fin real a todo.
—¿Podemos hablar luego? Tengo que atender esto. —sacó el teléfono.
Max se alejó sin dejarla terminar de hablar, intentó parecer tranquilo; no estaba seguro si debía agradecer o maldecir la interrupción.
El teléfono vibró de nuevo en su mano. Demonios era él jefe.
—¿Qué quieres? —contestó sin pensar.
—Oh espera, ¡cuidado con como me hablas! —la risa sarcástica lo estremeció. —¿Ya has solucionado el problema?
—No te preocupes por eso, me haré cargo.
Le dio una última mirada al café, antes de subir al auto.