Tragedia en la ciudad dorada de Lusendria

All Rights Reserved ©

Summary

Amotep era un gato negro, silencioso y feliz. Vivía en Lusendria, una ciudad de tejados dorados y promesas tibias. Tenía un rincón cálido, una compañera que lo amaba en silencio, y cuatro crías que jugaban con su cola al amanecer. La vida parecía suficiente. Hasta que dejó de serlo. Una noche conoció a Marina, una gata callejera con ojos cansados y palabras dulces por costumbre, no por amor. La buscó. La encontró. La eligió. Y con ella, también eligió la culpa. Regresó al hogar con otra sombra encima. Kisha lo supo, pero no lo enfrentó. Solo esperó. Y cuando ella enfermó sin aviso, cuando su cuerpo dejó de moverse una mañana cualquiera, Amotep no supo maullar. Solo ladró. Porque a veces, cuando uno se rompe por dentro, el sonido del dolor ya no se parece a lo que era. Esta no es una historia sobre gatos. Es sobre lo que pasa cuando el amor no alcanza. Sobre lo que el tiempo no cura. Y sobre esos errores que se arrastran como heridas que no cierran. Un cuento triste, suave y real. Para quienes han amado mal… y aún no saben cómo perdonarse.

Genre
Drama
Author
Musa Oshin
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
13+

El ladrido que nunca escuchó el cielo

En Lusendria, una ciudad conocida por sus tejados dorados y avenidas de mármol, vivía un gato llamado Amotep. Negro como la noche, ágil como el viento. Cirilo, su dueño, lo llamaba con ternura: “mi sombra alegre”.

Y es que Amotep era feliz. Dormía en un rincón tibio, junto a Kisha, una gata de ojos color miel que sabía amar sin exigencias. Sus 4 gatitos lo despertaban cada amanecer, jugando con su cola. Había encontrado algo que muchos nunca logran: la paz.

Una enfermedad silenciosa la apagó. Sin aviso. Sin despedida.

Amotep, frente a su cuerpo, ladró. No como un gato. Como un perro.

Era su manera de llorar. De gritar un perdón que llegó tarde.

Intentó criar a los gatitos de ambas madres. Pero Marina lo dejó, como era de esperarse. Y sus propios hijos... no entendían por qué su padre los evitaba.

¿Cómo explicarle a un hijo que no es él quien duele, sino lo que uno mismo recuerda al mirarlo? ¿Cómo decir: “te quiero, pero me da miedo verte, porque en tus ojos vive mi error”?

Fue entonces cuando apareció Wilfredo. Un perro viejo, callejero, de mirada sabia. Lo escuchaba aullar desde el parque cada noche.

—Tienes que dejar que la verdad respire —le dijo una vez—. No eres malo, Amotep. Pero si sigues ladrando sin hablar, el cielo jamás te va a escuchar.

Pero Amotep no sabía cómo. Él solo podía ladrar.

Cirilo fue el primero en notarlo. Lo llevaron al veterinario.—Es extraño —dijo el doctor—Un gato... que actúa como perro.

Pero Lusendria también tiene grietas. Calles donde el mármol se deshace bajo la mugre. Allí vivía Marina, una gata callejera con la mirada afilada y la voz quebrada en miel amarga. No buscaba amor. Buscaba compañía para su vacío, aunque fuera por una noche. Y encontró a Amotep.

Primero, fue una mirada entre tejados. Después, encuentros a medianoche, envueltos en sombras. Él regresaba al hogar con otro olor en el pelaje. Con ausencias que no se podían esconder.

Kisha lo notaba. Lo supo desde el primer silencio. Pero no dijo nada. Porque a veces, cuando uno ama... simplemente espera que el otro regrese.

Marina quedó embarazada. Y con ello, Amotep sintió por primera vez un miedo que no tenía forma: no era al castigo, era a la culpa.

Volvió a casa. Jugó con sus crías. Le llevó flores secas a Kisha, robadas de balcones ajenos. Pero nunca le dijo la verdad. Nunca.

Hasta que una noche de invierno, Kisha no se levantó. Su cuerpo seguía tibio. Pero su respiración...apenas era un susurro.

Pero no era raro. Era un alma castigándose por haber amado mal.

Pasaron los años. Los gatitos crecieron. Uno de ellos también ladraba por las noches. Sin saber por qué.

Y Amotep...se dormía en la ventana. Mirando al cielo.

Imaginando que Kisha estaba allí, esperando.

Esperando que algún día, su ladrido...por fin llegue a lo mas alto cielo.


— 🕊️ Reflexión final

A veces, quien más ladra...no está llamando a alguien más.

Está buscando perdón en sí mismo.