Una Mentira Para Cada Ocasión

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Summary

Existe un lugar de segundas oportunidades en el más allá, los Ancestros le han dado esta tierra a aquellos que vivieron en arrepentimiento, como un medio para enmendar los errores de su primera vida. Un lugar donde nadie muestra su verdadero rostro, donde las máscaras no solo ocultan la identidad, sirven de talismanes para alejar a demonios como la ira, la envidia y la avaricia. Pero las máscaras no solo se han llevado cualquier vestigio de identidad, también la cordura parece un beneficio solo para unos pocos. ¿Qué pasará cuando Damien y Kaia se atrevan a desafiar las reglas? ¿Cuándo la verdad intente abrirse paso entre las mentiras? Porque en este mundo, enfrentar tus propios demonios podría ser el mayor peligro de todos.

Genre
Young Adult
Author
ELY
Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

El Probatorio

La luz cegadora no fue lo único que Kaia sintió al despertar, pero fue lo primero que la conectó con la realidad. Poco a poco, su mente comenzó a discernir formas, colores, y sonidos que llegaban a sus oídos como un eco lejano, hasta que finalmente pudo ver y escuchar con claridad. Sus manos, aún entumecidas, estaban cubiertas por un líquido espeso y pegajoso. Una gota de aquel fluido escurría lentamente por su rostro, hasta que llegó a sus labios. Era miel. Con esa revelación, un súbito escalofrío recorrió su cuerpo, como si algo dentro de ella se hubiera activado de golpe.

No, no puede ser.

Su mente corría tan rápido como los latidos de su corazón. La miel escurría desde su cabeza, empapando todo su cuerpo. Su túnica oscura estaba completamente impregnada, pegajosa, y cada movimiento se volvía incómodo y desesperante.

Kaia se aferró a los barrotes de la jaula que la aprisionaba y los sacudió con todas sus fuerzas, como un animal atrapado. Pero fue un grito ahogado lo que la hizo detenerse y girar la cabeza.

—¡Ancestros, perdónenme! ¡perdónenme! —decía un hombre en la jaula contigua. Estaba acurrucado, balanceándose de un lado a otro, con las manos enredadas en su cabello apelmazado por la miel—. No quiero, no quiero... no quiero...

Sus gritos solo lograban poner a Kaia más nerviosa. Respiraba con dificultad, luchando por encontrar una salida en aquella pequeña jaula donde ni siquiera podía ponerse de pie. Su cabeza ya tocaba la parte superior de su prisión. Alrededor de ella, solo podía ver otras jaulas, cuyos ocupantes empezaban a despertar de su propio letargo. Uno a uno, se daba cuenta de su situación, y sus reacciones no diferían mucho de la del primer hombre.

El pánico había tomado forma en aquella habitación de paredes de piedra, alzándose como una criatura viva que devoraba cualquier rastro de esperanza. Un sonido metálico y sordo, proveniente de otro rincón, llamó la atención de Kaia. Vio a una persona cuya jaula había sido volcada, de algún modo, sobre uno de sus costados. No podía distinguir si era un hombre o una mujer. Su máscara estaba sucia, cubierta de algo oscuro que parecía tierra. Las mangas de su túnica estaban subidas, revelando brazos llenos de cortes profundos y sangrantes, junto con otras marcas menos pronunciadas, como si hubiera estado cavando con sus propias uñas en su piel.

La figura se movía frenéticamente, arrancándose mechones de cabello mientras lanzaba un grito gutural, animal. Intentaba desesperadamente liberarse de la miel que la cubría, como si la sustancia hubiera contaminado su alma. Kaia no pudo soportar más esa visión y bajó la cabeza, cerrando los ojos con fuerza mientras respiraba hondo, tratando de mantener la calma.

En su mente, intentaba repetirse que todo estaría bien. Pero los gritos, sollozos y golpes resonaban en todas direcciones, haciéndolo cada vez más difícil. Siempre había sido un desafío no contagiarse del terror y la desesperación que tan comúnmente dominaban a todos.

Hablar consigo misma y escapar a través de la imaginación era lo único que la mantenía a salvo del abismo. Pero allí, en medio de esa conmoción, el miedo se aferraba a ella, su garganta se cerraba, y la ira comenzó a hervir dentro de su pecho. Sabía dónde estaba y lo que sucedería si un guardia escarlata aparecía, pero no quería darles la satisfacción de ver su miedo. No en sus últimos momentos.

—¡Escúchenme! ¡Acabo de recibir una revelación! —gritó Kaia, intentando que su voz resonara por encima del caos.

Algunos presos dejaron de sollozar y levantaron la cabeza, dirigiendo sus miradas enmascaradas hacia ella. Otros, atraídos por el súbito silencio, también voltearon, y finalmente, todos la escuchaban.

No estaba segura de lo que estaba haciendo, las ideas iban y venían, pero su instinto le dijo que debía actuar. Fingir ser una de las “Voces de los Ancestros”, aquellos que supuestamente recibían mensajes divinos.

—Las inclemencias que se ciernen sobre vosotros no son más que la última prueba para asegurar que sois dignos de la libertad... La libertad que solo vuestras almas recibirán después de la muerte —dijo, haciendo una pausa para evaluar la reacción de los demás. El silencio se mantenía, y todos estaban atentos a sus palabras, como si realmente fuera una “Voz”—. Recordad, el cuerpo no es más que un frágil recipiente, fácilmente influenciable por cualquier demonio. Entonces, ¿por qué os desesperáis cuando la tan ansiada libertad está tan cerca?

Su voz había adquirido la solemnidad característica de las verdaderas “Voces”. Solo esperaba que sus palabras fueran suficientes para evitar preguntas, como solía suceder.

—C—creí... creí que los Ancestros solo se comunicaban con las Voces —dijo una voz masculina desde el extremo de la habitación.

—Soy una de ellas —respondió Kaia con seguridad, aferrándose inconscientemente a los barrotes—. También a mí me han puesto a prueba.

—Pero... no llevas el traje habitual, ni los instrumentos de una Voz —replicó otro al fondo.

Era cierto. No llevaba la túnica blanca, ni el cabello trenzado, ni siquiera un incensario colgando de su cintura. Y justo cuando estaba a punto de responder, un sonido metálico interrumpió sus pensamientos.

La puerta de hierro se abrió con un chirrido ensordecedor, haciendo que todas las cabezas se giraran hacia la entrada.

Un guardia escarlata apareció. Su máscara negra se fundía con la oscuridad, y su túnica roja, lo hacía parecer un cadáver decapitado que flotaba en la penumbra. Se paseó por la habitación a paso lento, casi arrastrando los pies dirigiendo su cabeza de un lado a otro inspeccionando a cada uno.

—Bueno, bueno, ¿a qué se debe tanta calma? —preguntó el guardia, cuya voz, además de su silueta, revelaba que era un hombre.

Se agachó frente a uno de los prisioneros, su tono malicioso y lleno de diversión.

—¿Ya se les comieron la lengua los ratones? Y eso que ni siquiera hemos empezado —dijo con una risa que resonó en la habitación. El prisionero al que se dirigía no emitió ningún sonido; temblaba incontrolablemente, pero permanecía en silencio.

El guardia pareció disfrutar de la situación, su curiosidad por lo que había sucedido era palpable. De repente, sin previo aviso, agarró al prisionero por el cuello de su túnica y lo estampó contra los barrotes de la jaula con tal fuerza que la máscara del hombre se resquebrajó, dejando caer un pedazo al suelo junto con varias gotas de sangre.

—¡¿Me vas a contar por qué están tan callados o tendré que sacarte las palabras a golpes?! —le gritó, sacudiéndolo violentamente.

Kaia supo que las cosas se pondrían mucho peor si alguien mencionaba lo que ella había dicho. El prisionero, con la voz en apenas un susurro de terror finalmente habló.

—UnaVoz... nos dio un mensaje de los Ancestros.

Kaia cerró los ojos y apretó los dientes. Sabía que su destino estaba sellado. No solo sería torturada y dejada a merced de las criaturas atraídas por la miel, sino que ahora su final sería aún más cruel.

El silencio volvió a caer sobre la habitación, pero esta vez era pesado, cargado de tensión.

—¿Ah, sí? ¿Y quién fue esaVoz? —preguntó el guardia, soltando al hombre.

Sin resistencia, el prisionero la señaló. El guardia suspiró, decepcionado por lo fácil que había sido obtener aquella información, y giró la cabeza hacia Kaia. Lentamente, se levantó y comenzó a caminar hacia su jaula. Cada paso resonaba en el suelo, amplificando el silencio opresivo de la habitación. Kaia sintió el peso de su mirada detrás de la máscara, una presencia que la envolvía como una sombra.

Toda su vida había escuchado historias de los temidos demonios, pero jamás los había visto. Sin embargo, en ese momento, sentía que esa máscara negra frente a ella era la verdadera encarnación de uno de esos demonios.

Kaia mantuvo la cabeza en alto, resistiendo el impulso de bajar la mirada. Sabía que cualquier signo de debilidad sería una invitación a la crueldad. Su mente corría, buscando desesperadamente una respuesta que pudiera mantener su fachada, que le diera más tiempo, tal vez incluso una pequeña posibilidad de sobrevivir.

El guardia soltó una risa hueca, áspera y desagradable, que se esparció por la habitación como un eco inquietante. Se agachó hasta quedar a la altura de Kaia. Aunque no podía ver sus ojos ocultos tras la tela, podía sentir su mirada atravesándola, una presencia fría y opresiva que parecía penetrar hasta su alma.

—¿Así que crees que los Ancestros te están hablando? —preguntó, su voz suave, pero cargada de amenaza.

De repente, el guardia agarró su brazo derecho con brusquedad, jalando la manga de su túnica hacia arriba. Dejó al descubierto suKin, la marca circular tatuada en su muñeca, compuesta por diversos símbolos en tinta negra. Sus dedos se clavaron en la piel de Kaia mientras examinaba cada símbolo. Negando con la cabeza, el guardia puso una mano sobre su hombro, atrayéndola hacia él.

—¿De verdad crees que con una mentira tan estúpida te vas a librar?

Sabía que el guardia no había encontrado lo que buscaba. El símbolo que debería identificarla como unaVoz de los Ancestros, no estaba allí. En su lugar, solo había un símbolo, el que indicaba que toda su vida se había dedicado, y se dedicaría, a la costura.

—Tal vez no seas una Voz, pero podemos hacer que hables como una —susurró el guardia, su tono malicioso rozando lo seductor—. Después de todo, tenemos nuestras formas de convertir incluso a los costureros en profetas.

Kaia sintió un nudo en la garganta, pero se obligó a mantener la calma. Sabía que, si dejaba ver su miedo, estaría perdida. En cambio, se aferró a las palabras que había dicho antes, como si fueran un escudo invisible.

—La muerte es solo el comienzo —repitió con la misma solemnidad, aferrándose a papel de Voz de los Ancestros—. Lo que suceda después no está en tus manos, sino en las de los Ancestros.

Con un gesto rápido, el guardia sacó un cuchillo de su cinturón y lo sostuvo frente a Kaia. La hoja brillaba peligrosamente bajo la tenue luz. La movía lentamente, casi con reverencia, mientras los otros prisioneros observaban en un silencio aterrador, atrapados entre la desesperación y la expectativa de su propio destino.

Kaia sintió su respiración acelerarse. El guardia hizo un gesto hacia el símbolo en su muñeca, el que la marcaba como costurera.

—¿Sabes? —dijo con evidente diversión—. Podría darte un nuevo tatuaje. Algo que se ajuste mejor a tu... nueva profesión de mentirosa.

Se inclinó más cerca de Kaia, susurrando en su oído:

—Es una pena que nos hayamos encontrado en estas circunstancias. Algo me dice que posees habilidades más interesantes aparte de mentir —susurró en un tono bajo y casi insinuante. Mientras hablaba, deslizó el cuchillo con una suavidad escalofriante desde su garganta hasta su pecho, dejando que la amenaza latente se sintiera en cada centímetro recorrido por la hoja.

Kaia entendió de inmediato a qué otras “circunstancias” se refería. Y la sola idea de haberlo conocido fuera de esas paredes era tan repulsiva que preferiría clavar el cuchillo en su propio corazón antes de que eso sucediera.

El guardia permaneció en silencio un momento, como si estuviera sopesando sus palabras. Luego, lentamente, se incorporó y se alejó de la jaula. Kaia lo observó mientras caminaba hacia un rincón de la habitación. El resto de los prisioneros seguía todos sus movimientos con la mirada, expectantes, temerosos de su destino.

—Muy bien —anunció el guardia, su voz resonando por toda la cámara—. Si están tan ansiosos por conocer a sus preciados Ancestros, creo que no deberíamos hacerlos esperar.

Kaia no había notado hasta ese momento una palanca en la oscuridad. El guardia la movió con esfuerzo, y los sonidos metálicos llenaron la habitación. De repente, la luz del sol inundó el lugar, señalando que la compuerta superior del probatorio se había abierto. Kaia sabía lo que eso significaba: aquel espacio, donde no importaba si era de día o de noche, estaba diseñado para que desde muy lejos se pudieran ver grandes jaulas colgadas al aire libre, donde las bestias —aves, osos, lobos— se acercaban para darse un festín con las víctimas que les habían preparado.

El hombre, con su túnica larga y roja, no llevaba el título de “Guardia Escarlata” solo por su vestimenta. Les deleitaba imponer los castigos más absurdos y desgarradores a quienes no seguían las enseñanzas de los Ancestros.

—Tiene suerte, Su Eminencia. Será la primera en alcanzar la libertad de los Ancestros —dijo el guardia mientras se estiraba para alcanzar algo por encima de su jaula. Kaia escuchó el tintineo de las cadenas y el sonido del seguro al cerrarse, listo para elevarla.

Kaia pensó en Damien. Se sentía aliviada de que no estuviera allí. Quizás, cuando había gritado, lo había hecho con la esperanza de que él respondiera, pero parecía que no estaba. Quería creer que, al menos, uno de los dos podría sobrevivir. Estaba bien, se dijo a sí misma, esta era una mejor manera de morir. Había escuchado y visto lo suficiente como para saber que, entre todas las formas en que la Guardia podía matarla, esta tal vez era la menos dolorosa. Quizás, de algún modo, podría perder la conciencia antes de que las bestias comenzaran a devorarla. Antes de ver cómo se acercaban a su cuerpo, antes de presenciar la desintegración de aquellos que la rodeaban.

Deseaba desaparecer allí mismo.

Las lágrimas brotaron de sus ojos sin poder controlarlas. Deseaba una sola oportunidad, solo una, para encontrar algo más allá del vacío que sentía en su vida. Quería ver a Damien, a su padre y a su madre, genuinamente felices, no solo fingiendo. Sus puños se cerraron con tanta fuerza que comenzó a sentir cómo sus uñas se clavaban en su piel.

Irónicamente sus lágrimas tenían un sabor dulce mezcladas con la miel, como si el destino se estuviera burlando de su propio dolor.

Miró sus manos con resignación cuando el sonido de un grito se apagó antes de formarse. El guardia se llevaba las manos al cuello, inútilmente tratando de detener la hemorragia, mientras el mango de una daga sobresalía triunfante del costado de su garganta. Los sonidos que emitía eran una mezcla de gorgoteos y jadeos, similares a los de un animal herido que se ahoga en un río. Su túnica se empapaba de un rojo mucho más oscuro que el de su vestimenta.

Trastabilló unos segundos antes de caer de rodillas, incapaz de decidir si debía intentar respirar o gritar. Finalmente, colapsó de frente, quedando inmóvil, revelando en su espalda varias dagas clavadas hasta el mango. Detrás de él, emergió una figura que hasta entonces había pasado desapercibida. De menor estatura que el guardia, la figura llevaba una máscara blanca similar a la de Kaia.

Con una falta de cuidado inquietante, la figura comenzó a extraer las dagas, moviéndolas con violencia cuando alguna se atascaba en un músculo. Limpió cada una de ellas con la túnica del guardia antes de guardarlas en unas correas que rodeaban sus piernas y que, ocultas bajo su túnica azul oscuro, pasaban desapercibidas.

Tras asegurarse de que el guardia estaba muerto, el recién llegado se rascó la cabeza despreocupadamente, despeinando aún más su cabello rubio.

—Se me volvió a ir la mano matando a este —murmuró con un acento que Kaia nunca había escuchado antes, donde la “S” sonaba de un modo distinto. Su voz confirmó, junto a su forma de moverse, que era un hombre.

El hombre llevaba una túnica azul oscuro, y su máscara, a pesar del sangriento trabajo, brillaba impecable, como si acabara de ser entregada por los guardias. Ni siquiera la máscara de Kaia estaba en tan buen estado.

—Bueno, ni modo... que los Ancestros te guíen —dijo el chico con una indiferencia que hizo que el último comentario pareciera un intento inútil de arreglar las cosas. Luego, pasó por encima del cuerpo sin más miramientos y se plantó en el centro de la habitación.

—Veamos, ¿quién de todos ustedes será...? ¿Hay por aquí un tal Kaia?

Kaia sintió que su corazón se aceleraba. ¿Se refería a ella? ¿Podría ser que su hermano lo hubiera enviado? No tenía más opción que arriesgarse.

—Yo soy Kaia —dijo con voz firme.

El chico se inclinó, como si la jaula le impidiera verla bien.

—Eres una mujer... ¿no me estás mintiendo? —preguntó sacando otra daga de su bolsillo, enfatizando su amenaza—. Porque si me mientes, no me importa clavarte esto donde sea.

Kaia estuvo a punto de mencionar a su hermano, pero se detuvo. Decir su nombre frente a los demás podría condenarlos. Optó por otro enfoque.

—Te dijo que mi cabello era rojo, ¿verdad? —respondió, refiriéndose al tono castaño rojizo de su cabello.

El chico lanzó la daga en su dirección. Kaia apenas tuvo tiempo de esquivarla, y la hoja atravesó la jaula de un lado a otro, cayendo al otro extremo de la habitación.

¿Acaso estaba loco? ¿Había dicho algo mal?

Los murmullos comenzaron a rodearla, y las palabras que escuchó no le gustaron: “impostora”, “mentirosa”.

—También me dijo que podrías hacer eso. Solo lo estoy comprobando —dijo el chico mientras recogía la daga.

Un momento después, estaba frente a su jaula, forcejeando con la cerradura usando un extraño manojo de delgadas varillas de metal de formas irregulares, sin éxito.

—El guardia debe tener las llaves —sugirió Kaia, buscando desesperadamente otra forma de escapar.

—No las tiene. Ninguno las tiene. Solo el supervisor —respondió él con seguridad, como si fuera información confirmada—. Mierda... se supone que esta llave abre todas las puertas... ¿o traje la equivocada?

Kaia no podía creerlo. Estaba encerrada y, en cualquier momento, otro guardia podría aparecer, mientras este chico seguía tan despreocupado. Se preguntaba qué había estado pensando su hermano al enviar a semejante personaje a rescatarla. Es más, no entendía por qué no había venido él mismo. Quería mirar al cielo y rogar por paciencia.

—Dame eso —le exigió, quitándole las “llaves”. Al examinar el manojo, no pudo evitar pensar que Maxwell debía ser el creador de aquel artefacto.

—¡Mentirosa! ¡Nos dejarás morir a todos! Dijiste que eras unaVoz de los Ancestros—gritó un prisionero a su lado.

—¡Nos engañaste! ¡Te pudrirás en manos de los demonios! —vociferó otro, sumándose al coro de quejas y acusaciones.

Kaia se sentía sofocada, intentando una varilla tras otra sin éxito. El chico le arrebató “las llaves”, juntó algunas y, para su sorpresa, la cerradura cedió y la puerta se abrió.

Kaia suspiró aliviada e intentó incorporarse, pero sus piernas no respondían tras tanto tiempo en la misma posición. Solo pudo arrastrarse hasta fuera de la jaula.

—Vamos, no te quedes ahí sentada —le reprochó el chico desde la puerta.

—Se me han entumecido las piernas, ¿puedes ayudarme? —respondió ella con irritación.

—Lo que uno tiene que hacer... —murmuró él.

El chico la levantó, poniendo sus brazos bajo sus axilas, con más fuerza de la que Kaia había anticipado. Sin decirle más, de repente la pisó. Antes de que pudiera quejarse, él la agarró del brazo y la arrastró hacia la salida. Kaia echó un último vistazo a las demás personas antes de ser arrastrada fuera de la celda.

Hubiera querido ayudarlos, pero sabía que no tenía tiempo. No quería arriesgarse. Además, ya era un milagro que aquel chico, quien la arrastraba por los pasillos delprobatorio, la hubiera encontrado.

En una intersección, se detuvo en seco al ver la cabeza de un hombre apoyada en el suelo. El chico giró la cabeza para mirar también.

—Hay un guardia —susurró Kaia, señalando hacia el piso metros más adelante.

—Está muerto —respondió él, volviendo a agarrar su brazo para arrastrarla, un gesto que Kaia ya empezaba a detestar.

—¡Suéltame! Puedo caminar sola —dijo ella, zafándose de su agarre solo para terminar en las manos de otra persona.

De repente, fue jalada hacia atrás. Un brazo se enroscó alrededor de su cuello, apretando con fuerza.

—Suéltala —exigió el chico, acercándose con una daga en mano.

Aprovechando la distracción, Kaia actuó rápidamente, levantó su codo y lo clavó con precisión en las costillas del guardia, justo donde sabía que le dolería más. El hombre gruñó y aflojó su agarre lo suficiente para que Kaia pudiera girar sobre sus talones. Sin perder un segundo, lanzó un fuerte puñetazo directo a su mandíbula y luego una patada en el estómago, logrando que el guardia se doblara sobre sí mismo buscando un modo de tomar aire. Soltó entonces una espada que Kaia no había notado.

Nunca se había enfrentado a un guardia. La idea misma era aterradora, y el poder que ejercían sobre todos en Aonaran parecía casi sobrenatural. Aún incrédula de haber escapado de su agarre, Kaia tomó la espada rápidamente y la colocó frente a ella, en posición defensiva.

El chico, que se había quedado al margen, sorprendido de verla defenderse sola, reaccionó al fin. Con movimientos precisos, se adelantó y clavó su daga en el estómago del guardia. Sin darle tiempo a reaccionar, extrajo la hoja y la hundió de nuevo, esta vez en su cuello.

El guardia cayó al suelo, emitiendo sonidos lastimeros que se fueron apagando lentamente. Mientras el cuerpo yacía inmóvil, el chico se sacudió las manos, como si intentara deshacerse de la sangre que le escurría, y se limpió la túnica en el uniforme del guardia caído.

—Vamos —le indicó, moviendo la cabeza hacia un pasillo a su derecha. Comenzó a caminar más rápido, obligando a Kaia a seguirle el ritmo—. ¿Sabes usarla? —preguntó, refiriéndose a la espada que ella sostenía con firmeza.

—Sé algunas cosas sobre cómo manejar una espada —respondió Kaia, fatigada por el esfuerzo—. ¿Es necesario que mates a todos los que se crucen en tu camino?

—Yo solo les doy unos golpes, y ellos se mueren. No es mi culpa que no aguanten —respondió con indiferencia, haciendo una señal para que esperara. Se asomó cautelosamente y masculló una maldición—. Bueno, ahora estás por tu cuenta. No te mueras, no me gusta cargar muertos.

Kaia apenas tuvo tiempo de procesar esas palabras cuando el chico salió de su escondite, dagas en mano. Desde su posición, Kaia observó cómo se lanzaba sobre la espalda de un guardia aprovechando su poca estatura, mientras otros dos intentaban alcanzarlo con sus espadas. Con un movimiento rápido, el chico arrojó una daga que se clavó en la frente de uno de los guardias. Un río de sangre empezó a correr sobre la máscara negra, mientras el hombre intentaba quitarse la daga con manos temblorosas.

El guardia que lo llevaba sobre los hombros no tuvo mejor suerte. El chico le clavó una daga en el cráneo, usando la empuñadura como punto de apoyo para impulsarse y saltar hacia el siguiente enemigo.

—Es como un animal salvaje... —murmuró Kaia para sí misma, asombrada por la agilidad y ferocidad del chico. Peleaba como si las reglas o técnicas no existieran, moviéndose y saltando con una ligereza desconcertante.

El último guardia, confiado, blandió su espada, intentando atrapar al chico en su trayectoria. Pero antes de que pudiera alcanzarlo, el joven arrojó lo que parecía la llave que había usado para liberar a Kaia. La llave aterrizó sobre el guardia, quien cayó al suelo emitiendo un grito de terror. El chico se incorporó y recuperó las llaves, ahora alojadas en el ojo del guardia.

Aunque no salió ileso, sosteniéndose el hombro herido, el chico se preparaba para dar el golpe final al guardia que, a pesar de todo, intentaba huir.

En ese momento, Kaia escuchó un leve sonido de pasos detrás de ella. Giró rápidamente, blandiendo su espada justo a tiempo para bloquear el ataque de otro guardia. El impacto la hizo retroceder, pero mantuvo la presión, luchando contra el desliz de sus manos sudorosas y aun con miel.

Retrocedió aún más, esquivando por poco la punta de la espada del guardia, quien soltó una carcajada triunfante, disfrutando del juego que sabía que no podía perder. Cada tajo y estocada obligaba a Kaia a moverse con agilidad, en una danza mortal.

Pero la diversión del guardia pronto dio paso a la frustración. Al ver que no lograba herirla, arremetió con más fuerza, sus golpes más furiosos a cada latido. Kaia, aunque fatigada, bloqueó sus ataques con una precisión desesperada, sintiendo el impacto recorrer sus brazos.

El sudor frío recorría su espalda mientras se mantenía al ritmo frenético del combate. Pero, en un instante de claridad, tomó una decisión audaz. Con un giro rápido, desvió el ataque del guardia y lanzó una patada directa a su torso. El golpe lo desestabilizó, haciéndolo retroceder tambaleante. Sin perder tiempo, Kaia se abalanzó, cortando el aire con un zumbido mortal.

El guardia apenas logró levantar su espada para bloquear el golpe, pero la fuerza de Kaia rompió su defensa. Su espada se hundió en el hombro del guardia, arrancándole un grito de dolor. Sentir la carne ceder bajo su presión no fue agradable; nunca había herido a un ser humano de esa manera.

Pero en ese momento, supo que la vida o la muerte se decidían con cada golpe, y no podía permitirse dudar.

El guardia sostenía la espada con una sola mano, decidido a continuar la lucha. Con un esfuerzo torpe, intentó alcanzarla con el filo de su arma. Kaia, con el corazón acelerado, retiró su espada del hombro del guardia de un solo tirón. Al ver la sangre manar de la herida, tragó saliva con dificultad. No quería matarlo, se negaba a hacerlo, pero sabía que debía inmovilizarlo para sobrevivir. Con agilidad, esquivó su ataque y se deslizó detrás de él. En un movimiento fluido, su espada trazó un arco horizontal en el aire, cortando con precisión la parte trasera de la rodilla del guardia.

El hombre cayó de rodillas, y su espada resbaló de sus manos, reemplazada por jadeos agitados de dolor y desesperación. Kaia bajó su espada lentamente, su corazón latiendo con una mezcla de triunfo y agotamiento. Se inclinó para recoger la espada del guardia y la lanzó al fondo del pasillo, lejos de su alcance.

—Te degollarán en cuanto te atrapen. No sobrevivirás por mucho... —dijo él entre respiraciones entrecortadas, su voz cargada de desprecio y sufrimiento.

El guardia estaba a punto de soltar otra maldición, pero Kaia ya había tenido suficiente. Toda su vida había escuchado a personas como él tratarlos como si fueran animales rastreros.

Con determinación, puso un pie sobre el hombro herido del guardia y le dio el empujón suficiente para tumbarlo de espaldas. Cuando él trató de derribarla con sus brazos, ella respondió hundiendo el talón de su zapato en la herida. Sin dudar, acercó una de las espadas a su cuello.

—Cállate, o me replantearé dejarte con vida —le advirtió, su voz cargada de ira.

El sonido de una respiración fuerte detrás de ella la puso en alerta. Se giró rápidamente, alejándose del guardia, lista para enfrentarse a otro enemigo. Pero se detuvo al reconocer al chico rubio que la había sacado de la celda. Estaba allí, sosteniéndose el hombro con fuerza, su respiración agitada convirtiéndose en palabras arrastradas.

—Bien, sigues viva. Vámonos — dijo

La sangre se notaba en su túnica y en su mano manchada de rojo oscuro. Al mismo tiempo que Kaia, él pareció darse cuenta de las manchas, y con un gesto rápido, intentó limpiarlas frotando su mano contra su túnica.

—¿Sabes hacia dónde debemos ir? —preguntó Kaia tratando de no hacer obvio su desconcierto hacia aquel gesto.

Él apenas la miró mientras avanzaba, usando la mano libre para apoyarse en la pared del angosto pasillo.

—Hay una salida al norte —respondió entrecortadamente.

A pesar de que no dudaba en matar a quien se atravesara en su camino, su obsesión con mantener sus manos y su máscara limpias era lo más extraño.

El rojo oscuro de la sangre se extendía por su túnica con cada paso que daba, y aunque intentaba disimular el dolor, era evidente que la herida en su hombro estaba empeorando. Kaia se detuvo en seco.

—Espera —dijo, su voz resonando amortiguada detrás de la máscara. Sin dudarlo, rasgó un pedazo de tela de su propia túnica, aunque estaba apelmazada con miel, sería útil.

Él giró su cabeza hacia ella, podía sentir el juicio en su postura, como si no entendiera por qué se preocupaba. Kaia tomó su brazo con firmeza y envolvió la tela alrededor de la herida en su hombro, presionando con fuerza para detener la hemorragia.

—Podrías haber usado algo menos... sucio —comentó él.

Kaia lo miró a través de la máscara, sorprendida por su comentario, y luego soltó un suspiro.

—¿Te parece que hay algo más limpio por aquí? Si prefieres desangrarte, adelante —respondió, su tono más áspero de lo que pretendía.

Él encogió los hombros, o al menos lo intentó, aunque la herida lo hizo detenerse a medio gesto.

Con la tela ajustada al hombro del chico, al menos podrían seguir adelante sin que él perdiera más sangre. Terminaron el vendaje en un silencio pesado, y cuando estuvo segura de que había hecho todo lo posible, se alejó.

—Vamos, no podemos quedarnos aquí —le dijo, tratando de sonar más decidida de lo que se sentía.

Él asintió y, aunque cojeaba ligeramente, retomó la marcha con Kaia a su lado.

La luz se filtraba débilmente desde las lámparas de aceite en la pared, proyectando sombras que parecían cobrar vida en las esquinas, le parecía estar viviendo una de sus muchas pesadillas. Cada paso se sentía como un desafío, cada rincón una amenaza latente, con cada sombra podía imaginar un posible enemigo acechando en la oscuridad. Al girar en la siguiente esquina, se encontraron con una bifurcación.

—¿Izquierda o derecha? —preguntó, su mirada alternando entre ambos caminos.

El chico se frotó el hombro vendado y lanzó una mirada rápida a ambos lados.

—Derecha. Izquierda lleva a las cocinas —respondió casi de inmediato.

Kaia ajustó el agarre en su espada y asintió, avanzando hacia la derecha, no entendía cómo era que aquel chico tenía tanta información sobre el probatorio, la única opción que le parecía probable era que lo hubiera recorrido todo mientras la buscaba. Al doblar la esquina, se encontró cara a cara con otro guardia y el mundo pareció detenerse por un instante.

—¡Apártate! —gritó el chico, empujándola fuera del alcance de la espada del guardia.

Kaia rodó por el suelo y se levantó de inmediato, empuñando su espada. Apenas tuvo tiempo de recuperar el equilibrio antes de ver al guardia lanzarse hacia ella de nuevo. Su instinto la llevó a levantar su espada justo a tiempo para bloquear el golpe, pero la fuerza del impacto la hizo retroceder.

El chico, a pesar de su herida, se movió rápido, sacando una daga de su cinturón con su mano libre. Con un movimiento fluido, la lanzó hacia el guardia, obligándolo a desviarse para evitarla. Aquello le dio a Kaia el segundo que necesitaba para acercarse al chico.

—No te quedes quieta —murmuró él, aunque su tono despreocupado no desapareció, incluso en el caos del combate.

Kaia respiró hondo y dio un paso hacia adelante. Las lecciones a medias que había recibido de su hermano sobre el uso de la espada siempre le habían parecido insuficientes. Aun así, no era culpa de Damien, su conocimiento en el tema era limitado y se había encargado de enseñarle todo lo que sabía. Desvió un ataque del guardia y lanzó uno propio, un tajo horizontal dirigido al torso. El guardia lo bloqueó, pero Kaia ya estaba en movimiento, girando para esquivar el siguiente ataque.

Cada choque, cada paso, la acercaba a una realidad que no estaba preparada para enfrentar: la posibilidad de tener que acabar con una vida. El frío del metal en sus dedos no hacía más que recordarle lo real que era todo, su primer combate había parecido un sueño, no terminaba de creérselo y tampoco había pensado mucho durante el encuentro. Ahora, allí en la misma situación por segunda vez la hacía entender que no era como una de sus tantas simulaciones de batalla con Damien. No era solo un juego, el sudor le escurría por la cara y vapor de su propia piel se encerraba tras la máscara, se sentía sofocada.

El guardia lanzó otro golpe hacia ella, y Kaia, aunque nerviosa, lo bloqueó con un movimiento brusco. No podía permitirse fallar, aunque la idea de herir a alguien, de sentir la resistencia de la carne contra su espada, le revolvía el estómago. A pesar de sus miedos, sus movimientos se volvían más automáticos, como si su cuerpo supiera lo que debía hacer mientras su mente luchaba contra ello.

El sabor de su propio sudor colándose en su boca y el aleteo de su corazón desbocado eran ya familiares. Entendía por qué había sido tan sencillo luchar con el guardia anterior, era como si pudiera sentir cada gota de sangre moviéndose en sus venas, como si pudiera ver y actuar más rápido solo por el hecho de saber que su vida pendía de un hilo. Se sentía viva y ese sentimiento era adictivo, solo quien ha vivido en un estado de completa quietud toda su vida podría entenderlo.

Mientras tanto, el chico rodeó al guardia con una velocidad sorprendente para alguien herido, lanzando otro golpe certero. Su daga cortó la pierna del guardia, haciendo que cayera brevemente de rodillas. Kaia lo vio tambalearse y darse la vuelta hacia el chico, y algo dentro de ella gritó que ese era el momento de terminar con todo. Pero sus pies se sentían pesados, como si el suelo la hubiera atrapado en un lugar de indecisión.

—¡Hazlo! —gritó el chico, su voz llena de urgencia, cortando a través de la niebla de sus pensamientos.

Kaia respiró profundamente, con un movimiento rápido, casi mecánico, hundió su espada en el costado del guardia. Sintió la resistencia de la carne, el calor de la sangre, y casi de inmediato, una ola de náusea la invadió. Allí estaba de nuevo esa sensación desagradable. No era como había imaginado; no era heroico, ni glorioso, no era como en los cuentos que contaba su madre.

El guardia se detuvo en seco, su cuerpo tensándose antes de desplomarse hacia el suelo. Kaia se quedó inmóvil, su respiración entrecortada detrás de la máscara. La espada seguía en su mano, pero ahora se sentía extrañamente pesada, como si de repente hubiera adquirido el peso de lo que acababa de hacer.

—Buen trabajo —dijo el chico, con su tono habitual, desprovisto de emoción mientras limpiaba su daga en la túnica del guardia caído. Kaia apenas lo escuchó. Sus ojos estaban fijos en el cuerpo inmóvil del guardia, su mente atrapada en el momento en que la hoja de su espada atravesó la piel.

—¿Esto es lo que se siente? —susurró, más para sí misma que para él. No esperaba una respuesta, pero el chico, notando su estado, se detuvo un instante, su mascara mirándola inexpresiva y vacía.

—Así es la vida, unos van y otros vienen —respondió, como si matar fuera parte de la rutina.

El guardia no parecía muerto. Kaia se lo repetía una y otra vez, incapaz de deshacerse de la inquietante sensación de que su cuerpo todavía se movía, como si cada débil respiración luchara por mantenerse.

—¿Está... muerto? —preguntó, sintiendo cómo su boca se secaba al intentar formar esas simples palabras. Incluso hablar parecía un esfuerzo monumental.

—No, se hace el muerto, que es otra cosa —respondió el chico. Para demostrar su punto, le dio una patada al guardia lo que arrancó un quejido lastimero del hombre.

Kaia apartó la vista, sintiendo una mezcla de alivio y horror. Sin más comentarios, el chico siguió adelante, retomando la marcha sin ninguna prisa.

Kaia lo siguió, pero a cada paso sentía el eco de lo que acababa de hacer resonando en su mente. «No pienses en ello, no pienses, no lo sientas». Era un ritual para todas esas emociones que amenazaban con invadirla.

Siempre había algo más importante en lo que centrarse, algo más urgente que permitirse sentir. Porque sabía que, si dejaba que esas emociones la inundaran, la hundirían en la miseria, la paralizarían.

Después de lo que pareció una eternidad vagando entre pasillos silenciosos y mal iluminados, Kaia y el chico finalmente llegaron a una puerta metálica que ocupaba gran parte de la pared de piedra. Kaia se apresuró hacia ella, dejando al chico atrás. Forcejeó con la manija, pero la puerta no cedía.

—Ábrela con la llave —dijo el chico, lanzándole las “llaves”, que tan solo eran el manojo de varillas torcidas manchadas de sangre.

Kaia las atrapó en el aire, mirándolas con frustración.

—¿Tenías que usarlas como arma? ¿Y si las perdías? ¿Cómo saldríamos de aquí? —le espetó, irritada, mientras se preparaba para intentar abrir la puerta.

Kaia lo dejó en paz y se centró en las llaves, empezó a acomodarlas como si supiera lo que hacía. Insertó las varillas juntas como había visto que el chico había hecho antes con su jaula, pero la cerradura no cedía.

—Estamos jodidos... —murmuró Kaia, al borde del colapso mental.

Miró al pasillo oscuro por el que había llegado, no tardaría en aparecer otro guardia y ya estaba demasiado cansada como para sostener esa espada en alto. Ni siquiera entendía como había sobrevivido hasta ese momento; los guardias eran los expertos en armas, no gente común como ella quien a duras penas sabía cómo defenderse, sin hablar de lo flaca y desnutrida que estaba.

El chico le quitó las llaves sacándola de su ensimismamiento. Acomodó las varillas y las insertó en la cerradura abriéndola al primer intento.

—Las colocaste en desorden —comentó mientras empujaba la puerta y salía.

Kaia lo siguió, sintiéndose ridículamente aliviada por salir de la opresiva oscuridad del probatorio.