I really fell in love

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Summary

No fue de una persona. No fue de una sonrisa, ni de unos ojos, ni de una historia romántica escrita para hacerte suspirar. Me enamoré del vértigo de estar vivo. De la ansiedad que me recuerda que existo. De la incomodidad de no encajar. De la lucidez que llega cuando duele. Esto no es una historia de amor. Es un registro del caos. De lo que se siente caminar por dentro cuando todo fuera parece normal. Porque sí: realmente me enamoré. Del silencio. Del miedo. Del pensamiento que no calla. Y de lo poco que me salva

Genre
Other
Author
Red
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

2019

*Epílogo*

No sé si esto es crecer. No sé si esto es amor.

Lo único que sé es que no entiendo nada. Y en el fondo, tal vez eso me haga más humano que muchos.

No tengo respuestas, pero tengo preguntas sinceras.

Y eso, para mí, ya es un comienzo.

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¿Estoy tan mal como para no enamorarme?

A veces me pregunto si mi falta de enamoramiento no es una falla del sistema, sino una defensa natural del alma. ¿Estoy roto o simplemente soy lúcido?

Insisto: ¿es realmente necesario experimentar el amor para vivir una adolescencia plena? ¿O sólo es una expectativa social más que me han vendido desde las canciones, las series de Netflix y las parejas que se toman fotos en baños públicos?

Veo a esas personas venciendo su vergüenza para regalar flores, mandarse mensajes que rozan lo patético y decirse "te amo" después de dos semanas. No los entiendo, pero los envidio un poco. No por lo que hacen, sino por la valentía de hacerlo.

Yo, por mi parte, prefiero observar desde lejos, desde mi lugar seguro. Como si fuera un experimento del cual soy sujeto y observador al mismo tiempo. Y si el amor también sirve para confrontar los miedos, tal vez no lo descarto del todo. Pero tampoco corro hacia él.

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*Nuevo ciclo, misma ansiedad*

Otro inicio de ciclo. Otro intento de reinventarme sin saber quién soy.

Me recibe la mañana con una mezcla de ansiedad y náusea. Mi cuerpo vomita nervios y mi mente calcula todas las formas en las que puedo fracasar.

De nuevo lejos de casa, pero cerca de la vieja escuela. Al menos reconozco una cara amiga entre el mar de desconocidos. Un consuelo mínimo, pero suficiente para no sentir que voy a morir entre salvajes. Porque ellos son: una manada de adolescentes con personalidades impredecibles. Y yo, un ser humano con miedo a la humillación, tratando de parecer normal mientras se desmorona por dentro.

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*El chico malo que no puede mentir*

Primera clase. Primer tropiezo. La somnolencia me traiciona y soy expulsado con una llamada de atención. Irónico: la mejor primera impresión para alguien que no quiere ser notado.

"Perfecto" —me digo sarcásticamente— ahora creerán que soy un chico rudo, desinteresado, al que no le importa nada. Pero ese pensamiento se va al piso cuando me escucho balbucear:

“Fue un error, no volverá a pasar”.

Ahí se fue el personaje. Adiós fachada. Hola vergüenza.

Mi corazón late como si estuviera siendo interrogado. Mi cuerpo, en cambio, pide ser enterrado. Si tuviera que resumir ese día en una frase, sería esta:

“Quería desaparecer con estilo, pero solo desaparecí con torpeza.”

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*Un día de esperanza, otro de castigo*

Segundo día. Logro hablar con alguien. Un chico. Vive cerca. Parece normal. Posible amistad en proceso.

Y justo cuando empiezo a respirar, el sistema educativo decide rediseñar el infierno: cambian los grupos.

Mi amigo se va. Yo me quedo.

Una pequeña alegría arrancada antes de florecer. ¿Una lección del universo? ¿O solo una de esas burlas que la vida lanza como recordatorio de que no puedes confiar en nada ni en nadie?

No sería la primera vez que me dan algo para quitármelo después.

No es trauma. Es estadística.

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*El cuerpo como enemigo*

Tercer día. Y hablando de no confiar, mi cuerpo es un traidor.

Literalmente apesto. Y no es metáfora: mi olor corporal es un castigo que la pubertad dejó como recuerdo eterno. Desodorante, baño diario, nada basta. Mis axilas conspiran contra mi estabilidad mental.

A eso sumemos el estómago. Siempre el maldito estómago.

En el peor momento, en el silencio más absoluto, suelta un rugido que me denuncia ante todos. No puedo comer porque mi comida huele peor que yo. Pero tampoco puedo no comer.

¿Placer? Comer. ¿Castigo? Comer.

Freud estaría orgulloso de este conflicto entre deseo y represión.

Yo solo quiero sobrevivir sin ser notado, pero mi cuerpo quiere protagonismo.

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*Destino cruel, corazón confundido*

Cuarto día. Y como si no bastara, llega el tercer día. Y con él, la tortura: sentarse por número de lista.

Mis escasas habilidades sociales son puestas a prueba al sentarme entre personas nuevas, desconocidas… mujeres.

Y no es por misoginia, es por ansiedad. Porque ni siquiera puedo hablar bien con quienes ya conozco.

Y ahí, de pronto, entre la incomodidad y el sudor, aparece ella. No sé si era realmente bonita o si mi corazón, harto de estar solo, decidió inventarse una musa.

Pensé: ¿será este el momento? ¿El punto de inflexión? ¿Debería intentar vivir el amor adolescente del que todos hablan? ¿Besos? ¿Apapachos? ¿Salir al parque como clichés ambulantes?

O quizás, sólo estoy proyectando. Quizás, como diría Fromm, estoy más enamorado de la idea del amor que de la persona.

Tal vez lo que siento no es atracción, sino desesperación emocional maquillada de romanticismo.

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* Jerarquías tribales modernas*

Quinto día. Sigo sin adaptarme. No al clima, no al ruido, sino al ecosistema social que me rodea.

Grupos, manadas, microcivilizaciones. Cada quien con su tótem, su ritual, su jefe de manada. No veo personas, veo estructuras tribales con un líder carismático y sus secuaces orbitando como satélites emocionales. Envidio, un poco, esa capacidad de pertenecer, de aferrarse a algo aunque sea artificial.

Yo no tengo grupo. Y, más grave aún, no tengo el “deseo real” de liderar uno. Nunca me interesó estar al frente. Prefiero ser el personaje secundario que nadie odia, pero tampoco recuerda.

Quisiera ser ese extra que es querido por todos y rechazado por nadie.

Pero, siendo sinceros, ¿existe realmente alguien así? ¿O solo es un mito adolescente para quienes no tienen el valor de ser rechazados de verdad?

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*Matemáticas sociales que no me dan*

Sexto día. Y por supuesto, tenía que llegar el temido momento: la clase de orientación.

¿A quién se le ocurrió la brillante idea de formar equipos de cinco? ¿Y por qué cinco? ¿Es un número mágico que invoca el caos interior en los que tenemos solo un amigo?

—"Formen equipos de cinco personas."

—Claro, profa, y yo formo parte de un club secreto donde la amistad se reproduce como conejos.

Mi estómago fue el primero en responder: rugió, como una bestia nerviosa atrapada en una cueva de inseguridad.

Mi corazón lo siguió: taquicardia digna de un infarto social.

Me separan de mi único amigo y me lanzan a la selva. ¿Esto es la preparatoria o un simulacro de vida laboral sin tutorial previo?

Mis últimas palabras antes del desastre fueron: "Bueno, ¿qué tan malo puede ser?"

Spoiler: me tocaron cuatro chicas. Cuatro. Yo, rodeado, sin saber dónde mirar.

Claro, mínimo no tuve que levantarme a suplicar por un espacio en otro equipo.

Tal vez mi cara agraciada me salvó, o tal vez fue la lástima. Me gusta mentirme y creer que fue lo segundo. A veces, el autoengaño es una forma de autoestima. *Freud lo llamaría mecanismo de defensa; yo lo llamo sobrevivir.*

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*¿Ovulación emocional masculina?*

Séptimo día. Me lo pregunto en serio: ¿hay algo como la ovulación masculina? ¿Una especie de ciclo emocional donde el corazón secuestra la lógica y la vuelve su sirvienta?

Porque hoy, todo el salón me pareció atractivo. Incluso la maestra de español.

Tez blanca, baja estatura, mirada enigmática. No era su cuerpo ni su ropa lo que captaba mi atención, sino esa *"vibra"* imposible de describir. Su voz tenía algo que calmaba mi ansiedad, y eso ya es mucho decir.

¿Es amor a primera vista? ¿O es simplemente que mi mente asocia su presencia con algo del pasado?

Y entonces lo entendí: mi primer amor. No era idéntica, pero compartían ese mismo algo que no se explica ni se nombra.

Una nostalgia afectiva. Un eco emocional.

¿Será esto un amor de adulto? ¿Una transferencia freudiana en acción? ¿O simplemente una forma más de distraerme de la rutina?

No aprendí nada en esa clase, lo admito. Pero su voz cubría mi seis como una manta emocional. Y a veces, eso es más útil que cualquier lección gramatical.

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*Antropología y caos controlado*

Octavo día. Antropología.

La palabra me sonaba a algo viejo, a polvo en una biblioteca o a un grupo de filósofos fumando algo raro mientras discuten sobre el lenguaje.

No esperaba mucho. En serio. Pero, para mi sorpresa, hubo un momento de revelación: dejé de quejarme por unos minutos y usé el cerebro para estudiar, no solo para pensar en mi ansiedad. Un milagro cotidiano.

La maestra nos pide cambiar de asiento en cada clase.

Una tortura para alguien que apenas recuerda su propio nombre cuando hay más de diez personas en la sala. ¿Se supone que debo aprender algo de esto? ¿Conectar con la especie humana como si esto fuera un experimento social?

Yo solo sé que odio los cambios.

Y sin embargo, algo en mí —tal vez la parte que quiere dejar de sentirse invisible— acepta, aunque sea a regañadientes.

Tal vez de tanto cambio surja algo bueno. Tal vez me adapte. Tal vez encuentre, por accidente, una versión de mí mismo que aún no conozco.


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*El arte de no entender lógica*

Noveno día. Empezamos con Lógica. Ironías del destino: no entiendo la lógica… de Lógica.

Lo dije en voz alta, incluso con un juego de palabras barato. "¿Entienden? *Lo-Gi-Ca*...". Nadie rió. Ni el profesor. Solo su mirada decepcionada. Un doctor en filosofía frente a un adolescente con humor de supervivencia.

Subestimé la materia. Pensé que sería árida, abstracta, rellena. Pero encontré belleza en las falacias, las premisas mal construidas, en el arte de identificar contradicciones ajenas. Y sobre todo en algo más raro aún: un maestro que enseña bien. Eso ya es una rareza estructural.

¿Preguntar dudas? ¿Acercarme y hablar? No estoy tan loco. Pero por suerte, el destino puso a un espécimen compatible a mi lado. Un chico raro como yo. Otro bicho humano con tendencia al pensamiento.

Parece tener un don en humanidades, o al menos no teme hablar. Tal vez pueda preguntarle a él lo que no me atrevo a preguntar al profesor.

¿Es esto una señal? ¿Una soga tendida desde el cielo para no caer solo al abismo del pensamiento formal?

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*Bichos raros, orugas sociales*

Décimo día. Felicidades: ahora somos tres.

Una trinidad de inadaptados, suficientes para cualquier trabajo en trío. Es casi milagroso.

Pero claro, ninguno de los tres es bueno en todo. Porque si lo fuéramos, no estaríamos aquí, compartiendo nuestra torpeza.

Y entonces llega "Salud Adolescente".

La clase que quiere unir al salón y termina por dividirnos más. ¿Por qué solo tres equipos? ¿Por qué obligar a los introvertidos a exponerse como si fuésemos material didáctico?

Nos unimos con un grupo de “los inteligentes”.

Cuatro genios, una chica que pensaba que me gustaba, un alma de la fiesta, y un par de chicas más.

Y yo, que no soy nada de eso, fingiendo tener potencial porque llevo años alimentando esa mentira. “Si actúas como alguien valioso, tal vez lo seas”, me digo. Ilusión motivacional de tercera mano.

Hablo con más personas que las que tengo en mis contactos. Y entonces surge el viejo problema: estoy rodeado de mujeres.

Y no tengo ni idea de cómo hablarles. ¿De qué se habla? ¿En qué idioma?

Me tomaron fotos, me prestaron sus lentes, y por un instante pensé que me estaban integrando. Pero algo no cuadra. ¿Fui su payaso? ¿Un objeto para su entretenimiento?

No lo sé.

Solo sé que **ellas me dan miedo**. No porque sean malas, sino porque yo no sé cómo ser.

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*Anarquía estructurada*

Undécimo día. Ahora pertenezco a un grupo. O al menos eso parece.

No hay líder claro, no hay jerarquía aparente. ¿Una anarquía social espontánea?

Pero al observar con atención, veo patrones. Tres figuras dominantes, tres centros de gravedad.

Y la sorpresa es que... yo soy uno de ellos.

¿Cómo ocurrió esto? No lo sé.

Detesto el liderazgo. Desprecio el poder. Y sin embargo, ahora soy una pieza visible del engranaje. Me odia mi propio sistema de creencias.

Afortunadamente, el “otro principal” es el tipo de persona con energía de protagonista de anime: sociable, carismático, lleno de autoestima. Es mi opuesto perfecto. Y me ha adoptado.

Quizás piense que soy interesante. O solo exótico.

Pero si él quiere usar sus poderes sociales para incluirme, no me voy a quejar. Tal vez pueda usarlo como escudo para no tener que interactuar directamente con el mundo.

Gracias, destino cruel, por esta pequeña tregua.

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*Fiesta sin alma*

Duodécimo día. Festival de la Revolución.

Celebramos algo que ya nadie siente. Ni la sangre, ni la historia, ni el espíritu. Solo costumbre.

Un bigote falso, un sombrero prestado y una fila de adolescentes que ni saben por qué están ahí.

La orientadora anuncia: “En tres años ustedes pondrán los puestos.”

¿Tres años? ¿Quién les asegura que estaré vivo, cuerdo o en esta escuela?

No hay revolución. No hay fiesta. Solo una tradición que se arrastra como un cadáver decorado.

Hubiera preferido el día libre.

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*Corazón aclarado**

Décimo tercer día. Noticia del día: **no estaba enamorado** de la chica del primer día.

A veces mi corazón juega a los acertijos, pero hoy decidió hablar claro.

¿Alegría? ¿Tristeza? No. Solo confirmación.

Ya lo sospechaba. Me alegra no ser un cualquiera, alguien que se enamora de la primera persona que le dice hola.

Mi corazón, aunque torpe, no es idiota.

¿Y las amistades femeninas? Todavía una misión imposible. No por falta de interés, sino por una fuerza inexplicable que sabotea todo intento.

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*Amor, exposición y lógica biológica*

Décimo cuarto día. ¿En qué se basa la atracción? ¿En la exposición prolongada, como dice la psicología conductual?

Si eso es cierto, ¿en qué nos diferencia del perro que se apega a quien le da comida?

¿Y si el amor que creemos sentir no es más que una reacción animal a la convivencia?

Entonces… ¿por qué no nos enamoramos de nuestra familia?

Ah, cierto, “es otro tipo de amor”.

Conveniente, ¿no?

Definimos diferentes formas de amar para justificar nuestras elecciones irracionales.

Estoy frente a una chica. Primera amistad femenina potencial.

Y siento que algo se distorsiona.

No quiero que piense que estoy interesado. Solo quiero una amiga.

¿Tan difícil es pedir eso?

No quiero que le guste mi olor, ni mis defectos, ni mis silencios.

No quiero ser el proyecto emocional de alguien.

Solo quiero hablar. Compartir.

Y que no termine en drama.

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* Payaso de la manada*

Décimo quinto día. Hoy descubrí algo doloroso:

**me gusta ser basura si eso significa ser aceptado.**

Dos chicas juegan conmigo. Tal vez con cariño, tal vez por costumbre, tal vez como burla.

No lo sé.

Una tiene ojos azules… o cafés… o verdes. En realidad, ni atención les pongo. Solo noto que me usan como muñeco para pintar uñas y tocar el cabello.

No quiero eso. No soy eso.

Ya viví esto antes, y sé cómo termina: con decepción.

Pero lo acepto. Porque estoy cansado de estar solo.

Porque entre la humillación y el aislamiento, a veces elijo lo primero.

¿Eso me hace débil? ¿O simplemente humano?

Aceptación es lo último que me queda.

Autoestima, lo que me falta.

Decepción, lo que vivo.

Y vergüenza… la que viene en camino.

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Maldito año

“No entendí nada, pero sentí todo. No fui protagonista de nada grande, pero cada emoción me atravesó como si lo fuera. No salí ileso, pero salí. Y a veces, eso basta para seguir adelante."