Valdor: Entre sombras y silencio.

All Rights Reserved ©

Summary

En un pueblo olvidado, el silencio lo cubre todo. Pero cuando un grupo de adolescentes entra a una casa abandonada, despiertan una verdad que llevaba años oculta. Una niña desaparecida. Un hombre que enloqueció. Y una historia que el pueblo nunca quiso contar. Porque en Valdor... nada muere realmente. Solo se queda... esperando.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1 - El regreso a Valdor.

El calor en Valdor era siempre igual. Intenso, seco, como si el aire pesara. Bajé del colectivo con la mochila al hombro y las zapatillas llenas de polvo rojo. Apenas alcé la vista, ahí estaba: la casa de mi abuela. Igual que todos los veranos.

El portón de madera crujía como si siempre estuviera a punto de romperse. El techo de tejas gastadas parecía sostenerse más por costumbre que por estructura. Pero era mi lugar preferido para cada verano.

El pueblo no había cambiado. Cuatro calles, algunas casas de ladrillo visto, otras de madera vieja, vecinos que saludaban desde lejos con una seña de cabeza. Rodeado por un anillo de árboles bajos, como si Valdor viviera encerrado en sí mismo. La ruta más cercana quedaba a cinco kilómetros. Y sin embargo, cada verano, cuando bajaba de ese colectivo, algo en mí se acomodaba.

—¿Creciste un poco más? —me preguntó mi abuela, abrazándome fuerte. Su voz tenía ese tono entre cariño y reproche que siempre usaba cuando no nos veíamos en meses.

Le sonreí. No hacía falta hablar demasiado.

Mi habitación era la misma de siempre: cama de una plaza, una cómoda antigua con el espejo manchado, y la ventana que daba al patio donde el mango soltaba sus frutos sin orden. Dejé mi mochila sobre la cama. Traía lo justo: ropa, algunos artículos personales y, claro, mi cuaderno. Aquel cuaderno viejo donde anotaba todo. Lo que sentía. Lo que no podía decir. Lo que a veces ni yo entendía.

No había pasado ni una hora cuando apareció Miguel, como siempre, corriendo.

Y esa energía que parecía no acabársele nunca.

—¡Llegaste, por fin! —me dijo, dándome un empujón amistoso.

Nos abrazamos. Con Miguel no hacía falta retomar nada. Todo seguía donde lo habíamos dejado.

Caminamos hasta la esquina del pueblo, hasta llegar al camino que conduce al bosque y al riachuelo. Siempre íbamos por ahí. Pero esa vez algo me detuvo.

A un costado, casi escondida entre los árboles, estaba esa casa. La había visto en veranos anteriores, pero no sé por qué, ese día lo miré distinto.

Tenía algo... fuera de lugar.

La madera agrietada, el techo cubierto de hojas secas, las ventanas negras como si estuvieran pintadas.

Y ese árbol de mango, plantado justo al costado, parecía inclinarse sobre ella como protegiéndola... o tapándola.

—¿Esa es la famosa casa? —pregunté, sin despegar la vista.

Miguel se detuvo y frunció el ceño.

—La misma. La de la quinta calle, aunque ya nadie le llama así.

—¿Por qué?

—Porque esa calle ya no existe. O no debería existir. —Se rascó la cabeza, incómodo—. La abuela siempre dice que no pasemos por ahí. Dice que el alma del hombre que vivía ahí todavía ronda.

Tragué saliva. La casa parecía escuchar.

El resto del día pasó rápido. Hablamos un poco de todo. Brayan y Tamara nos escribieron diciendo que al día siguiente nos encontrariamos. Volvía a ser verano. Volvía a ser lo mismo de siempre.

Pero esa noche, al cerrar los ojos, tuve una imagen fugaz.

La puerta de aquella casa...

abriéndose muy, muy despacio.

Y un susurro.

Uno que no pude entender.

O tal vez sí.