Conquista

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Summary

Un terrible error provocado por su idiota marido. Un error que ahora les estaba costando muy caro, a ella y a sus hijos. Damiana Tabatha, de soltera Hasey, no podía permitir que sus hijos murieran y su reino se perdiera. Iba a hacer lo que tuviera que hacer. Solo esperaba que Harrold Serei no fuera ese ser indiferente que las historias contaban.

Genre
Romance
Author
HaDam45
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

La llegada

Geodos, la capital de Pontio, estaba en total silencio. No obstante, este no era un silencio suave que solía venir con la llegada de Vesper, aquella diosa de ojos morados que traía consigo el atardecer ni con la caminata de Umbrael, quien traía la noche definitiva.

No.

Ese silencio era uno tenso, expectante.

Un silencio que era la antesala de la peor tormenta que el reino vería en más de cien años.

Y es que Damiana, reina consorte de todo Pontio, ya podía ver desde uno de los balcones del palacio, las antorchas que portaban los guerreros con el estandarte del escorpión. Podía notar su andar ordenado, e incluso podía imaginar lo que estaban pensando mientras invadían a paso firme toda la ciudad. De hecho, quizás todos los habitantes tenían una idea similar de lo que ocurriría, porque nadie se atrevía a dar un paso afuera de sus hogares.

Incluso los perros se mantenían totalmente callados, como si también ellos supieran que alertar posiciones no era la mejor idea.

Lo que parecía calma, en realidad era una paz disfrazada y Damiana contaba, mentalmente, los minutos que faltaban para que la locura se desatara finalmente y todos pagaran el precio.

Pontio no había iniciado una guerra. Desde lo ocurrido en Montavia, ese casi golpe de estado que por poco provoca la huida de la familia real anterior a Damiana, su esposo y sus hijos, los ancianos del consejo se negaban rotundamente a iniciar o aconsejar otra lucha belicosa a menos que fuera indispensable.

Pero su marido, ese estúpido…

Ella no quiere pensar en ese imbécil que la había abandonado a ella, a sus hijos, a su reino y a todos los que confiaban en él por un mero capricho estúpido.

Porque Vysel I Tabatha había sido un guerrero sin igual. Quizás no lo parecía físicamente, pero siempre fue diestro en el arte de la guerra, en el campo de batalla y en la estrategia. Mas, a pesar de todos esos dones, él era extremadamente impulsivo. Pasaba su día a día hundido en sus placeres y deseos propios, al punto de cegarse y olvidar todo lo demás.

La cantidad de veces que había generado discusiones con pares solo porque intentaban guiarlo a un mejor comportamiento, uno adecuado para un monarca que manejaba uno de los reinos más ricos.

Ni siquiera había que mencionar los insultos pasivos a compañeros y amigos, las decisiones poco pensadas en lo que respectaba a la corte o el favoritismo descarado que creaba rivalidades y tensiones.

Al ser devoto de Bellator, el dios de las batallas, Vysel creía que tenía todo ganado en la vida. No ayudaba a ese pensamiento que, en toda pelea, expedición y/o enfrentamiento en el cual participara, él saliera victorioso, con pérdidas mínimas.

Si desde joven era petulante y temperamental, con tantas victorias se volvió aún más arrogante, negándose rotundamente a reconocer que, quizás, se estaba equivocando de camino. Que, tal vez, sus decisiones fuera del campo de batalla no estaban siendo las mejores.

Comenzó a insultar a otros nobles sutilmente (porque sin importar qué, Vysel no pecaba de ingenuo. Sabía cómo funcionaban las reglas de la nobleza. Que las siguiera ya era otra historia), cometía desplantes, exigía más de lo que debía e incluso su propia familia comenzaba a ser vista como personajes en su obra personal que como personas.

Ella despreciaba ese trato, no obstante, criada como lo fue, simplemente sonreía y aceptaba.

¿Y qué si él estaba llenando el palacio de Geodos con nuevas amantes? Si eso le placía y significaba que la dejaba sola, perfecto. ¿Y el derroche? Las arcas estaban llenas, la actividad minera estaba en su mayor esplendor. ¿Qué tal el orgullo desmedido contra los dioses? Él sabría mejor. ¿Y si, de nuevo, otro súbdito se había marchado rojo del enfado? Nadie podía hacer nada, porque Vysel era el rey, y solo él tenía voz y voto.

Puesto que, aunque el consejo aconsejaba, la decisión final estaba en el gobernante y era su palabra la que se convertía en ley, la que podía dar premios o castigos con la misma facilidad con la cual chasqueaba los dedos.

Por un tiempo las cosas fluyeron así. No es que pudieran hacer algo para enfrentarlo.

Si bien era cierto que había mucho descontento creciendo entre los potienses, el pueblo todavía no se levantaba, y dudaba mucho de que lo hicieran. Mientras la comida llegara a las mesas, los techos estuvieran sobre las cabezas y la tiranía no envolviera las calles, los súbditos estarían más que contentos.

Y luego Vysel cometió la idiotez del siglo.

Harrold, perteneciente a la familia Serei, era rey de Haziel, un lugar ubicado al sur. El territorio y las islas agrupadas a su alrededor rara vez se metían en discusiones extranjeras; de hecho, al estar tan alejados, muy pocas veces se enfrentaban cara a cara a los chismes o problemas ajenos a los propios.

Tan era así, que la figura del propio Harrold y de su familia eran un completo misterio.

Había rumores, por supuesto, porque de ellos nadie se salva. Rumores que hablaban de alguien frío, sin emociones, incapaz de sentir. De sangre divina corriendo por venas mortales, de un linaje proveniente de Verdión, el propio rey de los dioses.

Pero solo eran palabras, palabras que no podían confirmarse por nadie.

Los hazielinos insistían en que su monarca provenía de lo sagrado. Los más creyentes apoyaban esa declaración y no era raro ver a los sacerdotes de las diferentes ciudades festejar cuando él pisaba sus tierras.

Ahora, los incrédulos y las malas lenguas simplemente pensaban que la princesa hazielina, Estelle Serei, tuvo un amorío con un mozo de cuadra cualquiera.

Sea como sea, bastardo divino o mortal, su abuelo, el rey Salieri II, lo había legitimado al cumplir los doce años. Más tarde, casi dos años antes de su muerte, lo reconoció como heredero al trono.

De eso ya veinte años y hasta ahora nadie parecía disgustado en lo absoluto. Haziel y sus territorios allegados: Heliosa, Solaria y las Islas del Sur, gozaban de estabilidad financiera y política, sin signos visibles de revueltas, rebeliones u oposiciones, al menos por el momento.

Eso podía deberse a ese posible linaje divino, al miedo que podía evocar. O tal vez tenía que ver con que Harrold no entraba en las burlas de los nobles, ni respondía infantilmente a estas. Por lo que los embajadores de Pontio decían, el soberano era indiferente a las habladurías que se decían sobre él o su figura. Muy pocas veces llegaba información de algún noble castigado o algún plebeyo perdiendo la lengua o algo más.

Lamentablemente, muchos confundían ese autocontrol con cobardía y uno de esos tantos fue Vysel, que no dudó en tomarlo para juego. Las palabras pasivo-agresivas, las burlas, los intentos de humillación…

El hazielino lo soportaba bien, pero era claro que su paciencia estaba llegando a un límite. Y ese límite llegó cuando Vysel tomó por amante a su esposa, la reina Annalisa.

Al principio, el engaño pasó desapercibido para la corte. Nadie, ni siquiera ella, creía que un gobernante pudiera ser tan imbécil como para meterse descaradamente con la esposa de otro, especialmente habiendo tantas mujeres más dispuestas y que llevaban menos problemas encima.

La verdad se terminó sabiendo cuando, dentro de la familia real, nació una niña con cabellos de oro y ojos azules como el cristal, además de una piel blanca como leche.

Rasgos que ni los Serei ni la familia de la consorte, los Derrel, poseían.

Que Vysel armara una fiesta por su bastarda real fue la gota que colmó el vaso.

Apenas pasaron dos días cuando los cuervos y palomas mensajeras volaron alrededor de los diferentes continentes, declarando la guerra a Pontio.

Rápidamente las tierras de Borealia se declararon neutrales. Trassel, el reino de nacimiento de Damiana, apoyó a Pontio mientras que las Islas del Sur, Heliosa y Solaria apoyaron a Haziel.

La guerra estalló sin más.

Su esposo, siempre tan orgulloso, proclamó que volvería vivo y con otro reino a su nombre, puesto que Bellator lo guiaba como tantas otras veces lo había hecho.

El problema recayó en la gente descontenta en su propio hogar natal. De repente, ciudades como Ferrumbra y Kragnir comenzaron a apoyar al bando opuesto. Petravia empezó a mandar menos provisiones y en Geontes se “perdían” varias ayudas que provenían de los aliados.

Y aun con eso, su marido marchó totalmente confiado de que el dios en el cual siempre había creído le protegería.

Quizás dicha deidad se cansó de esa soberbia desmedida. O simplemente estaba ocupado e hizo oídos sordos a las oraciones, plegarias y ofrendas, puesto que Vysel fue decapitado por Harrold en un enfrentamiento donde el rojo tiño las aguas y la tierra.

Con el rey muerto, los soldados apresados o asesinados y sin los recursos necesarios para sobrevivir a un asedio, el consejo habló y Damiana oyó.

Pontió se rindió.

La bandera del fin de la guerra se alzaba en lo alto, las barreras que protegían la ciudad estaban abiertas, algunos hombres provenientes de Ferrumbra guiaban a los soldados extranjeros por los caminos menos conocidos.

¿Y dónde estaba ella ahora? Allí, en su habitación privada.

Sola, vulnerable, preocupada al igual que toda la gente de Pontio. No era tan tonta para no saber los caminos que se escondían tras los muros del castillo, pero nada le aseguraba que los “ayudantes” del ejercito enemigo no la estuvieran esperando a la salida.

Inhaló y exhaló, sabiendo que no había tiempo para lamentaciones, maldiciones o llanto. No cuando sus hijos estaban allí, con ella.

Sus gemelas de dieciséis años, Arana y Helena. Su pequeño de diez años, Alexiel, el antiguo heredero al trono y su bebé de cinco años, Darren.

Mentiría si dijera que, al verlos, no sentía un nudo en la garganta y una desesperación que no tenía límites.

¿Qué haría Harrold Serei con sus hijos? ¿Qué pasos seguiría con tal de eliminar toda la línea de los Tabatha, especialmente la masculina? Por lógica, para mantener la paz con Trassel, alguno iba a sobrevivir, ¿pero en qué condiciones lo haría?

Su mano se movió instintivamente hacia las dos dagas que guardaban en el cinturón. No era la mejor a la hora de pelear físicamente, menos contra quienes le ganaban en musculo, pero al menos les daría a sus niños más tiempo para huir.

Se estremeció cuando oyó el desenvainar de las espadas de los cinco soldados que permanecían fuera de su recámara. Pocos para una reina, pero leales completamente a ella y a sus príncipes.

Damiana podía confiar en que ellos no la venderían por su propio pellejo.

El sonido de choques de acero comenzó a escucharse y ella esperó.

Esperó gritos, lucha, sangre, muerte.

Las dos damas de compañía, sus mejores amigas desde niña, se colocaron al frente de ella, mientras que los niños se colocaron detrás, esperando en ella un escudo, una seguridad después de la muerte de quien se suponía, debía de velar por su estabilidad y tranquilidad.

Los gritos e insultos iniciaron, jarrones y retratos cayeron ante golpes. Pero…

De repente hubo silencio.

Pasos pesados se oyeron, palabras en el idioma de Haziel se dejaron oír. Una discusión bastante acalorada entre dos personas – un hombre, una mujer – y luego silencio.

Absoluto silencio.

Damiana comenzaba a odiar eso con todas sus fuerzas.

Volvió a respirar hondo, soltando el aire que guardaba en sus pulmones. Soportó las ganas de vomitar que le provocaban los nervios e hizo un ademán con las manos, exigiendo que abrieran la puerta.

Quizás, pensó con desesperación, ese gesto de buena voluntad les haría saber a los hazielinos que una viuda y sus hijos no eran en absoluto una amenaza para ellos.

Tal vez, si dejaban el palacio, si renunciaban a sus derechos, si desaparecían de la mirada de Harrold, vivirían o, al menos, Arana, Helena, Alexiel y Darren lo harían.

Hubo miradas de dudas entre sus damas. No confiaban en esa idea, pero al final, obedecieron.

Mientras las cerraduras se desbloqueaban, llevó sus dedos a la cadenita con el símbolo de la granada y oró a Lyseth, la reina de los dioses, a la protectora de la familia.

Que sus hijos salieran vivos, es lo único que pedía.

Finalmente, la puerta se abrió y el propio gobernante de Haziel entró.

Alto, mucho más alto que Vysel, de tez oscura y largo cabello castaño atado en un moño desordenado. Había suciedad, sangre y barro en su rostro, no obstante, eso no ocultaba el precioso tono chocolate en su mirada, ni las vetas doradas que podrían considerarse inusuales.

La armadura que portaba y la lanza en su mano eran simples, nada ostentosas como era común en Pontio. De un simple tono negro, decoradas con pequeñas piedras ámbar que daban un brillo casi antinatural.

Y en el pecho, Harrold llevaba un rubí, el símbolo de la casa de Serei.

Con un valor que no sabía que poseía, acarició los rizos dorados de Darren antes de alejarse lentamente de sus hijos.

Ya no poseía vergüenza, ni corona, ni un vestido lujoso o joyas que la identificaran como reina consorte. Parecía una mujer común, una mujer aterrada y preocupada, pero común. No altiva, no orgullosa, no soberbia.

Se arrodilló sin más a los pies del soberano, ignorando los jadeos indignados de sus hijas mayores.

—Soberano de las tierras de Haziel…— inició, con todo el respeto que podía invocar en su voz, tratando de ocultar el temblor en sus manos, la forma en que la lengua se le hacía pesada. —Pontio es suyo— Porque esa era la verdad y nada podría cambiarla.

Harrold pareció evaluarlos a todos de arriba abajo y mientras lo hacía, Damiana sintió el sudor formarse en su frente y nuca. Este era un momento clave, si él llegaba a una idea errada entonces…

Alguna idea llegó a su mente, una que debió ser favorable, porque bajó su mano, haciendo que sus acompañantes bajaran las armas.

—Reina consorte. — E incluso la voz de ese hombre parecía fuera de este mundo. —Nada de lo que diga puede traer algún tipo de confianza, eso lo se. Sin embargo, seré claro, no vengo a traer sangre y ruina. — Y por su tono, había algo de verdad en sus palabras. Pero ¿hasta cuándo? —Usted y yo nos reuniremos en el solar, a solas. Supongo que… — esa mirada chocolatosa evaluó la habitación. — Ya tiene guardias y niñeras de su confianza para velar por sus hijos. Le recomiendo que no tarde. — Y con eso, Harrold se retiró, no sin dejar a los que estaban bajo su mando como garantía de que ella no intentaría escapar.

El alivio la inundó, al menos de momento.

Todavía había una posibilidad, todavía había una seguridad, todavía… todavía sus hijos podrían vivir.

Estaba preparada para esa conversación. Daría todo, absolutamente todo, con tal de que sus hijos y su reino sobrevivieran a esta guerra lo más intactos posibles.

Aun si eso significaba entregarse ella misma.

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