Dedicatoria
A los corazones que eligieron la corrupción por sobre la virtud,
no por debilidad, sino por el delicioso sabor de la manzana mordida.
A los que prefirieron el Infierno cuando conocieron el Paraíso,
pues ¿qué es el Cielo sino un salón de té aburridamente eterno?
A los que, como yo, escribimos con tinta mezclada con vino y veneno,
no para ser leídos... sino para infectar almas gemelas.
A los amantes que desnudan el amor sin anestesia de poemas cursis,
porque sólo la verdad —áspera, sangrante— merece ser digerida.
Al te amo que nunca pronuncio,
pues las palabras castran lo que el deseo debería gritar.
Al amor: ese duelo elegante donde uno clava el puñal
y el otro finge no gozar al sangrar.
Y a ti, lector incauto, que hojeas estas páginas como un santo mira un burdel:
Ojalá nunca encuentres tu reflejo en ellas...
...pero si lo haces, bienvenido al club.
La membresía es eterna, las copas siempre están llenas,
y el único arrepentimiento permitido es no haber pecado antes.
Los tontos escriben para ser perdonados. Los inteligentes, para encontrar cómplices.
Cuando cierres este libro, algo en ti habrá muerto… pero oh, qué divertido será enterrarlo.
—La Dama Demente