Prologo
La lluvia caía como si el cielo quisiera borrar cada huella de lo que había pasado. Elizabet estaba frente a él, empapada, con el cabello pegado a su rostro y los labios entreabiertos, respirando rápido. No parecía tener frío… parecía temblar por algo más.
Darling la miraba como quien contempla algo que sabe que no puede conservar. Sus manos estaban cerradas en puños a los lados del cuerpo, no porque quisiera alejarse, sino porque si las levantaba, si la tocaba… ya no habría marcha atrás.
—Dime que no lo sientes —susurró ella, casi sin voz—. Dime que no me has pensado ni una sola noche.
El silencio entre ambos fue más fuerte que el trueno que retumbó en el cielo. Darling dio un paso adelante. Elizabet retrocedió, pero no lo suficiente. El espacio entre ellos se llenó de una tensión que quemaba más que la lluvia helada.
Él levantó la mano y le apartó el cabello de la mejilla. Sus dedos rozaron su piel, y fue como encender una chispa que llevaba años guardada.
—No puedo —respondió al fin, con un hilo de voz quebrado—. No puedo mentirte así.
Ella cerró los ojos, como si esas palabras fueran un golpe y una caricia al mismo tiempo. Y entonces lo besó. Sin permiso, sin aviso. Un beso que no era de principio, ni de final… sino de todo lo que había estado oculto, esperando salir.
Cuando se separaron, ambos sabían que ese momento no debía haber ocurrido. Pero también sabían que ya no había forma de detener lo que vendría después.