El Último Carnaval

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Summary

El Último Carnaval es un thriller apocalíptico con alma caribeña, una montaña rusa de emociones donde la ciencia se cruza con la fe, y los poderosos deben decidir quién vive y quién muere. En medio del caos, una madre, un hijo, un país entero, se enfrentan a una sola pregunta: ¿Cómo se despide uno del mundo... sin perder la humanidad?

Genre
Scifi/Action
Author
LATIDO
Status
Complete
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
13+

Océano de oscuridad

Antes de que la luz ostentara su velocidad y las galaxias se tejieran en la tela del cosmos, yo era. Un corazón de oscuridad primordial, latiendo al ritmo de la expansión infinita. He sentido el susurro de incontables universos naciendo y muriendo, cada uno un breve parpadeo en la eternidad. Y ahora... ahora percibo una perturbación, una nota discordante en la sinfonía cósmica, una sombra que se alarga entre los dioses de luz y oscuridad.

“En mi dilatada existencia, he observado ascender y caer a innumerables formas de vida en miríadas de mundos. Pequeñas chispas de conciencia, efímeras danzas de materia y energía, forcejeando por un significado en la inmensidad. La mayoría son como motas de polvo cósmico, insignificantes en la gran balanza del universo.

Pero a veces... a veces, en la improbable sinfonía cósmica sostenida por un ajuste tan delicado que el menor cambio silenciaría la melodía de la existencia, una de estas pequeñas chispas resuena de una manera peculiar, despliega una tenacidad, una capacidad de conexión que desafía los edictos gélidos del vacío.”

En ese pálido grano de arena azul que danzaba alrededor de un dios de luz mediano, en un territorio abrazado por tres majestuosas cordilleras que se alzaban como colosales centinelas, se encontraba el joven Zuriel Martínez, él era un refractario, uno de esos extraños humanos inmunes a cualquier virus que asolara la Tierra. Era un día cualquiera, y el calor barranquillero se sentía con una intensidad especial, envolviendo la ciudad en una atmósfera festiva y pegajosa. Samantha, su esposa, sentía el llamado del mar, un antojo irrefrenable de sentir la brisa salada acariciando su piel junto a su pequeño hijo Emiliano, de cinco años.

—¡Ay, amor, qué calor! —exclamó Samantha, abanicándose con desespero—. Siento que me derrito. Necesito escapar un rato de este horno. ¿Vamos a la playa?

Zuriel, sintiendo también el agobiante calor que vibraba en el aire, respondió con un tono suave y complaciente: —Ajá, Claro, mi vida. ¿Qué te parece si vamos a las playas de Puerto Colombia? Siempre es un buen plan.

Así, la familia se embarcó en un viaje que, sin saberlo, marcaría un antes y un después en sus vidas. La pareja de esposos y su hijo disfrutaban del trayecto, anticipando la brisa cálida y el vaivén del mar. Al llegar, ambos irradiaban felicidad. Emiliano, con la energía desbordante de sus cinco años, se dedicó a jugar con la arena, moldeando figuras que, con su inocente imaginación, intentaban imitar la estructura del muelle.

El mar ese día tenía una furia inusual. La brisa, que momentos antes había sido un alivio refrescante, ahora azotaba la superficie marina con creciente violencia, levantando olas que mordían la arena como bestias hambrientas. De repente, un grito infantil desgarró la tranquilidad: —¡Mami, mami!— Un niño de otra familia, que jugaba despreocupadamente en la orilla, había sido arrastrado por la traicionera corriente. El terror se pintó en su voz mientras las olas lo alejaban de la seguridad.

Zuriel, lo comprendió la muerte nadaba con el niño.Sin dudar, impulsado como por un poderoso resorte, en un instante, se lanzó al oleaje embravecido. Luchó contra la fuerza del mar, brazada tras brazada una batalla titánica impulsada por la adrenalina y la urgencia. Finalmente, alcanzó al niño, lo aferró con fuerza y, en ese preciso momento, a trece mil ochocientos millones de años luz de distancia, yo, el dios de oscuridad que engendró este universo, fui testigo de su acto. Observé cómo este insignificante refractario se despojaba del instinto de precaución, impulsado por un destello de compasión pura por otra chispa efímera.

Envié entonces una poderosa onda invisible, un susurro cósmico que viajó eones hasta alcanzar el ojo humano de Zuriel. Se fusionó con su médula ósea, un regalo silencioso y poderoso. El joven sintió un agudo pinchazo en la espalda baja, una punzada fugaz antes de que la oscuridad lo envolviera. Con su último aliento consciente, impulsó al niño hacia la orilla. El pequeño salió del mar, tembloroso y bañado en lágrimas, corriendo hacia los brazos de su madre, quien lo aprisionó con un grito ahogado de alivio.

Pero la alegría de Samantha se tornó en angustia al instante siguiente. Zuriel se estaba hundiendo, su cuerpo inerte era tragado por las olas. Un grito desesperado brotó de su garganta, un lamento desgarrador mientras sostenía a Emiliano con fuerza contra su pecho: —¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda! —

La alerta resonó en la playa. Los salvavidas se precipitaron al mar, luchando contra la resaca para alcanzar a Zuriel. Lo sacaron del agua, su cuerpo flácido e inerte. No respondía a los llamados, mientras su esposa contemplaba su rostro pálido como la arena. La sirena de una ambulancia desgarró el aire festivo de Barranquilla mientras lo trasladaban de urgencia a una clínica.

En la fría luz de la clínica, los médicos lo examinaron minuciosamente, buscando alguna herida, alguna explicación para su estado. Pero no encontraron nada, ni una lesión en su cuerpo, ni la menor anomalía en su cerebro. El silencio de los diagnósticos se hizo más ensordecedor que cualquier sirena, la sombría incertidumbre se cernía sobre Samantha y Emiliano. Zuriel había caído en un coma profundo, un sueño inexplicable del que no despertaba. Y así, entre la tristeza y la silenciosa esperanza de un milagro, transcurrieron doce largos años.

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