Capítulo 1 – El inicio de todo
Nunca imaginé que una sola decisión, una beca, una llamada… pudieran cambiar tanto mi vida.
Nunca fui de las que se van sin mirar atrás.
Pero esta vez… esta vez tenía que hacerlo.
Desde que era niña, el baile había sido mi refugio, mi escape, mi forma de existir cuando el mundo era demasiado ruidoso. Mientras otros soñaban con estadios llenos o luces de pasarela, yo soñaba con un estudio blanco, con espejos de piso a techo y la música vibrando en el pecho.
Por eso, cuando me dijeron que había sido aceptada en el programa de intercambio para estudiar en el “Estudio 21” de Los Ángeles —uno de los lugares más exigentes y prestigiosos del mundo del baile— sentí que por fin la vida me decía que sí. Había ensayado durante años para ese video de audición. Cada movimiento, cada toma. Y cuando lo mandé, cerré los ojos y pedí lo único que sabía desear desde hace tiempo: una oportunidad.
Y la tuve.
Pero conforme la emoción inicial se fue disipando, algo comenzó a burbujear en mi interior. De repente, la idea de estar tan lejos de casa me hizo dudar. ¿Era esto lo que quería realmente? No podía evitar pensar en lo que dejaba atrás: mi familia, mis amigos, mi ciudad. El miedo de no estar preparada me acechaba, aunque tratara de ignorarlo.
—¿Estaré lista para esto? —me pregunté mientras miraba el correo, el lugar que me estaba ofreciendo todo lo que había soñado… pero también lo desconocido.
Recuerdo perfectamente el momento en que recibí el correo de la agencia de intercambio. Estaba en mi habitación, haciendo tarea con música de fondo, cuando la notificación me sacó del mundo real.
Tessa:
En nombre de TalentX, queremos informarte que ya tenemos asignado a tu tutor en Los Ángeles. Decidimos asignarte a uno de nuestros chicos, para que estés en un ambiente con personas de tu edad.
Nos vemos en un mes. Que estés bien.
Nombre del tutor: Charles Leclerc
Teléfono: +1 55-355-294-01
—¿Charles Leclerc? —murmuré mientras guardaba el número en mi teléfono, entre confundida y nerviosa. No sabía si escribirle ya o esperar... pero opté por lo primero. Tenía que romper el hielo. ¿Pero qué le decía? ¿Un simple “Hola”? ¿O me presentaba como si fuera una profesional del baile? No quería sonar demasiado informal, pero tampoco quería ser demasiado seria.
Hola, ¿Charles?
Si, ¿Cómo conseguiste mi número?
TalentX me lo proporcionó. Al parecer, serás mi tutor en mi intercambio a Los Ángeles.
¿Tessa? ¿Cierto?
Sí, así es.
Perfecto, ellos ya me hablaron de ti. Será un gusto ayudarte en tu intercambio.
¡Qué lindo! Gracias por eso.
Estoy por salir, ¿te parece si hablamos más tarde?
Claro, no te preocupes.
“Al menos no era un idiota” fue lo primero que pasó por mi mente. Y desde ese mensaje, empezamos a hablar todos los días. Nos hicimos amigos muy rápido, incluso me presentó a su roomie: Carlos Sainz, que también sería parte de esta aventura.
También le conté de Lari, mi mejor amiga de toda la vida. Íbamos juntas a todas partes, aunque ya estaríamos juntas como acostumbrábamos, también había ganado una beca para seguir con su carrera de actuación, pero en NY. Nos iríamos el mismo día a la misma hora. Solo pensar en despedirme de ella me rompía un poquito por dentro.
Siempre decíamos que nos íbamos a separar solo si ambas éramos aceptadas en diferentes programas... nunca imaginamos que sería así. Fue como si el destino nos estuviera separando justo cuando más nos necesitábamos. Me sentí como si todo lo que había conocido hasta entonces se estuviera desmoronando.
La última semana fue una locura. Últimos ensayos con mi grupo, maletas, despedidas... y una fiesta, claro. Una fiesta que nuestros amigos organizaron para Lari y para mí. Sabíamos que acabaríamos llorando, pero queríamos vivir cada segundo.
La casa estaba llena. Música, luces, abrazos… y él.
Jaden.
El chico del que estuve enamorada todo el año pasado. El mismo que nunca se atrevió a decir nada… hasta esa noche.
—Las vamos a extrañar —susurró Ryland abrazando a Lari mientras hablábamos. Sentí la presencia de alguien a mi lado y lo vi. Jaden.
Me giré para mirarlo. Esa cercanía ya no me sorprendía, pero esta vez se sentía distinta.
—Acompáñame —me dijo al oído. Su voz me erizó la piel.
Me llevó al techo de la casa, donde el cielo estaba tan despejado que podías ver cada estrella.
—¿Por qué me trajiste aquí? —pregunté, mirando hacia arriba, sintiendo que el aire fresco del lugar me despejaba los pensamientos.
Pero no contestó con palabras. Me tomó de la cintura, acarició mi mejilla y.… me besó. Un beso que supo a todo lo que no se dijo antes.
—Así que para eso —susurré con una sonrisa, rozando sus labios.
—Tenía que hacerlo —respondió él con una sonrisa que me hizo olvidar todo lo demás a mi alrededor.
—¿Por qué justo ahora? Me voy del país en unas horas.
—De haber sabido que responderías así, lo habría hecho hace un año.
—Te tardaste un poco...
—Soy el claro ejemplo de que los atletas somos tontos —rió.
Después de eso, solo recuerdo risas, abrazos, lágrimas. Llegué a casa a las 3:00 am. Me duché, terminé de cerrar mis maletas y subí al coche con mis padres. Nos miramos en silencio todo el camino. No teníamos que decir nada, ya sabíamos lo mucho que nos íbamos a extrañar.
Y, aun así, mientras el auto avanzaba, mis pensamientos volvían a ese beso.
Quizá si me hubiera besado hace un año, todo sería distinto. Pero el tiempo no retrocede. Solo avanza.








