Primera parte - El velero que se encontró con una
Ahí me encontraba yo de pronto, sin la noción de cuánto tiempo había pasado. Sali de mi casa para subir a un velero que solía pertenecer a mi padre. La meta era más que clara, ansiaba ir a la isla lejana de pitao. Un lugar que no era ajeno para la gran mayoría de los habitantes de ciudad islillas. Yo vivía en esa ciudad costera del estado de Diluverio toda una vida. Para ese entonces tener dieciséis años parecía ser una cantidad un poco más grande de lo que realmente era. Aquel velero en el que me desplazaba sobre el agua era demasiado cómodo. Sentía de pronto que con mis pies sobre la madera me deslizaba sobre el agua, como si de correr sobre la superficie se tratara. De pronto el motivo que me orillo a querer ir en la búsqueda de aquel lugar se difuminaba en mi mente. Era como si el motivo comenzara a borrarse de mi memoria tan gradualmente que el hecho de pensar en olvidar, no me disgustaba. Acepté el hecho de que no podía obligar a mi joven memoria a recordar algo que simplemente no quería hacer. Ya llevaba varios días desplazándome sin detenerme en el mar. El velero blanco en el que me desplazaba solía pertenecer a uno de mis abuelos, mi abuelo paterno de manera exacta. Vivía con el allá en la costa en una casa bastante linda. No podía quejarme del todo pues tenía una vida que al menos era cómoda si me refería al que no me esforzaba por las cosas. Todos esos dieciséis años fui plenamente consciente de la suerte que tuve al tener a alguien como mi abuelo. Desgraciadamente no todo era tan lindo como parecía desde mi inexperiencia en la vida. Mi abuelo que se llamaba Simón enfermó cuando tenía catorce. Apenas años antes de eso podía decir con toda seguridad que yo era el más feliz de todos. Aun y aunque nunca conocí a mi madre realmente, me sentí amado al tener a un hombre como él. Lo único que supe de mis padres fue de que mi madre era muy joven para hacerse cargo de mí. Papá el hijo de mi abuelo Simón al parecer también tenía cosas mejores que hacer. Mi guelo como solía llamarle con cariño me dijo que lo último que supo de mi padre es que quería seguir su camino.
—¿Qué camino? —me preguntaba con ironía.
El solo me decía que mi padre deseaba seguir los caminos de mi abuelo. A palabras que utilizo antes de marcharse "el sí haría las cosas bien" no como mi guelo Simón. Cuando era más pequeño no sabía a qué se refería exactamente ese señor con esas palabras. Hasta que un día mi abuelo simplemente me contó su historia cuando era más joven. Quedé maravillado al escuchar su historia pues al parecer él no era de Diluverio si no de Zacatecas. Un estado de México llenó de cosas maravillosas que le extendió la mano cuando él era más joven. Mi guelo era instrumentista pues el tocaba la trompeta y la guitarra de una manera excepcional. Allá donde el nació se dedicaba a ser mariachi durante su juventud. Cantaba también de una forma excepcional durante sus presentaciones en aquellos años. Le admiraba demasiado que tuviese esa capacidad de ser tan talentoso. Cuando por fin supe esa historia enseguida supuse que mi padre ansiaba seguir sus pasos de artista. Siendo yo un bebé días antes de que me dejara en la casa de mi guelo, mi padre compró unos boletos de barco para irse a México a buscar fama. Ya no supimos si el camino que buscaba fue encontrado por su ambición, pero suponíamos que si lo encontrase lo sabríamos de inmediato. A pesar de que mis papás no me quisieron en sus vidas en mi corazón no había sentimientos amargos ante la semilla de su indiferencia. Después de todo mi única figura de autoridad solía decir que las buenas personas solo son aquellas que no cierran su corazón al cambio. Cuando supe que mi abuelo estaba enfermo, supe lo que era el temor. Nunca antes lo había experimentado hasta aquel momento donde acompañe al hospital a mi única familia. Comprendí que el miedo nos hace indefensos ante cambios que no podemos controlar. Los días desplazándome en el mar se volvían cada vez más cortos. Parecía de pronto como si el mismo tiempo quisiese confundirme en el viaje que decidí zarpar en mi soledad. Con seguridad de que mi viaje tendría éxito a la hora de llegar a mi destino. Recostado en la proa solo miraba fijamente las velas que parecía hacían todo el trabajo. Así la comodidad de mi viaje durante un día soleado de un mes de agosto, navegando por el agua esta abrigaba mi navegación. Sentí como la orza del velero golpeaba con un objeto bajo el agua. No podía estar seguro de ello después de todo era algo que no estaba al alcance de mi preocupada mirada. Con el impacto de ese golpe el casco tuvo un movimiento brusco. Era inevitable que el pánico no se apoderara de mi pues cuando mi guelo me enseñó a navegar nunca paso algo similar. Fije mi mirada rápidamente al azul del agua para tratar de tener una respuesta. Una vez que mis ojos se fijaron en la superficie parecía que no había nada fuera de lo usual en ese momento. Me recosté enseguida en la proa de mi embarcación para nuevamente ser perturbado por un nuevo impacto. Nuevamente la orza topó con lo que parecía ser el mismo objeto momentos atrás. De manera automática volví a dirigir mi mirada al mar para nuevamente no ver nada fuera de lo usual.
—¡¿Qué fue eso?! —pregunté con mi tono de voz alto.
Como era de esperarse no tuve una respuesta inmediata. No había nadie que me pudiese responder en ese momento, consciente de ello trate de recostarme nuevamente en la proa. Mientras usaba mis manos para recargar mi cabeza en contacto con la madera. Mirando el azul del cielo tan prominente lejos de mi alcance un sonido me hizo entrar en razón. Dicho sonido era el de una ballena a un lado de mi velero que parecía hacerme compañía.
—¡¿Qué?! —pregunté de nuevo al aire sin tener una respuesta de nuevo.
Supuse que con una de las callosidades de que aquella criatura la orza de mi embarcación tuvo contacto. Por contacto me refería a un golpe fuerte que perturbo la tranquilidad que obtuve después de días desplazándome en el mar. Aquella ballena parecía mirarme con sus ojos tan imponentes, lo que me hacía cuestionarme de su inteligencia. No dejaba de mirarle fijamente a aquella criatura que se encontraba tan cerca de mí. Deseaba tocar su piel con mi mano pues la humedad de su ser me era demasiado atrayente al menos para querer tocarle.
—Eres una criatura bellísima—dije mientras extendía una de mis manos para tocarle mientras ambos seguíamos en movimiento.
Sentí con la palma de mi mano la suavidad de su piel, la humedad de su ser. Toqué de manera más exacta la zona cercana a su espiráculo como agradecimiento de dejarme observarle. Después de darle un pequeño toque con mi palma que ante su inmensidad no era nada. Mi velero se detuvo en secó pues parecía que el viento dejo de soplar de un momento para otro. Tenía que comenzar a maniobrar para seguir deslizándome sobre el mar frente a mí. Mientras me ponía de pie para tratar de seguir navegando la ballena hizo algo que me dejo atónito. Dicha acción que la ballena estaba efectuando era que comenzó a empujar mi embarcación. Con sus surcos ventrales y su boca comenzó a empujar el timón. Llevándome a un lugar que yo desconocía, pero aun sin saber de a donde era que me llevaba. No tenía miedo de ver el destino al que me llevaría así después de unas horas de navegación en forma recta. Miré en mi panorama el lugar al que tanto había deseado llegar a escasos metros de mí. Una isla que parecía ser el paraíso propio lleno de color y de vegetación que nunca antes había visto.
—¡Sabía que no era mentira lo que la gente decía de este lugar! —dije con emoción genuina.
Dicho mamífero me empujó en dirección a aquel lugar paradisiaco. Sin ningún tipo de escalas directamente llegué a dicho lugar que ante mi vista lucia como un paraíso tropical. Conforme me empujaba llegó un punto en el que, al voltear hacia atrás de mi velero, la ballena ya no estaba. Sintiendo la ausencia en la comodidad de tierra firme, no hice otra cosa más que bajar de mi embarcación. Empujé con todas mis fuerzas el velero hacia lo más alto de la suavidad de la arena. Con ambos brazos empujaba, no me importaba lastimar mi joven espalda debido a inútiles esfuerzos. Fue evidente para mí que no tenía las suficientes fuerzas para arrastrar por mí mismo el velero. Antes de darme al fin por vencido de no poder efectuar dicha hazaña. El mar me ayudó pues una ola lo suficientemente fuerte dejó mi velero en lo más alto de la arena. Miré que el mar cumplió la función de una mano que empujo mi vehículo. Ya al fin desde la arena a lo lejos en el horizonte admiré nuevamente a la ballena que me ayudó a llegar a mi destino. Solo asomó lo que parecía ser su espiráculo en la superficie e instantes después sacó su aleta trasera como señal de un adiós. Con mi mano derecha hice los movimientos que se hacen propiamente al despedirse de alguien. Volteé enseguida para ver más de cerca y con más detenimiento la isla. Todo parecía estar con normalidad a excepción de que una niña se miraba a lo lejos sobre la arena. Dicha figura femenina se encontraba hincada en la arena, viéndola con más detenimiento me di cuenta de algo. Se encontraba dejando una botella de plástico en el agua, en su interior parecía contener una hoja de papel enrollada. Comencé a dar unos cuantos pasos hacia donde ella se encontraba para enseguida gritarle;
—¡Hola niña! —de la manera más estruendosa posible.
Ella después de percatarse de que me encontraba en dicha isla, me miró para enseguida adentrarse en la vegetación del lugar. Haciendo obvio el hecho de que me ignoró decidí volver a gritarle desde los metros que nos separaban;
—¿No me escuchas niña? —pregunté de nuevo.
No deseaba que se adentrara pues quizás si lo hacía no la encontraría de nuevo. Sabía que tendría dificultades para volver a coincidir con ella entre la vegetación. Me encaminé de forma más apresurada hacia donde ella se encontraba pues se adentró entre unos arbustos. No le perdí el paso, aunque ella fuese más veloz de lo que yo hubiese podido pensar. Dicha figura femenina ya estando frente a mí se volvió más clara lo que me hizo darme cuenta de que se trataba de una adolescente. No dejaba de caminar por lo que tuve que tomar una de sus manos para tratar de detenerla. Sabía que no era la mejor decisión que pudiese tomar pero que otra opción tendría en ese entonces.
—Te estoy hablando—dije después de apretar la palma de su mano con la mía.
De manera inmediata se volteó para mirarme a los ojos. —Ya sé que me hablaste, ya te escuché solo que decidí ignorarte porque tú no eres de estos lares—.
—Perdón—alegué confundido soltando su mano ante esa ligera hostilidad. —¿Tu perteneces a este lugar? —le pregunté de inmediato.
—Así es, yo pertenezco aquí—afirmó de forma engreída.
—¿Cómo es que tu perteneces a este sitio? —le pregunté de nuevo.
Ella ya no volvió a emitir una respuesta de su vocabulario, simplemente se dio la vuelta para seguir caminando. Traté de seguirla hasta lo que parecía ser el corazón de aquella isla. Todo marchaba bien en mis pasos guiados hasta que ella se percató de que la estaba siguiendo. Motivo por el cual volvió a mirarme para hacerme una petición;
—¡Deja ya de seguirme! —con un tono de voz un tanto molesto.