Capítulo 1
Había pasado horas buscando el vestido perfecto y a su gusto, la ocasión lo ameritaba y el peor horror sería avergonzarse frente a damas bellamente arregladas.
Había encontrado un vestido blanco hermoso, que la enamoró a pesar de evitar usar colores claros por miedo a ensuciarlos. Se adaptaba perfectamente a su figura y el corte aumentaba delicadamente su estatura.
La gabardina crema fue un aditivo interesante, su contraste con el blanco le otorgaba elegancia y aclaraba su piel trigueña. Sus tacones negros se combinaban con su pelo rizado y destacaban en su entorno.
Se sentía poderosa de una manera que jamás había sentido. La belleza que antes no había visto la llenó de una seguridad conquistadora.
Pronto llegó la hora de ir a la fiesta, una dulce celebración por la llegada de días de calma. Caminó con fiereza, con los ojos abiertos por la sorpresa al no caerse esa primera vez que vistió sus pies con tacones altos.
Al llegar al lugar se encontró con un salón espacioso, no era enorme y sin embargo, el ambiente no perdía su extravagancia. Había sillas esparcidas por doquier y damas vestidas de blanco como ella, acordes al tema de la fiesta.
Se vio a sí misma observando a las demás, mirando su ropa clara detenidamente e intentando no sentirse desconfiada. Pero la atención de la gente recayó sobre ella y pronto se sintió la más hermosa de todas, con la gabardina ondeando con su paso suave y delicado.
Al encontrarse con su amiga la saludó alegremente, feliz de ver a alguien familiar en un ambiente tan serio y frío, lleno de miradas ajenas que pronto la incomodaron.
Charló con ella, con la voz amable y susurrante. Le preguntó la gracia de sus días, cómo se sentía y qué había hecho en sus semanas de nueva libertad.
Este no era su ambiente, había dicho su amiga y ella le creyó, porque tampoco era el suyo y simplemente se encontró ahí con el objetivo de impresionar, de marcharse con algo grande entre las manos, de darle un impulso a su futuro de forma valiente. Saliendo de su zona de confort.
El anfitrión era un hombre adinerado que invertía en personas que le parecían interesantes, les brindaba una oportunidad de desarrollar sus talentos y ella quería sostener esa esperanza, avanzar con pasos firmes con una ferocidad que en realidad no tenía.
Sin embargo, ese deseo pronto se fue marchando, puesto que a pese a vestir elegante y hablar educadamente, el hombre no se interesó en escucharla ni en hacer negocios.
Hablaba con otras mujeres, que no vestían un corte tan fino como el suyo, cuyo pelo era un poco más desordenado y las cuales sus ropas blancas incluso estaban algo manchadas.
Y eso no le provocó los celos que probablemente debería sentir con naturalidad, sino que la hizo preocuparse. No sabía si era el brillo en los ojos del anfitrión al mirarlas o la frialdad que le dedicaba cuando ella misma se acercaba.
Tampoco estaba segura de si se debía a la extraña forma en la que las manos del hombre se detenían más de la cuenta en los hombros de alguna de ellas, o la frecuencia con la se situaba pegado al costado de una chica inocentemente descuidada.
Cuando los ojos del hombre se posaron en su amiga demasiado tiempo, se acercó a ella instintivamente, caminando a la salida con la chica nerviosa.
Se observaron sin decir nada y la mirada de su compañera le dijo todo. Entrelazaron sus manos juntas y se acercaron más la una a la otra sin querer separarse accidentalmente.
Y eso fue lo único que las mantuvo unidas cuando todo empezó. En algún momento el ambiente tranquilo se perdió y se descontroló, la gente estaba corriendo y muchos no lograron escapar a tiempo. El anfitrión llevaba en sus manos un arma de fuego, una de esas grandes de las cuales ella no conocería el nombre ni en sus sueños.
Corrieron con el corazón latiendo furiosamente, las uñas clavándose en el dorso de la mano de su compañera con una saña arrasadora. Las salidas estaban cubiertas, los cuerpos amontonados con sangre de un rojo oscuro manchando los sueños blancos.
Y ella hubiera gritado de horror si las palabras le salieran al ver a alguien con los ojos sin vida con líquido derramándose justo del centro de su frente.
Pronto ya no quedaron más personas de pie y el que antes era el anfitrión las observaba con ojos fríos desde el otro lado de la habitación, el arma en su mano vacía y sus bolsillos sin munición.
Les dirigió una sonrisa depredadora al encontrarse con sus miradas asustadas y ellas respiraron de forma audible cuando él dió un paso en su dirección.
Mientras él se acercaba con una mirada asquerosamente lujuriosa, ella y su amiga temblaron con impotencia, con las uñas clavándose dolorosamente aún en la mano de la otra. Cuando de repente vieron esa puerta entreabierta justo a un lado, corrieron hacia ella como si sus vidas dependieran de ello, y así era.
Cerraron el gran portón negro de hierro forjado con manos ansiosas, y cuando voltearon y miraron a su alrededor, se encontraron observando una marquesina vacía con espacio para dos coches grandes.
Saltaron sobre sus pieles al escuchar el arma del hombre golpear contra el metal en un intento infructuoso de forzar su entrada.
Cuando eso no le dió resultado, el anfitrión empezó a insertar su mano entre los huecos, buscando alcanzar la cerradura de la puerta que no podría ser abierta desde afuera sin una llave.
Con un miedo que le heló los huesos, ella intentó encontrar algo, cualquier cosa que la ayudara a impedir lo inevitable.
Sus ojos se posaron en un cuchillo aparentemente abandonado en una esquina, el mango era grueso y áspero en su mano, del largo de su muñeca hasta la línea donde empezaba el antebrazo.
Su cuerpo entero temblaba al sostenerlo y su garganta se hizo un nudo. No era capaz de hacerlo, nunca lo sería. Pero cuando los dedos del hombre se acercaron a la cerradura desde el hueco entre los hierros, esa resolución se vio destrozada.
Se acercó con una valentía que no sentía y deslizó el cuchillo con la gracia del aire, cortando la mano del anfitrión y dejándole un corte limpio y sangrante.
El hombre gritó de dolor y soltó insultos a más no poder, golpeando la puerta con rabia con su mano sana, sin volver a intentar entrar.
Se dejó caer al suelo en la esquina más alejada de la puerta, soltando el cuchillo con suavidad a su lado, manteniéndolo cerca de su cuerpo tembloroso.
Su amiga caminó hacia ella con lágrimas corriendo por su rostro antes cargado de inocencia juvenil. Se sentó y la abrazó con fuerza, sollozando sobre su hombro con miedo.
Lloraron juntas, sabiendo que solamente habían aplazado un poco el final de sus vidas, que el intento de escapar haría que el dolor fuera aún peor.
El asesino no tardaría en reanudar sus intentos, y aunque quizás ya no deslizara sus manos sucias entre los huecos, probablemente encontraría otra manera.
Se abrazaron como si fuera la última vez y se miraron a los ojos, entendiéndose como nunca antes. Susurraron disculpas por acciones pasadas y se aferraron a la mano de la otra cuando antes lo que más ansiaban era alejarse.
Se secaron el rostro mutuamente y cuando escucharon al hombre afuera alejarse, no cantaron de alegría. Sabían que volvería.
Ella observó a su amiga, con sus manos secando las lágrimas que bañaron su rostro y deslizó sus dedos alrededor de su cuello, acariciando suavemente con una presión apenas lo suficientemente fuerte como para cortar el aire.
La otra chica le dirigió una mirada tranquila, con una sonrisa dulce como respuesta tácita a una pregunta no formulada.
Ella apretó, con sus uñas largas clavándose ligeramente en la piel, pero en cuanto la respiración de la otra se alteró, se detuvo y la soltó, sollozando amargamente y sintiéndose sucia solamente con pensar en hacer algo así.
Tembló con impotencia y rabia incontrolables, jadeando dolorosamente hasta que su amiga la abrazó con fuerza y le susurró palabras suaves para calmarla. Las caricias en su espalda y la idea de que no tenían tiempo fue lo que finalmente la llevó a tranquilizarse.
Buscaron otra manera, sabían que esperar al inminente final no era una opción. El terror era más fuerte que cualquier otra cosa que jamás hubieran sentido, y recordar la mirada hambrienta que el anfitrión les había dirigido desde el otro lado de la sala sólo las hacía llenar de angustia.
En una esquina de la habitación había un pequeño bolso, abandonado al igual que el cuchillo. El contén junto al que se encontraba, lleno del agua de la lluvia que caía a cántaros del exterior, sólo hablaba de una mala construcción en la marquesina.
Se acercaron allí, con la esperanza de encontrar algo útil, tal vez la llave que abriría el portón por donde se suponía que entrarían los autos. Pero lo único que encontraron fueron trozos de papel arrugados, un sacapuntas de metal y un borrador de leche usado.
Ella miró a su amiga con una gran tristeza en sus ojos, todavía con lágrimas bañando su cara. La otra chica negó con la cabeza y tomó el borrador de lápiz entre sus dedos temblorosos, lo partió a la mitad y le tendió un pedazo.
Ambas miraron el contén lleno de agua a rebozar. Ella se quitó la gabardina de sus hombros y se recostó en el suelo, apoyándose en un codo y utilizando la prenda como una manta, ofreciéndole un espacio a su lado.
Las chicas se acostaron juntas, apoyadas en una mano y arropadas con una inexistente sensación de confort. Ambas llevaron los pedazos de borrador a la boca de la otra, como un intercambio de anillos en una boda.
Su amiga sostuvo la mano que no utilizaba para apoyarse y la dirigió a su labios. Un beso fue depositado en su palma y sus lágrimas volvieron en su entendimiento. La otra chica usó sus dedos para cubrir su boca.
Se alejó por una fracción de segundo, susurrando contra su mano una única palabra: —Traga.
Y así lo hizo. Ambas se miraron a los ojos y se forzaron a tragar, evitando que la otra se detuviera o vomitara con sus manos. Forcejearon instintivamente, pero cuando el flujo de aire se fue marchando, la calma las inundó por primera vez en lo que parecieron años.
Las dos chicas perdieron la consciencia al mismo tiempo y sus cuerpos ya no pudieron apoyarlas. Cayeron flácidas, sus cabezas directamente en el contén, con el agua ahogando con fuerza cualquier posibilidad de supervivencia. Tal y como lo deseaban.
No tardaron más de cinco minutos en darle fin a una existencia que se volvió miserable y probablemente empeoraría, y lo hicieron sin dolor, sólo unos minutos de angustia a cambio de una calma eterna.
Podían quemarlas y no lo sentirían. Ya no había peligro de una violación a sus cuerpos frágiles mientras la sangre se derramaba de heridas, tal y como las miradas del anfitrión lo prometían. Abrazadas, vestidas de blanco y arropadas por una gabardina crema, para brindar calidez a la anticipada frialdad del agua del contén.
Afuera, la policía llegaba, uniformados y con cara seria. Sólo una única patrulla prestó atención a la escena. Todo era un desastre, una carnicería que jamás pensaron ver en toda su carrera.
Se acercaron al único hombre vivo en el lugar, con las esposas listas y las manos alzadas. El tipo se alteró, alegó haber sobrevivido por milagro y dijo que los culpables se habían escondido en su garaje.
Los oficiales lo miraron con duda, pero el anfitrión les enseñó su mano herida en su afán de demostrar su inocencia, diciendo que estaba vivo, pero no sin consecuencias. Ellos, estúpidos, le creyeron y fueron con él a buscar a los culpables, con las pistolas cargadas y listos para la lucha.
Cuando abrieron la puerta interior de la marquesina, todos se volvieron atónitos hacia el hombre, que también observaba con sorpresa la escena extrañamente hermosa que se desarrollaba frente a él. Luego, sonrió con fiereza, y ante los ojos aterrizados de los policías, su cuerpo se fue deformando.
Se convirtió en una cosa sin nombre, inigualable. Se alargó y estiró, perdió su rostro y su ropa se desvaneció uniéndose a su cuerpo asqueroso. Era verde, un tono feo y llameante, luminiscente, brilloso y desagradable.
Esa cosa se estiró y desde afuera, solamente se escuchaban los gritos de los policías, y eso tampoco importaba. En el exterior no quedaba más que desolación.
En la nieve pura habían cuerpos helados por algo más que por su frío natural. Había un rojo oscuro y nauseabundo perturbando el blanco del ambiente y letras grandes se deslizaban como en una pantalla después de una película: «The Green» decían, y no había razón aparente para que estuvieran ahí.
Aún en la marquesina, ajenas a todas las cosas que sucedieran con los vivos, había dos mujeres abandonadas. Juntas abrazando la muerte, solas en un mundo aterrador. Nadie sabe si su decisión fue la correcta, pero lucharon contra algo por su cuenta. Si alguien en la Tierra las juzga, ellas ya están en Marte, y si quieren entenderlo, pónganse sus tacones negros