Miller: El llamado de las 7 velas

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Summary

Cinco personas, cinco idiomas, cinco reinos del crimen. Dejarán su destino sobre los hombros de unos marginados

Genre
Scifi
Author
Unlokito
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

(0.1) Primer paso

La reunión no estaba en el calendario.

Cinco personas, cinco idiomas, cinco reinos del crimen. Sentados en una mesa circular en los subsuelos de Glasgow, sin cámaras, sin tiempo, sin ruidos, sin ventanas —solo la ambición de restaurar algo perdido.

—El CMNU debe caer, —dijo Arthur McLouis, encendiendo un cigarro y dejando que el humo se arremolinara bajo la luz blanca—. Son ellos o nosotros .

El Jeque Arabe Ismail al-Rahim golpeó la mesa con su palma abierta, deseando una resolucion rapida.

—¡No me vengas con idioteces, McLouis! No contamos con recursos para ir a una guerra, ni siquiera para movilizar hombres en paises pobres. El CMNU nos aniquilará.-

Sofía Castellanos apoyó el codo en la mesa y dejó caer su silueta latina. Hermosa como pocas, venenosa como muchas pero persuasiva como nadie

—Él tiene razón, lindo Arthur. El Séptimo Velo ya cayó; nunca uno de los velos había caído. Estamos perdiendo terreno como nunca.-

Parada detrás de Arthur, dio un paso adelante una figura seductora Laia vos.

—Cállense y escuchen a Arthur.

El doctor Pavel Zoric dejo de tocar su blanco bigote y la señaló con desprecio.

—Tú no te metas, sucia secretaria.

—¿Acaso tiene una propuesta, Dr. Pavel? —inquirió la monja Vera Grünwald, sin apartar ni su mano del rosario que colgaba de en su cuello.

—No… —Pavel dejó escapar un suspiro—. ¡Pero nadie tampoco intenta aportar algo!

El murmullo se convirtió en gritos y acusaciones cruzadas.

Arthur permanecía inmutable, observándolos en la comodidad de su silla. El siempre era calmado, o al menos eso aparentaba.

Las luces blancas lo cegaban. Los gritos, lo ensordecían. El vino, en sorbos cortos, le dejaba un gusto agrio en la boca.

Todo lo que estaba mal, lo disfrutaba.

Le gustaba saborear los instantes de caos. Para Arthur el caos era calma.

De pronto, el zumbido en sus oídos se intensificó. Miró al suelo y pensó: “Qué molestos”.

Sacó su arma y ¡PUM! disparó al techo. El estruendo retumbó en las paredes.

Los guardaespaldas alzaron sus fusiles, pero las velas hicieron seña de calma.

Laia sonrió con placer:

—Qué miedo, señor Arthur.— Una sonrisa se perfilaba en su rostro

Arthur alzó su fría mirada y apuntó a los presentes:

—¿Olvidaron por qué murió el Segundo Velo?

Todos bajaron la cabeza; el silencio fue absoluto.

—Cuando habla la Vela Primera —murmuró Arthur, impaciente—, las demás velas callan.

Tras un segundo de silencio, dijo:

—Muy bien. Daremos el primer paso —anunció—. Atacaremos desde las sombras. Lo más importante es el dinero; sin él no existe influencia ni poder. Iniciaremos atacando al nuevo Banco Mundial.

Los rostros se tensaron; la tensión se podía cortar con un cuchillo.

—¿Y quién ejecutará esto? —preguntó Sofía.

—Envíenme candidatos —respondió Arthur, alejándose de la mesa—. Maurice Miller sera el encargado de liderar esto. Primero los desestabilizaremos desde dentro.

Ismail al-Rahim se irguió, indignado:

—¡No puedes decidir solo! Además, el proyecto Miller no está completo.

Arthur ni siquiera giró la cabeza previo a contestar:

—Yo digo cuándo algo está completo y cuándo no.

El doctor Pavel se levantó de un salto y preguntó:

—¿Qué pasara con las otras dos velas?

Arthur se volvió y clavó en Pavel una mirada petrificante; este se quedó paralizado.

—Uno está muerto. Otro ya me envió nombres. Fin de la reunión ciento cincuenta de la Hermandad de las velas.

Entre protestas y caos, Arthur cruzó la puerta junto a Laia con una sonrisa. En el pasillo, un joven muy alto y atlético esperaba.

—¿Cómo estuvo? —preguntó el joven.

Arthur sonrió, alzando un pulgar:

—Hola Maurice estuvo Excelente. Calmada y productiva.

—¿Puedo empezar, señor? —inquirió Maurice.

—Claro. En Tokio. Busca a tu primer objetivo: Daiki Ando, ella será la pieza clave. Toma esta memoria usb. En ella está todo lo que debes saber.

—Gracias, señor —respondió Maurice, se dio la vuelta y se marchó

La puerta se cerró tras ellos. En el aire quedó el frío peso de algo inminente.

—¿En serio confías en ese tipo? Yo lo haría mejor —dijo Laia, atándose su rubia cabellera

Arthur soltó una pequeña sonrisa, orgulloso:

—No digas idioteces, Laia… Ese chico es mi peón perfecto.

Arthur y Laia se perdieron en la infinidad de aquel pasillo húmedo y de luces blancas. Algo gigante estaba por comenzar.