Chapter 1
El sol de la tarde teñía las calles de Tokio de un dorado cálido, pero dentro del imponente Mercedes-Benz negro que avanzaba silenciosamente, el ambiente era glacial. Manjiro Sano, conocido en las sombras como Mikey, líder supremo de la temida organización Bonten, observaba por la ventana con una mirada tan fría como el acero. A su lado, pequeño y envuelto en un abrigo rosa chicle que contrastaba violentamente con la oscuridad interior del auto, Hitoshi jugueteaba con los cordones de sus zapatillas, también rosas. Sus grandes ojos, heredados de su padre pero llenos de una inocencia que Manjiro parecía haber perdido hace siglos, miraban hacia afuera con una mezcla de tristeza y expectativa contenida.
—Lo siento, Hitoshi.—la voz de Manjiro rompió el silencio, grave y sin inflexiones cálidas, aunque un esfuerzo perceptible, casi forzado, templaba su rudeza habitual.—Sabes cómo son las cosas. El debut en karate... no pude asistir, mi trabajo.—
Hitoshi asintió, tragando saliva . Sabía que las “cosas” de su padre eran grandes, importantes y peligrosas. Las miradas de los guardaespaldas, la tensión perpetua, los susurros que cesaban cuando él entraba en una habitación... todo le decía que el mundo de su padre era distinto. Pero la decepción por perderse su primera exhibición de karate, donde había practicado tanto su kiai, aún le quemaba en el pecho.
—Pero—continuó Manjiro, girando ligeramente hacia él. Un destello fugaz, casi imperceptible, cruzó sus ojos oscuros. —Recuerdo que dijiste que amabas los gatos. Y el rosa.—Señaló con un mentón hacia el frente. —Llegamos.—
El auto se detuvo frente a un lugar que parecía sacado de un cuento de hadas urbano. ”El Rincón Ronroneante” rezaba un letrero con letras cursivas rosadas sobre una fachada de madera clara. Ventanas grandes permitían ver el interior: cojines mullidos, estanterías llenas de libros y juguetes, y, sobre todo, gatos. Muchos gatos. De todos los colores y tamaños, durmiendo en cestas, jugando con pelotas de lana o observando el mundo exterior con desdén felino.
El corazón de Hitoshi dio un brinco. La decepción se disolvió como azúcar en agua caliente, reemplazada por una emoción pura y vibrante.
—¡Papá! ¡Es perfecto!—Su sonrisa iluminó el interior del auto, un rayo de sol en la penumbra. Manjiro esbozó algo que, en otra persona, podría haberse llamado sonrisa. Un simple movimiento de los labios.—
Al salir del auto, la transformación fue instantánea. Manjiro se enderezó, su postura se volvió más amplia, dominante. Su aura de frialdad intensa envolviéndolo como una armadura invisible. Hitoshi, en cambio, saltó al suelo, su abrigo rosa brillando bajo el sol, y corrió hacia la puerta de la cafetería, casi tropezando en su emoción.
El interior era aún más mágico de lo que prometía desde fuera. El aire olía a café recién hecho, pastel de zanahoria recién horneado y, sobre todo, a gato: un aroma cálido, terroso y reconfortante. La música suave de piano se mezclaba con el ronroneo constante, una sinfonía de paz. Hitoshi se detuvo en seco, boquiabierto, girando sobre sí mismo para no perderse ningún detalle: un gato siamés dormido en una hamaca, un persa blanco como la nieve acicalándose con dedicación, un atigrado jugando con una pluma.
—¡Bienvenidos al Rincón Ronroneante! ¿Primera vez?—
La voz era como miel derramándose sobre cristal: dulce, clara y llena de una calidez genuina. Ambos giraron hacia la fuente del sonido.
Akane. Parada tras la barra de caoba pulida, era un destello de luz en el acogedor local. Su largo cabello rubio, recogido en una coleta alta que dejaba escapar algunos mechones suaves alrededor de su rostro, brillaba bajo las luces cálidas. Sus ojos, del azul más puro y sereno, como un cielo de verano sin nubes, los observaban con una amabilidad abierta y curiosa. Vestía un delantal limpio sobre un suéter beis y una falda larga de lino, y sostenía una bandeja con tazas vacías. Su sonrisa era amplia, sincera, iluminando toda su cara.
Manjiro la miró. No con la lujuria o el cálculo con que muchos hombres miraban a una mujer tan hermosa, sino con la frialdad analítica de un depredador evaluando un entorno desconocido. Asintió bruscamente, sin palabras.
Hitoshi, sin embargo, se acercó corriendo a la barra, sus ojos brillando aún más que antes. —¡Sí! ¡Primera vez! ¡Y hay tantos gatos! ¡Y todo es tan bonito! ¡Me encanta el rosa!—Señaló entusiasmado un cartel rosa pastel que anunciaba el “Menú Gatuno Especial”.—
Akane rió, una campanada ligera y musical. ——¡Me alegra oír que te gusta! El rosa es un color muy feliz, ¿verdad? Bienvenido, pequeño explorador..—Se inclinó un poco hacia Hitoshi, su sonrisa aún más cálida. —Yo soy Akane. ¿Y tú, cómo te llamas?——
—Soy Hitoshi.—dijo el niño, hinchando el pecho con orgullo, olvidando momentáneamente la presencia intimidante de su padre. —Y este es mi papá.—Señaló hacia Manjiro, quien seguía inmóvil junto a la puerta, observando la escena con sus ojos impasibles.
Akane dirigió su sonrisa azul hacia Manjiro.—
—Bienvenido también, señor. ¿Una mesa para los dos? Tenemos algunos rincones muy tranquilos.—Su mirada recorrió brevemente la ropa oscura y cara de Manjiro, su postura, pero no mostró más que la cortesía profesional y amable de una buena anfitriona. No reconoció al líder de Bonten. Para ella, eran solo un padre taciturno y su hijo adorablemente entusiasta.
Manjiro asintió de nuevo, un movimiento casi imperceptible.
—Sí. Un lugar... tranquilo.—Su voz, grave y sin inflexión, resonó con una autoridad que contrastaba violentamente con el ambiente acogedor.—
Akane los guió hacia un rincón acolchado junto a una gran ventana, donde un enorme gato Maine Coon de pelaje grisáceo dormitaba sobre un cojín rosa.
—Este es Balalaika. Es un poco perezoso, pero muy dulce. Creo que os dejará compartir su rincón.—Sonrió a Hitoshi, quien ya se estaba arrodillando para observar al felino dormido con reverencia.—
Mientras Akane tomaba nota de su pedido (un batido de fresa con extra nata y sprinkles rosas para Hitoshi, un espresso solo y amargo para Manjiro), Hitoshi no podía contener su alegría. —¡Mira, papá! ¡Es enorme! ¡Y mira sus patas! ¡Y ese gatito blanco allá! ¡Parece una nube!..— Susurraba, tratando de no molestar a los gatos, pero su emoción vibraba en cada palabra.—
Manjiro observaba a su hijo. La rigidez en sus hombros parecía suavizarse un milímetro al ver la felicidad pura en el rostro de Hitoshi. Era un contraste brutal: el niño vestido como un caramelo de algodón, en un mundo de suaves colores y ronroneos, hijo del hombre más temido de Tokio. Tomó su espresso cuando Akane lo sirvió, bebiendo un sorbo negro sin alterar su expresión. Akane le sonrió amablemente al dejar la taza, recibiendo solo una mirada impenetrable a cambio. Ella no se inmutó; había visto clientes de todo tipo.
—¿Puedo... puedo acariciarlo?—preguntó Hitoshi a Akane, señalando a Balalaika con un dedo tembloroso de emoción.—
—Claro que sí, cariño.—respondió Akane, arrodillándose a su altura. —Solo acércate despacio, deja que te huela primero. Así sabrá que eres amigo.—Guió la pequeña mano de Hitoshi con suavidad. El contacto de sus dedos, cálidos y suaves, con la mano pequeña y ansiosa del niño, fue momentáneo, pero Akane sintió una oleada de ternura. —Así, muy bien. Su pelaje es suave, ¿verdad?..—
Hitoshi asintió, extasiado, mientras sus dedos se hundían en el espeso pelaje gris. Balalaika abrió un ojo ámbar, emitió un ronroneo profundo que resonó como un motorcito, y volvió a cerrarlo, aceptando la caricia. Hitoshi rió, un sonido claro y alegre que hizo que, por un instante fugaz, algo parecido a una verdadera suavidad cruzara los ojos oscuros de Manjiro. Observaba la escena: su hijo feliz, la mujer rubia siendo tan amable con él... un mundo ajeno a la sangre y el poder que él gobernaba.
Akane se levantó, sonriendo al ver la felicidad del niño.
—¿Necesitan algo más? Tenemos un pastel de zanahoria recién hecho, con un glaseado de queso crema... y sí, tiene decoraciones rositas.—
—¡Sí, por favor!—. exclamó Hitoshi, sin apartar la vista del Maine Coon.—
—Tráigale el pastel.—ordenó Manjiro, su voz cortando el aire. No era una pregunta. Akane asintió, manteniendo su sonrisa profesional aunque un leve escalofrío recorrió su espalda ante la frialdad de ese tono.—
—Enseguida.—
Mientras Akane se dirigía a la cocina, la campanilla de la puerta sonó de nuevo. Esta vez, no entró un cliente común. Tres hombres cruzaron el umbral, y el ambiente de la cafetería, sin que los gatos o la mayoría de los clientes lo notaran, cambió sutilmente. La presión atmosférica pareció aumentar. Kakucho, escaneó la sala rápidamente, sus ojos deteniéndose en Mikey y Hitoshi antes de asentir levemente y dirigirse a una mesa cercana. Inui lo seguía, su expresión reservada pero sus ojos observándolo todo con la cautela de un lobo. Ran Haitani, el último, sonreía con esa sonrisa afilada y peligrosa que nunca llegaba a sus ojos violeta, que barrieron la sala con interés despiadado antes de posarse, con curiosidad abierta, en Hitoshi y luego en la espalda de Akane, que regresaba con el pastel.
Akane sintió las nuevas miradas. Pesadas. Intrusivas. Una sensación de incomodidad la rozó, pero la atribuyó a que eran nuevos clientes y parecían... intensos. Sonrió cortésmente hacia ellos.
—Bienvenidos. ¿Les puedo ofrecer la carta?—Su voz mantuvo su dulzura, inocente del peligro que acababa de entrar.
Ran sonrió de vuelta, una sonrisa amplia que mostraba demasiados dientes.
—Gracias, preciosa. En un momento.—Su mirada, sin embargo, se deslizó hacia la mesa del rincón, donde Manjiro lo observaba con una expresión glacial, un muro de hielo infranqueable. Un destello de reconocimiento y respeto instantáneo, mezclado con una chispa de diversión, brilló en los ojos violeta de Haitani. Bajó la cabeza en un gesto casi imperceptible: un saludo al jefe.
Akane, ajena por completo al silencioso intercambio de poder, se acercó a la mesa de Hitoshi y Manjiro.
—Aquí está el pastel del príncipe.—dijo con un guiño a Hitoshi, colocando el plato con el pastel decorado con una pequeña rosa de fondant rosa. Hitoshi sonrió, encantado con el apodo.—
Manjiro observaba a sus hombres. Luego, su mirada volvió a Akane, quien sonreía a Hitoshi mientras este empezaba a devorar el pastel con entusiasmo. Por un instante, la frialdad en sus ojos pareció titubear. Vio la forma en que Akane interactuaba con Hitoshi: paciente, amable, genuinamente dulce. Vio cómo la luz del sol que entraba por la ventana iluminaba su cabello rubio como un halo. Vio sus ojos azules, tan despreocupados y ajenos a la oscuridad que él representaba. Un minúsculo desconcierto, una grieta en su armadura de hielo, cruzó su mente. ¿Cómo podía existir tanta luz en un mundo como este?
—Gracias.—murmuró Manjiro, la palabra saliendo de sus labios con una rareza que sorprendió incluso a Akane. No era cálido, pero tampoco fue el tono cortante de antes. Fue simplemente... un reconocimiento.
Akane lo miró, un poco sorprendida. Sus ojos azules se encontraron con los oscuros de él. Por un segundo, el mundo ruidoso de la cafetería, los ronroneos, las voces bajas, todo pareció desvanecerse. Ella vio, más allá de la frialdad y la intimidación, una profundidad insondable, una fatiga antigua. Él vio, más allá de la rubia. una fuerza tranquila, una resiliencia que no necesitaba de la violencia para sostenerse.—
—De nada.—respondió ella, suavemente, sosteniendo esa mirada un instante más de lo necesario, un pequeño pulso de conexión en medio del absurdo contraste de sus mundos. Luego, sonrió de nuevo, principalmente a Hitoshi, y se retiró para atender a los nuevos clientes.
Manjiro volvió a su espresso frío. Hitoshi, con un bigote de glaseado rosa, seguía acariciando a Balalaika, feliz en su pequeño paraíso de gatos y color rosa. Afuera, la ciudad seguía su ritmo implacable. Dentro de “El Rincón Ronroneante”, bajo la mirada atenta de Kakucho e Inui y la sonrisa intrigada de Ran, el líder de Bonten había encontrado, por un momento, un refugio inesperado para el corazón de su hijo. Y quizás, aunque él jamás lo admitiría, un destello de algo distinto a la oscuridad había rozado también el suyo, reflejado en los ojos del cielo de una mujer llamada Akane. El tigre había entrado en el jardín de las rosas, y ninguna de las partes sabía aún qué semillas podrían germinar de ese encuentro...






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