El canto de los prohibidos

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Summary

El cielo de Kaia no susurra, sentencia. Doce casas, doce destinos tallados en el firmamento. Los de Aries nacen para la batalla; los de Virgo, para el cálculo. A cada cual, su don. Su lugar. Su jaula. Mi nombre es Hada, y llevo veinte años huyendo de un recuerdo que no tengo. Yo no nací en ninguna casa. O peor: nací en todas a la vez. Nos llaman la conjunción prohibida. Híbridos. Un caos de dones que amenaza el orden perfecto que la reina Nyssara construyó sobre los cadáveres de los nuestros. Nos quiere muertos. Y quizá tenga razón. Mi misión era simple: infiltrarme en la corte de Leo, ser la espía perfecta y encontrar una grieta en su poder. No contaba con él. El príncipe Tarian, el león dorado del firmamento, no es solo el heredero del trono que nos masacra. Es una tormenta vestida de hombre, con una mirada que desarma y una boca hecha para mentir bonito. Es todo lo que desprecio. Y todo lo que mi cuerpo, el muy traidor, parece reconocer en un lenguaje que la razón no entiende. Cada día en palacio es un juego de máscaras. Cada noche, una pesadilla de fuego y sangre. Mientras la rebelión que podría liberarnos arde bajo mis pies, él me arrastra a un juego distinto, uno de miradas que queman y silencios que prometen más que cualquier palabra. Confiar en él podría ser la llave para destruir el reino desde dentro. Desearlo... podría destruirme a mí primero. Porque su madre es la mujer que aniquiló a mi familia. Y él... él podría ser mi perdición o mi única salvación. En un juego donde las constelaciones dictan la guerra y el deseo es una sentencia, ¿qué arde más fuerte: la venganza o el corazón? Todos los derechos reservados

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5
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n/a
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16+

Prólogo

La noche en la que el cielo se partió

Hubo un tiempo en que las estrellas eran guía, no sentencia. En que la gente miraba al cielo no para obedecerlo, sino para entenderlo. Se decía que los hijos de Kaia nacían bajo una constelación concreta, y que era esa casa —una entre doce— la que susurraba quiénes serían. Un susurro sutil, nunca una orden. Aries enseñaba a arder, Virgo a calcular. Piscis a sentir. Cada cual, con su don, su forma de mirar el mundo, su sitio en el mapa.

Era un sistema que funcionaba. Razonable, ordenado, tranquilizador. La gente construyó ciudades, templos y jerarquías alrededor de ese orden celeste, creyendo que mientras las estrellas se mantuvieran en sus rutas, el mundo también lo haría. Pero entonces... las estrellas hicieron algo inesperado.

Se encontraron.

No ocurre a menudo. De hecho, durante generaciones enteras, muchos pensaron que era solo un mito: que las dos lunas se alinearan con los dos soles y formaran, por un instante apenas, una cruz de luz sobre el cielo de Kaia.

Una conjunción.

Una de esas noches que no repiten, en las que el tiempo parece contener el aliento y todo —desde las mareas hasta los latidos— se vuelve más lento, más denso, como si el mundo recordase que no está hecho solo de tierra y de leyes, sino también de misterio.

Y en una de esas noches, nacieron niños.

Niños que no respondían a ninguna casa. Ni a una, ni a dos. Ninguna estrella los reclamaba... porque todas lo hacían a la vez. Nadie supo bien qué hacer con ellos. Al principio se pensó que eran prodigios. Después, excepciones. Finalmente, errores. Porque no era posible que alguien tuviese varios dones a la vez. Que una misma criatura pudiera hablar con las raíces y con el viento. Leer memorias en la sangre. Cantar y quebrar el silencio de las piedras.

Alguien —quizá un rey, quizá una reina, quizá simplemente alguien con poder y miedo a perderlo— decidió que aquello no podía permitirse. Que nacían con demasiado. Que, si no pertenecían a un reino, no pertenecían a ninguna parte.

Y así fue como lo decretaron.

Que los nacidos bajo conjunción serían perseguidos.

Silenciados.

Olvidados.

El mundo cambió su arquitectura para ocultar su existencia. Los astrólogos aprendieron a disimular eclipses. Los parteros a no registrar ciertos nacimientos. Los gobernantes, a convertir el miedo en doctrina.

Pero yo no los olvidé.

Yo soy Kaia, soy este mundo, y a mí no se me olvida nada.

Ni el primer grito de uno de esos niños. Ni la mirada de su madre al comprender que no podría protegerlo. Ni la forma en que corrieron, bajo tierra, hacia donde ya no llegaba la luz del mundo. Ni el temblor que dejaron a su paso.

No eran monstruos. No eran errores.

Eran llaves.

Puertas abiertas hacia lo que aún no se comprende. No se les teme por lo que son, sino por lo que podrían llegar a ser. ¿Y acaso no ha sido siempre así? ¿Que lo nuevo aterra más que lo malo conocido?

Algún día alguien volverá a mirar el cielo con ojos nuevos y sabrá que no hay orden que pueda resistir la verdad. Que los nacidos bajo conjunción no vinieron a destruir lo que somos... sino a mostrarnos lo que podríamos ser.