LA ESPADA DEL FIN DEL MUNDO

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Summary

Tras años de oscuridad, el mundo ha dejado de ser un lugar seguro. Kael, un joven solitario marcado por la pérdida, recorre las ruinas de un mundo consumido por el fuego y los demonios. Con una espada envainada a su lado y una promesa grabada en el alma, solo avanza. En medio de la noche, una inesperada presencia lo obliga a tomar una decisión que cambiará su camino para siempre. Todos los derechos reservados.

Genre
Fantasy
Author
El Zorro
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

~ Entre cenizas y demonios ~

LA ESPADA DEL FIN DEL MUNDO

~ Capítulo 1.

~ Entre cenizas y demonios ~

Aquel día, el cielo estaba teñido de gris, con nubes densas y oscuras. La ciudad que alguna vez fue hogar de millones, ahora era apenas un eco de sí misma. Los edificios en decadencia rechinaban al compás del viento, y las cenizas flotaban en el aire como si el mundo aún no hubiera aceptado su propia muerte.

Entre cadáveres de concreto y chatarra, caminaba Kael, mientras atravesaba lo que quedaba de una olvidada avenida, bordeada por ruinas y árboles sin vida. Sus pasos crujían sobre los restos de grava y escombros. Llevaba la mano derecha cerca de la empuñadura de su espada, como era costumbre, y en la izquierda portaba una linterna de luz tenue que apenas iluminaba su camino.

Con apenas 26 años y un metro ochenta de altura, su figura delgada y endurecida por las interminables peleas era un mapa de cicatrices que contaban más historia que la mayoría de los muertos. Cada marca hablaba de un combate ganado y de la melancolía de una soledad arrastrada entre ruinas. Había dormido con el miedo y comido con la muerte. Vestía de negro, con un saco largo y rojo que flameaba como una advertencia, y botas altas reforzadas con metal oxidado, marcadas por el barro seco y la sangre vieja. Su cabello negro, desordenado por el viento y la suciedad, contrastaba con unos ojos verdes intensos, rotos en silencio, cargados de heridas que no sangraban, pero dolían. Alojadas no en la carne, sino en su mirada.

Desde hacía tres años, era lo único que conocía. Su familia, sus amigos... ya no estaban entre los vivos. Consumidos por las llamas del Despertar, aquel día maldito cuando los demonios atravesaron la grieta entre mundos y vomitaron su odio sobre la humanidad. No hubo advertencia. Solo un día en el que el sol se oscureció y una noche en la que el cielo sangró fuego.

De su espalda colgaba una espada envainada, antigua y desgastada, pero aún letal. No era suya. Perteneció a Thaeron, su hermano mayor, un prodigio que lo entrenó en el arte de la espada... y que ahora estaba muerto.

Kael desenfundó lentamente la espada. Era larga, pesada, de un metal que ya no se forjaba. El pomo estaba agrietado por el uso, pero el filo seguía impecable, como si se negara a olvidar las manos que alguna vez la habían empuñado. La espada vibró ligeramente. Un presentimiento. Los sintió antes.

Desde el callejón, una figura emergió. Primero, el sonido: un jadeo húmedo, como el de un animal que ha estado oliendo sangre durante horas. Luego, los ojos: dos carbones encendidos en una máscara de carne desgarrada. Un demonio menor, pero hambriento.

—Tarde elegiste para cazar —murmuró, clavando la vista en la criatura.

El demonio cargó. Demasiado rápido para un humano normal. Pero el solitario espadachín ya se había movido. Su cuerpo reaccionaba como si aún oyera la voz de Thaeron guiándolo. Giró, esquivó el primer zarpazo y, en una línea perfecta, la espada cortó el aire y el cuello del engendro.

La criatura cayó sin emitir más que un quejido húmedo. El muchacho de los ojos verdes limpió la sangre negra del filo con un trapo y volvió a enfundarla. Miró alrededor. Silencio otra vez.

Siempre era así. Caían del cielo, salían de la tierra, como si este mundo fuera ya su hogar. Pero mientras su corazón siguiera latiendo, se prometió no permitirlo. No mientras pudiera blandir la espada que había heredado. El mundo estaba roto. Pero él todavía recordaba lo que era ser humano.

Cruzó una calle vacía y llegó a una añeja estación de tren. Pero algo interrumpió su andar. Un chirrido. Una piedra rodando. Luego... una tos. Se detuvo.

El silencio volvió a instalarse como un peso sobre su espalda, pero sus sentidos estaban en alerta. Giró lentamente, en guardia.

—¡Ay! ¡No, no, no! —susurró una voz joven detrás de un poste de metal caído.

Con una mueca de irritación, se acercó hacia ella. Cuando dobló la esquina, lo que encontró no fue un demonio ni un saqueador, sino una niña... o más bien, una adolescente de no más de quince años, con el cabello marrón revuelto, las rodillas raspadas y la ropa polvorienta. Estaba intentando liberar su pie, atrapado entre dos bloques de concreto, sin demasiado éxito.

—¿Qué demonios hacés? —gruñó, apuntándola con la mirada filosa de alguien que ha visto demasiadas cosas.

Ella levantó la vista, con una sonrisa ingenua.

—¡Oh! Hola. Creo que te seguí desde... bueno, hace como tres horas. ¿No te diste cuenta?

El guerrero parpadeó. Tres horas. ¿Lo siguió durante tres horas?

— ¿Estás loca? Este lugar está infestado de demonios.

— ¡Ya sé! Por eso te seguí. Sos como... fuerte. Y rápido. Y tenés cara de “sé cómo matar cosas horribles”, ¿no?

Kael se pasó la mano por el rostro, exasperado.

—No soy el niñero de nadie.

— ¡Y yo no soy una nena! Bueno, un poco. Pero ya maté una rata enorme una vez. Con un palo. —Abrió los ojos con orgullo, como si hubiera derrotado a un dragón.

Él no respondió. Se inclinó, liberó su pie con facilidad y se incorporó sin mirarla.

— ¿Dónde están tus padres?

—No tengo. Además, no tengo comida. Y... tengo miedo. Pero si me dejás ir con vos, puedo... no sé, hablarte. ¡Soy buena hablando!

El cazador de demonios suspiró. No tenía tiempo ni recursos para una carga más. Pero dejarla sola en ese lugar era una sentencia de muerte. Y por más fastidiosa que fuera la niña, todavía tenía una promesa que cumplir.

— Vamos — dijo al fin—. Te llevaré a un lugar seguro y luego seguiré mi camino.

El espadachín entonces emprendió su camino. Ella alzó los brazos con una sonrisa triunfal y lo siguió corriendo torpemente, como si acabara de ganar una batalla.

— ¿Cómo te llamás? ¿Tenés nombre? Porque yo sí. ¡Soy Lía! Me lo dijo una señora antes de que... bueno, ya no importa. Pero me gusta mi nombre.

Silencio. Luego, sin girarse, murmuró:

—Hacés ruido. Si me seguís, mantené la boca cerrada.

— ¡Sí, señor gruñón!

Ya era demasiado tarde para deshacerse de ella. Justo cuando comenzaban a alejarse de la estación, un grito atravesó el silencio de las ruinas.

—¡¡AAAAAAAAAAHHHHHHHHHHH!! ¡¡UNA ARAÑA DEL TAMAÑO DE UN PERRO!!

El protector improvisado se giró de golpe, desenvainando su espada.

— ¿¡Qué hiciste!? —rugió, corriendo hacia ella.

— ¡Tenía patas peludas! ¡Y me miró! ¡Lo juro!

El eco de su grito se multiplicó por las calles rotas... y no tardaron en responder. Un rugido bajo, gutural, como si alguien desgarrara la tierra, se escuchó a lo lejos. Luego otro. Y otro. Los demonios venían.

El muchacho chasqueó la lengua, apretando la empuñadura de su espada. Miró a Lía, que ahora se escondía detrás de él, temblando.

—Te voy a matar —susurró con los dientes apretados.

— ¡Preferiría que no! —respondió ella, tiritando—. ¡Los otros van a intentarlo primero!

Los demonios tenían cuerpos alargados, de piel gris ceniza, con músculos tensos que se movían como si fueran lombrices vivas bajo la carne. Sus ojos eran completamente blancos, sin pupilas, y una mandíbula partida les permitía abrir la boca de forma antinatural, mostrando filas desordenadas de colmillos negros. Sus manos, largas y afiladas, terminaban en garras curvas como espadas. Se movían rápido, como bestias en celo, hambrientos de almas humanas. Se detuvieron por un segundo. Uno de ellos olfateó en su dirección. Kael no esperó. Saltó desde una estructura caída, como un rayo rojo entre las sombras.

La primera criatura ni siquiera lo vio venir. La espada atravesó su cráneo con un crujido sordo. Las otras dos reaccionaron aullando, lanzándose sobre él. Bloqueó la embestida con el antebrazo izquierdo —cubierto por un guante de placas— y giró la hoja en un tajo que cercenó un brazo demoníaco. Retrocedió dos pasos, luego arremetió con una furia helada.

— ¡CORRÉ! —le gritó a Lía.

Pero ella no se movió. Temblaba, sí, pero lo miraba con los ojos abiertos de par en par. No de miedo. De asombro. Como si ya lo conociera. Como si, en medio del fin del mundo, fuera la última figura en quien se pudiera creer.

El segundo demonio se lanzó sobre él con las garras por delante, como una pantera.

Kael, deslizó la pierna derecha hacia atrás, y desvió el ataque en seco de su espada. El filo negro de la hoja —con marcas casi borradas por el tiempo— rebanó el otro brazo de la criatura. El demonio chilló con una mezcla de furia y dolor, su sangre espesa y oscura salpicando el suelo.

No se detuvo. Avanzó un paso, rodilla adelante, y clavó la espada en el pecho del ser. Tuvo que hacer fuerza. La carne no era como la humana. Era densa, como si la hoja atravesara algo viscoso y vivo a la vez. La criatura cayó de rodillas, con un gruñido sordo... y explotó en cenizas.

Detrás de él, el tercero rugió. Era más grande. Más rápido. Antes de que pudiera voltearse por completo, sintió el impacto en su espalda. Cayó al suelo, rodando entre piedras y polvo. La espada se soltó de su mano, arrastrándose unos metros más allá.

El demonio lo alcanzó. Se aventó sobre su pecho, clavando sus garras en su abrigo rojo, rasgando la tela como papel húmedo. El hedor era insoportable. La criatura tenía la piel más oscura que las otras, casi azulada, y una hilera de espinas sobresalía de su columna. Su lengua, negra y bífida, colgaba mientras salivaba sobre su cara.

Lía gritó. Con un esfuerzo sobrehumano, el guerrero levantó las rodillas y empujó al demonio con ambas piernas. El monstruo cayó hacia atrás, rodando.

El solitario espadachín se puso de pie con dificultad. Respiraba entrecortado. Buscó la espada. No estaba cerca.

El demonio se alzó con un salto. Venía de nuevo.

Kael corrió hacia él. Sin espada. Solo con el impulso de su corazón. El impacto fue brutal. Ambos cayeron.

El hombre de la mirada rota golpeó con el puño una y otra vez. Primero en el rostro, luego en la mandíbula, luego en los ojos. El demonio intentó morderlo, pero él clavó sus dedos en las cuencas vacías con un rugido humano de pura rabia. El demonio se retorció. No tenía intención de parar.

Con una patada, lo dejó desorientado y corrió hacia su espada. La tomó con ambas manos, giró sobre sí mismo, y al ver al demonio abalanzarse nuevamente... lo partió en dos desde el cráneo hasta los pies, en un solo corte. Un hilo de humo negro se elevó. No hubo sangre. Solo cenizas.

Vencedor, se quedó quieto, jadeando. Su pecho subía y bajaba con fuerza. La espada, cubierta de restos secos, aún goteaba algo denso.

Solo entonces giró la cabeza y miró a la chica.

Ella seguía allí. De pie, temblando, con la espalda contra el muro. Sus mejillas sucias de lágrimas secas, los labios entreabiertos.

— ¿Estás herida? —preguntó él, aún con la adrenalina vibrando en sus músculos.

Ella no respondió. Apenas asintió. Luego, su cuerpo se venció hacia adelante. Él alcanzó a sujetarla antes de que cayera. Era liviana como una rama. Y estaba helada.

La acomodó sobre su espalda con cuidado, abrochando la correa de su espada para que no le estorbara. No dijo nada mientras caminaba. No hizo falta. Sabía que el grito atraería la atención. Más demonios podrían estar cerca. Debía alejarse de la estación, rápido.

Antes del anochecer encontró una vieja casa semienterrada bajo los restos de un edificio colapsado. Las paredes eran de ladrillo sólido y aún resistían. Dentro, un salón cubierto de polvo, botellas rotas y muebles volcados. Lo suficiente para esconderse.

La recostó en un sillón desgastado y polvoriento. Tras asegurar la entrada con una estantería derrumbada, abrió su mochila con movimientos lentos y sacó una anticuada lámpara de gas que hacía poco había encontrado y reparado. Giró la perilla. Un chispero, corroído por el pasar de los años, escupió chispas hasta que finalmente una llama pequeña crepitó en la noche, apenas un resplandor naranja que danzaba sobre las paredes rotas. La colocó a unos metros de ellos, tras una pila de ladrillos. Buscó entre sus pertenencias, sacó una manta y cubrió a la tiritante niña. Sólo entonces se permitió sentarse frente a la tenue luz, con la espalda contra la pared.

Las luces del cielo eran un ligero resplandor rojo entre los agujeros del techo. Densas nubes cubrían lo que alguna vez fue la luna. No había estrellas, ni dirección. Solo el ruido lejano del viento arrastrando cenizas y el peso de otro día más sobreviviendo.

Miró la espada. La limpió despacio, con un trozo de tela. Acarició el filo como si limpiara una herida. Luego, con un movimiento pausado, abrió su abrigo y sacó una fotografía. El papel estaba doblado en las esquinas, gastado por el tiempo y el uso. Aun así, la imagen seguía viva.

Él y Thaeron, siendo aún unos niños. El mayor con el cabello alborotado, la sonrisa segura y esa mano firme sobre su hombro. El mundo, entonces, parecía simple. Verde. Infinito. Deslizó el pulgar sobre la imagen.

—Una buena persona puede hacer la diferencia... —repitió en voz baja, recordando las palabras que su hermano tantas veces le decía.

Lía dormía del otro lado de la habitación, envuelta en la manta, con el rostro apenas iluminado por la lámpara.

Su piel estaba sucia, marcada por heridas, pero bajo toda esa tierra, sus facciones transmitían una extraña calma. Una serenidad silenciosa que no coincidía con la desesperación del mundo exterior.

Un susurro lo sobresaltó.

— ¿Dónde... estoy?

La chica se había incorporado ligeramente, con la manta sobre los hombros. Su voz era débil. Sus ojos —color miel— parpadearon, desorientados, como si su mente aún no hubiese llegado al mismo lugar que su cuerpo.

—Estás a salvo —respondió con voz firme pero serena.

Ella lo observó largo rato. Sus labios se entreabrieron para hablar... pero nada salió.

—No tenés que decir nada —agregó él—. Comé algo y descansá. Sacó una barra de alimento seco de su mochila y se la ofreció. La chica la tomó con manos temblorosas. Aún no lo miraba directamente.

— ¿Vos... sos uno de ellos?

— ¿Uno de quién?

—Los que matan demonios.

Él se quedó en silencio.

—Soy Kael.

Ella tragó saliva.

—Yo... creo que me llamo Lía.

— ¿“Creés”? —levantó una ceja.

—No me acuerdo de nada. Sólo... No sé cómo llegué ahí.

Él asintió. Ya había visto eso antes. Algunos humanos, especialmente niños, sufrían amnesia tras traumas extremos o exposiciones a la energía oscura de los demonios.

—Entonces Lía estará bien por ahora —dijo, sin cuestionarla.

La llama chisporroteó suavemente. Durante unos segundos, el único sonido fue su tenue crepitar.

—Gracias por salvarme —murmuró ella, sin levantar la mirada.

Kael se permitió una leve sonrisa, apenas un movimiento en los labios.

—No lo hice por vos.

La curiosa niña lo miró, confundida.

—Lo hice por alguien que me enseñó a marcar la diferencia, a no abandonar a nadie. Especialmente a los que no pueden pelear.

La niña sin recuerdos, lo observaba con sus ojos color miel, como si no supiera si sentirse ofendida o aliviada. Pero asintió.

—Entonces... gracias a esa persona también.

—Dormí, Lía. Mañana vamos a necesitar fuerza. El mundo allá afuera no se detiene.

Volvió a guardar la foto con cuidado, como si temiera que se rompiera solo con respirar mal. Acomodó la espalda contra la pared, cerró los ojos por un momento, y dejó que la oscuridad lo envolviera.

Su mano descansaba sobre la espada. Aún conservaba la forma del agarre de su hermano. El cuero gastado de la empuñadura parecía retener algo de su calor, como si nunca hubiese dejado de pelear.

Y en silencio, mientras la chica cerraba los ojos, se permitió por fin también bajar la guardia. Aunque fuera por unas pocas horas.

Muy por encima de ellos, entre ruinas y vigas torcidas, una extraña figura encapuchada se mantenía inmóvil. Su respiración no formaba vaho en el aire frío. La luz de la lámpara no proyectaba sombra bajo su cuerpo.

El encapuchado giró la cabeza lentamente hacia ellos. Observaba en silencio. Esperaba. Luego, desapareció entre las ruinas, como si nunca hubiese estado allí.

Las calles allá afuera seguían vacías. O al menos, vacías de humanos. Los demonios no necesitaban descanso.

~ Fin capítulo 1 ~