Prólogo: El libro Prohibido
El pasillo estaba demasiado silencioso.
Ni siquiera el leve crujir de los escalones o el susurro de las páginas se atrevía a interrumpir aquel vacío.
Subaru Natsumi avanzaba con cuidado, una mano sobre la pared y la otra empuñando una lámpara de aceite.
Las instrucciones eran claras: “No toques nada que no entiendas… y nunca abras un libro sin permiso”.
Pero ahí estaba.
En medio de una mesa cubierta por un manto negro, reposaba un tomo de cubierta azul profunda, con el símbolo de las Pléyades grabado en plata.
La luz temblorosa de la lámpara hizo que el grabado pareciera moverse… invitándolo.
Su corazón latía con fuerza.
—Solo un vistazo… —murmuró, intentando convencerse.
Cuando sus dedos rozaron el lomo, un escalofrío helado le recorrió la espalda.
Y al abrirlo… el mundo se quebró.
El aire se volvió denso, pegajoso, como si miles de voces susurraran dentro de su cabeza.
Imágenes, recuerdos, rostros… vidas que le pertenecían y no al mismo tiempo.
Batallas que nunca había luchado.
Amigos que nunca había conocido.
Amores que había perdido y vuelto a encontrar.
Demasiado.
Era demasiado.
Su visión se distorsionó como si estuviera bajo el agua.
La lámpara cayó de su mano.
El pasillo desapareció.
Un último pensamiento atravesó su mente antes de que todo se volviera negro:
“Este… también es mi mundo”.
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Cuando volvió en sí, ya no estaba en la biblioteca.
El suelo era frío, áspero… y algo afilado rozaba su cuello.
No era metal.
Era hielo.
—Dime, forastero… —la voz, dulce y firme, cortó el silencio—. ¿Eres humano?
Sus ojos se alzaron, encontrándose con una joven de cabellos plateados, ojos amatistas… y una armadura militar salpicada de escarcha.
Detrás de ella, los muros de una fortaleza se alzaban… mientras en la distancia, un rugido inhumano anunciaba que no había tiempo para pensar.
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El filo helado seguía presionando su cuello.
Pero antes de que pudiera responder, otra silueta apareció junto a la de la chica de cabellos plateados.
Era… distinta.
Su postura recta irradiaba autoridad.
Su figura esbelta y bien definida se adivinaba bajo un uniforme de combate verde oscuro, entallado en el pecho y la cintura, marcando cada curva como si hubiera sido hecho a medida.
El brillo de sus botas contrastaba con el polvo y el olor a pólvora que impregnaba el aire.
Cabello verde esmeralda, recogido a un lado, y unos ojos tan intensos que parecían atravesarlo.
Esta Crusch tenía en su hombro un fusil largo, y en la cintura, una pistola de servicio.
Ella lo miró de arriba abajo, sin disimulo.
—Emilia, aparta esa lanza —dijo con voz firme, grave—. Quiero verlo bien.
La chica de cabello plateado titubeó un segundo antes de apartar el filo.
Subaru tragó saliva, retrocediendo un paso, sintiendo que sus piernas apenas respondían.
Su corazón latía tan rápido que no supo si fue por miedo… o por algo más.
Y entonces, como un reflejo absurdo, las palabras escaparon de su boca:
—¿Soy… un invocado?
Las dos lo miraron en silencio.
Crusch ladeó la cabeza, evaluándolo como si tratara de descifrar un enigma.
Esa sensación… ese desconcierto… era la misma que había sentido aquella vez… en la que despertó sin recordar quién era.
Pero esta vez…
Sabía perfectamente quién era.
Lo que no sabía…
Era dónde demonios estaba.
El silencio incómodo se alargó demasiado.
La mirada analítica de la chica de cabello verde era casi tan afilada como la lanza de hielo que moments atrás le había rozado la garganta.
Subaru tragó saliva… y, como si los engranajes de su cerebro decidieran hacer corto circuito, dio un paso atrás, infló el pecho y levantó un brazo hacia el cielo en una pose que solo él consideró heroica.
—¡Natsuki Subaru! —exclamó, con una sonrisa que buscaba ser carismática y acabó siendo ridícula—. Hombre entre hombres, salvador de doncellas y… eh… ¿superviviente afortunado?
La chica de cabello verde lo miró con incredulidad, como si intentara decidir si aquello era una broma o una confesión de locura.
—¿Qué demonios…? —murmuró, apenas audible.
Pero no tuvo tiempo de seguir analizando la extraña escena.
Emilia giró bruscamente, con el rostro tenso, y su voz cortó el aire como una campanada de alarma.
—¡Se acerca una horda de mutantes, tenemos que irnos!
Subaru, curioso por naturaleza y aún desubicado, giró la cabeza hacia donde Emilia señalaba.
Y entonces los vio.

No eran simples zombis.
Sus cuerpos estaban deformados, con extremidades alargadas y espasmos antinaturales, como si la carne misma intentara huir de sus huesos.
Sus ojos brillaban con un tono amarillento y enfermizo, y de sus bocas escapaban gruñidos que parecían perforar el aire.

La visión lo atrapó.
Su pecho se tensó, la respiración se volvió irregular, y un dolor punzante le atravesó la sien.
Era como si algo en su interior intentara recordar… o despertar.
Unas manos firmes lo sacaron del trance.
Crusch, con el ceño fruncido, lo empujó hacia atrás con un solo movimiento y sostuvo su mirada.
—Si quieres vivir… ¡corre!
Sin esperar respuesta, tiró de su brazo y lo arrastró tras ella, mientras el suelo comenzaba a vibrar con el paso de la horda.
Las botas golpeaban el pavimento mientras Crusch lo arrastraba a la carrera.
Por detrás, el rugido de la horda crecía, un coro distorsionado de gruñidos, chasquidos y un crujir húmedo que hablaba de carne desgarrada en algún lugar demasiado cerca.
Emilia giró sobre sus talones y extendió ambas manos hacia la calle.
El aire se volvió blanco de golpe, un aliento helado barriendo el suelo y trepando por las piernas deformes de los mutantes.
En cuestión de segundos, largas estacas cristalinas —Ice Brands— emergieron desde la tierra, atravesando y frenando a varios enemigos.
El hielo crujía y se expandía, pero la horda seguía empujando.
Uno de los mutantes, más ágil que el resto, esquivó la barrera congelada con un salto y cayó justo en el flanco izquierdo…
Directo hacia Crusch.
Ella lo vio tarde.
Había empujado a Subaru hacia atrás para que no quedara expuesto, y ese segundo de distracción fue todo lo que la criatura necesitó.
Su cuerpo era un amasijo imposible de huesos sobresalientes y músculos retorcidos.
Un brazo deforme acababa en garras negras, y su rostro…
No, no era un rostro.
Solo una fusión irregular de dientes humanos y animales, abierta de par en par para morder.
Crusch levantó su fusil, pero sabía que no tendría tiempo.
—¡No! —la voz de Subaru se quebró.
La imagen de ella en peligro le atravesó el pecho.
El mundo se estrechó, y algo… algo se agitó en su interior.
Un calor oscuro subió desde su estómago hasta su brazo derecho, quemando y entumeciendo a la vez.
Sin pensar, extendió la mano.
Lo que salió de ella no era humano.
Un brazo negro, cubierto de una sustancia viscosa y con dedos como cuchillas, emergió como un latigazo.
Atravesó el torso del mutante con un chasquido húmedo, desgarrando carne y rompiendo hueso como si fueran papel mojado.
El sonido fue… grotesco.
El aire se llenó de un chorro caliente y espeso que salpicó el suelo y la manga de Subaru.
El mutante convulsionó, sus garras arañando el vacío antes de desplomarse como un saco roto, dejando tras de sí un olor agrio a sangre y podredumbre.
Subaru, jadeando, miró su propia mano… o lo que quedaba de ella.
Ese brazo oscuro seguía allí, palpitando como si tuviera vida propia.
Crusch lo observaba con una mezcla de incredulidad y alarma.
Y Emilia…
Emilia lo miraba como si acabara de ver algo que no debía existir.
El mutante cayó como un trapo empapado, su cuerpo roto goteando sobre el pavimento.
Crusch apenas le dedicó una mirada antes de desenvainar la espada que llevaba colgada a la espalda.
La hoja, ancha y perfectamente afilada, brilló al reflejar la escarcha de Emilia.
—Esto aún no ha terminado —gruñó, clavando sus talones contra el suelo.
Con un movimiento fluido, giró la cintura y lanzó un tajo horizontal.
El aire mismo se quebró.
Una ráfaga cortante, invisible a simple vista pero con el rugido de un trueno, se proyectó hacia la horda.
Mutantes y hielo estallaron en una línea perfecta, abriendo un corredor improvisado.
—¡Muévanse! —ordenó, y no fue una sugerencia.
Emilia cubrió la retaguardia con nuevas lanzas de hielo, mientras Subaru corría tras ellas, aún sintiendo en su piel el calor viscoso de la criatura que había atravesado.
El eco de la horda no desaparecía, pero cada esquina, cada sombra cubierta por Crusch y Emilia, los alejaba un poco más del infierno.
Tras una última curva, encontraron un edificio de puertas metálicas medio abiertas.
Crusch las empujó y los tres se deslizaron adentro.
Era un antiguo supermercado, los estantes vacíos y el suelo cubierto de polvo y envoltorios rotos.
El silencio regresó, roto solo por las respiraciones agitadas.
Subaru apoyó las manos en las rodillas, intentando procesar lo ocurrido.
No era fácil.
Sus sentidos aún estaban alterados, pero… la información venía a él como una marea organizada.
No importaba lo caótico del momento: las rutas que habían tomado, la velocidad de la horda, los puntos débiles de los mutantes…
Todo encajaba.
Cada dato encontraba su lugar en su mente, como si estuviera montando un tablero de estrategias invisible.
Crusch lo observaba desde el otro lado, limpiando la espada con un trapo.
Su mirada era dura, pero no hostil.
Finalmente, rompió el silencio.
—Tú… no eres solo humano.
La frase quedó flotando en el aire, cargada de una certeza que Subaru no podía negar… aunque todavía no supiera qué significaba.
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El mundo se desvaneció.
La oscuridad se volvió densa, y en ella emergió un jardín que no parecía pertenecer a ningún lugar ni tiempo.
Flores que no tenían aroma, árboles que susurraban secretos olvidados, y una niebla que ondulaba como un mar en calma, pero inquietante.
En medio de ese paisaje, Subaru estaba sentado, casi flotando, mientras varias siluetas se materializaban a su alrededor.
No estaban allí para consolarlo.
Ni para ser amigos.
Eran ecos, fragmentos de voces y voluntades que reclamaban algo de él.
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Satella — Su figura luminosa se acercó con una sonrisa que era a la vez dulce y cruel.
—Finalmente te encontré, Natsuki. —Su voz era un susurro cargado de promesas y amenazas—.
“¿Has sentido mi abrazo en tus noches más oscuras? No te escaparás esta vez.”
Regulus — Con una mueca de arrogancia y una postura desafiante, escupió las palabras con desdén.
—¡Bastardo! ¿Crees que puedes llevarnos contigo? —Sus ojos ardían con una ira fría—.
Eso viola mis derechos.
“Si te atreves a arrastrarnos, prepárate para pagar el precio.”
Petelgeuse — Su voz chillona y errática vibró en el aire, llenándolo con una energía inestable.
—¡Me estremezco! ¡Eres un vil!
No te esfuerzas lo suficiente para satisfacerme, Natsuki.
“¡El espectáculo apenas comienza y ya me aburres!”
Sirius — La sombra de un hombre apareció, con el ceño fruncido y un puño levantado.
Intentó golpear a Subaru, pero su mano atravesó el cuerpo como si fuera humo.
—¡No te escondas!
“¡Enfrenta tus demonios o serás consumido!”
Roy, Rey y Rui — Tres voces infantiles, juguetonas y al mismo tiempo hambrientas, resonaron a su alrededor.
—¡Tenemos hambre, oniichan!
“Comparte tu luz o dejaremos que todo se oscurezca.”
Capella — Una figura etérea, con ojos que ardían con una luz purificadora, lo miró con desaprobación.
—¡Impuro!
“No mereces la misericordia del cosmos.”
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Subaru intentó hablar, pero su voz no era más que un eco lejano.
Cada figura lanzaba acusaciones, demandas y advertencias, formando una cacofonía ensordecedora en su mente.
Satella volvió a acercarse, su tono esta vez más suave, casi maternal.
—No temas, Natsuki.
“Tu destino está entrelazado con el mío, para bien o para mal.”
Regulus, con un gesto exasperado, cruzó los brazos.
—Cualquier intento de rebelión es inútil.
“No puedes huir de quienes somos.”
Petelgeuse dio un giro frenético en el aire, casi riendo.
—¡Hazlo por mí! ¡Hazlo por el caos!
“Dame una razón para seguir observando este aburrido juego.”
Sirius golpeó el suelo con el puño, generando una onda que hizo temblar el jardín.
—¡Recupera tu fuerza!
“No puedes sucumbir ahora.”
Roy, Rey y Rui saltaron alrededor, formando un torbellino juguetón.
—¡Ven, ven!
“No dejes que la oscuridad te trague.”
Capella bajó la mirada, triste pero firme.
—Solo la pureza podrá salvarte.
“No puedes dejar que el destino te arrastre al abismo.”
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Un silencio pesado cayó sobre el jardín.
Subaru sintió que su esencia se dividía, atrapada entre voces que reclamaban todo y nada al mismo tiempo.
Con un último esfuerzo, murmuró:
—No soy solo lo que creen que soy…
“Hay algo más dentro de mí. Algo que todavía no han visto.”
Las siluetas vacilaron.
Un destello de duda cruzó los ojos de Satella.
Regulus frunció el ceño, pero retrocedió.
Petelgeuse chilló, molesto por la interrupción.
Sirius apretó los dientes, tenso.
Los trillizos infantiles se acercaron, expectantes.
Capella susurró una advertencia:
—No juegues con fuego que no puedes controlar, Natsuki.
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Y entonces, la niebla comenzó a disiparse.
El jardín se desvaneció, y la oscuridad dio paso al tenue brillo de la realidad.
Subaru abrió los ojos.
Estaba de nuevo en el supermercado, con Crusch y Emilia observándolo con ansiedad.
Pero dentro de él, el eco de esas voces aún resonaba, más fuerte que nunca.