Sangre Despierta

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Summary

Tras ser arrastrada por un portal al año 1506, Iriel se encuentra atrapada en un mundo donde la magia y la oscuridad gobiernan. Con cada día que pasa, los peligros aumentan y sus enemigos acechan en las sombras. Para sobrevivir, deberá revelar lo que ha mantenido oculto: su verdadera naturaleza de bruja. Dante, el enigmático vampiro que ha despertado de un letargo de quinientos años, es tan irresistible como peligroso. Aaron, su hermano, despliega un juego de seducción que tienta el corazón de Iriel y la arrastra hacia decisiones inciertas. Y Esteban, su mejor amigo, guarda un amor genuino que podría ser su único ancla en medio del caos. Entre intrigas, antiguas profecías y la lucha por el poder, Iriel deberá decidir si cumplirá el destino que la señala como la portadora de luz en tiempos de tinieblas… o si se dejará consumir por ellas.

Genre
Fantasy
Author
Dalilah
Status
Ongoing
Chapters
39
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

Ecos del Silencio

Había pasado un mes desde el gran banquete. Desde que sus ojos se encontraron en medio del bullicio y la música. Desde que Dante —el supuesto príncipe que regresaba de tierras lejanas— la había tomado de la mano para danzar. Un mes desde que desapareció.

Y aún así, Iriel no podía sacarlo de su mente.

¿Dónde estás, Dante? ¿Por qué te fuiste sin decir palabra… después de mirarme como si yo fuera el único puente entre tu condena y tu libertad?

No habían vuelto a mencionarlo, salvo en los mismos susurros insulsos de siempre: que el príncipe descansaba, que su viaje fue arduo, que debía recuperarse. Palabras vacías. Porque Iriel sabía. Lo había sentido en su piel, en su sangre. Dante no era un hombre común. Era un vampiro. Un monstruo, tal vez... el enemigo, según lo que había aprendido en sus lecturas modernas. Pero había algo en él que la arrastraba con fuerza, como si sus almas ya se hubieran cruzado antes de que el tiempo existiera.

Y aunque intentaba mantenerse al margen, su nombre aún rondaba entre las doncellas del castillo. Sobre todo, Evelyne, que insistía con su idea absurda.

—Ved cómo os miraba, Iriel —susurró Evelyne una mañana mientras cepillaban sus cabellos junto al ventanal—. Jamás antes vi tal devoción en los ojos de varón alguno. Ni en los cuentos de damas antiguas se describe mirada semejante.

—No exageres —respondió Iriel, en un suspiro cansado, fingiendo indiferencia.

—¿Exagerar? Por mi honra que no miento. Todas lo vieron. Vuestra elección fue hecha aquella noche, aunque vos misma aún no lo comprendáis —insistió, sonriendo con picardía—. Las otras comentan lo mismo en los corredores. Isabela decía que vuestra danza parecía sacada de un hechizo.

—Pues ojalá ese hechizo me devuelva el sueño —murmuró Iriel mientras se apartaba de la ventana, intentando cerrar su corazón al eco de aquellas palabras.

Pero no era solo Dante lo que la preocupaba. Algo más le arrancaba el aliento por las noches: Esteban y Héctor, sus amigos del tiempo moderno, seguían prisioneros. Logró verlos dos veces, en secreto, con la ayuda de Cael, aunque no por mucho tiempo.

La última vez, Esteban lucía demacrado, pero no había perdido su chispa.

—¿Estás bien? —susurró Iriel, apenas el guardia se alejó del calabozo.

Esteban se acercó a los barrotes, con los ojos cargados de nostalgia.

—¿Te parece que estaría bien, encerrado en un castillo medieval en el siglo XV... o XVI, o en el año que sea esto? —gruñó en voz baja, pero luego sonrió con ironía—. Aunque he de decir, tu vestido de doncella te queda genial.

—¡Esteban! —rió Iriel, tapándose la boca—. ¿Cómo llegaste aquí?

Esteban se acomodó en el rincón de la celda, suspirando con más seriedad.

—Me volví loco cuando desapareciste.Tu madre no me daba razón de a donde habías ido o que había sucedido contigo. Con la ayuda de mi padre hicimos un ritual, no sabíamos a donde llegaríamos, pero… aquí llegamos.

Iriel sintió un nudo apretarse en su pecho.

—¿Y mi madre y mi bisabuela? ¿Ellas estan bien?

Esteban asintió lentamente.

—Tu bisabuela está viva… pero débil. Desde que tú desapareciste su salud empeoró.Hablaba cosas raras, de momento estaba lucida otras no se sabían.

Iriel cerró los ojos.

¿Será que... mi presencia aquí no fue un error? ¿Que todo esto tiene un propósito más grande que mi comprensión? — pensó para sí misma.

Un crujido de pasos la devolvió al presente. Cael se acercaba. No tenían más tiempo.

—Debéis partir, mi señora —dijo el joven vampiro, en tono bajo—. No es seguro que os hallen aquí.

Iriel asintió con pesar y miró una vez más a Esteban.

—Volveré pronto. Lo juro.

Esteban le guiñó un ojo con ternura.

—Y si puedes… tráeme una hamburguesa.

Ella rió por lo bajo, antes de desaparecer en la sombra del pasillo.

Mientras subía las escaleras rumbo a sus aposentos, una sola imagen regresó con fuerza: la mirada de Dante en el salón del banquete. Oscura, abismal… y, sin embargo, tan llena de pena que era imposible no sentirse atraída.

¿Qué eres tú, Dante Montreván? ¿Qué fuego me dejaste ardiendo en el alma que ni el tiempo ni la razón pueden apagar...?

Y así comenzaba un nuevo ciclo. El castillo aún ocultaba secretos. La noche aún susurraba nombres prohibidos. Y el destino… el destino apenas había comenzado a escribir su segundo acto.

*****

Una tarde, Aaron la encontró en la biblioteca.

—Mi señora —dijo él, con una flor seca entre los dedos—. ¿Permitiríais que os acompañase en vuestro paseo esta noche?

Iriel lo miró de soslayo. Su sonrisa era encantadora, como siempre, y sus palabras, medidas con cortesía. Pero había en sus ojos un brillo demasiado intenso.

—Preferiría la soledad… esta noche —respondió ella, sin alzar la voz.

Aaron no se dio por vencido.

—Sois mujer de pensamiento hondo, lo sé. Mas no creáis que me es ajena vuestra pena. Decidme, ¿qué haría falta para aliviaros el alma?

Ella lo enfrentó con serenidad, pero sin suavidad.

—Nada que vos podáis ofrecerme, mi señor.

Él dio un paso más cerca.

—Permitidme demostraros que no todos los hijos de esta casa han de ser sombra y tormento.

—¿Y qué sabéis vos de tormento, milord?

Aaron entrecerró los ojos.

—Más de lo que imagináis. Mas si me rehusáis ahora, no será la última vez que os lo pida.

*****

Mientras tanto, en las cámaras altas del castillo, Elzandra paseaba de un lado a otro con el rostro tenso. Virion la observaba desde su silla de alto respaldo, el cáliz aún humeante en su mano.

—No puedo comprenderlo —bufó ella—. ¡Nuestro hijo se encierra en las criptas como si fuese una bestia maldita!

—Fue su elección —dijo Virion con voz grave—. Ninguno de nosotros puede obligarle. No después de lo ocurrido.

—¿Y pensáis que ha de servirnos la paciencia mientras duerme el mundo? ¡Iriel ha de ser vigilada! Lo presiento… trae consigo algo que altera los cimientos de esta casa. Y los forasteros… esos dos jóvenes, ¿por qué los mantenemos con vida?

—Porque aún no he decidido qué utilidad podrían tener —replicó él, con una mirada helada.

—Tenéis el juicio nublado, esposo mío. No veis lo que yo veo. La muchacha… no pertenece a este tiempo.

Virion se irguió, por primera vez afectado.

—Guardad vuestras conjeturas. O las convertiréis en profecía.

La noche cayó sobre el castillo Mortreván, silenciosa y espesa como un presagio. Iriel no podía dormir. Un presentimiento oscuro le oprimía el pecho. Caminó hacia el corredor, en busca de aire. Fue entonces cuando lo sintió.

Una presencia. Un frío que la atravesó de lado a lado. Una sombra se deslizó al final del pasillo… y luego otra. No eran humanas. Ni bestias.

—¿Quién anda ahí? —murmuró, temblando.

La sombra se acercó con lentitud, deformes, reptantes. Iriel retrocedió, buscando la pared. Quiso gritar, pero su voz no salió.

De pronto, un murmullo profundo, como un trueno contenido, estremeció las piedras del castillo.

Y entonces, la criatura se detuvo.

Una figura surgió de la oscuridad, tan veloz que el aire pareció rasgarse. Dante.

Él estaba allí.

Sus ojos, encendidos por una furia antigua, fulminaron a la criatura que se abalanzaba sobre Iriel. Con un gesto de su mano, la detuvo en seco, como si el tiempo mismo se congelara.

—No os atreveréis —dijo con voz de hielo—. No mientras yo respire.

La criatura chilló con un sonido que no pertenecía a este mundo, y se desvaneció como humo.

Iriel, aún en shock, lo miró. No sabía si debía abrazarlo o temerle.

—Volvisteis… —susurró.

Dante no respondió de inmediato. Solo la miró, como si el verla respirando fuese suficiente razón para romper sus propias cadenas.

—Ya no podía callar las sombras… no si os tocaban a vos.