Prologo: El autoproclamado rey de los mares.
Las estrellas guían mi camino, llevándome de vuelta a casa. Llevo mucho tiempo lejos de mi familia debido a un viaje de negocios al continente de la Espadaroth. Ha sido arduo, pero soy un elfo fuerte y decidido. Este trabajo es necesario para asegurar que mi familia tenga pan sobre la mesa
Me encuentro a bordo de mi barco, una obra maestra única que inspira confianza con solo mirarla. Pero la confianza no es suficiente cuando uno surca el mar. Mi historia se remonta a muchas generaciones atrás, cuando mi abuelo y nuestros ancestros navegaban los vastos océanos de los continentes. En mi familia, nacemos y morimos por el mar. Hoy, el oleaje es violento; es una buena señal. En los mares del sur se dice que la luna está más cerca, lo que provoca olas más agresivas. Aunque son cuentos de niños de la época de Ledal, me sirven para ubicarme en el océano. Es el único consuelo que encuentro para mí y mi tripulación.
Las aguas angostas son traicioneras y se llevan muchas vidas. El silencio pesado del agotamiento se siente entre los diez grumetes que viajan conmigo. Los meses de navegación han hecho mella incluso en la raza más duradera y longeva. La comida empieza a escasear, y los pescadores, ya desesperados, prefieren convertirse en alimento para los peces antes que seguir tirando de sus cañas. No puedo culparlos, al final del día, para muchos de ellos, la vida en nuestra tierra natal es un dilema entre trabajar o morir. La mayoría de ellos no están aquí por elección, como yo, sino como una alternativa para escapar del Murmurador, que podría arrebatarles a ellos y a sus familias si no cumplen con sus deberes. Por eso siempre son bienvenidos en mi barco aquellos que buscan un rayo de esperanza y luchan por su familia.
Yo no soy tan distinto a ellos. Navegar es mi pasión, pero mi prioridad es estar con mi esposa y mi hijo. Trabajo para darles una buena vida, para evitar que caigan en la desesperación que amenaza a tantos. Mientras reflexiono sobre esto, pienso en la sonrisa de mi pequeño Diquen cuando regrese a casa. Afirmo con fuerza el timón, notando cómo el barco empieza a desviarse de su curso. Miro al vigía, buscando una explicación. Me dice que algo se mueve en el agua.
Con un gesto de la mano, ordeno que preparen los cañones. Deslizo mi brazo horizontalmente hacia estribor, soltando el timón brevemente. Mis grumetes, entrenados para interpretar mis señales, se apresuran a preparar la artillería. Entonces, grito con firmeza:
-¡Aquí viene!
De las profundidades del mar, emerge una enorme bestia marina, un abisal. Un monstruo temible, con fauces de león, cuerpo de orca y garras de oso, lo suficientemente fuertes como para destrozar a un hombre en segundos. Es una amenaza, sí, pero también una señal de que estamos cerca de casa, ya que estas criaturas solo habitan en estas aguas.
Con una sonrisa desafiante, apoyo mi pie en el timón y, lleno de confianza, grito:
-¡Este es el último obstáculo antes de llegar a casa! ¡Apunten y disparen!
Una risa de felicidad brota de mis labios, una bienvenida calurosa que eleva la moral de mi tripulación. Los cañones disparan y sus proyectiles de hierro impactan en el abisal. Sin embargo, la bestia no cae tan fácilmente y, con un salto poderoso, intenta abordar el barco. Tomo mi lanza, sintiendo cómo el vello de mis brazos se eriza. Estoy a punto de enfrentarme a la muerte.
Me acerco a estribor y cruzo miradas con el monstruo. Tiene varias heridas en el abdomen, mi objetivo. El barco tiembla bajo su peso. Ordeno a un grumete que tome el timón y me lanzo al combate. El abisal salta; fallo el primer ataque, pero le arranco un trozo de piel. Sus garras se clavan en la madera, hambriento de carne.
Tenso los músculos de mi espalda y no desvío la mirada. Enfrentar a una criatura marina en su hábitat es una cosa, pero aquí, en el barco, es mi terreno. Esquivo su garra y, con un solo movimiento, intento alcanzar su abdomen. Aunque no logro mucho con mi primer ataque, la bestia me obliga a retroceder con un movimiento rápido. Dos de mis navegantes intentaron rodearla con sus espadas, pero sé que no están a la altura de la bestia. Aprovecho la distracción para lanzar otro ataque. Esta vez mi lanza encuentra su objetivo, y la criatura retrocede escupiendo sangre.
Canto victoria, pero el abisal, con sus últimas fuerzas, parte mi lanza en dos. Se aproxima hacia mí, y sé que no podré evitar el golpe. Sin embargo, la fortuna está de mi lado, y la bestia cae antes de alcanzarme con sus garras.
Mis camaradas me ven como un héroe, alguien nacido de las leyendas. Sin embargo, para mí, fue una experiencia demasiado cercana a la muerte. Mientras miro mi lanza rota, clavada en el estómago de la criatura, intento ocultar mi incertidumbre y temor con otra gran carcajada. Levanto el puño en señal de victoria y regreso al timón. El grumete que me reemplazó me observa con admiración. No todos los días alguien vence a una bestia de este calibre en un combate singular. Ni siquiera yo puedo creer lo que acabo de lograr.
Con una sonrisa, alzo el brazo y exclamo:
-¡Con acero y pasión, el mar nos brindó una emoción! ¡Vivid y disfrutad estos momentos, sentirlos en vuestra carne joven, y nunca echéis el ancla! ¡Luchad y confiad en vosotros hasta el final!
Mientras me vitorean, el mar se abre ante nosotros, y desde la cofa se escucha el grito más esperado:
-¡Tierra a la vista!
La celebración de esta noche se escuchará desde puerto sucio - pienso al oir esas palabras que suenan como sirenas en mis oídos.
Al día siguiente, cerca del mediodía, llegamos a Cauprelia. Nos recibe en el Cuatro Aguas Magnus, el encargado del puerto, acompañado de su aprendiz, Azark. El joven nos observa con admiración cada vez que atracamos, mientras que Magnus, como siempre, nos analiza en silencio, ignorando a todos excepto a mí. A veces pienso que no le importa la vida de los demás, que todos los seres vivos le son indiferentes excepto él mismo. Su desapego es palpable. Lleva en este puerto más tiempo del que puedo recordar, y la única persona con la que parece abrirse mínimamente es Azark, su aprendiz y, tal vez, su sucesor no oficial.
-Veo que habéis llegado todos de una pieza, Alan -dice Magnus con un tono que denota algo de sorpresa.
-Hasta la fecha solo he perdido diez navegantes en todos mis viajes. Creo que a estas alturas está claro que soy un buen capitán -le respondo, buscando que reconozca mi labor.
Pero Magnus, fiel a su naturaleza, ignora mi intento de obtener un elogio y, en su lugar, me suelta una frase cortante:
-Tienes que partir hacia Oráurea . Prepárate, sales pasado mañana.
La noticia me tomó por sorpresa y la angustia se hace evidente en mi voz.
-¿Cómo? Tengo una familia, Magnus. Trabajo para estar con ellos, no vivo para trabajar. ¿No podrías esperar unos meses?
-Su alteza Lómëandar Morinthil ha subido los impuestos para el próximo semestre. Hay mercancía que transportar y pocos marineros disponibles. Si quieres mantener a tu familia a salvo y bien, sabes lo que tienes que hacer. El mundo funciona así: los plebeyos trabajan como hormigas para que la nobleza pueda comer y dormir como su puesto lo merece.
Mi frustración hierve y no puedo contenerme.
-¿Qué demonios hace la nobleza para ganarse el pan? No saben lo vastas y peligrosas que son las aguas que los rodean, ni el sudor que un agricultor derrama al arar la tierra. ¿Por qué debo trabajar para ellos?
Magnus me mira con calma, sin inmutarse ante mi estallido. -Solo sigo órdenes, Alan. Así es el mundo. No lo puedes cambiar. Frustrado, cambio de tema.
-¿Explicó por qué subió los impuestos, o solo lo decidió?"
Magnus se encogió de hombros, indiferente. Me muerdo la lengua, conteniendo las palabras que podrían costarme la vida. Criticar al Murmurador en público es peligroso; muchos han perdido la cabeza por mucho menos. Estoy harto de su actitud arrogante, como si fuese un dios entre los hombres.
Magnus, percibiendo mi molestia, cede un poco.
-Has hecho un buen trabajo, así que te concederé dos días más de descanso mientras pongo al día tu barco y los suministros.
Mi mirada de ira se suaviza ligeramente. Entiendo que Magnus, en su forma retorcida, está intentando ser comprensivo. Acepto su oferta en silencio y me retiro. Siento su mirada clavada en mí, fría como el acero. Es un aviso, lo sé, y eso solo alimenta mi furia.
Al salir del Cuatro Aguas, camino hacia mi casa con el malhumor pesándome en los hombros. Me merezco algo mejor; todos nos merecemos algo mejor. Mientras cruzo Puerto Sucio, noto cómo la gente desvía la mirada al verme pasar. Todos saben quién soy, pero nadie se atreve a acercarse. Mi reputación me precede: aquellos que han osado desafiarme han terminado ahogándose en su propia saliva y sangre. No temo a nadie.
Entonces lo veo. Entre la multitud aparece mi hijo, Diquen. Ha crecido y se ve bien alimentado. Lleva una daga en el cinturón, listo para defenderse, aunque todos saben que nadie se atrevería a tocarlo. Al verlo, unas lágrimas brotan de mis ojos. Corro hacia él, lo alzo en mis brazos y lo abrazó con fuerza. Su cabeza reposa en mi hombro mientras acaricio su cabello suave y bien cuidado, depositando un beso en su frente.
-Hijo mío, ya estoy aquí -digo lleno de alegría.
Pero algo en su mirada me inquieta. Sus ojos están llenos de tristeza. En ese momento, cegado por mis propias emociones, no lo noto del todo, pero algo está mal.
-¿Pa...dre? -pregunta con la voz rota. Sus lágrimas empiezan a caer, y al abrazarme, rompe en llanto. Percibo que esas lágrimas no son de felicidad. Un mal presentimiento crece en mi pecho.
-Mamá... se está muriendo.
Mis lágrimas se detienen de golpe. La angustia me invade, dejándome sin palabras. ¿Cómo es posible? Trato de mantenerme firme. Me prometieron que cuidarían de mi familia mientras yo no estaba.
-Eso no pasará. Ya estoy aquí -le digo, intentando sonar seguro, mirándolo a los ojos, tratando de transmitir fortaleza.
Diquen me observa, pero aunque parece tranquilizarse un poco, noto una sombra de duda en su mirada. Normalmente, mis palabras lo calmarían, pero esta vez siento una inquietud en su corazón. Trato de esconder mi propia inseguridad tras una sonrisa.
-Vamos a casa -le digo con una voz que pretende ser despreocupada.
Al llegar a nuestro hogar, una sensación abrumadora me invade. Mis pies parecen más pesados al caminar sobre las viejas tablas de madera. Algo ha cambiado. Me dirijo a la puerta, buscando a mi esposa. Diquen me señala en silencio.
-Cariño, ya estoy en casa -digo, intentando sonar tranquilo. Pero el silencio me está matando. Empujo la puerta y los recuerdos de nuestra vida juntos inundan mi mente. Algo bloquea la entrada. Al aplicar más fuerza, finalmente la abro, y la veo. Cloe está postrada en el suelo.
-¡Cloe! -grito desesperado.
-¡Mamá! -el grito desgarrador de Diquen me interrumpe mientras corre hacia ella.
Ella aún respira, pero su estado es crítico. ¿Qué demonios ha pasado? Se suponía que cuidarían de ella mientras yo estaba fuera. La ira crece dentro de mí, y un ligero tic aparece en mi ojo. Cloe fue quien me convenció de aceptar este trabajo, quien me dio la esperanza de formar una familia, quien cambió mi vida. Si no hago algo pronto, no le quedan muchos días.
La recuesto con cuidado y siento su frente. Está ardiendo de fiebre. Rápidamente le aplico trapos húmedos y trato de alimentarla, pero sé que esto no será suficiente. Debo encontrar una solución. El miedo me carcome.
Antes de tomar una decisión apresurada, cojo pluma y papel. Escribo con desesperación, mientras escucho los sollozos de mi hijo al otro lado de la pared y los débiles suspiros de mi esposa. Al terminar, escondo el pergamino bajo una tablilla desgastada del suelo.
Luego, entro en la habitación de Diquen. Está en silencio, pero su tristeza es palpable. Me acerco y lo tomo en brazos.
-Hijo... -digo suavemente.
Sus ojos brillan con lágrimas y su mirada me atraviesa. La presión en mi pecho se intensifica. Quiero decirle algo, pero las palabras se atascan en mi garganta. Finalmente, me disculpo, sintiendo que he fallado como padre.
-Lo siento -susurro, mi voz quebrada por la emoción. Mi rostro se retuerce en una mueca de dolor que intentó ocultar.
Diquen sigue llorando, y sé que es por mi culpa. Lo acercó más a mí, abrazándolo con fuerza.
-Papá lo solucionará todo, ¿de acuerdo? Te prometo que esto se arreglará. La próxima vez, estaremos juntos, todos, bajo ese gran sauce en las montañas de Oráurea del que tanto te hable. Haremos una gran comida, solo nosotros tres.
Diquen se calma por un instante, y me devuelve el abrazo.
-¿Me lo prometes? ¿Prometes que estaremos juntos bajo el sauce?
-Te lo prometo. La próxima vez, nos alejaremos en mi barco y seremos libres. Libres de este lugar, de estas cadenas que nos atan a este mundo.
Es la primera vez que hago una promesa que no estoy seguro de poder cumplir.