Capítulo 1
Desde la ventana del auto veía a mi madre venir frustrada del instituto. Me abracé a mí misma por el frío. La calefacción estaba al máximo, pero seguía sintiendo ese escalofrío que no se iba. No llevaba la ropa adecuada: solo la bata del hospital del cual me acababan de dar de alta. Mi madre abrió la puerta del auto y, junto con ella, entró una ola de viento helado que me erizó la piel.
—No hay cupos —dijo en un murmullo amargo. Volteó a verme, notando el frío que me calaba—. ¿No hay bufandas o algo así en tus maletas? Negué con la cabeza. Ella se quitó su abrigo y me envolvió con él.
No habíamos intercambiado más palabras. El camino fue silencioso. Solo miraba la ruta hacia casa; era increíble cómo algo que había estado presente toda mi vida ahora me resultaba extraño. Solo habían sido seis meses de ausencia. Al ver los pinos, supe que estábamos cerca. Pasamos por el portón, que siempre se mantenía abierto por la dificultad de abrirlo y cerrarlo. En cada hoja del portón había un caballo, que se unían perfectamente al cerrarlo. Al avanzar, se divisaba a lo lejos la casa. El viñedo rodeaba todo y algunos caballos eran entrenados en los potreros. Mi madre detuvo el auto frente a la casa. Bajamos. Los empleados empezaron a descargar lo que eran mis “maletas”. Observaba mi hogar, en el que había pasado toda mi vida y que ahora me parecía más aburrido y ajeno. De la puerta salió mi cuñada. Sonreí al ver su vientre y fui recibida con un abrazo por parte de ambos.
Subí a mi habitación y me dirigí al baño. Frente al espejo, desnuda, observé la bata del hospital entre mis manos. La tiré al basurero: no quería recordar nada de esos seis meses. Entré a la tina con un suspiro al sentir el agua tibia. No pensé que lloraría por el simple hecho de sentir el agua caliente sobre mi piel. Me senté abrazando mis rodillas. Intentaba contenerme, pero era inútil. Dejé de resistirme: parecía un sueño estar de nuevo en casa. Disfruté ese baño como si fuera un regalo. Tapé mi nariz y sumergí todo mi cuerpo, aguantando la respiración bajo el agua. No había pasado ni medio minuto cuando alguien me sacó de repente.
—Acabas de salir y ya te quieres ir de nuevo —dijo, exaltada, mientras me sostenía por los hombros.
Quité sus manos de encima, con un rechazo total. Su mirada buscaba alguna lesión en las partes visibles de mi cuerpo. —Alex, respóndeme —pidió, preocupada por mi aparente indiferencia. Pero no era indiferencia: era asco hacia ella… o tal vez enojo y resentimiento. No respondí. Solo señalé la toalla cercana. Ella se levantó y me la alcanzó. Volví a señalar, pero esta vez hacia la puerta. Dudó unos segundos. —No hagas nada estúpido —dijo finalmente, saliendo y cerrando la puerta tras de sí.
Me había terminado de vestir con algo más cómodo y abrigador cuando tocaron mi puerta. No tenía ánimo de hablar; no había dicho una sola palabra desde que me habían dado de alta… como si me hubiera vuelto muda.
Al segundo toque, la rubia volvió a entrar. La miré sin expresión. Al reconocer que era ella, giré el rostro y me concentré en desempacar mis cosas. Se acercó, manteniendo cierta distancia, como para no incomodarme.
—Perdóname —rompió el silencio con voz quebrada, a punto de llorar—. Yo deb…
—Incluso si hubiera dicho que fuiste tú, igual me hubieran internado —murmuré sin mirarla, deteniendo mis manos a medio guardar las cosas.
—Yo no estaba lista aún para eso —su tono buscaba excusarse. Me di la vuelta y le lancé el brazalete de enferma que me habían dado.
—¿Acaso yo sí? —dije exaltada—. Yo tampoco estaba lista. ¿Cómo vas a pensar que una niña de doce años está lista para salir del clóset… o para ser internada en un lugar como ese? Respóndeme, Megan.
—Te escribí miles de veces y jamás respondiste una de mis cartas —Megan intentó tomar una de mis manos. Con la otra, la golpeé en la mejilla.
—Vuelve a tocarme y diré que tú eras la pedófila —dije mientras ella acariciaba su mejilla roja—. No quiero saber nada de ti. Quiero que desaparezcas de mi vida. Y si no lo haces, le diré a Riven que su mejor amiga fue mi novia.
La empujé hasta la puerta de mi habitación, cerrándola en su cara. Me sentía enojada y decepcionada. Lo que alguna vez imaginé como una vida con ella ahora me parecía una estupidez. Megan solo era una enclosetada miedosa. No quería eso. Tampoco quería nada de lo que había vivido. Quizá había sido una idiota al creer que de verdad era mi primer amor… pero solo era una adulta aprovechándose de una niña sin experiencia alguna.
Bajé para la cena y me senté en mi silla. Los empleados servían los platos. Mi madre estaba en un extremo de la mesa; a su lado izquierdo, mi hermano y, junto a él, su esposa. A la derecha de mamá, mi hermana mayor. Yo me sentaba al lado derecho del otro extremo, donde debería estar nuestro padre, que estaba de viaje. La silla a su izquierda siempre quedaba vacía. No era prohibida, pero nadie se sentaba ahí por respeto a nuestro hermano difunto, el mellizo de Riven. Solo mis padres y Riven sabían cómo había muerto. Ni siquiera sabíamos su nombre. Después de su muerte, no planeaban tener más hijos… pero todo lo bueno tarda en llegar.
Mi hermana tenía trece años y mi hermano diez cuando nací. La única de los tres con el cabello rojizo oscuro y ojos azules. Ellos, castaños y de ojos color avellana, se parecían más a mi padre en tono, pero tenían las facciones de mamá. Yo era distinta. Con el tiempo, mi cabello se volvió castaño rojizo, que se encendía con la luz del sol. Herencia de mi madre, que tenía el pelo cobrizo y ojos azules, pero me parecía más a mi padre: su sonrisa, sus gestos, su tipo de cabello, cejas y forma de ojos.
—Pensé que Megan se quedaría a cenar —comentó mi madre, mirando la silla junto a Riven.
—Tuvo una emergencia con su hermano. No es grave —respondió Riven, sirviendo el vino. Cuando iba a llenar mi copa, dejó la botella y tomó otra, sin alcohol.
Rodé los ojos.
—No te enojes. Los tres pasamos por esto, incluso mamá en cada embarazo. No por nada sacan un vino con nuestro nombre —sonrió mientras me servía—. Además, Selene también te acompaña en esto… y después te acompañará la mini Selene.
La cena transcurrió como si nunca hubiera estado ausente esos seis meses. Nadie tocó el tema, y lo agradecí. No quería contestar preguntas que me recordaran ese infierno. El vino, aunque sin alcohol, me dejó con las mejillas sonrojadas y un hipo mudo.
—Alex —escuché, justo antes de ver un cuchillo clavarse en mi silla, a centímetros de mi cara.
Levanté la vista, asustada. El poco vino se me evaporó del susto.
—¿Estás loca? —pregunté, con el corazón acelerado, sacando el cuchillo de la madera.
—Qué pregunta más estúpida —rió irónica—. Todos en esta familia estamos locos desde que tomamos vino. No era mi intención matarte; estabas tan absorta que debía llamarte la atención… y lo conseguí. —Extendió la mano y le entregué el cuchillo—. Además, comprobé que aún tengo buena puntería.
—Recuérdame no dejar nunca a nuestra hija con Riven —murmuró Selene a mi hermano.
—El chiste es que piensas que alguna vez lo consideré —contestó Ryan.
—¿Ya pensaron en un nombre? —preguntó mi madre, que casi siempre se mantenía callada en las cenas, observando las peleas de sus hijos.
—Alex iba a decidirlo —respondió Ryan mientras tomaba la botella de vino y servía más en su copa. La mirada de mi madre se posó en mí. Miré a cada uno con nervios.
—¿Yo? —pregunté, señalándome a mí misma.
Todos asintieron.
—¿Están seguros? Apenas pude decidir el nombre de mi caballo.
—A mí me gusta el nombre de tu caballo —comentó Riven—. Kyraxes —repitió lentamente—. Muy original, a la par del nombre que Ryan le dio al suyo. —Se burló—. ¿Qué te pasó por la mente cuando lo llamaste “Velociraptor”?
Todos reímos, menos Ryan, que solo sonrió de forma sarcástica.
—Bueno, por lo menos yo no llamé “Vitiliga” a mi caballo —se defendió él, y ahora fue el único que rió.
—Era una niña y me preocupé porque mi yegua tenía el pelaje café y blanco —rodo los ojos—. Creí que estaba enferma de vitíligo, por eso la llamé Vitiliga. —Hizo una pausa, mirando a Selene—. Tú llamaste a tu yegua “Coca Cola”. —La señalo—. El caballo de papá se llama Jack y el de mamá, Ana… y hay muchos más caballos con nombres ra…
—Sí, sí, bueno, como digas, Riven —mi madre la interrumpió con suavidad—. ¿Ya pensaste en un nombre? —volvió a mirarme.
Asentí.
—Magaery —dije suavemente.
Selene asintió, le había gustado el nombre que acababa de inventar. Riven, en cambio, se burlaba de los nombres de la caballeriza.
—No importa qué nombre elijas —dijo Ryan, recostándose en la silla—. Sea bueno o malo, nuestro apellido lo arregla. Incluso si alguien tan insignificante se llama Paolo Banegas, solo hay que quitarle el apellido y ponerle Van der Woodsen.
—Uff, suena a dinero —añadió Riven con una sonrisa burlona—. Paolo Van der Woodsen… —repitió para sí misma.
La cena terminó. Subí a mi habitación y caminé hasta la terraza que conectaba con ella. Arrastré mi mano por las balaustradas donde, en otro momento, había pensado en tirarme. Tragué saliva y volví a entrar, cerrando la puerta, pero sin trancarla. A pesar de haber corrido a Megan y decirle que no quería volver a verla, tenía la estúpida esperanza de que apareciera a medianoche… como antes.
Me dejé caer en la cama. Ni siquiera necesitaba acomodarme; era lo suficientemente grande y cómoda para que durmieran cinco personas. Al fin dormiría en mi habitación, no en una sin ventanas y pintada de blanco. Sobre todo, dormiría para descansar, no para huir de mi vida.
El sol me golpeó el rostro. Aún era temprano. Me levanté para correr las cortinas y trancar la puerta de la terraza. Suspiré y me hundí en la cama, abrazando una almohada… que, en otro tiempo, había sido Megan. Aunque intentara volver a dormir, no podía.
Salí al patio, sintiendo el pasto bajo mis pies. Era extraño disfrutar de algo tan simple… hasta que un dolor punzante en el talón me hizo caer. Me había cortado con trozos de vidrio, restos de una botella de vino, esparcidos cerca del patio trasero.
Quedé en shock. No quería mirar mi pie sangrando; odiaba la sangre. Solo de pensarlo me daban escalofríos. No sé cuántos minutos pasé tirada, evitando ver la herida. Tampoco podía levantarme para pedir ayuda: tenía un vidrio enterrado en el talón.
—¿Qué pasó? —preguntó esa voz que tanto había querido escuchar anoche.
—Te llevaré adentro —dijo Megan, atándose el cabello. Colocó mi brazo detrás de su cuello, pasó uno de los suyos por mi espalda y el otro bajo mis piernas. Me cargó hasta entrar en la casa, depositándome con cuidado en uno de los sofás de la biblioteca. Se arrodilló para ver mi talón.
Yo mantenía los ojos cerrados; no quería ver nada.
—Iré a traer mi kit de emergencias —susurró, antes de salir deprisa hacia su auto.
Cuando volvió, Megan ya estaba vendando mi talón. Había retirado el trozo de vidrio, desinfectado la herida y dado dos puntadas en la zona.
—Ya puedes abrir los ojos —dijo suavemente mientras guardaba las pinzas, el alcohol y el algodón. Suspiró, esperando a que lo hiciera para sostener mi mirada—. Un día vas a matarme de un susto —añadió con una leve sonrisa, acariciando mi rodilla—. ¿Estarías aún ahí tirada si no hubiera llegado? Yo solo asentí.
—¡Megaaan! —se escuchó la voz ronca de Riven desde el piso de arriba.
—¿Qué hacías tan temprano despierta? Y, sobre todo, ¿en el patio? —preguntó Megan, ignorando el grito de Riven.
—No podía dormir más y decidí ir a la caballeriza —respondí, justo cuando Riven bajaba las escaleras y se acercaba.
—¿Qué ocurrió? —dijo preocupada, mirando primero a Megan y luego a mi pie vendado.
—Riven, ¿qué hiciste con la botella de anoche? —cuestionó Megan, acercándose a ella.
—No lo sé… la boté, tal vez —dijo, sin entender qué tenía que ver esa pregunta con la situación. Megan sonrió con sarcasmo y señaló mi pie vendado.
—Pues ahora ya lo sabes. La tiraste en el patio y mira lo que ocurrió —dijo, acercándose a tocar mi talón.
—Me duele —protesté, apartándola con mi otro pie.
—Eres un asco cuando te emborrachas —agregó Megan, mirando a Riven, que se mostraba avergonzada y culpable—. Puedes ir a traer un analgésico.
Riven salió corriendo escaleras arriba. Quedó un silencio entre nosotras; Megan no quería hablar para no incomodarme.
—Perdóname por lo de ayer —hablé finalmente.
Megan volteó, dándome toda su atención, como si no pudiera creer lo que acababa de escuchar.
—Soy yo quien debe pedirte disculpas —dijo suavemente. Habíamos bajado el tono de voz por miedo a ser escuchadas. Se sentó a mi lado en el sofá.
—Y lo hiciste… pero estaba muy enojada. Yo… —hice una pausa para tomar su mano— te extrañaba mucho. Por favor, ven esta noche —pedí sin mirarla a los ojos, avergonzada.
—¿De verdad quieres eso? —preguntó, levantando mi mentón para encontrar mi mirada.
—Sí.
No dije más. Solo sostuve su mirada mientras acariciaba su mano. Ella dejó un suave beso en mi cabeza y jugó con mi cabello.
—Megan, encontré estas… —Riven interrumpió antes de entrar a la biblioteca, por suerte—. No sé si son analgésicos para humanos o para caballos… o simplemente pastillas para el viñedo —dijo agitada, después de haber corrido por toda la casa.
Megan ya se había levantado del sofá. Tomó las pastillas, dándole la espalda a Riven para que no notara su sonrojo, y disimuló mientras leía la etiqueta.
—Edo Flunix… —murmuró, dándose la vuelta.
—¡Eso es de caballos! —protesté indignada, mientras Megan miraba a Riven con clara desaprobación.
—Igual sirve, ¿no? —dijo encogiéndose de hombros—. El punto es que no le duela y no creo qu...
—Nooo, no es lo mismo —dijo Megan, frustrada, dándole bruscamente las pastillas a Riven—. Iremos a comprar las medicinas. —Luego fijó su vista en mí con suavidad—. ¿Quieres algo de la tienda? —preguntó con una sonrisa tenue.
No sabía qué pedir. Al notar mi vacilación, volvió a hablar: —¿O quieres que te sorprenda? Sonreí y asentí.
—Oye, pero conmigo reniegas incluso para compartirme internet —protestó Riven—, ¿y cómo así que “sorprender”? —interrogó, confundida.
Megan solo negó y arrastró a Riven hasta el auto.
Había pasado más de una hora cuando mi madre se levantó. Obviamente se asustó, pero le expliqué que había salido al patio descalza y me había cortado con vidrio, intentando sonar como si no hubiera pasado nada grave. Omití, claro, que el vidrio era de la botella de Riven.
Se escuchó el ruido del auto estacionar. Al entrar, mi madre saludó a Megan con el cariño de siempre, elogiándola y agradeciéndole que estudiara Medicina.
—Si no fuera por ti, mi bebé ya se hubiera desangrado —dijo mi madre mientras me abrazaba, aunque se sentía más como si me estuviera ahogando.
—Me ahogas —dije apenas, y mi madre me soltó. Suspiré de forma exagerada.
—No es nada, solo hago lo que puedo —respondió Megan, dándome el analgésico y un vaso de agua.
—¿Cuál es la diferencia entre el ibuprofeno y el Edo Flunix? —preguntó Riven mientras leía la caja del ibuprofeno—. Ambos son analgésicos.
—Uno es para caballo —chillé—. ¡MAMÁ! —dije sacudiendo la camisa de mi madre.
—“Mamá” —repitió Riven en un tono chillón, imitándome—. Mi yegua es mucho mejor que tú —dijo con sarcasmo.
Pero mamá no lo tomó así. Se levantó para pegarle, y Riven salió corriendo. Mamá fue detrás de ella.
Megan sonrió ante la escena y se sentó a mi lado. Abrió la bolsa y sacó unas galletas.
—Riven insistía en comprar chocolates. Tu hermana no sabe que no te gustan, ¿no?
—Sí lo sabe —rodé los ojos—. Lo decía para comérselos ella.
—Qué mal. Riven no es mi Van der Woodsen favorita —dijo con una sonrisa, sosteniendo mi mano. Sonreí ante el gesto—. Es Ryan.
Mi gesto se volvió serio y Megan no pudo evitar reírse.
—Es broma. Ryan me cae bien, y Riven… simplemente sobrevive. Así que... —fingió pensar— creo que tu madre es mi Van der Woodsen favorita. Ah, es cierto, Aemma no es una Van der Woo...
—Ya deja de molestar —protesté, quitándole mi mano de la suya.
—Sabes que bromeo. Tú eres mi Van der Woodsen favorita.