DEIK

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Summary

Deik fue la muerte. Ahora, es solo un extraño perdido en la Tierra. Desterrado por su padre y separado de todo lo que conocía, cae al mundo humano sin rumbo. Sergio, un joven reservado que vive entre rutinas y silencios, se cruza en su camino. Un encuentro accidental. Una conexión inevitable. Y una pregunta que lo cambia todo: ¿Puede la muerte aprender a vivir?

Genre
Fantasy
Author
quimey
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

01: El riesgo de sentir

Doyur era un reino suspendido fuera del tiempo. No había luz ni sombra, ni noche ni día. No existían estaciones, ni vientos, ni humedad. Solo la forma pura del orden, el equilibrio absoluto de todo cuanto respira y muere. No latía allí ningún corazón, porque los corazones no son eternos, y Doyur no toleraba lo pasajero. Era un lugar sin comienzo ni final, donde el devenir se tejía como una tela infinita, sin errores ni puntadas sueltas.

Allí, en el centro del todo, reinaba Zháman. El Tiempo. No un dios, no un espíritu, sino la totalidad misma del transcurrir. No hablaba con palabras ni dictaba sus mandatos con voz alguna. Su sola presencia bastaba. Cuando se movía, los ciclos se aceleraban. Cuando pensaba, los mundos cambiaban de curso. Cuando callaba, era porque el universo debía escuchar.

Su eternidad era la ley más antigua.

El ciclo —ese delicado entrelazamiento de nacimiento y muerte— fluía sin interrupción. Como un río invisible que unía los planos. Como la respiración perpetua del todo. Nada escapaba a él. Ni siquiera los dioses menores.

Eda’ika y Deik, nacidos del núcleo mismo de la voluntad de Zháman, eran los únicos con forma delimitada en el reino. Dos entidades talladas con contornos que imitaban a los humanos, no por necesidad, sino por estructura funcional. No eran carne, pero sabían de la carne. No eran alma, pero tocaban a diario el alma ajena.

Eda’ika, la vida, se movía como una brisa cálida sobre campos eternos. Su luz era volátil, y aunque su rostro no expresaba nada humano, todo en ella irradiaba nacimiento. Fluía a través de los mundos con júbilo silencioso, depositando soplos vitales en vientres, raíces, corales y montañas. Su labor era alegre, creativa, casi juguetona. Entregaba vida con generosidad. A veces, incluso con exceso.

Deik, la muerte, era su contrario perfecto. No resplandecía, no sonreía, no esparcía. Se desplazaba en línea recta, cortando con precisión quirúrgica el hilo vital que su hermana había entregado. Su cuerpo, largo y delgado, estaba envuelto en un blanco sin reflejo. Era el blanco del hueso, del vacío, del olvido. Sus ojos no brillaban. Su rostro no mutaba. Donde Eda’ika dejaba estallidos de nacimiento, él recogía silencios.

Ambos mantenían el equilibrio. Ambos respondían, sin cuestionar, a los pulsos del ciclo.

Hasta que él empezó a detenerse.

Fue imperceptible al principio: una pausa de más en el plano medio, una demora breve en la separación de un alma, una mirada que duraba unos instantes. Zháman, sin embargo, lo sintió. Como una cuerda que vibra fuera del tono justo, como una anomalía en la resonancia del todo. La muerte ya no descendía con la misma rapidez. Algo la retenía.

Y ese “algo” era nuevo. Era un virus dentro de lo eterno.

El Tiempo lo supo antes de que la palabra “duda” existiera. Lo nombró antes de que siquiera se formara la emoción.

Sentir.

Esa fue la grieta. Ese fue el crimen.

El ciclo no permitía que sus portadores sintieran. Las emociones eran lentas. Las emociones distorsionaban. Volvían humano lo que debía ser abstracto. En Doyur, donde nada envejecía, el sentimiento era un presagio de muerte. Una ironía cruel.

Y Deik… el propio Deik, quien había sido moldeado con la frialdad exacta del final, comenzaba a observar.

No hablaba. No compartía sus impresiones. Pero en los silencios de su tránsito entre planos, Deik comenzaba a detenerse ante ciertas almas. No las tocaba al instante. No cortaba su hilo de inmediato. Algo dentro de él se aferraba al parpadeo de un niño moribundo, a la súplica de una madre, a la última sonrisa de un anciano. No como un gesto de piedad —porque no la comprendía—, sino como si una inquietud se hubiera instalado en lo más hondo de su esencia.

La inquietud de la pregunta.

¿Por qué debe morir lo que apenas ha comenzado?

Esa pregunta, aunque jamás dicha, tejía raíces en su centro. Lo ralentizaba. Lo perturbaba. Lo alejaba de su naturaleza.

Mientras tanto, Eda’ika lo observaba con extrañeza. Su rol era otro, pero incluso ella —que celebraba el caos vital con picardía y exceso— no concebía un mundo donde la muerte dudara. Había algo casi cómico en ese titubeo. Ella, que creaba con desenfreno, sabía que el exceso de vida solo podía ser contenido por la firmeza implacable de su hermano.

Pero Deik ya no era firme.

No se rebelaba, no hablaba, no gritaba. Su transformación era muda. Y por eso, más peligrosa.

En las profundidades del reino, Zháman comenzó a desestabilizar el equilibrio. Su juicio no era una elección: era una necesidad cósmica. Si uno de los hilos del ciclo se aflojaba, el resto del tejido se deshilacharía con él.

No podía permitirlo.

Y entonces, la decisión fue tomada.

Deik sería enviado a la Tierra.

No como mensajero. No como ejecutor. No como dios. Sería despojado de su pureza sagrada, de su velocidad, de su poder. Caería como caen los cometas rotos, como caen las hojas en los otoños de los hombres.

Tendría un cuerpo. Tendría hambre. Tendría frío.

Y por primera vez en toda su existencia… tendría que vivir.

No como entidad, sino como criatura. Entre mortales. Entre confusión. Entre carne y barro.

Zháman no se lo anunció. No hubo palabras. Solo el peso inexorable del destino, que empezó a precipitarse como piedra desde lo alto.

Eda’ika fue la única que percibió la sentencia. No con tristeza, porque no comprendía el dolor como lo hacemos los humanos, sino con un dejo de temor.

La muerte estaba por caer.

Y con su caída, el ciclo se desnivelaría. No habría reemplazo inmediato. El fin quedaría vacante. La vida, desatada, crecería como hiedra sin poda.

Y ella, que lo había burlado siempre, ahora se hallaba ante un espejo roto.

Su hermano no caía por rebelde.

Caía porque sentía.

Y eso, en Doyur, era el crimen más imperdonable.

Los planos que conectaban el reino de Doyur con el mundo físico eran incontables. Algunos eran nítidos como vidrio pulido; otros, opacos como las aguas detenidas. Solo los portadores de la ley podían transitar entre ellos sin desvanecerse, sin olvidar su forma. La mayoría de las entidades sagradas no necesitaban atravesarlos, porque su existencia se manifestaba exclusivamente en lo inmanente. Pero Eda’ika y Deik descendían. Eran los únicos cuyas labores exigían rozar la carne, influir lo que aún late, detener lo que ya ha cumplido.

La vida entraba con una energía temblorosa, vibrando como un trueno contenido. Se instalaba en los úteros, en los brotes, en los caparazones rotos de las criaturas pequeñas. Su presencia era invisible a los sentidos humanos, pero dejaba rastros en la sensación misma de origen. A veces lo hacía jugando, a veces con una precisión asombrosa, y a veces... por puro deseo de desequilibrar. Eda’ika no obedecía tanto por deber como por impulso. Entregar vida era una forma de creación salvaje. Para ella, el caos era belleza. El exceso, un arte.

Deik, por el contrario, se internaba en los planos con una sobriedad casi cruel. Donde la vida encendía, él apagaba. Donde ella sembraba, él cosechaba. No por antagonismo, sino por necesidad. Su función era cerrar. Su tarea, borrar suavemente los rastros de la existencia sin perturbar el tejido. La muerte que Deik traía no era violenta: era definitiva. Era una caricia helada que tocaba el centro del alma sin despertar dolor. Su paso era silencioso, sus límites exactos. Por siglos, tal vez eones, nada falló.

Hasta ahora.

En un plano donde el cielo se sostenía en tonos grises perpetuos y la tierra olía a despedida, Deik caminaba solo. Allí, en ese umbral donde las almas aún no se despojaban del todo de sus memorias, realizaba sus tareas. El cuerpo que usaba en ese plano era apenas una sombra larga con contornos definidos: una figura delgada, blanca, de ojos como ceniza húmeda. Su andar no generaba sonido. Su sola presencia bastaba para detener el pulso del alma y liberar el lazo que la sujetaba al cuerpo.

Pero ahora, los hilos temblaban antes de romperse. Algunos incluso resistían.

Hubo un niño. Una criatura pequeña, de pelo oscuro, con el rostro hundido en una fiebre que no cedía. Deik lo encontró en el umbral, rodeado de las siluetas de sus padres humanos, que no veían nada más que su cuerpo muriendo. El alma del niño, tibia aún, se alzaba lentamente como niebla. Deik extendió su mano, como siempre lo hacía.

Y entonces… esperó.

No por error. No por fallo. Por elección.

Hubo algo en la respiración quebrada del niño. Algo en la manera en que se aferraba al recuerdo de su madre. No emoción, porque Deik no entendía el amor humano. Pero sí una intensidad nueva. Como si el alma le hablase sin palabras, pidiéndole tiempo. Deik bajó la mano. Se quedó junto al cuerpo, contemplando cómo el hilo vibraba, aún sin cortarse.

Nunca había hecho eso. Nunca había sentido eso.

Aquel día, no tomó el alma. El cuerpo moriría igual —porque lo físico no espera— pero el alma flotaría más tiempo de lo debido, generando distorsión en el plano.

La falla era ínfima, pero irreversible.

En otros rincones de Doyur, Eda’ika comenzaba a notar las consecuencias. Allí donde antes su luz encontraba espacio, ahora las almas tardaban más en partir. Las nuevas formas vitales, al nacer, llevaban consigo un leve temblor, una irregularidad casi indetectable. Un desfase. Como si en algún rincón del entramado, los ciclos no se cerraran del todo. Como si los finales se resistieran a ser finales.

Ella, fiel a su naturaleza, se burlaba del caos. Pero algo en el equilibrio comenzaba a asustarla.

Deik ya no era el mismo. No porque actuara diferente, sino porque había cambiado su centro.

Antes, era como una hoja cortante de obsidiana. Preciso, mecánico, puro. Ahora, incluso en su quietud, había una latencia emocional. Una densidad distinta en su andar. Ya no era indiferente. Y eso, en Doyur, era más peligroso que el odio.

El reino no soportaba los matices. Las entidades no debían oscilar. Toda oscilación era una grieta. Y toda grieta, una amenaza al todo.

Zháman, que era el todo, percibía cada desviación como una fractura en su propio cuerpo. El Tiempo, que para nosotros avanza como flecha, para él era un río inmóvil. Por eso, cada onda en la superficie se convertía en un terremoto. Sabía que si permitía que Deik continuara operando con esa vibración nueva, el ciclo mismo se desmoronaría.

No bastaba con advertirlo. No bastaba con reemplazarlo. Porque Deik no había cometido un error técnico, sino un pecado fundacional: había absorbido la fragilidad del mundo humano.

Y eso no se purga. Se arranca.

El castigo no sería destrucción porque la destrucción también desordenaba. Zháman no castigaba con fuego, sino con estructura. La estructura del descenso.

El cuerpo fue moldeado. El exilio, planeado.

No se le arrebataría la conciencia, pero sí los atributos. No perdería sus memorias, pero sí su dominio. Caería al plano humano con su misma apariencia divina, atrapado en una forma mortal. Sin voz entre los suyos. Sin poder sobre las almas.

Allí, viviría entre los que debía juzgar.

Allí, sentiría sin poder cortar.

Y solo así —tal vez— entendería que el ciclo no se discute. Se cumple.

Mientras tanto, en las moradas de tránsito, las almas flotaban más tiempo. Los planos se ensuciaban de recuerdos no depurados. Algunos humanos experimentaban pesadillas más vívidas, visiones, voces. No eran señales de un mundo más espiritual. Eran residuos de un orden fracturado.

Zháman observaba el tejido con detenimiento.

Eda’ika, lejos de su hermano, se dedicaba a reforzar el flujo de nacimientos, como si intentara compensar la balanza que se inclinaba peligrosamente. Pero en su luz, por primera vez, había sombra. No sombra moral, sino sombra de duda.

El fin había comenzado a sentir.

Y eso alteraba incluso a la vida.

Deik, por su parte, no sabía que el juicio estaba sellado. Seguía bajando, día tras día, al borde de los mundos, recogiendo almas como un barquero silencioso. Pero ya no era invisible. Algunas criaturas lo veían fugazmente en sueños. Algunas voces lo nombraban sin conocerlo. Algunas miradas humanas se detenían, sin saber por qué, justo donde él había estado.

El velo se afinaba.

La frontera entre muerte y vida comenzaba a temblar.

Y ese temblor llegaría, pronto, a su punto de quiebre.

En el extremo más antiguo de Doyur, allí donde el reino parecía interrumpirse sin desvanecerse, se alzaba el risco Insan. No era una montaña, ni un borde geográfico. Era más bien una interrupción en la plenitud, un pliegue abrupto en la perfección del reino, como si el todo hubiera respirado hondo una vez, y al exhalar hubiera dejado esa grieta abierta.

Desde allí, se observaban los planos inferiores. No como los ve el ojo humano, ni como los siente la conciencia. Se los percibía como corrientes de vida, como ondulaciones de historia, como parpadeos de significado. El mundo de los hombres —ese donde lo efímero duele, donde el tiempo muerde, donde la carne envejece— se extendía allá abajo como un eco frágil de lo que alguna vez fue eterno.

Nadie solía reunirse en el risco. Era un lugar que no requería vigilancia. Allí no pasaba nada, porque el orden estaba garantizado. Nadie en Doyur caía. Nadie descendía sin propósito. Nadie abandonaba su función.

Hasta ese día.

La noticia no se pronunció. No hizo falta. La condena de Deik se propagó como un estremecimiento colectivo. Como si todos los hilos del ciclo se tensaran al mismo tiempo y, por un instante, todo lo sagrado se inclinara hacia un centro inestable.

El castigo no fue anunciado, pero todos lo comprendieron.

La muerte iba a ser arrojada.

Ninguna entidad menor recordaba un hecho semejante. Algunos ni siquiera sabían que Zháman era capaz de desterrar a sus propios hijos. El Tiempo no castigaba. El Tiempo corregía. Y, sin embargo, ahora, parecía que corregir no bastaba.

La muerte debía aprender.

Y aprender era descender.

Deik fue convocado al centro del reino, al punto de gravedad donde el ciclo se origina. Allí donde ni Eda’ika tenía permitido ingresar. Aquel espacio no tenía forma ni palabra, pero lo contenía todo. Su figura, antes estática y serena, se alzó hacia lo alto como humo detenido. No opuso resistencia. No habló. No suplicó.

Quizás ya lo sabía.

Quizás ya lo sentía.

Zháman, en su inmensidad muda, no lo tocó. No hacía falta. Su sentencia se tejía en la esencia misma del condenado. Una corriente descendente lo rodeó, envolviéndolo como un vendaval sin viento, como un remolino de luz invertida. Las capas más profundas de Doyur comenzaron a abrirse.

No hacia el olvido.

Sino hacia el mundo humano.

El descenso no sería una caída física. No había gravedad que pudiera contener lo que venía. Sería una pérdida gradual de atributos, una transición de lo eterno a lo transitorio. La inmortalidad abandonaría a Deik no de golpe, sino de a poco. Como la sangre que deja un cuerpo herido. Como la sombra que se separa de la forma al anochecer.

Desde el risco Insan, las entidades se agolparon. No se empujaban ni se hablaban. Estaban ahí como testigos. Algunos lo hacían por deber. Otros, por miedo. Eda’ika lo hizo por algo que no supo nombrar.

La vida llegó tarde, o quizás demasiado temprano. Su luz temblaba, como si por primera vez no supiera brillar. En sus ojos dorados se formaba un rastro de comprensión. No tristeza, porque no era humana. Pero sí una sensación de pérdida.

Nunca lo había admitido, pero amaba la certeza de su hermano. Su silencio. Su rigidez. Su presencia constante al final de cada creación. Eran polos que se sostenían mutuamente. Ahora, algo se rompía. Y no sabía qué quedaría de ella cuando él ya no estuviera.

Desde su lugar en el risco, lo vio aparecer.

La figura de Deik fue elevada desde el centro de Doyur. Ya no era completamente divina. Algunas partes de su esencia comenzaban a volverse opacas, como si el mármol perfecto de su ser comenzara a agrietarse. El blanco de su piel ya no era liso. El contorno de su cuerpo se hacía más denso. Sus ojos grises, antes vacíos de expresión, ahora ardían con un fulgor incierto. No poder. No ira. Algo parecido a la desolación.

En ese momento, el reino contuvo el aliento.

Una grieta invisible recorrió el tejido del ciclo, extendiéndose desde su pecho hacia los márgenes. No como un castigo, sino como una renuncia. Deik no caía por rebeldía, sino por haber sentido demasiado. Su descenso no era un acto de traición. Era un acto de ruptura.

Con la primera lágrima del reino —una que no cayó, sino que vibró en lo más profundo de lo eterno— el cuerpo de Deik fue absorbido por el vacío del mundo humano.

No gritó. No miró atrás.

Simplemente cayó.

Los testigos, desde el risco Insan, no sabían qué hacer. El equilibrio que habían jurado preservar ahora se sostenía con un hilo menos. No podían intervenir. No podían seguirlo. El ciclo debía continuar. Aunque estuviera incompleto. Aunque su herida tardara en cerrarse.

Eda’ika se quedó más tiempo que todos.

La caída de su hermano, lenta y final, había dejado algo en el aire. Una vibración.

Sabía que en el mundo humano, Deik no sería bien recibido. Su apariencia —pálida, inmutable, inhumana— despertaría rechazo. Su silencio se confundiría con amenaza. Su falta de lenguaje lo aislaría. Y su poder perdido lo haría vulnerable.

Pero también sabía algo más.

En el mundo humano, donde todo es frágil y transitorio, donde los cuerpos se rompen y los vínculos arden y se apagan, él volvería a sentir.

Y eso, aunque prohibido, era quizás el único modo de comprender el valor de lo que había perdido.

Abajo, en una ciudad atravesada por el ruido, por el cansancio y por la ternura cotidiana de los mortales, una figura blanca comenzó a materializarse en una calle sin nombre.

Y arriba, en el risco Insan, la eternidad seguía temblando.