Carta para el niño que aún pregunta: ¿Qué pasa conmigo?
A ti... al niño que fuiste, al que todavía se sienta en silencio en la última esquina de tu alma, al que no entendía por qué el amor dolía tanto, ni por qué, a pesar de darlo todo, aún se sentía insuficiente.
Quiero decirte algo, pequeño: No era tu culpa.
Nunca fue por no ser más fuerte, ni más gracioso, ni más alto, ni más “normal”. Tú solo querías ser amado como sabías amar: con el alma abierta, sin condiciones, con flores en los bolsillos y promesas escritas en servilletas rotas.
Pero viviste rechazos que no supiste interpretar, miradas que te hicieron sentir invisible, palabras que te arrugaron por dentro. Y cada vez que alguien no se quedó, te preguntaste: “¿Qué hice mal?” “¿Qué me falta?” “¿Qué pasa conmigo?”
Lo que pasa contigo es que sientes demasiado. Y eso... no es una maldición. Es tu tesoro. Aunque te lo hayan hecho dudar tantas veces.
Hoy, después de todo lo vivido, quiero abrazarte sin miedo. Quiero decirte que no estás roto, que no naciste para mendigar cariño, y que un día —aunque aún duela— vas a perdonarte por culparte tanto.
No porque ella vuelva. No porque el amor llegue como lo soñaste. Sino porque, aunque nadie te lo diga, tú vales. Tú mereces amor que no duela. Tú mereces quedarte.
Así que esta carta, aunque parezca una despedida, es en realidad un pacto de reconciliación: voy a cuidar de ti, aunque ya nadie más lo haga. Voy a enseñarte a amar sin que eso signifique sangrar.
Y aunque a veces aún preguntes “¿Qué pasa conmigo?“... te prometo que, poco a poco, aprenderás a responder con ternura: “Nada. Solo que fui hecho de amor... y el mundo aún no sabe qué hacer con eso.”
Con amor, el que fuiste, el que aún llora, y el que un día aprenderá a sonreír sin culpa.