Capítulo I
Finalmente, todo había terminado. Wednesday observó cómo Bianca suspiraba mientras Eugene mantenía alerta a la colmena. Las abejas rondaban el cuerpo de Laurel sin darle tregua alguna. La pelinegra dirigió nuevamente sus orbes negros al cuerpo de quien fue su profesora, deseosa de incrustar su daga en la profundidad de aquella tráquea expuesta.
-¿Terminó? -Cuestionó Eugene con cierto recelo.
-Terminó – Confirmó Wednesday. Observó detenidamente el edificio, deleitándose con el fuego que poco a poco se extendía por el lugar. Aquellas llamas atraían su mirada, sumergiéndola en un placer indescriptible. Bianca y Eugene permanecían inmóviles como esperando que Wednesday les diera autorización para emprender camino a la salida de la academia. Wednesday, absorta en sus pensamientos, fijó su mirada en aquella llama crepitante de combustión perfecta que cambiaba suavemente de un tono azulado, a anaranjado y despuntaba en un amarillo tan brillante como el cabello de Enid. Fue en ese momento que la pelinegra sintió una enorme e indescriptible opresión en el pecho. Sin mirar si quiera a sus acompañantes, emprendió rumbo al bosque, sintiéndose frustrada por no poder acelerar sus pasos causa a sus heridas. Se sentía agotada, como si Crackstone hubiese robado la energía de cada partícula de su cuerpo. En su hombro, un dolor punzante le impedía mover con normalidad el brazo, y, pese a que se deleitaba por esa pequeña tortura, sentía frustración de saberse herida, puesto que no estaba en condiciones de enfrentar a Tyler.
Su mente viajaba a mil por hora imaginando escenarios catastróficos en los que no llegaba a tiempo. Podría ver el cuerpo inerte de Enid, podía ver su azul mirar sin aquel brillo que la desesperaba, su rostro sin aquella sonrisa que la llevaba a la locura y desesperación. Enid la irritaba a sobre manera, no toleraba del todo su presencia debido a los chillantes colores que vestía y a la enfática voz que expresaba tantas emociones que ella no podía comprender. Enid podía llegar a irritar a Wednesday, eso era un hecho; sin embargo, se veía desesperada ante la sola idea de encontrarla sin vida.
Bianca y Eugene la siguieron sin cuestionar, acelerando el paso hasta casi emprender una maratónica carrera que robaba el aire de sus pulmones, y entonces, sin previo aviso, Wednesday se detuvo presionando su pecho. Su rostro reflejaba emociones que sus compañeros no supieron descifrar; acostumbrados a esa mirada impasible, no podían más que sentir terror ante aquello que alteraba a la pelinegra.
-¿Wednesday…? -Cuestionó Eugene contrariado. Veía a su amiga respirar agitada presionando su pecho.
-No hay tiempo Eugene – exclamó antes de retomar su carrera. Se maldecía mentalmente por no llevar consigo algún arma para enfrentar a Tyler, puesto que evidentemente sus conocimientos en diferentes artes marciales no serían suficientes para combatir a un hyde, no ahora que estaba herida; pese a esto, su mente se estrujaba desesperadamente ideando un plan para detenerlo.
-¡Addams…!- gritó Bianca iluminando a Wednesday, ésta se giró observando el pecho de la morena, entornando la mirada en busca de aquel talismán que obstaculizaba sus poderes.
-Sígueme Bianca -Ordenó, pero justo cuando su mirada volvió a aquel bosque que se encontraba a las afueras de la academia, logró distinguir en la penumbra esa prenda color rosa que tanto conocía y detestaba. Se detuvo en seco entornando la mirada, intentando agudizar sus sentidos para distinguirla en su totalidad. Bianca y Eugene se detuvieron a su lado, mirándose entre ellos sin saber qué le ocurría a la gótica. Los pulmones de Wednesday ardían, su corazón latía desbocado causando sensaciones que no lograba describir. Era Enid, sin embargo, un miedo irracional la invadió al no lograr distinguir aquella mirada celeste. Aturdida, emprendió marcha a paso lento, temiendo equivocarse. Su corazón comenzó a latir dolorosamente cuando observó que aquella figura emprendía carrera hacia ella. Wednesday se sentía contrariada, incapaz de desviar su mirada de aquel brillante abrigo rosa. Fueron sólo unos segundos, pero ella los sintió eternos, y cuando logró distinguir el rostro sangrante de Enid, un nudo se instaló en su garganta al tiempo que sintió un enorme vacío en el pecho y una pesadez en el estómago.
Desesperada, Enid se abrazó a su cuerpo causando una electrificante sensación que recorrió cada una de sus partículas. Wednesday la retiró de inmediato, su mente se había quedado en blanco y no podía más que prestar atención a aquel rostro. Negro y celeste conectaron y sin pensarlo, la pelinegra se aferró a la rubia sintiendo que el alma volvía a su cuerpo. En ese momento, no existía nadie más, los murmullos fueron silenciados y no podía más que ser consciente de ese cálido cuerpo que la aprisionaba.
-Wednesday …-Susurró Enid. La gótica intentó apartarla sólo para cerciorarse que, pese a la sangre que brotaba de su rostro, la rubia se encontraba sana y salva. Enid se aferró a aquel delgado cuerpo, permitiendo que sus ojos liberaran toda la angustia, dolor y alivio que sentía. Su corazón latía con fuerza, sintiendo aún aquel pánico que la inundó cuando ninguno de sus compañeros había dado razón de su amiga.
- ¿Estás bien? – Cuestionó la gótica, permitiendo que sus pulmones se inundaran de aquella fragancia dulce que, de un momento a otro, había dejado de parecerle asfixiante. Sin separarse aún, Enid asintió, escondiendo su rostro en el hombro de Wednesday, quien observó su cabello conteniendo el inexplicable deseo de acariciarlo. -Eres el único lobo que conozco con un colorido pelaje -susurró al tiempo que, sin poder resistirse más, tocaba ligeramente aquellos mechones rosas y azules que sobresalían de la rubia cabellera. Enid sonrió aun en su hombro, sintiendo una calidez que inició en su pecho y se extendió por su cuerpo. De pronto, Wednesday comenzó a convulsionar entre los brazos de Enid, quien la sostuvo pronunciando desesperada su nombre.
Entornó los ojos intentando distinguir alguna silueta entre la penumbra que se extendía frente a ella. Giró su rostro cuando escuchó un leve gruñido, encontrándose con dos enormes figuras que disputaban una batalla.
La loba daba una estocada certera en el pecho del Hyde, logrando hacerlo tambalear; sin embargo, el Hyde extendió sus garras contra el rostro de la rubia, quien emitió un aullido lastimero.
-¡Enid!- gritó Wednesday cuando aquella criatura sujetó a la loba contra un robusto árbol. Los ojos de Enid perdían su brillo a medida que forcejeaba desesperada para librarse de las garras de Tyler, el cual se preparaba para dar la estocada final.
Wednesday se levantó inhalando desesperadamente. Sus pulmones se oprimían, su cabeza daba vueltas y su hasta ahora muerto corazón latía dolorosamente. Nuevamente se vio acorralada por aquel cálido cuerpo que la estrujó sin clemencia.
-Wednesday– sollozó Enid.
-Enid estuviste a punto de morir – exclamó Wednesday, separándose abruptamente de la rubia para fijar su mirada en las heridas sangrantes. -Tyler pudo matarte -reprochó. Enid la observó con el entrecejo contraído, sin lograr entender la molestia de la pelinegra.
-Tú te enfrentaste a Crackstone – contratacó señalando el hombro herido. Wednesday contuvo el aliento sin lograr ocultar su molestia. En ese momento, no podía más que pensar en las mil formas de torturar a Tyler y cobrar venganza. -Tyler está herido – comentó Enid como si pudiese leer su mente. -Su padre le disparó y perdió el conocimiento. Gracias a eso estoy aquí.
-No habrías estado en riesgo si el sheriff hubiese aceptado desde el principio que su hijo es un asesino- sentenció la pelinegra sintiendo rabia por los hombres Galpin, pero no podía negar que principalmente sentía rabia contra sí misma por nuevamente exponer la vida de la rubia. Finalmente, Enid se apartó de Wednesday acomodando aquel abrigo que cubría su desnudez. No pasaron ni dos minutos para que Ajax se acercara a ella, colocando su chaqueta sobre los hombros de la rubia para después abrazarla por los hombros. Aquella escena irritó de sobre manera a la pelinegra y le produjo una extraña y molesta sensación en el pecho.
Con la muerte de la directora Weens, el consejo determinó suspender el resto del semestre, por lo que todos los alumnos debían regresar a casa a la brevedad. Pese a la insistencia del Sheriff, Tyler había sido sentenciado a un reclusorio mental, donde sería sometido a diversos tratamientos para controlar su estado. Wednesday había objetado ante aquella estúpida sentencia, argumentando que un Hyde no puede ser controlado, por lo que la única solución era exterminar al castaño. No es que no sintiera cierta fascinación por la condición de Tyler o por los alcances que podría llegar a tener convertido en Hyde, sino que se encontraba furiosa con él por el ataque a Enid. No sabía por qué, pero aquella visión se repetía en su mente una y otra vez, causándole un estado de ansiedad que jamás creyó experimentar.
El aullido lastimero de Enid se repetía en sus sueños cada noche, provocando que se despertara aterrada y furiosa. Al principio, creía que aquellas sensaciones se debían a la injusticia que estaban cometiendo con el veredicto e incluso a la inmensa molestia que le generaba saber que, por sólo un momento, se vio envuelta en las redes del castaño. Su ego estaba herido, el repudio a su persona crecía día con día de sólo recordar que estuvo dispuesta a abrirse a nuevas experiencias con aquel joven embustero, pero con el paso de los días, había logrado entender que sus sueños y los sentimientos que estos desencadenaban no estaban relacionados con ese hecho.
La rabia que sentía era originada por la angustia de pensar en la muerte de Enid. Aceptarlo había sido catastrófico para ella, puesto que generaba sentimientos que no lograba clasificar y que, quizás, no estaba dispuesta a analizar a profundidad. Durante el primer encuentro, no hizo más que considerar a Enid una molesta mascota de la que podía hacer uso ocasionalmente; sin embargo, con el paso de los días, su sentir por Enid se transformó completamente, lo cual trataba de no reflexionar profundamente para evitar una catastrófica conclusión. No fue hasta aquella noche en casa de los Gates que entendió y aceptó la realidad. Enid le importaba, más de lo que se podía permitir reconocer.
Mientras se encontraban en aquel ascensor no podía pensar en otra cosa que no fuera sacar de ahí a la rubia con vida. Recordaba el pánico que sintió cuando vio a Sinclair respirando con dificultad, con la mirada aterrada buscando en sus orbes negros aquella seguridad que ni ella misma sentía. Y aunque nunca lo admitiría, sufrió inmensamente cuando Enid decidió dejar la habitación que compartían.
“Esquiva lo que quieras, pero tú y yo sabemos que si te importa Enid. Y tienes que admitir que ella logró sembrar una chispa de calidez en ti.”
Las palabras de Laurel se repitieron en su mente los días posteriores, atormentándola y obligándola a reprimir pensamientos que se tornaban incongruentes para ella. Nunca en su vida se había sentido tan unida a otra persona. Enid había sido el primer ser fuera de su familia que la había aceptado con su excéntrica, cruel y complicada personalidad, que se había permitido conocer a la verdadera Wednesday y no un producto creado por su imaginación, que se había mantenido a su lado incluso después de casi perder la vida. Sobre todo, Enid la había salvado de Tyler arriesgándolo todo cuando ni siquiera podía transformarse.
Sin embargo, el latente pensamiento de que su sola presencia y su personalidad egoísta pondrían constantemente en riesgo la vida de la rubia no hacía más que quitarle el aliento. Llegó incluso a pensar en no regresar a Nevermore, todo para mantener a Enid a salvo; pero Wednesday era muy egoísta y aunque le costara admitirlo, no estaba dispuesta a estar lejos de la loba.
Pese a saber que Enid era una mujer fuerte que contaba con las cualidades propias de su especie ahora que había logrado transformarse, Wednesday sentía la imperiosa e inexplicable necesidad de protegerla, razón por la cual se oprimía su pecho mientras rondaba por los pasillos de la mansión Addams, consciente de la distancia que existía entre su hogar y el de la rubia.
Aquella tarde se dejó caer pesadamente en su cama, botando aquel libro que no podía terminar. Apretó los labios para contener un suspiro frustrado que amenazaba con escapar y delatar las emociones que se encerraban en su pecho. Thing se acercó a ella con aire fastidiado, emitiendo señas que la pelinegra ignoraba. Cansado, el apéndice se colocó en su pecho presionando insistentemente.
-No me ocurre nada -insistió la pelinegra entornando con furia la mirada. Antes de que pudieses obtener respuesta, escuchó un vibrante sonido proveniente de la mesa de noche junto a su cama. Thing volvió a emitir señas con desesperación al tiempo que saltaba de su pecho y recorría el camino hasta aquel dispositivo electrónico que descansaba cerca de ella.
-Es Xavier. No deja de insistir y antes de que lo menciones, no pienso responder a sus mensajes.
Haciendo caso omiso, Thing arrastró el teléfono hasta posarlo sobre el pecho de Wednesday. La pelinegra resopló molesta, tomando el aparato entre sus manos con la intención de arrojarlo lejos de ella. Frunció el ceño al percatarse que en la pantalla no resaltaba el nombre del torturado artista, sino un número desconocido. Creyendo que podría tratarse de aquel acosador, presionó la pantalla para abrir el texto.
“Howdy Roomie” leyó antes de sentir que su cuerpo se tornaba rígido.