Prólogo
Las luces alrededor de las gradas iluminaban el estadio de béisbol más grande del condado de Lenawee, donde los Wómbats del instituto Hudson se enfrentaban a los Leones de St. Lewis en el último partido de la temporada.
Alrededor del estadio resonaban los gritos y aplausos de los eufóricos estudiantes, quienes apoyaban a los equipos representantes de sus respectivos colegios; en el campo de juego, había una tensión como ninguna otra en lo que los jugadores ocupaban sus posiciones para dar inicio al noveno inning, el cual lo definiría todo.
O los Wómbats anotaban las tres carreras que los desempatarían de los Leones y les daría la victoria, o regresarían con un trofeo menos para la gran vitrina de reconocimientos en el pasillo principal de Hudson.
Sin embargo, para algunos era mucho más que una medalla en las paredes de sus habitaciones. Sabían que harían historia fuera cual fuera el desenlace. Sobre todo porque la tenían a ella.
Con las bases llenas y a un out de que todo terminase, cada persona en las tribunas se aferró a sus asientos, atentos, cuando la jugadora con el número 77 en su camisa hizo su aparición girando el bate en su mano mientras se posicionaba en la placa de inicio.
No solo destacaba por ser la única chica dentro de un equipo de muchachos, sino por su habilidad como bateadora durante las ofensivas. Quienes la conocían, lo sabían. Aquellos que no tenían idea alguna, pronto lo descubrirían.
Porque aunque muchos eran los pensamientos que surcaban su mente en cuestión de milisegundos, ella solo se enfocó en el más importante: jonrón.
Fue lo que su capitán le había ordenado momentos atrás. Él la creía capaz. Cualquiera que la hubiera visto jugar antes, lo creía capaz. Ella, en cambio, tenía sus dudas. Pero quien presenciara en ese momento jamás lo habría imaginado porque lo cierto es que cuando el pícher de los Leones hizo su lanzamiento, la bateadora de los Wómbats también hizo su movimiento.
Tan pronto como se escuchó el sonido de la bola impactar contra el bate, incluso si no hacía falta, ella recorrió el campo para dejar sus huellas en cada una de las bases, haciéndole saber a los presentes quién era aquella que acababa de darle cuatro carreras a su equipo con un jonrón digno de las grandes ligas. Para todo aquel que hubiera presenciado la escena, y hasta los que solo oyeron de ello, Floyd Brennan se había consagrado como la jugadora estrella de los Wómbats de Hudson.
Sin embargo, de entre todas las voces que elevaron en regocijo y las miradas entusiastas puestas en ella, buscó la atención de aquel cuyo número en su camisa era el 14. Mismo que la había titulado como su as bajo la manga, a quien ella consideraba su modelo a seguir. Cleveland Beckham, capitán del equipo.
Hasta que esa misma noche, todo cambió.