Prólogo
El primer día de noviembre llovía. Era un preludio perfecto para el drama que se cernía sobre mi vida. Desde la ventana de mi estudio, en el barrio de Shoreditch, veía cómo las gotas de agua chocaban contra el cristal, difuminando el vibrante graffiti de la pared de enfrente. A menudo me refugiaba en esta vista, en el caos controlado de la calle, para ignorar el desorden que se estaba formando en mi interior.
Mi cámara, mi compañera fiel y silenciosa, estaba sobre el escritorio, esperando. Siempre ha sido mi forma de entender el mundo: capturarlo, enmarcarlo y, por un breve momento, controlarlo. Pero la realidad que se me presentaba ahora no era una imagen que pudiera retocar. Era un callejón sin salida, una encrucijada donde todos los caminos llevaban a la misma ruina.
Mi abuela, la mujer que me crio, la misma que me enseñó a amar las sombras y la luz, estaba enferma. Las facturas médicas crecían más rápido que la hierba en una primavera lluviosa y mi modestos trabajos de fotografía de arte no eran suficientes. El último recordatorio del banco, con su tinta fría e impersonal, me había dejado claro que mi tiempo se había agotado.
Y fue entonces cuando apareció él. Un anuncio en el periódico, críptico y directo: "Se busca compañera para acuerdo de negocios. Remuneración considerable. Discreción absoluta". Podría haberlo ignorado, pero el olor a desesperación es un perfume persistente. La dirección me llevó a un imponente edificio de oficinas en Mayfair, donde el lujo era tan opresivo como el silencio. Allí, un hombre de ojos de tormenta y presencia imponente me hizo una oferta que no pude rechazar: un matrimonio temporal, sin amor, sin emociones, un simple trato para un hombre que tenía todo, excepto la bendición de su abuelo. A cambio, todas mis deudas serían eliminadas. Un simple "sí" y el contrato se firmaría. Al mirarlo, supe que no se trataba de una propuesta, sino de un ultimátum.
—¿Señorita Elodie? —su voz era grave y profunda, el sonido de una promesa y una amenaza a la vez.
—Sí —respondí, mi voz apenas un susurro.
El contrato sobre el escritorio, con sus cláusulas frías y sus palabras legales, era mi única esperanza. Un amor por calendario. Diez meses. Y después, la libertad. O eso creía yo.