Prólogo
No recuerdo el momento exacto en que mi corazón se partió por primera vez, pero sí recuerdo perfectamente la última vez que sentí cómo se hacía pedazos. Fue en ese preciso instante en el que miré a los ojos de los cuatro hombres que se convirtieron en mi mundo, y supe que había algo roto, algo irreparable, entre nosotros. Una red de mentiras y verdades a medias que me había cegado hasta el punto de no ver el abismo que se abría a mis pies.
Ese día, la lluvia caía a cántaros sobre Melbourne, empapando el asfalto y reflejando las luces de neón de la ciudad. Estaba en la azotea de mi estudio, con el viento helado golpeando mi rostro. Podía ver sus siluetas a lo lejos, las cuatro figuras que se habían convertido en mis pilares, en mis tormentos. Cada uno con una parte de mi alma, un fragmento de mi historia.
Allí estaba Kyan, el dueño de la galería, cuyo pasado oscuro me atraía como una polilla a la luz. Su mirada, tan intensa, tan llena de promesas y de dolor. Allí, Nolan, el abogado que con su sonrisa despreocupada lograba que me olvidara de todo, aunque por dentro estaba tan roto como yo. Y Dorian, el artista del tatuaje, cuya presencia enigmática me hacía sentir viva de una manera que me aterraba y me fascinaba a la vez. Finalmente, Finnigan, el fotógrafo, cuya alma parecía tan libre y tan herida al mismo tiempo.
Ellos cuatro. Mi caos y mi paz. El aire se sentía pesado, cargado de una tensión que casi podía saborear. Había sido un viaje lleno de pasión, de risas, de secretos susurrados en la oscuridad, y de discusiones que dejaban un amargo sabor en mi boca. Me habían enseñado a amar de una forma que ni siquiera sabía que era posible, pero también me habían arrastrado a un torbellino de mentiras que ahora me ahogaban.
Y entonces lo supe. Comprendí que el amor y el odio no son opuestos, sino dos caras de la misma moneda. Que la línea que los separa es tan fina que a veces, al darte la vuelta, no sabes en cuál de los dos lados estás. Y yo, Annelise Thorne, estaba en el punto de inflexión.