El comienzo
Nadie sabe si fue el cielo el que se rompió, o la tierra la que lo llamó.
Pero una noche sin luna, en donde la oscuridad dominaba cada rincón a su paso, una torre de luz ardiente descendió, hiriendo montañas, evaporando mares y arrancando la piel misma del mundo. Aquel poder no tenía forma ni dueño, y el hombre, en su misma ignorancia, quiso someterlo. En pocas lunas, ciudades enteras se consumieron. Y la magia indómita y salvaje amenazó a la humanidad con borrar la vida.
Entonces, 7 aparecieron.
No eran para nada simples mortales, sino hijos de antiguos dioses cuyo poder había trascendido la historia. Dioses griegos, que habían amado en secreto a mujeres y hombres humanos. En sus venas corría sangre divina, que se mezclaba con la carne mortal, y eso los hacía resistir el fuego ardiente de la magia pura.
Aurelian Solarius, primogénito de Apolo, atrapó la luz en cánticos y visiones.
Nyxara Mornveil, hija de Hades, enseñó a las sombras a inclinarse y jurarle lealtad.
Thalassios Thalmyre, heredero de Poseidón, calmó las tormentas y habló con las corrientes profundas.
Eryna Virelia, de Afrodita, volvió el deseo y la belleza armas invisibles.
Pyrrhon Pyrrhaen, forjado por Hefesto, levantó murallas y espadas vivientes. Zephyros Zephyros, de Zeus, reclamó el trueno y el poder sobre los cielos.
Lyrris Lyrwood, de Artemisa, unió su alma a la luna y a las bestias del bosque.
Los siete unieron fuerzas, sellando la magia en pactos que solo sus linajes tenían permitido sostener. Cada uno fundó un Aquelarre, y juntos crearon el Consejo de los Siete, jurando bajo la luz de la luna que nunca dejarían que el mundo cayera en caos otra vez.
Por siglos, la balanza se mantuvo estable.
Pero con el tiempo, la ambición consume y lava el cerebro de distintas formas, creciendo más que el propio juramento que alguna vez juraron proteger. El Aquelarre del Sol Dorado ganó una gran influencia dentro del Consejo, reclamando más asientos que el resto. Y en las sombras, la rivalidad más antigua entre el Sol Dorado y la Luna Carmesí, empezó a arder de nuevo.
Pocos tenían conocimiento de ello, pero el eco de aquella enemistad no tardaría en teñir de rojo la historia como la conocemos, y marcar el destino de dos jóvenes que aún no tenían el gusto o el disgusto de conocerse aun.