Butterfly

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Summary

Seguimos la intensa y emotiva travesía de Azalea, una joven de 23 años que, abrumada por la desesperanza, decide acabar con su vida. Sin embargo, en lugar de encontrar el final, despierta en un lugar desconocido y misterioso donde se encuentra con otras chicas de su edad que aparecieron en el mismo hotel en la noche de nevada. Este encuentro desencadena una relación única y reveladora entre ellas, ofreciéndole a la joven una perspectiva inesperada de su vida.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

La bañera

Azalea se iba despertando lentamente mientras oía el ruido del motor de fondo y notaba que no había mucho movimiento a su alrededor. Miró con ojos vagos por la ventana mientras apoyaba su cabeza en ella aún somnolienta. “Nieve…”, era de noche y el autocar ya había llegado a la ciudad. Las luces de los semáforos y de los automóviles le daban un toque poético y calmante a su estado de ánimo. Y debido al frío, escondió sus manos en los bolsillos del abrigo. Llevaba unos guantes negros, pero que aún así no eran suficientes como para calentarla. “Hace mucho frío…”, se decía con cierta vagancia. La ciudad la habían decorado con luces navideñas que tomaban diversas formas. Centró su atención en ella tratando de averiguar qué emociones le provocaba aquel hermoso panorama, pero parecía ser todo totalmente insípido. “¿Desde cuándo he dejado de sentir?”. Siguió observando a su alrededor, a lo que el autobús se quedó parado por el tránsito que había. Giró la cabeza mientras seguía observando el movimiento de la gente. Vio a padres jugando con sus hijos. A hijos jugando con sus juguetes. Y a juguetes cobrando vida por ellos. Vio a parejas acurrucarse entre ellos. Otros, simplemente, estaban cogidos de la mano. Ella, a su edad, seguía sin comprender qué era realmente el amor. Pero que aún así, su corazón tambaleó ligeramente por la soledad que padecía y soltó un suspiro que enteló el cristal. Escondió parte de su cara en la bufanda que llevaba puesta, como si al enterrarse en ella lograra huir de sus emociones.

Movió la mirada para observar a los compañeros que se sentaban junto a ella; todos estaban en absoluto silencio. Un silencio que resultaba ser terapéutico. Hasta que llegó a su destino. Azalea cursaba sus estudios en la universidad, pero el sentimiento de vacío interno le quitaba las ganas de todo. En aquella misma tarde, la joven llegó a la parada de autobús reventada de tanto correr por miedo a perder el último autocar del día. Su corazón debía bombear con mucha más intensidad para así poder satisfacer las necesidades de aquel cuerpo marchitado. Aun así, todo ese bombeo no lograba abarcar tanto, ya que seguía con las manos y las piernas entumecidas. En su caso, correr bajo el frío tampoco era buena idea. “Es injusto…”, se quejaba mientras seguía hiperventilando, como si su alma estuviera a punto de salirse junto a todas aquellas expiraciones que realizaba. Acababa de salir del peor examen que había realizado en toda la historia de su vida y por ello se sentó en el banco de la parada rendida, como si hubiera salido de una batalla. Fijó la mirada en el suelo mientras tenía los brazos abrazados en la mochila y el mentón escondido en ella. Sentía que ya no le quedaba nada de valor a su vida. Ni nada por lo que seguir luchando. “Inútil…”, un humo de vapor salió de su boca al susurrar. Por aquella zona no había casi ninguna alma. Tan solo se oía el sonido de las hojas caídas en el suelo que el viento arrastraba con ligereza. Miró hacia la derecha y junto a ella había una farola que daba luz para poder iluminar la calle. Entonces miró al frente y había un autocar cuyo conductor se la quedó mirando. Sacó los guantes negros de la mochila y se los puso. Para taparse del frío y para esconder las heridas generadas por el frío.

Mientras seguía sentada en el banco de la parada, el sentimiento de ira y desesperanza se entremezclaban dentro de su pecho, formando una perfecta mezcla venenosa. Logró no derramar ni una sola lágrima, pero tembló. Y no sabía si del frío o si de algo mucho más profundo e invisible. Como un alma sin hogar, tan solo seguía su camino perdida y abandonada. Al bajarse del autocar recordó que tenía que devolver un par de libros a la biblioteca local, así que se apresuró antes de que cerraran.

Debido a que era viernes, cuando llegó al centro de la ciudad, esta estaba abarrotada de gente y lo único que recibía eran empujes. El centro de la ciudad le generaba algo de ansiedad y notó la mirada de la gente observando la melancolía que llevaba en su rostro. “¿Qué le pasa?”, seguido de unas risas, mientras que otros la miraban con la nariz arrugada. La respiración se le hizo pesada y empezó a agitar ligeramente los brazos. Siguió escuchando risas creyendo que se estaban burlando de ella. “Tranquila, Azalea, nadie va a hacerte daño…”. Aún seguía teniendo la extraña sensación de estar viviendo en un sueño. Como si estuviera atrapada dentro de una caja de cristal en vacío. Como si estuviera a punto de desvanecerse, haciendo así de la aglomeración algo lejano e intangible. En medio de aquella aglomeración, sintió que se transportaba a su infancia. Sola, abandonada y olvidada por todos. Sentía que seguía siendo una niña pequeña vulnerable.

Subió las escaleras del edificio de su casa, toda mojada y con cierta pesadez. Junto a la nevada empezó la lluvia, cuyo sonido sonaba de fondo con cierto tono de lejanía. Las piernas las tenía debilitadas. Los pulmones cansados y su cuerpo destrozado. Como si tuviera que cargar todo un peso ajeno. Cuando entró en casa se sintió inmediatamente cálida y segura. Encendió las luces y dejó las llaves encima de la mesita que estaba junto a la puerta e hizo lo mismo con su mochila. Con ello sintió un gran alivio en la parte inferior de su espalda. “Miau…”, miró hacia sus piernas y se encontró con su gato que la rodeaba a cada paso que realizaba. “Maru, ¿tienes hambre?”. Atravesó el pasillo hasta llegar al comedor. Una vez allí, se percató de que el desastre no solo estaba en su interior: tenía toda una pila de ropa encima del sofá y la mesa llena de envolturas de comida. Seguidamente, el teléfono sonó. Solamente podía ser una persona.

—¿Y qué tal con tus compañeros? ¿Todo bien?

—Sí, mamá. No te preocupes, todo está bien.

—¿Y tu alimentación? ¿Comes algo? Te recuerdo que si no comes nada te morirás.

Su madre iba listando todas las comidas que debía comer y evitar. Ella, por su parte, iba recordando toda la comida que ingería: todo procesado, poca verdura, poca fruta y muchos fideos instantáneos. A veces simplemente le costaba ponerse a cocinar.

—¿Me has oído?

—Sí, mamá. No te preocupes, estoy bien.

—Tu padre y yo vendremos en torno a las ocho y media, así que no hace falta que prepares la cena, ya la traeremos nosotros. —De acuerdo, estaré aquí esperando —observó el comedor con los ojos como platos—. Toca limpieza…

Tras un buen rato de charla, la madre tuvo que despedirse, ya que tenía ciertos asuntos que atender. Azalea colgó el teléfono, se agachó lentamente hasta el suelo mientras se abrazaba las rodillas y escondía la cabeza entre ellas. La casa estaba en absoluto silencio, y el derrame de unas cuantas lágrimas sonaba estridente. Le sabía muy mal que sus padres tuvieran una hija como ella, y que encima estuviera perdiendo las ganas de todo. Le quedaba poco para graduarse, pero aun así el sentimiento de fracaso interno la perseguía y la derrumbaba por dentro. Para ella, no había nada que celebrar.

Se dirigió hacia la cocina y dio de comer a Maru. Se agachó mientras lo observaba comer y lo acariciaba. —Gracias a ti sigo viva. Muchas gracias —susurró.

Seguidamente, sacó bolsas de chips, chocolates y todo tipo de comida basura para devorar. Aquello era el tratamiento perfecto para cuando se sentía demacrada. O, más bien, la autodestrucción más sana que se le podía ocurrir. Al terminar, arrastró sus piernas hacia el baño y se lavó la cara con agua templada. Se secó con la toalla y se miró el rostro en el espejo: ojos grandes con largas pestañas, pero cansados y con sombras oscuras. Labios voluminosos, pero secos. Cabello largo y ondulado, pero apagado. —¿Acaso no puedo verme bien ni un solo día? —se dijo frustrada. —Gracias a Dios que los espejos no hablan —se volvió a criticar.

Cogió el peine y se cepilló el cabello suavemente, pero aun así la caída seguía siendo inevitable. Llenó la palma de su mano con un gran mechón de cabello fino y débil. Luego se desvistió y observó su cuerpo. Se giró de perfil y se asustó. —¿Desde cuándo estoy tan delgada? —susurró.

Ni siquiera se había percatado de que estaba perdiendo peso de forma importante. La vibración de su móvil interrumpió todas aquellas revelaciones que le hacía su cuerpo, revelaciones que llevaba ignorando por completo durante mucho tiempo. “¡Hola, Azalea! ¿¿Cómo va todo?? <3”, leyó la notificación desde la pantalla de bloqueo, pero aun así decidió no responder. —Lo siento mucho… —murmuró.

Recordó su infancia, su adolescencia y todo el resto mientras se estiraba dentro de toda aquella espuma. Concluyó que todo había sido un desastre y que todo afirmaba el error de su existencia. Luego añadió sales de baño al agua. Esta se tiñó de color lila y desprendió un olor a dulces. El aroma invadió el baño, pero incluso toda aquella dulzura le sabía insípida. Se abrazó las rodillas contra el pecho y observó cómo las burbujas de jabón reventaban de una en una. Una por cada año de su existencia.

Recorrió la mirada por sus pies, luego por sus piernas, subió hacia las rodillas hasta llegar a los brazos, mientras los acariciaba con lástima. Junto a ese recorrido sintió una gran vulnerabilidad, y estallaron lágrimas de sus ojos.Estaba cansada. Cansada por haberse muerto tiempo antes de lo que se esperaría de ella. Había una gran brecha que la separaba del resto de la humanidad y que, con el tiempo, se iba haciendo cada vez más y más grande. Seguía estirada mientras sus pesados párpados se cerraban lentamente. Su cuerpo entró en un estado de debilidad, cansancio y sueño. Lentamente, su cabeza se fue sumergiendo y sus ojos se cerraron, hasta quedarse casi dormida por completo en medio de toda aquella oscuridad. En medio de aquel ruidoso silencio que le daba dolores de cabeza.