Capítulo 1
Tras décadas de conflictos, hambrunas y pandemias, el muro entre México y los fragmentados Estados Unidos se había convertido en una tierra de nadie: un corredor salino donde el viento soplaba. Mateo Rivas era un “coyote”. No guiaba migrantes: llevaba historias. De noche, entre ruinas y púas, pasaba de un lado al otro cargando cartas, viejas fotos, grabaciones. Cobraba poco. Solo pedía escuchar la historia.
En el pueblo de San Blas, encontró a una mujer de cabello plateado. Le entrego una caja diminuta. —“Llévala a New Eden. Dásela a Marcus Brand”. —“¿Qué hay dentro?” —preguntó Mateo. —“Mi última frontera” —susurró Isabela.
La caja parecía ligera, pero al cruzar pesaba mucho.
En Nueva Edén, encontré a Marcus: un viejo soldado en una cabaña. Cuando Marcus abrió la caja, lloró.
Dentro había un puñado de sal... y un diente humano.
—“Era mi madre” —balbuceó—. “Nunca pudo cruzar”.
En la frontera, el viento llevaba consigo nombres que nunca alcanzaron el otro lado.