Capítulo 1
---
El deseo prohibido
Era un día muy soleado en la ciudad de Derry, Irlanda del Norte, un domingo 30 de enero de 1972.
Unos jóvenes caminaban por la acera, familias andaban paseando, pero al otro lado de la plaza había un grupo de soldados planeando algo que nadie podía imaginar.
Eran soldados del ejército surcoreano. El jefe era Jeon Jungkook y su subjefe, Park Jimin. Ellos fueron amigos desde niños, sus familias vivían cerca, sus madres eran amigas y, qué decir de los padres… En cada Navidad y cumpleaños les regalaban armas de juguete y jugaban con sus amigos a "matarse". El bisabuelo de Jimin había sido soldado, así que desde pequeño soñó con serlo. Jungkook, al enterarse, decidió seguirlo. Así nació una amistad muy grande.
—Jimin, dime la verdad… ¿De verdad quieres ser soldado? —repetía Jungkook por milésima vez.
Jimin solo asentía.
—Sabes que iré por ti hasta el fin del mundo, no importa lo que hagas. Yo te seguiré, aunque me muera de miedo por entrar al ejército.
—Ya, Jungkook —decía Jimin con una sonrisa—. Ya te dije que sí iré.
Jungkook solo lo escuchó en silencio y, sin decir nada, lo abrazó.
—Gracias por seguirme. Iremos juntos, pase lo que pase.
El padre de Jimin nos llevó a inscribirnos. No quería hacerlo, pero mamá le dijo que ya había decidido y se respetaba.
—Papá, no te pongas triste. Volveré sano y salvo —decía Jimin.
—Lo sé, hijo. Es que me siento orgulloso de que vayas. Yo no lo hice porque tuve miedo, pero tú... tú estás decidido.
Volteó a ver a Jungkook y le dijo:
—Qué bueno que irán los dos juntos.
—Señor, usted sabe que siempre seguiré a Jimin, no importa si la decisión es buena o mala. Estaré con él, pase lo que pase —dijo Jungkook mientras tomaba la mano de Jimin.
—Lo sé, muchacho... lo sé —respondió el padre de Jimin, mirando nuestras manos entrelazadas.
Me quedé en suspenso por esas palabras. Sentí que era una especie de declaración. Jungkook me sostenía la mano y mi corazón palpitaba con fuerza. No sé cuánto tiempo pasó, pero me sentía bien.
Solté su mano porque el papá de Jimin nos pidió bajar a la oficina a inscribirnos. Me notó raro, solo le pregunté si estaba bien y él respondió que sí. Caminamos más rápido, como él nos pidió, y llenamos los datos. Como teníamos 17 años, papá firmó los permisos tanto míos como de Jungkook. Pronto cumpliríamos 18. Iríamos juntos… y en un formato tipo “concubino”, dijo papá, o sea: un cuarto para los dos. Yo estaba más que feliz.
Pasó el tiempo y llegó el día del enlistamiento.
—Mamá, te voy a extrañar —le dije, y ella me abrazó con fuerza.
—Yo igual, amor. Yo igual.
Papá no alcanzó a llegar. No sé por qué.
—Papá, ya déjame —decía Jimin, mientras su padre le alborotaba el cabello y reían. Mamá era un mar de lágrimas; papá, solo reía.
Sonaron las trompetas: era hora de formarse. Fui con Jungkook y nos formamos. Tocaron el himno y marchamos a las cabañas.
—Jungkook, mira, aquí dice nuestros apellidos —dije, señalando los listados.
De pronto, sonó otra trompeta y una voz en el micrófono:
—¡Soldados, preséntense todos en la plaza principal en posición de firmes!
Miré a Jungkook y salimos, siguiéndole el paso a los demás.
—Jimin, estoy nervioso… —le dije.
Él se acercó y me dio un beso en la mejilla. Me dejó en un viaje astral. ✨
Una voz nos dio la bienvenida al ejército.
Más tarde, nos dejaron 15 minutos afuera, en el frío. Todos sin excepción. Luego, por micrófono:
—Bienvenidos al Ejército de Corea del Sur. Han pasado la bienvenida.
Todos nos quedamos viéndonos, y luego:
—Entren a su nuevo hogar por un año.
Pasó el tiempo. Jimin y Jungkook se ejercitaban y peleaban cada puesto. Nadie los intimidaba. Se hicieron famosos por ser los más sádicos y locos del escuadrón. Los demás soldados les temían solo por escuchar sus relatos de combate.
—Kooki, cada que me ven, casi salen corriendo o me dan cosas gratis —dijo Jimin. Me acerqué y lo besé.
—Mimi, me pasa igual —respondí. Y justo cuando giré, él también me besó. Entre nosotros había amor… pero allá afuera, éramos otros. Yo era el jefe. Mataba a quien se me pusiera enfrente. Casi nunca usaba mi arma: prefería el cuchillo. Me gustaba abrirles el pecho, sacar intestinos y arrancar corazones hasta la última gota de sangre. Era mi manía.
—Kooki, quiero hacerlo también —dijo Jimin, sacando sus cuchillos—. Quiero usarlos.
Durante nuestras misiones, ellos me obedecían sin excepción. Un día, llegó un aviso: estaban disparándole a niños.
—Esperen, chequen hacia dónde se dirigen —ordené. Tras dos horas, los alcanzamos.
Tomé a uno por la espalda y le abrí el cuello. Sentir su sangre me calentó. Derribé a siete más. A algunos los dejamos vivos.
—Caballeros, aquí no pasó nada. Tienen diez minutos. Nos vamos.
—Gracias, baby. Te lo pago en casa —me susurró Jimin.
Tomo a uno, le saco un ojo.
—Lástima, eran azules —dijo. Sacó el otro.
Abrió su cabeza. Ver el cerebro lo fascinó. Verlo así me excitó. Estaba sentado, con el uniforme negro, piernas abiertas. Me sonrió. Sabía que yo estaba duro.
—Soldados, necesito espacio. Acordonen el área y diviértanse.
Solo Jimin se quedó.
—Kooki —dijo con tono coqueto—. Yo también me iré.
—Oh, no baby. Tú te quedas —respondí, tomándole la mano y llevándola a mi entrepierna—. Tú te harás cargo de esto.
(…)
______
El calor entre nosotros era insoportable. La sangre aún tibia manchaba nuestras botas, el olor a pólvora, metal y muerte flotaba en el aire. Pero ahí, en medio del caos, supe que no había vuelta atrás. Jimin y yo estábamos hechos de lo mismo: de furia, de fuego y de deseo.
Nos miramos un segundo más, y sin decir palabra, me empujó hacia una de las paredes del viejo edificio. Su aliento golpeó mi cuello, y mis manos se cerraron alrededor de su cintura. Nos besamos como si fuéramos a rompernos, como si el mundo acabara con cada roce. Era un beso sucio, desesperado, lleno de necesidad y poder.
—Me vuelves loco —susurró con voz ronca mientras me presionaba contra la pared—. No puedo dejar de pensarte cuando veo sangre.
Mis dedos se deslizaron por su espalda, dibujando líneas invisibles sobre su uniforme manchado.
—Tú eres mi único pecado, Jimin. El único que cometería una y otra vez sin arrepentirme.
La tensión era insoportable. Nuestros cuerpos hablaban por nosotros, chocaban con fuerza, buscaban una redención violenta en medio de tanta muerte.
Y ahí, entre los gritos lejanos, la guerra y el frío, encontramos un instante de calor. Un rincón de locura donde nuestros demonios se besaban.
Nada era normal. Nada era sano.
Pero era nuestro.
____
Sus gemidos se ahogaban contra mi boca mientras nuestras manos se aferraban con desesperación, como si estuviéramos cayendo juntos en un abismo sin fondo. Me mordió el labio con fuerza, dejando una marca, y yo no pude más que sonreír contra su piel.
Le encantaba dejarme señales. Y a mí… me encantaba llevarlas.
—¿Alguna vez pensaste en cómo terminaríamos? —le susurré al oído, con la voz cargada de humo y sangre.
—Siempre supe que sería contigo. Pero jamás imaginé que me harías adicto a esta mierda —gruñó, y me empujó otra vez contra la pared, como si quisiera romperme o salvarme, o tal vez ambas.
Nuestros cuerpos bailaban un vals torcido, uno donde el dolor y el placer compartían el mismo ritmo. Entre jadeos y mordidas, entre miradas que decían más que mil palabras, lo supe: estábamos perdidos. No había redención para nosotros. Sólo este fuego que no dejaba de arder.
Cuando por fin cayó la calma, cuando el silencio se hizo más espeso que la noche, lo miré.
Estaba hermoso. Devastado. Manchado de todo lo que éramos.
Y aun así, sonreía.
—Mañana nos van a cazar —dijo, encendiendo un cigarro con las manos temblorosas—.
—Que lo intenten —le respondí, tomando el arma que había dejado caer al suelo—. Somos más peligrosos juntos.
Él rió. Esa risa rota que sólo usaba conmigo.
Y entonces lo supe.
Si íbamos a caer, caeríamos uno al lado del otro.
Siempre.
______
Las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, como si el mundo estuviera a punto de apagarse con nosotros dentro. Su cuerpo seguía sobre el mío, tibio, temblando apenas, con las marcas aún frescas entre la piel y la memoria. Cada caricia era un eco de la violencia de hace unos minutos, cada respiración, una promesa de que esto no había terminado.
—¿Crees que podamos seguir huyendo para siempre? —preguntó, sin mirarme.
—No. Pero no pienso rendirme ahora —respondí, pasando mis dedos por su cuello, donde mis labios habían dejado una línea roja apenas visible.
Se giró hacia mí, y en sus ojos ya no había duda. Solo una determinación salvaje, ciega, rota.
—Entonces corre conmigo —susurró.
—Siempre he estado corriendo contigo —le dije, besándolo como si el mundo no pudiera tocarnos. Como si no tuviéramos sangre en las manos. Como si lo nuestro no fuera una sentencia.
Y en ese beso, tan profundo y desesperado, sellamos algo más que un pacto.
Sellamos nuestra condena.
Porque cuando el amor nace de la violencia, lo único que puede prometer es destrucción.
Y nosotros...
ya habíamos elegido arder.
—