introducción.
La universidad era un mundo nuevo, un universo en sí mismo.
Edificios de concreto y cristal que parecían tragarse a los alumnos, pasillos interminables donde se mezclaban risas, pasos apresurados y el inconfundible aroma a café barato de la cafetería. cada facultad tenía su propio aire; los ingenieros con calculadoras en mano, los artistas pintando murales en cualquier pared libre, los de psicología con libretas llenas de apuntes interminables sobre teorías y autores.
Yo era uno más, un omega que intentaba encontrar su lugar entre exámenes, trabajos en equipo y las inseguridades de una primer semestre de psicología.
Al principio todo parecía un caos. Me perdía buscando salones, llegaba tarde a clases porque confundía edificios, pero fue en ese desorden apareció él.
Alexis, un alfa de artes, que parecía encajar perfectamente en ese ambiente colorido y rebelde. Era de esos que, sin proponérselo, llamaban la atención. Su propia ropa manchada de pintura, su voz clara cuando hacía una broma a media clase, la seguridad con la que se movía... todo en él irradiaba una confianza que me intimidaba tanto como me atraía.
La ironía era que, aunque compartíamos algunas clases optativas, al principio me caía mal. Lo veía arrogante, demasiado seguro de sí mismo, y cerrado a conocer gente fuera de su círculo. Había algo en su actitud que me sacaba de quicio.
Pero el tiempo... el tiempo se encargó de hacer lo que yo jamás esperé. cuando menos pensé él ya me había atrapado.
Primero con su forma tan linda de hablar, después la manera en la que reía y al final... con absolutamente todo.
Me descubrí mirándolo cuando reía con sus amigos, escuchando su voz aunque hablara de algo tan banal como criticar al profesor o burlarse del menú de la cafetería. Había una chispa en él que me atrapaba sin remedio. Y yo sentado en el salón con mis apuntes frente a mí, solo podía pensar en lo mucho que me encantaba su presencia.
Él era bonito, sí, pero no solo por fuera. Tenía algo en su esencia, el modo en que fruncia el ceño cuando algo le molestaba, o como cambiaba su tono de voz cuando hablaba de algo que le apasionaba. Había algo en aquellas platicas sin sentido que mantenían aquel brillo en sus ojos, que me dejaba sonriendo como idiota.
Claro que al principio me negué a sentir algo más. No solo porque él jamás me miraba de esa manera, sino porque tenía novio. Un omega de un grupo diferente, un chico de esos que parecen tener todo bajo control. Y que para mi desgracia, parecía encajar perfectamente a su lado.
Para Alexis yo no era más que un nombre en su lista de contactos; no me veía más allá de un amigo casual. Esa indiferencia me pesaba, y más de una vez pensé en alejarme. Pero, irónicamente, cuanto más intentaba apartarme, más lo buscaba con la mirada, más lo imaginaba, más me hundía en ese sentimiento.
Un día, incapaz de guardar todo eso, le conté a Arturo, un chico alfa que era amigo de ambos, lo que me pesaba.
— Alex... — Me dijo, con ese tono entre serio y resignado —Mejor olvídate de él. No va a pasar nada, tiene a su novio y lo quiere mucho, no te metas ahí.
— ¿Y si lo intento?— pregunté, aunque mi voz sonaba débil.
—Vas a salir lastimado. — sentenció, como si ya supiera mi final antes de que empezara.
intenté seguir su consejo. De verdad lo intenté. Busqué una pareja, convencido de que así, por lo menos dejaría de pensar en Alexis. Fue la peor decisión. Esa relación me obligó a fingir ser alguien que no era, y cada día me desgastaba más y más. Me lastimó de formas que preferiría olvidar, pero que todavía siento en la piel cuando cierro los ojos.
Y aun así, incluso teniendo pareja, seguía buscando a Alexis. Seguía sintiendo ese calor en el pecho al verlo, esa punzada de amor imposible. Nunca pude decírselo, nunca puede demostrarlo.
Cuando mi relación terminó, pensé que sería mi oportunidad. Me acerqué, le hablé, intenté al menos ser su amigo. pero él seguía distante, como si mi existencia le fuera irrelevante. Y justo cuando empezaba a aceptar esa fría realidad, supe que se había comprometido con su novio.
Ese día sentí que mi corazón se partía en mil pedazos.
Era ridículo: yo, sintiéndome como un adolescente enamorado, pero con el corazón roto, observando como mi historia terminaba antes de siquiera comenzar. Y fue ahí, con las manos temblando y la garganta cerrada, que decidí desaparecer de su vida.
O al menos eso creía, pues lo que sentía por él estaba destinado a regresar.