LA LLANURA DEL DIABLO
Capítulo 1
“La llanura del diablo”
Blair Conway
En mi mundo, no había peor escoria que el traidor o el cobarde.
Las personas que huyen de sus propios pecados y tiemblan del miedo, pidiendo misericordia cuando todos los apuntan, no son más que basuras sin valor alguno.
A todos nos llega nuestro momento de rendir cuentas y estoy segura que cuando sea mi turno, lo último que haré será pedir piedad o perdón.
Mis ojos se mantenían fijos en el hombre que huía frente a mi. El polvo que levantan los cascos de su yegua me deja un picor en todo el rostro y a pesar de ello no detengo mi galopar un solo segundo. Sujeté las riendas con una sola mano para tomar la soga de mi costado, tendré que detenerlo a la fuerza.
―Escúcheme, señorita, tengo esposa y tres hijos que me esperan en casa.
No evite reprimir una sonrisa, su voz llena de miedo solo me causaban más ganas de darle un tiro en la cabeza. La manera en la que su cuerpo tiembla no es por la fuerza de su caballo al andar, está llorando, me doy cuenta por sus manos temblorosas al sujetar el revólver que lleva en sus pistoleras.
Su miedo tan evidente solo descoordinada más a su yegua, el pobre animal ya no sabía a dónde dirigirse por más que tiraran de su bocado. Los costados de su hocico ya sangraban de tanta fuerza que utilizaba, acompañados por los relinchos de dolor en cada paso.
Es muy molesto escucharlo, me revuelve el estómago. Por otra parte, el pendejo que estaba montado en ella seguía sin callarse pidiéndome que lo dejara ir. Creo que decía algo de su familia, pobre estúpido.
Me da asco cada una de sus palabras llenas de disculpas, como si no estuviera metido en este problema por asesinar a tres personas en su robo al banco del condado. El mismo que se encargó de arrebatarles la vida, ahora imploraba piedad por la suya.
Pero como siempre acaba, el que se cree un dios por disparar una bala, acaba siendo sentenciado por otra. Lastimosamente no sería por la mía, en verdad es tan repugnante que me daría tanta satisfacción entregarlo muerto al sheriff.
Sin embargo, soy fiel devota de la ley en estas tierras.
“Cada persona es responsable de sus actos; el castigo será decidido por quienes han sufrido las consecuencias de sus males.”
En pocas palabras: terminará en manos de los familiares de sus víctimas.
―Todavía tienes tiempo para detenerte por ti mismo, antes que tu yegua decida hacerlo por ti. ―Terminé de amarrar la soga.
Recibí el llamado de este sujeto hace dos semanas, según el contexto que me dieron no es la primera vez que roba un banco y aunque es relativamente nuevo en esto que hace. Las autoridades correspondientes no son capaces de atraparlo.
Hasta el día que me llamaron a mí, por supuesto.
No pasaron más de cinco días para que recibiera el aviso.
―El siguiente condado no está muy lejos de aquí y me voy a meter en serios problemas si no te atrapo antes. Prometo que si te detienes por ti solo pediré que no te torturen demasiado.
No se detuvo. El sol ya empezaba a esconderse entre la cordillera del este y por ende me sería más complicado atrapar a este sujeto en plena oscuridad sin una lámpara. Apreté mis piernas con fuerza a los costados de mi montura, eleve la soga en movimientos circulares y suspire.
Centré toda mi atención en el andar de la yegua, cual era la pata que más cojeaba, el ritmo en el que se movía. Por más que la opción rápida era lanzarla al cuello de esta; no era tan cruel con los animales. Se veía a kilómetros lo que estaba sufriendo y si no calculo un movimiento puede quebrarse algo. El hombre me daba igual.
En cuestión de segundos ambos estaban en el suelo. El estruendo alertó a la manada de cuervos que salieron de entre los árboles, el canto de las aves llenó todo el lugar. Una brisa fría recorrió todo el lugar. Saqué mi revólver antes de tocar el suelo, acercandome con pasos firmes.
―Manos arriba ―ordené firme.
Tenía el rostro lleno de raspones y tierra, estaba algo confundido por el golpe. Mientras tanto, la yegua no tenía ni la mínima intención de levantarse. Apunté el cañón a la cabeza del sujeto para que reaccionara. Tomó una gran bocada de aire.
―Por favor, mis hijos no tienen nada para comer y mi esposa está enferma, te lo imploro ten piedad de mi familia. ―Intentó levantarse, cayendo de rodillas en el intento. ―Te lo imploró.
Gateó con rapidez, hasta llorar en mis pies. No me molesté en retroceder.
―Me ensucias los zapatos. ―Le pateé el rostro. ―Y deja de llorar, me duelen los oídos.
Soltó un quejido de dolor ante mi golpe, aunque solo basto un momento para que regresara a hincarse frente a mi. Sus ojos no tenían señal alguna de arrepentimiento y por el contrario solo estaban llenos de miedo.
―¿Que me van a hacer? ―Sollozó.
―Seguro tienes una idea, los hombres no lloran por cualquier cosa. ―Sonreí. ―Aunque tú pareces más un perrito asustado.
Me sobresalte cuando se movió rápido para sujetarme de las piernas con firmeza, mi instinto de supervivencia me hizo actuar en un segundo. Le quite el seguro el revólver y le di un rodillazo en la nariz.
―!Imbécil¡ ―Tomé una cuerda de mi alforja. ―No te muevas, a menos que quieras morir antes de despedirte de tu familia.
Lo tomé con fuerza por el cuello de la camiseta, me costó un poco pero no fue nada imposible. Lo arrojé contra un árbol cercano para atarlo, sus fuerzas ya no le respondieron para resistirse, limitándose a llorar. Si no tuviera el conocimiento del número de víctimas que lleva en la espalda, me creería cada ridiculez que dice.
Según mis recuerdos lleva por lo menos diez bancos robados, el número de asesinatos es desconocido que asciende a nueve sin contar los de hace una hora. Sabe lo que hace, debería tener en cuenta que no podrá huir siempre que quiera.
La misma ley que rige la cadena alimenticia en el reino animal, es idéntica a la de la raza humana. No importa que tan bueno seas en lo que haces, llegará alguien mejor y otro aún mejor que el anterior.
Sin embargo, mientras tú seas el mejor no te preocupes por lo demás.
Los cadetes del condado Dalton no tardaron en llegar, mi responsabilidad no era cargar con el saco de mierda atado al árbol así que ni me preocupe por ayudarlos a llevárselo. Me centré en atender a la yegua que seguía en el suelo.
―Oye, mocosa.
Elevé el rostro, un par de ojos marrones me miraban llenos de resentimiento. Reyes, el ayudante del sheriff. Lanzó una bolsa al suelo.
―Ahí está tu recompensa. ―Se dió la vuelta. ―El sheriff quiere verte en su oficina mañana, dice que es algo importante.
Abrí la bolsa apenas estuvo en mis manos, una gran sonrisa se extendió por mis mejillas; satisfacción pura.
―Muchas gracias Reyes ―Silbé guardando la recompensa. ―Me verás mañana a primera hora por allá.
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Cerré mis ojos con fuerza a la vez que apretaba mis labios, reteniendo un grito de dolor. Mis manos temblaban sosteniendo las pinzas de hierro que sacan las espinas incrustadas a mis piernas. Ni siquiera había notado cuando se me enterraron, hasta que llegué a mi dormitorio.
El dolor punzada de manera caliente por cada una de ellas y aunque solo eran pocas, son las que se entierran hasta el músculo.
―Mierda ―susurré con la voz temblorosa.
Soy más que conciente de los límites de mi cuerpo y sabía lo cerca que estaba de ellos, sin embargo, aún puedo seguir. El médico al que fui hace un mes me receto unas hiervas que me calman el dolor y un poco de reposo, cabe decir que el último no tiene ni la menor posibilidad a ser tomado. Por lo menos, no en el estilo de vida que llevo.
Pase un trozo de tela con alcohol por todas las heridas, la sensación del picor que me causaba; no era nada comparado con el dolor que fue quitar esas cosas. Incluso froté con fuerza en algunas zonas, lo último que necesito ahora es una infección que me pudra alguna parte del cuerpo.
Unos toques en la puerta desviaron mi atención.
―¿Quién? ―respondí de mala gana.
―¿Señorita Blair Conway?
Rodee los ojos. Era el cartero.
―Pásalas por debajo, gracias.
No evite quejarse de la molestia al levantarme, camine a paso cojo hasta la puerta. Existir debería ser un pecado para mí.
Tomé el par de cartas y ni siquiera me moleste en leerlas, sabía a la perfección que se trataba de más sheriff pidiendo mi ayuda para algún problema en sus condados. Sin la intención de serlo, termine como ayudante de sheriffs en la mayoría de la zona sur. Deberían de estar más preocupados ellos, por necesitar la ayuda de una mujer.
―Necesito un baño frío. ―Lance los sobres a la mesa.
No obstante, observé un papel que cayó de ese puñado de cartas.
Las palabras claras “SE BUSCA” captaron mi atención de inmediato, la tomé enseguida.
SE BUSCA VIVO O MUERTO
“AZAZEL”
Identidad desconocida
Búsqueda emitida por: Condado Clark
Asesino serial
RECOMPENSA: 5,000 en oro 5,000 en plata
Casi se me desorbitan los ojos al ver tal cantidad de recompensa.
―Esto tiene que ser una broma.
Gire la hoja buscando la ubicación del criminal.
“La llanura del diablo ― CONDADO MONTERO”
―No puede ser posible.