Prólogo: El Trono Vacío.
La Emperatriz Li Wei observó su reflejo en el espejo de bronce. La mujer que le devolvía la mirada no era la joven que, años atrás, había cruzado los pasillos del palacio con los ojos encendidos de ambición. Aquellos ojos, que un día parecían antorchas, ahora eran pozos sin luz. El pesado fénix de jade en su cabello no se alzaba como símbolo de gloria, sino como un ave muerta, incapaz de volar.
Sobre la mesa cercana, el diario reposaba abierto, sus páginas vacías como si esperaran su próximo aliento. Lo había acompañado desde el principio: en noches de conspiraciones susurradas, en cartas falsificadas, en el envenenamiento sutil que derribó a la Emperatriz Viuda Liu, y en la traición que desterró a la astuta Mei Ling. En cada victoria, el diario parecía escribir su historia antes que ella misma.
Hace apenas unos días, el emperador Tianzi —que durante años la había ignorado— la miraba con una mezcla de temor y fascinación. La corte entera se había postrado ante ella. El trono, el oro, la reverencia: todo era suyo.
Y sin embargo, el salón del trono se sentía tan frío como un ataúd abierto. Las paredes altas devolvían un eco hueco, como si el palacio entero estuviera conteniendo la respiración.
Entonces, sin que la tinta estuviera cerca, la última página del diario se cubrió sola de escritura. Li Wei sintió un escalofrío antes de siquiera leerla; la caligrafía, fina y cruel, imitaba la suya. No anunciaba la caída de sus enemigos ni el derrumbe del imperio, sino algo infinitamente peor: su propia muerte, fechada en un día que aún no había llegado.
El diario no era un instrumento de poder. Era un mapa hacia su destrucción.
Li Wei cerró el libro con manos temblorosas y lo apretó contra su pecho, como si en ese cuero pudiera encontrar un corazón que latiera junto al suyo. El sabor del incienso quemado le secaba la garganta. Afuera, el viento de invierno golpeaba las puertas como si quisiera entrar.
Había ascendido hasta la cima de la montaña imperial, solo para descubrir que allí no había luz, ni compañía. El trono estaba vacío, y también su alma.
Y en el silencio, la sombra que llevaba años siguiéndola dio su último paso.