Heliora: No te atrevas a llorar.

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Summary

Un reino acostumbrado a ser regido por hombres; por primera vez, una mujer ocupa el trono. Una amenaza más temible que los espíritus beliales que acechan en la oscuridad, cuando el odio domina y la esperanza se desvanece. «La deshonra ha llegado a la corona.» «Estamos destinados a la ruina.» «Ella será nuestra perdición.» Un pueblo unido por el desdén y el temor a lo desconocido, obligado a reprimir su cólera y su duelo para no renacer como siervos de Valkhar, la muerte encarnada. Deben sofocar cualquier emoción o afrontar el castigo de Dios. Una mujer que jamás, ambicionó apartarse del molde, encadenada al poderoso por una promesa, está destinada a subvertir todo aquello que el mundo considera inmutable. Cautiva de sus propias leyes, forzada a amar y proteger a quienes la desprecian, deberá enfrentarse a vivos y muertos con tal de conservar su cabeza sobre los hombros. Seis reinos. Una corona. ¿Preferirías perecer y servir eternamente a la muerte, o vivir bajo un reino que te ejecutará por atreverte a sentir?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo I

Aerinethis

El repique de las campanas creaba una melodía que inundaba las calles de Heliora, anunciando el evento más importante del país: la coronación del próximo monarca. Contrastaba con el cielo grisáceo y húmedo, un hecho irónico para el reino cuyo emblema era el sol, casi como si Dios estuviera advirtiendo un mal augurio.

Las oraciones del Obispo resonaban en el salón, repleto de espectadores ansiosos por salir de allí. Todas las miradas se dirigían hacia el centro del estrado, donde yacía arrodillada la persona que pronto llamarían "Su Majestad".

—¿Juras solemnemente, bajo la mirada de nuestros padres los Dioses, servir fielmente como un siervo devoto a tu pueblo, protegerlos con tu alma y amarlos con tu corazón, dejando atrás cualquier deseo mundano o sentimiento impuro? —dijo el Obispo, humedeciendo su dedo en el aceite de Crisma.

«No quiero» fue el pensamiento que dominó su mente, pero su boca estaba obligada a decir lo contrario.

—Juro cuidar y amar a mi pueblo hasta mi último aliento. Lo juro por mi honor como hija de Dios.

—Entonces yo, el Obispo Brown, por el poder que los Dioses me han otorgado, te unjo rey en el nombre de los Cinco Dioses soberanos que nos protegen bajo su manto. Amén. —Declaró, dibujando un sol en su frente—. Que la furia de los Dioses se derrame sobre ti si rompes este voto.

La última oración no pertenecía al juramento sagrado.

Los anillos de antiguos linajes centelleaban sobre las manos envejecidas del Obispo mientras daba el primer paso hacia la joven.

La corona aguardaba sobre un cojín de terciopelo blanco, tan brillante que parecía arder.

«No la quiero» pensaba, tomando posesión de los anillos.

—Que todos los presentes den testimonio —proclamó con voz grave—. Hoy, por voluntad del Dios Helios y de los demás Dioses protectores, coronamos a Aerinethis Caelys Heliora Altharyel, primera de su nombre, como Reina de los Vivos y Muertos, Soberana de los Cinco Reinos y depositaria de la luz eterna.

Nadie aplaudió.

Aerinethis inclinó la cabeza. El anciano tomó la corona con manos temblorosas y la depositó sobre su frente. El oro, frío como el mármol de una tumba.

Al concluir la coronación, había muerto 19.125 veces en la mente de quienes estaba obligada a amar.

—Que juren —ordenó, consciente de que era despreciada.

El Obispo se giró y llamó al primer gobernante.

—Duque Alther Sylvann Theronia Caedros IV del Reino de la Tierra, Theronia. ¿Aceptas a Su Majestad Aerinethis como reina absoluta y juras lealtad a su gobierno?

El Lord de Theronia, vestido con piel de corzo y una coraza labrada con raíces, avanzó con rigidez y se arrodilló.

—La acepto como mi reina absoluta y juro lealtad a vuestra Majestad —dijo, pero sus ojos nunca se elevaron para mirarla directamente.

Aerinethis asintió, tensa. El terrateniente regresó a su lugar sin más palabras, dando paso al siguiente gobernador.

Portando una túnica de lino blanco y la insignia de las alas bordada en el pecho, el duque avanzó con un paso tranquilo, casi elegante. Se arrodilló ante ella, inclinando la cabeza con solemnidad.

—Duque Jadek Vaeloris Zephryria Sarudas, del Reino del Viento, Zephyria, ¿Aceptas a Su Majestad Aerinethis como reina absoluta y juras lealtad a su gobierno?

—Acepto, mi reina. Zephryria ofrece su espada, soldados y sabiduría a vuestra corona —pronunció, con lentitud, cada palabra como una promesa cálida y leal. Sus ojos morados se alzaron y se cruzaron con los de ella. Había paz en su mirada.

Aerinethis lo aceptó con una leve sonrisa.

Llegó el turno de Lord Enaris, con cabello rojizo como la llama de su emblema. No se arrodilló. Cruzó los brazos tras la espalda y habló:

—No juraré ante una mujer.

El murmullo fue inmediato. Algunos nobles disimularon su sorpresa tras abanicos de seda; otros sonrieron discretamente, felices de que alguien dijera lo que pensaban.

Aerinethis mantuvo la espalda recta y una expresión seria.

«No les des lo que quieren. No titubees.»

—Lord Enaris, rehusarse a jurar lealtad significa traición a la corona. Piense con calma; podría iniciar una guerra —intervino el Obispo antes de que Aerin pudiera hablar.

—Con el debido respeto, Obispo, los Cinco Reinos han tenido una vida próspera y saludable gracias a los monarcas que se encargaron de preservar esta fortuna. Hombres honorables. Nunca, ni una sola vez, una mujer se ha sentado en el trono. No voy a dejar el futuro de mi gente en las manos de una niña.

—Tenga cuidado en cómo se refiere a la reina —se apresuró a decir el anciano, temiendo por la tensión que se formaba en el ambiente.

—No tengo nada en su contra —dijo, mirándola por primera vez —. Pero debería ocupar un título acorde a sus capacidades. Usted nació para ser una consorte, no una regente.

—Lord Enaris —con un movimiento de su mano, Aerin silenció al prelado—.

—Es usted libre de negarse, Lord Enaris. Claro, espero que entienda lo que eso significa.

—¿A qué se refiere? —Aunque sus voces eran calmadas, sus ojos se asesinaban entre sí sin piedad.

—Al ser un hombre tan culto y conocedor de historia, supongo que es consciente de que Heliora es el Reino principal, no solo por linaje, sino porque es la única conexión terrestre entre todos los reinos. —La confusión se reflejaba en su mirada—. Cada reino se encarga de la creación masiva de algún producto, el suyo se encarga de la forja de armas, ¿no es así?

Él parecía entender lo que ella insinuaba, como si la tormenta estuviera a punto de comenzar.

—Sería una desgracia que el camino que nos conecta sea destruido, y que los suministros de agua y comida dejen de ser entregados a sus tierras. ¿Tiene suministros para cuánto? ¿Un año sin apoyo de los demás reinos? ¿Está dispuesto a matar de hambre a su gente solo por orgullo?

—¿Crees que puedes amenazarme solo porque tu apellido es Heliora? Podría matarte ahora mismo y nadie en esta sala lo impediría; nadie te quiere como reina. —Su mano se dirigió a la empuñadura, preparado para iniciar una masacre.

Aerin, bajando lentamente las escaleras sin despegar sus ojos de los de él, se acercó a su altura e inclinó su cuerpo lo suficiente para que solo él pudiera escucharla.

—¡Majestad, no se acerque! ¡Guardias! —El Obispo hizo un llamado inútil, tratando de evitar que la sangre se derramara. Nadie se movió de su puesto.

—Mi lord, le recomiendo que quite su mano de esa espada. Es verdad que todos los malditos en esta sala se regocijarían sobre mi cadáver, pero no seré la única perjudicada. Controle su ira si no quiere sentir la de Dios. Sea inteligente. Para poder matarme, tiene que declararme su amor primero. —Una sonrisa gentil, que no alcanzó sus ojos, se formó en su rostro.

Expectantes por su siguiente movimiento, Lord Enaris observó cómo fue rodeado cautelosamente por Las Manos de Dios. Sabía cuál sería su destino si continuaba.

Con la rodilla hincada en el suelo, solo tenía una opción.

—Acepto a Su Majestad como mi reina absoluta, pido perdón por mi comportamiento imprudente, tuve un momento de confusión, pero los Dioses me han guiado de nuevo hacia el buen camino. Juro serle fiel a la corona.

—Es de sabios reconocer sus errores, mi lord. Dios nos enseñó a ser misericordiosos. Tiene mi perdón, y mi corazón se siente cálido tras saber que comprendió sus capacidades. Usted nació para forjar, no para luchar.

Sus dedos se clavaban en la tela con tal fuerza que volvían blancos sus nudillos.

—Gracias, Su Majestad —la oración salió con torpeza, como si le rasgara la garganta pronunciarla, levantándose para regresar a su lugar.

—Pero entenderá mi inseguridad; necesito algo que me permita volver a confiar en usted, o no podré volver a dormir en paz. —Inhaló, tratando de mantener el control—. Prométame que dedicará su vida a servirme fielmente.

El lord la observó, una creciente impotencia le provocaba pequeños espasmos.

—Su Majestad, eso es demasiado —el Obispo palideció. Susurros de apoyo lo respaldaron.

—¿Cree que me excedo? Según los mandatos de Dios, la traición se paga con la muerte. Creo que estoy siendo generosa; claro que el lord puede decidir su destino.

Él la tomó del cuello, un movimiento ágil y firme. Los gritos danzaban al compás de las espadas desenfundadas.

—Prometo dedicar mi vida a servirle fielmente —su agarre se hacía más fuerte con cada palabra pronunciada. Su cuerpo comenzaba a emitir un extraño brillo.

—Desde hoy hasta nuestra muerte, nuestras almas están entrelazadas —dijo Aerin con el último aire de sus pulmones, manteniéndose inexpresiva.

Sus ojos dorados emitieron un destello tan brillante como el sol, cegando a todos por unos instantes. El ruido de un portazo resonó y lo siguiente que se pudo apreciar fue a Aerinethis de pie, sola. Su respiración era agitada, pero recuperó la compostura con rapidez.

—¿Su Majestad, está bien? Tomemos un descanso. —El prelado se apresuró a llegar a su lado.

—No. Terminemos los juramentos. —Su voz fue débil, pero segura.

Quedaba uno.

—Su Majestad —dijo el joven hombre frente a ella.

Tratando de disimular el temblor en su cuerpo, entrelazó los dedos.

El gobernador de Naelyon, Kyrell Evanglenia Naelyon Eryndor II. Sus ojos negros no reflejaban desprecio, pero tampoco sumisión. Se arrodilló con respeto, como dictaba el protocolo.

—Naelyon jura lealtad a la corona y la reconoce como nuestra legítima reina. Solicito una audiencia privada con usted, Majestad; hay un tema urgente que no puede esperar un día más.

—No es posible —el hastío presente en la voz del Obispo—. Su Majestad necesita realizar la caminata de consagración por el pueblo. Ya hemos tenido muchos inconvenientes el día de hoy.

Aerin asintió. Agotada, su máscara de fortaleza tentaba con quebrarse.

—Seré breve, Majestad —sus ojos se encontraron; no eran negros como había pensado antes, eran de un fascinante azul oscuro, hipnotizantes.

—De acuerdo, sea breve. Su Santidad, por favor, espéreme en la entrada del castillo; tenga todo listo para la caminata.

—No me parece correcto. Su inconveniente con Lord Enaris nos ha retrasado; diríjase a la caminata de una vez —dijo, tomándola de la muñeca.

—Cuestione una vez más mi palabra y lo encerraré en el calabozo. Ni se le ocurra volver a tocarme. —El agotamiento había eliminado completamente su amabilidad forzada.

Con el juramento cumplido, el Obispo entonó la plegaria final. Los nobles inclinaron la cabeza y la ceremonia terminó.

El joven lord cerró tras de sí las puertas de madera tallada. Durante unos segundos ambos guardaron silencio, como si aquello fuera una conversación que ninguno deseaba iniciar.

—No usaré florituras —dijo Kyrell acercándose a ella—. Le tengo dos opciones: una alianza o el inicio de una guerra.

La frialdad en su tono la sorprendió. No era una amenaza, sino un aviso.

—Creo que el Lord Enaris demostró que no es buena idea intentar traicionarme —dijo, usando el mismo tono frío—. Se me acaba la paciencia; basta de juegos.

Kyrell clavó su mirada en la de ella.

—A diferencia del Lord Enaris, soy más de acciones inmediatas.

La hoja de una daga se posicionó en su cuello, mientras, paralelamente, todos sus guardias eran sometidos por los de él. Solo unos milímetros la separaban de la muerte. Estaba paralizada.

—Mátame, y no saldrás vivo de aquí. —Susurró, temiendo cortarse por el movimiento que hacía al hablar.

—¿De verdad crees que alguien aquí pelearía por ti? —Su brazo libre la tomó de la muñeca, haciéndola girar hasta quedar aprisionada en sus brazos. La hoja más cerca.

—Aunque el pueblo me repudie, aman a mi padre. Destruirían Naelyon en cuestión de días. Zephyria es leal a la corona; tenemos el poder militar de nuestro lado. —Su respiración era agitada.

—Acepta la verdad —susurró en su oreja—. Guardias de Heliora, les tengo un trato: yo, Kyrell Naelyon, gobernador del Reino del Agua, seré el próximo rey de los cinco reinos. Les perdonaré la vida y los ascenderé de rango. A cambio, deberán luchar por mí en mi rebelión y matar a todo aquel que lleve el apellido Heliora. ¿Aceptan?

Silencio. Completo silencio. Aerin, invadida por el alivio, no le importaba morir sabiendo que aún había personas leales a su familia.

—¿De verdad nos perdonarás la vida? —preguntó uno de los guardias.

—Si me asciendes a comandante, te diré dónde están todas las reservas de armas en el palacio —continuó otro.

—Necesito que me demuestren que de verdad me son leales. Violen a esta mujer y estarán en mi ejército.

No podía respirar; aunque lo intentara, Aerin no lograba hacer que el aire llegara a sus pulmones.

—¿Puedo hacerlo… sin recibir castigo? —el sadismo se notaba en sus dientes amarillentos—. Yo iré primero.

—¡No! No se acerquen, mátame, por favor, mátame, pero no dejes que me toquen. Por favor —sus ojos ardían mientras se retorcía tratando de huir.

—Si te portas bien, seré gentil —mofó un guardia.

—¿Cómo se sentirá cogerse a una reina? ¿Puedes poner el rostro engreído que usaste con Enaris? Me puso duro.

—Kyrell, por favor, Kyrell —sus súplicas solo hacían reír a los agresores.

—¿Lo ves ahora? No puedes confiar en nadie. Matenlos.

Las espadas atravesaron los cuerpos como si fuesen de seda. Pequeñas lagunas rojizas se esparcieron por la madera. Todos murieron antes de tocar el suelo. Aerin, paralizada por la impresión, cayó de rodillas cuando él la soltó.

Hiperventilaba. El pitido en sus oídos, junto el olor nauseabundo a hierro, amenazaba con hacerla vomitar.

—Las personas actúan por conveniencia, no por lealtad. Los juramentos son palabras vacías, Aerin. Si confías ciegamente, morirás con un puñal en tu espalda.

Él sé apoyó en sus rodillas para estar a su altura; ella trató de arrastrarse lejos, aunque el temblor en su cuerpo se lo dificultó. No podía pensar con claridad, los oídos le zumbaban.

—Cásate conmigo o mis tropas tomarán Heliora antes de que el sol se oculte. —Su voz se suavizó, pero la seriedad en sus ojos intimidaba.

—No —susurró ella—. No te entregaré a mi reino. No puedo. Prefiero morir antes que darte la corona. Soy la reina legítima.

Su voz entrecortada la hacía parecer perdida, como si repitiera solo una respuesta memorizada.

—No me interesa ser el rey de los cinco reinos. No es tu corona lo que anhelo. Solo quiero que me permitas estar a tu lado. Te protegeré con mi vida; mi cuerpo y alma serán tuyos. Es mi deber, lo prometí.

La rodeo con sus brazos, un toque seguro y amable. Permaneció silenciosa. Su cuerpo se calmaba con su contacto, pero su mente era un caos por sus palabras. No sabía si era un abrazo o una nueva cadena.

—Yo, Kyrell Naelyon, abandonaré todo deseo mundano y viviré el resto de mis días para garantizar tu felicidad. Jamás te traicionaré. A partir de ahora eres mi reina y mi diosa. Lo prometo. Por favor, permíteme ser quien proteja tu espalda.

Dudas; solo eso había en su mente, pero ¿qué opciones le quedaban? ¿Vivir atada o morir por orgullo?

—Desde hoy hasta nuestra muerte, nuestras almas están entrelazadas —susurró.

Un destello. Tan brillante como aterrador