Prólogo
La luz de la ciudad ardía como una herida abierta en la noche. Elías sostenía la palma extendida, sintiendo el cosquilleo de la magia acumulándose en sus venas. Bastaba una palabra para liberar el fuego… y perderlo.
Del otro lado de la plaza, la criatura se arrastraba entre columnas derrumbadas. Sus garras chirriaban contra la piedra, y sus ojos, rojos como brasas, se fijaron en él. La gente corría, gritaba, pero sus voces se desvanecían bajo el rugido que llenaba el aire.
—Elías, ¡ya! —gritó Lira, a su espalda.
Él tragó saliva. Sabía lo que costaría este hechizo. No era cualquier recuerdo: era el día en que su madre le enseñó a encender una vela en la oscuridad, cuando era niño y tenía miedo de las tormentas. Era su rostro. Su risa. El calor de sus manos.
—Hazlo —susurró para sí mismo.
La palabra brotó de sus labios, y el fuego estalló. Un torrente abrasador cubrió a la criatura, consumiéndola en segundos. El aire olía a ceniza y sangre.
Cuando el silencio volvió, Elías buscó en su mente… pero el rostro ya no estaba allí. Solo quedaba un hueco doloroso, como si le hubieran arrancado algo que nunca volvería.
—¿Estás bien? —preguntó Lira, tocándole el hombro.
Elías la miró sin responder. No podía decirle que había olvidado a su madre. No esa noche. No nunca.
Porque en este mundo, cada victoria se pagaba con lo que más amabas.