1 Hojas Secas
Loisa despierta con el cráneo estrangulado de palabras inútiles, enredada entre las sábanas, el muslo adolorido. Afuera, Madrid despereza la resaca bajo una manta de neblina naranja. Ni rastro de pájaros. Solo el murmullo húmedo de la nevera y el tic-tac líquido de la cafetera que alguien dejó encendida.
Con el pulgar traza líneas invisibles en la cicatriz reciente del tobillo; recuerda el resbalón en la ducha, la caída tonta que casi le parte el cuello. Otro accidente estúpido. Otro recordatorio de la torpeza que la define. Se incorpora con gesto brusco, arrancando la sábana como si pudiera arrancarse también la carne.
El apartamento parece una extensión de su propio desorden: manuscritos apilados como cuerpos tras un naufragio, tazas de café sudando a medias, fotos viejas con las caras arrancadas. En el monitor, el cursor palpita sobre una frase mutilada:
"La memoria es una casa sin ventanas".
Loisa acerca el rostro al monitor. Nada. Intenta teclear, pero los dedos, helados y torpes, apenas esbozan fragmentos incoherentes. No siente el impulso. No siente nada, salvo la pulsión de huir.
"Estás seca", susurra al reflejo negro de la pantalla.
Arrastra los pies hasta la cocina y observa el parpadeo rojo del microondas. 6:40 a. m. Vierte el café en la taza menos mugrienta y lo bebe de un trago, sin notar el ardor ni el sabor. La taza le deja una mancha negra en la palma.
Abre la ventana. El aire tiene la viscosidad de un sótano en ruinas. Se frota los ojos y se mira en el cristal: cabello pegado, ojera violenta, mandíbula desproporcionada. Sabe que tiene belleza, esa belleza tosca que repele y obsesiona a la vez, pero la mirada pertenece a otra. No a la Loisa de los primeros libros, la que aún creía que el horror era un juego de espejos y metáforas. Ahora es otra bestia.
Por la mente desfila el ritual matutino: ducha rápida, coleta apretada, ropa de correr aunque no vaya a correr. Solo para sentirse capaz de huida. Pasa de largo el baño—ni una mirada al espejo—y se encierra en el estudio.
Otra vez el cursor, insistente. Intenta recordar cómo empezaba todo antes. Qué frase, qué latido la hacía abrirse en canal. Piensa en su agente, en la voz cada vez menos paciente, en el contrato a punto de fenecer. Piensa en Tommy, en el último SMS, el emoji de zorro, el "lo hablamos cuando vuelvas".
Se queda quieta. El teléfono vibra con un mensaje nuevo, pero no lo mira. Sabe de memoria lo que va a decir. Sabe que, si responde, perderá el día.
En vez de eso, abre el portátil y escribe dos palabras: “El valle de las Almenas”, “Eriol”
El pueblo existe. Lo buscó anoche, cuando el insomnio y la ansiedad parecían anegarle los pulmones. Alguien en un foro habló del bosque, del miedo atávico que aún hiela a los viejos. Perfecto escenario para su novela muerta, para el fantasma que la persigue desde que era niña.
Prepara la mochila con el automatismo de quien prepara la propia ejecución: portátil, grabadora, cuaderno de piel, lápiz bien afilado. Camiseta térmica, chubasquero, pastillas para el insomnio y la úlcera. Lo esencial cabe en un solo compartimento.
Ya en el portal, se sorprende a sí misma mirando el buzón. El sobre está allí, blanco y anónimo. Ni siquiera lo abre: sabe que es la demanda del divorcio. Lo introduce entero en la bolsa, como si pudiera tragarse el problema junto a los demás fantasmas.
En la calle, la humedad le muerde el rostro. Hay un coche esperando frente al portal, el motor encendido y la radio al mínimo. Lo reconoce: Tommy.
Cruza la acera sin mirar y arroja la mochila al asiento trasero. Tommy baja la ventanilla, los ojos inyectados de esa ansiedad líquida que la enamoró años atrás. Ahora solo le da náuseas.
—¿Vas a largarte sin decir nada? —dice Tommy, voz de pólvora mojada.
Loisa no responde. Se abrocha el cinturón, palpa el bolsillo de las llaves, mira de frente.
—No tienes derecho —murmura—. Ya no.
Tommy da un golpe seco al volante.
—Eres injusta. Sabes que no quería que acabara así.
Silencio. Solo el jadeo de la calefacción y el claxon lejano de un camión.
—¿Por qué sigues mintiendo, Tommy? —dice Loisa. Hasta para el final.
Él se gira, los nudillos blancos. —No sabes lo que pasó.
Loisa le aguanta la mirada. Le gusta ver cómo se encoge, cómo busca en su interior un asidero moral y no lo encuentra. Esos segundos antes de la derrota la excitan y la repugnan a la vez.
—Me engañaste con una veinteañera y luego tuviste el valor de llorar —dice—. Creo que sí lo sé.
Tommy le agarra la muñeca con fuerza. No la suelta cuando ella intenta apartarse. Le clava las uñas, pero Loisa no gime, no se inmuta. Solo observa la presión, la vena azul que palpita en el dorso de su mano.
—¿Por qué siempre tienes que ganar tú? —dice él, la voz descompuesta.
Ahora sí le mira con lástima. Y asco. —Porque yo no me escondo detrás de nadie.
Tommy la suelta de golpe. Mira hacia el parabrisas, respira hondo. —Suerte en tu retiro, Loisa.
Ella le regala una sonrisa rota.
—No es un retiro. Es una inmolación controlada.
Sale del coche, recoge la mochila, cierra de un portazo tan fuerte que hace saltar la alarma de otro coche. Sin mirar atrás, se interna en la bruma de la mañana.
Solo cuando dobla la esquina y no hay testigos, deja caer las lágrimas.
La M-30 escupe coches a velocidades suicidas. Loisa conduce el Polo azul como un tanque desvencijado, con la radio a todo volumen para no escuchar sus propios pensamientos. Pero a media hora de Madrid la autopista empieza a vaciarse y la ciudad se deshilacha en descampados, naves logísticas y yermos atravesados de cables eléctricos.
En el dial, la voz de Bunbury se ahoga en ruido blanco. Cuando la canción termina, la estática se cuela hasta la médula. Loisa aporrea los botones de la radio. Solo consigue que el sonido mutile su banda sonora favorita con más brutalidad.
El asfalto se agrietaba bajo las ruedas de su coche como si intentara aferrarse a ellas, detenerla. Loisa ajustó sus manos sobre el volante, ignorando el sudor que comenzaba a formarse en sus palmas. El GPS había dejado de hablar hacía veinte minutos, justo cuando la carretera principal se transformó en este camino estrecho que serpenteaba entre montañas cada vez más imponentes. Adelante, el Valle de las Almenas esperaba, prometiendo el aislamiento que tanto había buscado para terminar su novela. O quizás, pensó con una sonrisa torcida, para terminar con ella.
El paisaje a su alrededor cambiaba con una lentitud venenosa. Los campos abiertos y soleados de la llanura castellana habían quedado atrás, reemplazados por bosques de pinos retorcidos que parecían inclinarse sobre la carretera. Loisa bajó la ventanilla. El aire entró frío, húmedo, con un olor a tierra y a algo más que no supo identificar. Algo antiguo y paciente.
Un cuervo solitario cruzó el cielo gris, su graznido rompiendo el silencio como un mal presagio. Loisa recordó uno de los pasajes de su última novela: "Los pájaros siempre saben cuándo la muerte está cerca. "No la temen; simplemente la anuncian". Se preguntó si debería tomar nota de esto, si podría usar esta sensación de desasosiego para su próximo libro. Pero la idea de abrir su cuaderno, de enfrentarse a otra página en blanco, le provocó un nudo en el estómago.
—Tres meses, dos semanas y cuatro días —murmuró para sí misma. Un nuevo récord de bloqueo creativo. Felicidades, Loisa.
La carretera se estrechó aún más, obligándola a reducir la velocidad. A ambos lados, los árboles parecían acercarse, como si el bosque quisiera devorar el asfalto, reclamar el territorio que le habían arrebatado. Un cartel oxidado indicaba "Valle de las Almenas - 15 km". La pintura estaba descascarada, y alguien había dibujado algo debajo del nombre. Loisa entornó los ojos, intentando distinguirlo al pasar, pero solo captó la forma de una espiral descendente.
Sus pensamientos regresaron a Madrid, al apartamento que ya no compartía con Daniel. Después de cinco años de matrimonio, se habían separado con la misma precisión quirúrgica con la que ella mataba a los personajes en sus libros: sin drama innecesario, pero dejando una herida que nunca cicatrizaba del todo.
—Al menos tú te divorciaste de verdad —se dijo, recordando la última conversación con su editor. Yo llevo casada con esta maldita novela dos años y sigo sin poder consumar.
Una risa seca escapó de su garganta, rebotando contra el parabrisas y volviendo a ella como el eco de una habitación vacía. El divorcio había sido civilizado, profesional, como todo lo que Daniel hacía. "Incompatibilidad creativa", había dicho él, como si estuvieran disolviendo una colaboración literaria y no un matrimonio. Quizás tuviera razón. Ella escribía sobre monstruos y oscuridad; él diseñaba espacios luminosos y funcionales. Su apartamento siempre había sido un campo de batalla entre el minimalismo que él adoraba y el caos creativo que ella necesitaba.
La curva del camino se volvió más pronunciada, y el coche protestó cuando Loisa pisó el freno con más fuerza de la necesaria. A su derecha, el terreno caía en un precipicio que no había notado antes. Sin barreras de protección, solo un descenso abrupto hacia una oscuridad arbolada. Por un instante fugaz, imaginó cómo sería girar el volante, sentir la gravedad tomar el control, el vértigo del descenso. No era un pensamiento suicida; era la curiosidad morbosa que alimentaba sus novelas, esa capacidad para contemplar lo terrible y traducirlo en palabras.
El sol estaba cada vez más bajo, pero la luz no se volvía dorada como debería. En su lugar, parecía perder saturación, como si el propio valle absorbiera el color. Las sombras se alargaban de forma antinatural, proyectándose hacia el coche desde ángulos que desafiaban la física.
Loisa cambió de emisora por tercera vez, encontrando solo estática. El silencio amplificaba el sonido de los neumáticos sobre el asfalto, un susurro constante que empezaba a parecerse demasiado a voces distantes.
—Perfecto —murmuró—. El escenario ideal para un bloqueo creativo: una escritora de terror atrapada en un paisaje de pesadilla. Si esto fuera una de mis novelas, ya estaría muerta para el capítulo tres.
Sonrió ante su propio chiste macabro, pero la sonrisa no alcanzó sus ojos. Hacía tiempo que había aprendido a usar el humor negro como escudo, convirtiendo incluso sus miedos más profundos en material para sus historias. Era más fácil reírse del monstruo que enfrentarlo. Y ahora, con el editor presionando por un manuscrito que se negaba a materializarse, necesitaba ese escudo más que nunca.
Un ciervo apareció súbitamente en la carretera. Loisa pisó el freno con fuerza, y el coche derrapó sobre la gravilla. El animal se quedó inmóvil, sus ojos reflejando los faros como dos monedas de plata. Por un momento eterno, la mirada del ciervo se encontró con la suya, y Loisa sintió un escalofrío recorrer su espalda. Había algo en esos ojos, una inteligencia antigua y fría. Luego, tan repentinamente como había aparecido, el ciervo saltó hacia la espesura y desapareció.
Loisa respiró hondo, intentando calmar los latidos de su corazón. Sus manos temblaban ligeramente sobre el volante.
—Genial, ahora estoy proyectando mis neurosis en la fauna local —se reprendió, reanudando la marcha.
Pero mientras avanzaba, notó que la luz seguía disminuyendo a un ritmo alarmante. No era solo el atardecer; era como si el valle existiera bajo su propio cielo, con sus propias reglas sobre cómo debía comportarse la luz. Las montañas que lo rodeaban se alzaban cada vez más altas a su alrededor, formando un anfiteatro natural que parecía cerrar cualquier vía de escape.
La sensación de claustrofobia aumentó. A pesar del espacio abierto frente a ella, Loisa sintió como si el aire se volviera más denso, más difícil de respirar. El paisaje se estrechaba, no solo físicamente, sino en un sentido más profundo, como si el propio espacio se contrajera alrededor de su coche.
—Solo es la fatiga —se dijo. Solo estás cansada.
Pero en el fondo, sabía que había algo más. El Valle de las Almenas la estaba recibiendo a su manera, mostrándole que aquí las reglas eran diferentes. Y mientras el último rayo de sol se extinguía detrás de las montañas, dejándola en una penumbra prematura, Loisa no pudo evitar pensar que quizás, solo quizás, este lugar le daría exactamente lo que había venido a buscar.
Aunque no de la forma que ella esperaba.
El cartel de "Bienvenidos a Eriol" estaba tan descolorido que Loisa tuvo que entrecerrar los ojos para leer las letras. El pueblo apareció ante ella como una colección de edificios que no deberían existir juntos, una amalgama arquitectónica que desafiaba la lógica geográfica. Tejados puntiagudos propios de Europa del Este se alzaban junto a fachadas encaladas típicamente españolas. Campanarios que parecían sacados de cuentos góticos proyectaban sombras sobre placitas que podrían haber pertenecido a cualquier pueblo castellano. Era como si el lugar hubiera sido construido por alguien que solo había visto fotografías borrosas de distintos estilos rurales y los hubiera mezclado sin entender sus orígenes.
Loisa redujo la velocidad, observando cómo la calle principal serpenteaba entre edificios de piedra gris. Las ventanas eran estrechas, casi defensivas, con contraventanas de madera oscura que parecían párpados entornados observándola. Algunas casas tenían puertas tan bajas que imaginó a sus habitantes agachándose cada día para entrar y salir, como en un ritual de sumisión ante sus propios hogares.
—¿Qué demonios? —murmuró para sí misma al pasar frente a una iglesia cuya fachada mostraba gárgolas que no representaban animales, sino figuras humanoides retorcidas en posiciones imposibles, con rostros que parecían congelados en medio de un grito.
Aparcó junto a una pequeña plaza donde una fuente seca exhibía la estatua de un hombre con un libro abierto. El rostro de la figura estaba erosionado hasta ser irreconocible, pero las manos que sostenían el libro estaban esculpidas con un detalle perturbador, cada vena y tendón visible bajo la piedra.
Al bajar del coche, el silencio la golpeó como una presencia física. No había niños jugando, ni ancianos tomando el sol, ni siquiera el sonido habitual de televisores o radios tras las ventanas. Solo el viento moviendo un cartel oxidado y el distante sonido de una campana que parecía tocar a destiempo.
Consultó su teléfono, confirmando la dirección donde debía encontrarse con la persona que le entregaría las llaves. Sin señal. Perfecto.
Mientras caminaba por la calle principal, notó detalles que aumentaban su desasosiego: un tendedero con ropa que parecía llevar demasiado tiempo colgada, decolorada por el sol; un gato flaco que la observó fijamente desde un muro antes de desaparecer con un movimiento demasiado rápido; una maceta con flores marchitas excepto por una, de un rojo tan intenso que parecía sangrar sobre las demás.
Sintió movimiento tras las cortinas de las casas, miradas que la seguían. No era paranoia, se dijo. Era la sensación que tienen los forasteros en cualquier pueblo pequeño. Nada más. Pero no pudo evitar pensar en cómo describiría esta sensación en una de sus novelas: "No eran las miradas en sí lo que la inquietaba, sino lo que había detrás de ellas: un hambre antigua, paciente, que reconocía en ella a una presa que aún no sabía que estaba siendo cazada".
—¿Señora Arvizu? ¿Loisa Arvizu?
La voz la sobresaltó. Se giró para encontrarse con una mujer joven que había aparecido desde un callejón lateral. Tendría unos treinta años, vestida con ropa moderna que desentonaba con el entorno: vaqueros bien cortados, una blusa simple pero elegante, botines de cuero. Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta práctica, y sus ojos, grandes y expresivos, mostraban una inteligencia aguda. Pero había algo más en ellos, un anhelo, una desesperación contenida que Loisa reconoció al instante. Era la mirada de alguien atrapado.
—Soy Nerea Arribalaga —se presentó la mujer, extendiendo una mano. La contacté por email sobre la casa rural.
El apretón de manos de Nerea fue firme, profesional, pero sus dedos estaban fríos a pesar del día templado.
—Sí, gracias por recibirme —respondió Loisa, sintiendo un alivio momentáneo ante este encuentro normal. Espero no haber llegado tarde. La carretera...
—Es engañosa —completó Nerea con una sonrisa que no alcanzó sus ojos. Todos dicen lo mismo la primera vez. Parece más corta en el mapa.
Comenzaron a caminar juntas hacia el extremo del pueblo. Nerea mantenía un ritmo rápido, como si quisiera terminar con este trámite lo antes posible.
—La casa está totalmente equipada —explicaba con eficiencia. Electricidad, agua caliente, internet por satélite. Está algo aislada, pero supongo que eso es lo que busca para escribir, ¿no?
Loisa asintió, sorprendida.
—¿Cómo sabe que soy escritora?
Nerea se detuvo un momento, un destello de algo —¿culpa? ¿precaución?— cruzando su rostro.
—Lo mencionó en su solicitud de alquiler —respondió, reanudando la marcha. Además, he leído algunos de sus libros. "El susurro de las paredes" me mantuvo despierta tres noches seguidas.
—Vaya, gracias —dijo Loisa, genuinamente complacida. No esperaba encontrar una lectora aquí.
—Hay pocas distracciones en Eriol —comentó Nerea con un tono que sugería mucho más de lo que decía. Los libros son una buena forma de... escapar.
Giraron en una esquina y Nerea señaló hacia un sendero que se alejaba del pueblo, adentrándose en un bosque de pinos oscuros.
—Su casa está a unos quinientos metros por ese camino —explicó. Lo suficientemente cerca para venir al pueblo cuando necesite algo, lo suficientemente lejos para tener privacidad.
Mientras caminaban por el sendero, Loisa notó que Nerea miraba constantemente hacia atrás, como si temiera ser seguida. El bosque se espesaba a ambos lados, y la luz disminuía, filtrada por las ramas de los pinos.
—¿Lleva mucho tiempo viviendo aquí? —preguntó Loisa, intentando mantener una conversación normal.
—Toda mi vida —respondió Nerea con un tono plano. Mi padre es el alcalde.
—Debe ser interesante crecer en un lugar tan... particular.
Nerea emitió una risa breve, sin humor.
—Esa es una forma de describirlo, supongo.
Llegaron a un claro donde se alzaba una casa de piedra de dos plantas. Era sólida, antigua, con una chimenea de la que salía un hilo de humo. Ventanas pequeñas y profundas miraban al bosque como ojos recelosos.
—He encendido la calefacción esta mañana —dijo Nerea, sacando un manojo de llaves de su bolsillo. Las noches aquí son frías, incluso en esta época del año.
Entregó las llaves a Loisa, y sus dedos se rozaron. En ese momento, Nerea miró directamente a los ojos de Loisa, y la escritora vio algo que reconoció de inmediato: miedo. No el miedo cotidiano a pequeñas preocupaciones, sino un terror profundo, constante, que se había convertido en parte de esta mujer.
—Hay algo que debería saber —dijo Nerea, bajando la voz aunque no había nadie más cerca. No te alejes mucho del camino cuando anochezca. El bosque reclama lo que es suyo.
Lo dijo con tanta naturalidad, como quien advierte sobre un escalón roto o un grifo que gotea, que por un momento Loisa no registró la extrañeza de la advertencia.
—¿Qué quieres decir exactamente? —preguntó, intentando mantener un tono ligero.
Nerea miró hacia el bosque, y por un instante su rostro mostró una vulnerabilidad descarnada.
—Solo mantente en el camino —repitió, retrocediendo un paso. Y si escuchas voces llamándote desde los árboles, no importa cuánto se parezcan a alguien que conoces, no respondas.
Antes de que Loisa pudiera preguntar más, Nerea dio media vuelta y comenzó a alejarse rápidamente por el sendero.
—Mi número está junto al teléfono si necesitas algo —añadió sin volverse—. Buena suerte con tu libro.
Loisa se quedó inmóvil, con las llaves frías en su mano, viendo cómo la figura de Nerea se empequeñecía entre los árboles hasta desaparecer. El bosque pareció cerrarse tras ella, y el silencio volvió, más espeso que antes.
El bosque reclama lo que es suyo.
Un cuervo graznó en algún lugar cercano, y Loisa se estremeció, sintiendo de repente el peso de la soledad que había venido buscando.
La puerta se abrió con un gemido largo, como si la casa despertara de un sueño profundo. Loisa permaneció en el umbral, dejando que sus ojos se adaptaran a la penumbra interior. El aire que escapó del interior era denso, con un olor a madera antigua y algo más, algo que le recordó a las tormentas eléctricas de su infancia. Tomó una respiración profunda y entró, arrastrando su maleta sobre el suelo de madera. La puerta se cerró tras ella con un golpe definitivo que resonó por toda la estructura, como si la casa acabara de sellar un pacto.
El recibidor daba paso a una sala amplia con vigas expuestas en el techo. Una chimenea de piedra dominaba la pared del fondo, flanqueada por estanterías repletas de libros cuyos lomos estaban tan desgastados que los títulos resultaban ilegibles. Loisa se acercó a examinarlos, pasando un dedo por los lomos polvorientos. Algunos parecían muy antiguos, encuadernados en cuero agrietado. Sacó uno al azar y lo abrió. Las páginas estaban en blanco.
Frunció el ceño, confundida, y tomó otro libro. También en blanco. Un tercero, igual. Pasó rápidamente varias páginas del cuarto libro que agarró y encontró una única frase escrita a mano en el centro de una página: "Todos venimos a escuchar el silencio".
Cerró el libro de golpe y lo devolvió a su sitio, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda.
—Solo es una casa vieja —se dijo en voz alta, pero su voz sonó apagada, como absorbida por las paredes.
La cocina era funcional, con electrodomésticos que parecían de los años noventa, pero en buen estado. Sobre la encimera había una nota escrita a mano: "La caldera hace ruidos por la noche. Es normal". Sin firma. La caligrafía era angulosa, apresurada, como si quien la escribió tuviera prisa por terminar.
Mientras inspeccionaba los armarios, encontró platos, vasos, utensilios, todo limpio y ordenado. Demasiado ordenado, pensó. Como si nadie los hubiera usado nunca, o como si alguien hubiera eliminado cuidadosamente cualquier rastro de uso.
El aire dentro de la casa parecía tener una cualidad extraña. Era denso, casi táctil, y se movía de formas que no correspondían con las corrientes naturales. A veces, cuando pasaba de una habitación a otra, sentía como si atravesara capas de presión diferentes, como si cada espacio tuviera su propia atmósfera.
Subió las escaleras, que crujían bajo sus pies con sonidos que parecían casi palabras. En el piso superior había dos dormitorios y un baño. Entró primero en el baño, una estancia anticuada con una bañera con patas en forma de garras y un espejo ovalado sobre un lavabo de porcelana. Abrió el grifo para lavarse las manos, y el agua salió marrón durante unos segundos antes de aclararse.
Mientras se secaba las manos, notó algo en el desagüe. Se inclinó para mirar mejor y vio un mechón de pelo negro atrapado allí. No parecía pelo de ducha, esos hilos finos que se acumulan naturalmente. Era un mechón cortado, como si alguien hubiera usado tijeras y luego hubiera intentado deshacerse de la evidencia.
Loisa tragó saliva, recordando todas las escenas de terror que había escrito sobre hallazgos en desagües. Con dos dedos, extrajo el mechón. Era largo, negro y tenía un extremo quemado, como chamuscado. Lo tiró a la papelera, intentando ignorar la sensación de que acababa de tocar algo íntimo y perturbador.
El dormitorio principal tenía una cama grande con un cabecero de hierro forjado que proyectaba sombras como una jaula sobre la pared cuando la luz entraba por la ventana. Las sábanas olían a lavanda, pero bajo ese aroma había otro, más metálico.
Abrió su maleta sobre la cama y comenzó a deshacer el equipaje, intentando hacer suyo el espacio. Colocó su ordenador portátil en el pequeño escritorio junto a la ventana, su cuaderno de notas al lado. Sus rutinas de escritora, pensó, la anclarían a la normalidad.
El armario era antiguo, de madera oscura, con una luna de espejo en la puerta que distorsionaba ligeramente su reflejo, estirando su rostro de formas sutiles pero inquietantes. Al abrirlo, un olor a naftalina y algo dulce, como fruta podrida, salió de su interior. Estaba vacío excepto por unas perchas de madera y una caja de zapatos en el estante superior.
La curiosidad pudo más que la prudencia. Loisa tomó la caja y la abrió. Dentro solo había un guante de niño, pequeño y gastado, de lana roja. Lo devolvió a su sitio, preguntándose qué historia habría detrás.
Fue entonces cuando notó las marcas en el interior de la puerta del armario. Al principio pensó que eran vetas de la madera, pero al mirar más de cerca vio que eran arañazos. Largos, profundos, como si alguien —o algo— hubiera intentado salir desesperadamente. O quizás, entrar.
Pasó los dedos por los surcos en la madera. Algunos parecían recientes, la madera todavía clara en las hendiduras. Otros estaban oscurecidos por el tiempo. Mientras los examinaba, le pareció que formaban patrones, casi palabras en un alfabeto que no podía leer.
Cerró la puerta del armario con más fuerza de la necesaria y retrocedió hasta chocar con la cama.
—Tranquila —se dijo—. Solo es una casa vieja. Las casas viejas tienen historia.
Pero una vocecita en su cabeza, la misma que alimentaba sus novelas de terror, le susurró: "Las casas viejas tienen memoria".
Continuó desempacando, colocando su ropa en los cajones de la cómoda, sus libros en la mesita de noche, creando pequeñas islas de familiaridad en ese mar de extrañeza. Pero no podía sacudirse la sensación de estar siendo observada. No desde fuera, sino desde dentro de las paredes mismas, como si la casa tuviera ojos ocultos en las grietas del yeso, en los nudos de la madera.
El sol comenzaba a ponerse, y las sombras se alargaban en la habitación. Loisa encendió todas las luces, pero de alguna manera la iluminación eléctrica solo hacía que las sombras parecieran más densas, más definidas, como si les diera sustancia en lugar de disiparlas.
Y entonces lo notó. El sonido. Tan sutil que al principio pensó que era el viento fuera, o quizás su propia respiración. Pero a medida que prestaba atención, se volvía innegable. La casa respiraba. Había un ritmo lento, constante, de expansión y contracción. Los tablones del suelo crujían en secuencia, las vigas del techo gemían, las ventanas vibraban ligeramente en sus marcos. Todo a un ritmo que imitaba inquietantemente la respiración de un ser vivo.
Se sentó en la cama, escuchando. No era mecánico, como el ruido de tuberías o el asentamiento natural de una estructura antigua. Era orgánico, irregular pero rítmico. Como si toda la casa fuera el pecho de un gigante dormido.
Recordó la nota sobre la caldera. "Es normal". Pero esto no se sentía normal en absoluto.
Mientras el sol desaparecía completamente, dejando solo la luz artificial, el olor que había notado antes se intensificó. Ozono. Como el aire después de un rayo, cargado de electricidad. Pero no había tormenta fuera, solo un cielo despejado que se oscurecía rápidamente.
El olor parecía venir de todas partes y de ninguna, como si el aire mismo estuviera cargado de una energía invisible. Le recordó las historias que su abuela le contaba sobre los presagios, sobre cómo ciertos olores anunciaban visitas del otro mundo.
Loisa se acercó a la ventana y miró hacia el bosque. La oscuridad entre los árboles parecía más profunda de lo que debería ser, como si la noche fuera más intensa allí. Por un instante, creyó ver movimiento, una figura alta y delgada entre los troncos, pero cuando parpadeó, no había nada.
"No te alejes mucho del camino cuando anochezca. El bosque reclama.
Las palabras de Nerea resonaron en su mente con una claridad inquietante.
Cerró las cortinas con un movimiento brusco y se alejó de la ventana. La casa seguía respirando a su alrededor, y ahora que había notado el ritmo, no podía dejar de percibirlo. Inhalación: los tablones crujían hacia arriba. Exhalación: un suspiro parecía recorrer toda la estructura.
—Solo es el viento —murmuró, pero no había viento fuera. Solo es una casa vieja.
Pero mientras se preparaba para la noche, ordenando sus cosas, instalando su ordenador, sacando su neceser para el baño, no podía sacudirse la sensación de que no estaba sola. De que la casa no era simplemente un refugio, sino un anfitrión que la observaba, evaluaba y esperaba.
Y lo peor era que una parte de ella, la escritora de terror psicológico, estaba fascinada. Porque si había algo que Loisa Arvizu sabía reconocer, era el escenario perfecto para una historia de terror.
Lo que no sabía era si esta vez ella sería la autora o la protagonista.
El mediodía siguiente, Loisa decidió explorar el pueblo. Necesitaba aire, espacio, después de una noche de sueño inquieto en aquella casa que no dejaba de crujir y suspirar. Había soñado con arañazos dentro de las paredes, con voces que la llamaban desde el bosque, y se había despertado con la almohada húmeda de sudor. Una ducha y un café fuerte habían restaurado algo de normalidad, pero sabía que necesitaba salir, recordarse que existía un mundo más allá de aquellas paredes que parecían observarla.
El camino hacia el pueblo estaba más definido a la luz del día, aunque no menos inquietante. Los árboles se inclinaban sobre el sendero como ancianos curiosos, sus ramas extendidas como dedos artríticos. Loisa mantuvo la mirada fija hacia adelante, ignorando los susurros del viento entre las hojas que a veces sonaban demasiado parecidos a palabras.
Eriol parecía diferente con la luz de la mañana. Las sombras que ayer devoraban los edificios habían retrocedido, revelando detalles arquitectónicos que antes pasaron desapercibidos: gárgolas talladas en formas que desafiaban la anatomía, puertas con símbolos grabados tan desgastados que resultaban ilegibles, ventanas cuyas proporciones creaban una sutil sensación de desequilibrio.
Un anciano barría la acera frente a su casa. Al ver a Loisa, detuvo su tarea y la observó con una intensidad descarnada, sin el menor intento de disimular su escrutinio. Sus ojos, hundidos en un rostro surcado por arrugas profundas como cicatrices, la siguieron como un depredador vigilando a su presa. No había hostilidad explícita, sino algo más inquietante: evaluación.
Más adelante, una mujer tendía ropa mientras susurraba lo que parecía una canción de cuna. Cuando Loisa pasó, la mujer interrumpió su canturreo y la miró fijamente. Sonrió, un gesto mecánico que no alcanzó sus ojos, y asintió levemente, como confirmando algo para sí misma. Sus manos, notó Loisa, no habían dejado de moverse, doblando meticulosamente una prenda pequeña, quizás de niño, aunque no había señales de niños en los alrededores.
Loisa llegó a la plaza principal, donde la fuente seca seguía dominando el espacio. Bajo la luz del día, los detalles de la estatua resultaban aún más perturbadores: el libro que sostenía la figura tenía páginas talladas con lo que parecían diminutos rostros gritando.
En un extremo de la plaza, un letrero de madera desgastado anunciaba "Taberna El Encuentro". Era el único establecimiento que parecía abierto, así que Loisa se dirigió hacia allí, necesitando algún tipo de interacción humana normal para anclar su percepción cada vez más distorsionada de este lugar.
Al abrir la puerta, el olor a madera vieja, tabaco y vino rancio la golpeó como una bofetada. El interior era oscuro después del sol de mediodía, y le tomó unos segundos que sus ojos se adaptaran. El techo bajo estaba ennegrecido por décadas de humo, las vigas de madera tan oscuras que parecían absorber la escasa luz que entraba por ventanas estrechas. Mesas de madera maciza, pulidas por generaciones de codos y desgastadas por incontables jarras, ocupaban el espacio principal. En las paredes colgaban antiguas herramientas agrícolas y fotografías descoloridas de lo que parecía ser el pueblo en épocas pasadas.
La conversación, que nunca había sido animada, se detuvo por completo cuando entró. Cinco o seis hombres, todos de mediana edad o mayores, la miraron simultáneamente, con la sincronización inquietante de aves que detectan a un depredador. Luego, como si obedecieran a una señal invisible, volvieron a sus bebidas y conversaciones en voz baja.
En la barra, un hombre corpulento permanecía inmóvil, con las manos apoyadas sobre la madera oscura. No se había girado cuando ella entró, pero Loisa sintió que era intensamente consciente de su presencia. Algo en su postura, en la tensión de sus anchos hombros, hablaba de autoridad contenida. Cuando finalmente se volvió hacia ella, con movimientos deliberadamente lentos, Loisa se encontró con ojos oscuros y profundos que la estudiaron con una intensidad desgarradora.
—Jon Arribalaga —dijo el tabernero, un hombre delgado con un delantal manchado, inclinándose hacia ella. El alcalde. No habla mucho.
Jon Arribalaga no mostró reacción alguna ante esta presentación, como si estuviera acostumbrado a que hablaran de él en su presencia. Simplemente asintió en dirección a Loisa, un gesto mínimo que podría haber sido tanto un saludo como una evaluación concluida, y volvió a su vaso de vino tinto.
Loisa se acercó a la barra, consciente de cómo el silencio parecía espesarse a su alrededor. El tabernero le sirvió un vino sin que ella lo pidiera. Era denso, con un sabor terroso que le recordó a raíces antiguas.
Las conversaciones se habían reanudado, pero Loisa notó que ahora contenían palabras en un dialecto local que no podía entender completamente. Captó fragmentos: "forastera", "escritora", "bosque". Su nombre. Sintió un escalofrío. ¿Cómo sabían quién era?
—No les hagas caso —dijo una voz a su lado, sobresaltándola. En pueblos pequeños, cualquier visitante es un acontecimiento.
El hombre que se había acercado era más joven que los demás, quizás de su misma edad. Alto, con un rostro anguloso suavizado por una sonrisa encantadora. Vestía ropa de trabajo práctica pero limpia, botas de montaña gastadas por el uso. Sus ojos, de un marrón claro que contrastaba con su piel bronceada, tenían un brillo de inteligencia que Loisa encontró inmediatamente atractivo y, por eso mismo, sospechoso.
—Iker Segasta —se presentó, extendiendo una mano. Guarda forestal. Y, ocasionalmente, comité de bienvenida no oficial.
Su apretón de manos fue firme pero no intimidante, y cuando sonrió de nuevo, Loisa notó que sus dientes eran perfectamente rectos y blancos, incongruentemente perfectos en este pueblo de rostros curtidos.
—Loisa Arvizu —respondió ella. Escritora. Y ocasionalmente, intrusa en pueblos donde todos parecen conocerme antes de que me presente.
Iker rió, un sonido genuino que alivió momentáneamente la tensión.
—Nerea mencionó que vendría una escritora de Madrid. En un lugar donde las noticias escasean, eso es prácticamente un titular de primera plana.
Loisa dio otro sorbo a su vino, observando a Iker por encima del borde del vaso. Había algo estudiado en su naturalidad, como si cada gesto casual fuera el resultado de una cuidadosa deliberación.
—Supongo que no reciben muchos visitantes.
—No del tipo que viene a quedarse —respondió él, con un tono que sugería capas de significado. La mayoría son excursionistas de paso o cazadores en temporada. Nadie que busque el tipo de... inspiración que imagino que busca una escritora de terror.
Loisa arqueó una ceja.
—¿También has leído mis libros?
—Solo reseñas —admitió Iker. Pero me gustaría leer algo. Siempre he sentido curiosidad por cómo las mentes creativas perciben nuestro pequeño rincón del mundo.
Había algo en su forma de decir "perciben" que puso a Loisa en guardia.
—Quizás cuando termine el que estoy escribiendo —respondió, evasiva. Si logro superar mi bloqueo.
—Los bosques de Eriol son perfectos para inspirarse —dijo Iker, inclinándose ligeramente hacia ella. Conozco rutas que no aparecen en ningún mapa. Senderos antiguos que llevan a lugares que pocos han visto. Podría mostrártelos, si quieres material para tu libro.
Sus ojos, notó Loisa, nunca dejaban de evaluarla mientras hablaba, como si midiera cuidadosamente su reacción a cada palabra.
—¿Estos senderos tienen algo que ver con lo que me dijo Nerea? —preguntó directamente. Sobre no alejarme del camino cuando anochece.
Algo cambió en el rostro de Iker, tan brevemente que Loisa casi dudó haberlo visto. Una sombra, un endurecimiento, antes de que su expresión afable regresara.
—Nerea siempre ha sido... cautelosa —respondió, eligiendo cuidadosamente sus palabras. Crecer siendo la hija del alcalde la ha hecho demasiado consciente de su responsabilidad. Pero tiene razón en lo básico: los bosques pueden ser traicioneros para quien no los conoce. Por eso mi oferta. Sería una pena que vinieras hasta aquí buscando inspiración y acabaras perdiéndote lo mejor que Eriol tiene para ofrecer.
Al otro lado de la barra, Jon Arribalaga levantó la mirada brevemente, encontrándose con los ojos de Iker. Algo pasó entre ellos, una comunicación silenciosa que Loisa no pudo descifrar.
—Lo pensaré —dijo finalmente. De momento estoy intentando ambientarme, conocer el pueblo.
—Por supuesto —asintió Iker, retrocediendo un paso, dándole espacio físico que de algún modo acentuaba la sensación de estar siendo cercada de otra manera. Tómate tu tiempo. El bosque ha estado aquí durante siglos. No irá a ninguna parte.
Dejó unas monedas sobre la barra para pagar su bebida y la de Loisa.
—Ha sido un placer, Loisa Arvizu —dijo, con una ligera inclinación de cabeza. Estoy seguro de que nos veremos pronto. El valle no es tan grande como parece.
Mientras lo veía salir, Loisa notó que las conversaciones se habían detenido de nuevo. Los hombres la observaban, ya sin disimulo. Jon Arribalaga seguía en su sitio, inmóvil como una montaña, sus ojos fijos ahora en ella con una intensidad que resultaba casi física.
Loisa terminó su vino de un trago, dejó el vaso sobre la barra con más fuerza de la necesaria y salió de la taberna sin mirar atrás. Pero mientras caminaba por la plaza, no pudo evitar la sensación de que acababa de pasar algún tipo de prueba.
O quizás de haberla fallado.
La noche cayó sobre el valle como un manto de terciopelo negro, espeso y sofocante. Loisa se sentó frente a su ordenador portátil, la pantalla en blanco proyectando un resplandor fantasmal sobre su rostro. Llevaba tres horas mirando el mismo documento vacío, el cursor parpadeando con impaciencia. Tres horas y solo había escrito el título: "Capítulo 1". Y luego lo había borrado, porque ni siquiera estaba segura de por dónde empezar. El bloqueo creativo se había convertido en una pared física, un obstáculo tangible que podía sentir presionando contra su pecho, dificultando su respiración.
Bebió otro sorbo del vino que había comprado en la taberna. Era su tercera copa, y el alcohol comenzaba a embotar sus sentidos, pero no aportaba la claridad creativa que a veces encontraba en el fondo de una botella. Solo aumentaba la sensación de estar flotando en un espacio extraño, desconectada de la realidad familiar.
Afuera, la oscuridad era absoluta. No había luces de casas vecinas, ni el resplandor distante de una ciudad, solo una negrura primordial que parecía devorar hasta la luz de las estrellas. La ventana junto a su escritorio reflejaba la habitación, convirtiendo el cristal en un espejo oscuro donde su rostro pálido flotaba como una aparición.
—Vamos, Loisa —se reprendió en voz alta—. Has escrito cinco novelas. Sabes cómo hacer esto.
Pero las palabras no venían. En su lugar, su mente regresaba una y otra vez a la advertencia de Nerea, a las miradas evaluadoras de los habitantes del pueblo, a los ojos penetrantes de Jon Arribalaga, a la sonrisa estudiada de Iker Segasta. Y a los arañazos dentro del armario, al mechón de pelo en el desagüe.
Intentó teclear de nuevo: "La primera vez que Clara vio la casa, supo que algo estaba mal." Demasiado obvio. Lo borró. "El olor fue lo primero que notó, un hedor dulzón a descomposición que parecía emanar de las propias paredes." Mejor, pero aún genérico. Borró también esta frase.
A su alrededor, la casa había comenzado su concierto nocturno de crujidos y suspiros. Los sonidos parecían intensificarse con la oscuridad, como si la noche despertara algo en la estructura. Había un patrón en ellos, se dio cuenta. Un ritmo que se aceleraba gradualmente, como un corazón que aumenta su latido ante la anticipación.
Crack. Crack-crack. Crack.
Un sonido diferente interrumpió su concentración. No venía de la casa, sino de fuera. Algo golpeando contra el cristal de la ventana. Loisa se quedó inmóvil, escuchando.
Crack.
Ahí estaba de nuevo. Como una ramita quebrada bajo un peso cuidadoso.
Es solo el viento moviendo las ramas, se dijo. O algún animal nocturno.
Pero no había viento esta noche. El aire estaba quieto, denso, como si el mundo contuviera la respiración.
Intentó volver a su pantalla, a las palabras que se negaban a materializarse. Escribió: "El miedo es contagioso". Se transmite de mente a mente como un virus, incubando en la oscuridad de nuestros pensamientos hasta que no podemos distinguir lo real de lo imaginado".
No estaba mal. Era algo. Lo dejó, aunque no estaba segura de si pertenecía a su novela o era simplemente una reflexión sobre su propio estado mental.
Crack-crack-crack.
El sonido vino de nuevo, más insistente esta vez. Como si lo que fuera que estaba fuera supiera que ella lo estaba ignorando y no apreciara el desaire.
Loisa se frotó los ojos. El cansancio, el vino, la frustración creativa, la extrañeza de este lugar... todo se combinaba para jugarle malas pasadas. Debería simplemente irse a dormir y empezar de nuevo mañana.
CRACK.
Esta vez el sonido fue tan fuerte que no pudo ignorarlo. Venía definitivamente de la ventana, como si algo hubiera golpeado directamente contra el cristal. No una rama, no un insecto. Algo sustancial.
Loisa se levantó lentamente de su silla, con el corazón latiendo contra sus costillas como un animal atrapado. Una parte de ella, la escritora, observaba su propio miedo con interés clínico, analizando cómo su cuerpo respondía al estímulo: la boca seca, las palmas húmedas, la respiración superficial. La otra parte, la puramente humana, solo quería alejarse de la ventana, encerrarse en el baño, esperar a que amaneciera.
Se acercó al cristal, obligándose a avanzar un paso tras otro. Solo es tu imaginación, se repetía. Has escrito demasiadas historias de terror y ahora las proyectas en la realidad.
La ventana seguía siendo un espejo negro, reflejando la habitación iluminada detrás de ella. Loisa acercó su rostro al vidrio, formando visera con las manos para eliminar los reflejos y poder ver hacia la oscuridad exterior.
Al principio no vio nada. Solo negrura, la masa sombría de los árboles, la nada. Luego, un movimiento. Algo pálido entre los troncos. Una forma que se movía con gracia antinatural, como si flotara más que caminar.
Entornó los ojos, forzando la vista. La forma se definió: una figura alta y delgada, de proporciones masculinas. Y entonces, como si sintiera su mirada, la figura se detuvo. Se giró lentamente.
Y la miró.
El rostro era de una palidez cadavérica, casi luminoso en la oscuridad. No tenía rasgos definidos, salvo por dos pozos negros donde deberían estar los ojos. Eran vórtices de oscuridad que parecían absorber la luz, la esperanza, la cordura.
Loisa sintió que esos ojos la traspasaban, viendo más allá de su carne, hasta los rincones más oscuros de su alma. Era una mirada que la conocía, que sabía sus miedos más íntimos, sus secretos más vergonzosos. Una mirada que llevaba siglos observando, esperando.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. Retrocedió violentamente, tropezando con la silla y cayendo al suelo. Cuando logró incorporarse, volvió a mirar por la ventana, con el corazón martilleando tan fuerte que podía oírlo en sus oídos.
No había nada. Solo la oscuridad del bosque, impenetrable e inmutable.
Parpadeó varias veces, frotándose los ojos. ¿Lo había imaginado? ¿Era producto del cansancio, del vino, de su mente de escritora siempre buscando el horror en lo cotidiano?
Con manos temblorosas, cerró las cortinas, bloqueando la vista del exterior. Pero no podía bloquear la sensación de aquellos ojos, la certeza de que la habían visto, reconocido, marcado.
Se sirvió otra copa de vino y la bebió de un trago, buscando el embotamiento que pudiera disolver el miedo que ahora se enroscaba en su estómago como una serpiente fría.
—Solo estás cansada —se dijo en voz alta, pero su voz sonó pequeña y poco convincente en la habitación silenciosa. Solo es el cansancio y el vino. Y mañana te reirás de esto.
Regresó a su ordenador, decidida a demostrar a su mente racional que mantenía el control. La pantalla seguía en blanco, excepto por la frase que había escrito antes: "El miedo es contagioso. Se transmite de mente a mente como un virus, incubando en la oscuridad de nuestros pensamientos hasta que no podemos distinguir lo real de lo imaginado".
Debajo, como si una mano invisible hubiera continuado escribiendo, había aparecido una nueva línea: "Bienvenida a casa, Loisa."
El grito murió en su garganta. Miró fijamente las palabras, incrédula, y entonces la pantalla parpadeó y se apagó. El ordenador había muerto, la batería agotada aunque estaba segura de haberlo dejado enchufado.
En la oscuridad repentina, los crujidos de la casa se intensificaron, convergiendo en un ritmo que ahora reconocía claramente como pisadas. Lentas, deliberadas, acercándose por el pasillo hacia su habitación.
Y mientras esperaba, paralizada entre el terror y una horrible fascinación, Loisa comprendió que había encontrado su historia. O quizás la historia la había encontrado a ella.