Capítulo 1 – Ecos de lo prohibido
No todas las historias necesitan sangre para ser oscuras.
Hay tormentas que nacen en la intimidad de dos cuerpos, en los pactos imposibles y en las promesas que jamás deberían haberse pronunciado.
Esta será una historia de deseo y de cadenas invisibles, donde el amor se confundirá con la obsesión y el contrato con la condena.
No es sangre lo que mancha estas páginas, sino algo mucho más corrosivo: la obsesión. Aquí no habrá cuchillas ni gritos en la penumbra, pero sí silencios que duelen, miradas que queman y una convivencia que late como un campo minado.
Este no será un relato sangriento como el primero, pero no te confundas… lo oscuro no siempre necesita sangre para devorarte. A veces basta con un juramento forzado, con un contrato que ata dos almas que jamás quisieron encontrarse.
Él es un Omega que no soporta compartir, celoso hasta los huesos, capaz de odiar con la misma intensidad con la que anhela. Él es un Alfa que se resiste a caer. Él omega lo odia, sí, pero en el fondo… lo que más desea es acercarse, aunque ese acercamiento solo pueda destruirlos.
Próximamente descubrirás hasta dónde puede llegar una convivencia marcada por la posesión y el deseo de control. Una historia corta, pero cargada de fuego, de cadenas invisibles y de la lucha entre querer huir y no poder dejar de mirar al otro.
Pronto… las páginas se abrirán.
Hasta entonces.
…
Las páginas se abren…
y con ellas, el inicio de un deseo que nunca debió existir.
Capítulo 1 — Ecos de lo prohibido
La familia Verner vivía en una casa donde el mármol ya no brillaba tanto y los cristales dejaban entrar más polvo que luz.
A simple vista, todo seguía igual: los ventanales altos, las cortinas de lino francés, las esculturas que nadie había movido desde hace años. Pero la verdad era otra. Las cuentas estaban congeladas, las inversiones fracasaban una tras otra a pesar de ser una familia poderosa en los negocios y de linaje puro, los números dejaban de cuadrar desde hacía ya demasiado tiempo.
Élodie Verner, una Omega pura, y símbolo social de gracia y perfección, estaba sentada sobre uno de los sillones del salón principal con una copa de vino blanco en una mano… y el celular en la otra. Su rostro seguía siendo bello, impecable, como si el paso del tiempo no tuviera permiso de tocarla. A su lado, su esposo, Sebastian Verner, un alfa elegante de voz controlada, caminaba de un lado a otro con una libreta electrónica en la mano y frustración contenida en los labios.
—Elian necesita un futuro —dijo ella sin apartar la vista de la pantalla.
—Uno que no se derrumbe con este apellido.
Sebastian chasqueó la lengua.
—No empieces con eso otra vez. Tenemos opciones, aún podemos reestructurar la compañía…
—¿Reestructurar qué? —lo cortó, bajando la copa— Nos quedan seis meses de liquidez y una reputación que se cae a pedazos si mañana alguno de los inversionistas habla. Nuestro linaje es todo lo que nos queda. Y ese niño… es nuestra única carta, debemos aprovechar mientras podamos.
Elian. Su hijo. Omega puro. Nacido entre rumores, celosamente protegido por su genética y su silencio. Desde su nacimiento, los Verner lo habían mantenido oculto de la opinión pública, como si fuera una joya que solo mostrarían en el momento justo. Pero el momento nunca llegaba… y ahora no podían permitirse esperar.
Élodie suspiró, deslizando su dedo por la pantalla y de repente se encontró con una notificación en internet muy interesante…
—¿Sabes quién tendrá un hijo pronto?
Sebastian levantó una ceja sin interés aparente.
—Los Valenroth —dijo ella en voz baja, como si fuera un secreto.
Eso sí llamó su atención.
—¿Mark Valenroth? ¿Y su pareja?
—Sí —sonrió con lentitud— Mark Valenroth, el alfa dominante más influyente de toda Europa… y su esposo, Eren Valenroth, el estratega de hielo. El enigma de la élite. Casados hace tres años. Finalmente anunciaron su primer hijo. Todavía no ha nacido.
Sebastian frunció el ceño, entendiendo demasiado rápido.
—¿Y qué sugieres?
—Lo evidente —respondió Élodie con naturalidad escalofriante.
— Que unamos el apellido Verner al de los Valenroth. Que ofrezcamos a Elian como prometido.
—¿Prometer a nuestro hijo con un bebé que aún no tiene género secundario, y ni siquiera a nacido?
—Exacto —sonrió— Si es beta, renegociamos. Pero si es Alfa… si es un Alfa dominante, como su padre… habremos asegurado nuestra riqueza por generaciones, además ese bebé nacerá de un alfa dominante y un enigma obviamente tendría que ser Dominante y en estos casos no me importa, con tal de que acepten. Y Elian, quieras o no, necesita un destino... y futuro.
Sebastian no dijo nada durante varios segundos. Caminó hasta la ventana. La ciudad seguía rugiendo allá afuera, indiferente.
—Mark y yo compartimos negocios menores hace años… —murmuró— Me debe un par de favores. Puedo hacer que escuche.
—Hazlo —dijo ella— Antes de que alguien más les ofrezca una joya como la nuestra.
Sebastian asintió en silencio.
Y ese mismo día, Elian Verner fue comprometido sin saberlo.
Aún faltaban semanas para que aquel niño Valenroth naciera.
Años para que ambos se encontraran.
Y toda una vida para que ese contrato se convirtiera en la herida que nunca dejaría de sangrar.
Desde el pasillo del segundo piso, donde la sombra del marco ocultaba su cuerpo del resplandor del salón, Elian había escuchado cada palabra.
Su ceño estaba fruncido, su mandíbula, tensa.
Los dedos se cerraban en un puño pequeño pero firme, contenido.
Apenas tenía diez años, pero ya entendía perfectamente lo que esas palabras significaban: ser vendido, atado a un nombre ajeno, a un destino que no pidió.
Sin emitir un solo sonido, Elian giró sobre sus talones y se marchó con paso rápido. Los mocasines de charol resonaban sutilmente sobre los escalones de madera, como un compás que marcaba su enojo.
No dijo nada. No hizo un escándalo.
Pero dentro de él, algo rugía.
Odiaba que tomaran decisiones por él.
Siempre lo había odiado.
Desde que se había manifestado como Omega puro a los seis años, su mundo se volvió aún más estrecho. Sus padres, aterrados de que algún Alfa se acercara, lo aislaron del resto del mundo con una sobreprotección que se disfrazaba de cuidado, pero olía a control.
Cada vez que pisaba la calle, lo miraban con codicia o desprecio.
Los Alfas que lo reconocían como Omega lo veían como un objeto para marcar.
Los que no, lo veían como una anomalía.
Su apariencia simplemente no encajaba.
No era frágil, ni dulce, ni sumiso como se esperaba de un Omega puro.
Tenía el cabello castaño corto, rebelde, y ojos grises que no bajaban la mirada ante nadie.
Su mandíbula era definida, su cuerpo delgado pero firme, casi atlético, sin embargo con leves caderas formándose sutilmente.
No era un suspiro de porcelana, sino un filo mal afilado.
Y eso… eso provocaba rechazo.
En la escuela fue blanco de burlas constantes.
—¿Seguro que eres Omega? —le decían entre risas.
—Quizá eres Beta con perfume barato.
—Deberías dejarte el cabello largo si quieres que te marquen… Así nadie querría estar con algo como tú
Pero Elian no quería que lo marcaran.
No quería nada de eso.
No quería Alfas, ni miradas, ni vínculos.
Fue entonces cuando exigió estudiar en casa, y sus padres, como siempre, se lo concedieron.
Todo.
Como siempre.
Porque Elian era caprichoso, mimado, insoportable si quería serlo… y nadie se atrevía a contradecirlo.
Bajó a la cocina con el rostro tenso y los pasos irritados. Sus ojos aún cargaban el peso de lo que acababa de escuchar.
—Quiero helado. De vainilla —ordenó al cruzar el umbral, sin siquiera mirar a la sirvienta.
Nora, una beta de edad avanzada que lo había criado desde pequeño, tragó saliva antes de hablar.
—Señorito Elian… no tenemos helado por ahora. La despensa aún no ha sido surtida.
Elian giró la cabeza lentamente, con los ojos encendidos.
—¿Cómo que no hay helado?
—La casa está haciendo algunos ajustes con las compras, su madre pidió controlar algunos gastos...
—¡No me importa! ¡Quiero mi helado ahora!
Su grito resonó por toda la mansión.
Pateó la puerta del refrigerador y empujó una bandeja de frutas al suelo.
—¡Todo lo hacen mal! ¡Quiero que alguien me dé lo que pedí!
Los pasos de sus padres no tardaron en llegar, apresurados pero con esa calma tensa de quienes ya conocen la tormenta.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó Sebastian, entrando con el ceño fruncido.
—¡Que no hay helado! ¡Y Nora no quiere dármelo! —Elian gritó, con los ojos brillando, sin lágrimas, pero con furia.
No era por el helado. Nunca lo era.
Era por el contrato. Por la forma en que decidieron por él. Por todo.
Élodie y Sebastian intercambiaron una mirada cargada de algo más que incomodidad.
No era solo una rabieta de niño rico.
Era la señal clara de que ya no podían mantener el mundo dorado que le habían construido.
—Elian… —intentó decir Élodie, pero se detuvo. No podía confesarlo. No aún.
Sebastian respiró hondo y tomó la palabra, como si el plan que habían discutido minutos antes se activara de golpe en su mente.
—No te preocupes, hijo. Pronto tendrás todo lo que mereces.
—¿Y mi helado?
—Hasta más que eso —dijo Élodie, sonriendo— Pronto serás parte de la familia más poderosa del continente.
Y con esa frase, el plan fue sellado en sus corazones.
Contactarían de inmediato a los Valenroth.
A Mark Valenroth, el alfa dominante, y a su esposo, Eren Valenroth, el cerebro tras el imperio.
Dueños de corporaciones, bancos y cadenas energéticas, temidos por sus enemigos y reverenciados por sus aliados.
Si lograban unir a su hijo con el heredero de esos dos… la fortuna volvería.
El legado sobreviviría.
Y Elian… no tendría opción.
Esa noche, después de la rabieta, lograron calmar a Elian con promesas suaves y abrazos vacíos. Como siempre. Le ofrecieron otro postre, su libro favorito, y una noche sin clases al día siguiente. El niño aceptó con una falsa tranquilidad y se fue a su habitación, mientras Sebastian Verner, con la mente activa como un lobo hambriento, encendía la tableta electrónica para dar el siguiente paso.
Redactó un correo impecable, formal, con lenguaje diplomático pero cargado de intención: una petición de reunión con los Valenroth, los magnates del continente, para tratar un “asunto familiar de interés mutuo”.
Pasaron dos días de silencio.
Dos días donde el aire en la casa Verner se volvió más espeso.
Hasta que, finalmente, la respuesta llegó: una confirmación.
La reunión se llevaría a cabo esa misma semana, en la mansión Valenroth.
Élodie casi dejó caer su copa de vino al leerlo.
Sebastian sonrió por primera vez en semanas.
Y Elian… fue obligado a vestirse con un traje gris a medida, su cabello arreglado y los zapatos lustrados. Se cruzó de brazos en silencio, irritado, pero algo en su interior, esa parte que siempre exigía más, estaba intrigada.
La mansión Valenroth no era una casa.
Era un imperio con paredes de mármol negro, columnas de ónix tallado, vitrales con figuras mitológicas y un vestíbulo tan grande como un museo. El oro se insinuaba en cada rincón, no como ostentación vulgar, sino como si el lugar fuese construido por la ambición misma.
Elian, a pesar de todo su enojo, no pudo evitar sentirse fascinado.
Cuadros que sabía que costaban millones colgaban de las paredes. Alfombras persas que no se veían en el mercado desde hacía décadas. Estatuas de mármol de cuerpo entero, y vitrinas con objetos de colección de civilizaciones desaparecidas.
Los Verner fueron conducidos al gran salón por una sirvienta vestida de blanco, y allí los esperaban Mark Valenroth, el Alfa dominante, y su esposo Eren Valenroth, el estratega conocido como el “Enigma de Viena”.
Mark estaba en el sofá, su porte imponente a pesar del embarazo avanzado.
Ocho meses de gestación no habían disminuido su presencia: alto, piel ligeramente bronceada, cabello oscuro recogido hacia atrás, y ojos negros que podían ordenar una ejecución con un solo parpadeo.
A su lado, Eren Valenroth era un contraste silencioso pero igual de letal: más alto aún, de rostro afilado, ojos azul hielo y una sonrisa apenas perceptible que parecía esconder una mente de mil pasos por delante. Ambos vestían trajes oscuros impecables, con joyas sutiles y relojes que valían más que cualquier propiedad Verner.
—Sebastian —saludó Eren, poniéndose de pie con una expresión de cortesía cálida— Qué gusto volver a verte.
—El gusto es mío, Eren. Mark… gracias por recibirnos.
—Felicidades por el bebé —añadió Élodie con una sonrisa controlada.
—Gracias —respondió Mark, su voz profunda, grave, masculina. Su mano descansaba sobre su vientre con una naturalidad intimidante.
Elian permanecía en silencio, observando todo desde la altura de sus diez años.
Miraba los trajes, los gestos, los anillos... y la magnitud del poder que lo rodeaba.
Por más que odiara la idea de un compromiso, algo en él, alimentado por años de mimos y excesos, empezó a cambiar...
“Si voy a estar atado a alguien”, pensó, “que sea a quien pueda darme esto... ”
Las conversaciones continuaron con diplomacia. Hablaron de negocios, del embarazo, de posibles alianzas futuras.
Y luego, sutilmente, Sebastian deslizó la propuesta.