Prólogo
Hay un mundo que sólo puedes alcanzar de 12:00 am a 1:00 am, pero no cualquiera puede llegar a él, la regla dicta que solo se le mostrará a los soñadores, no se tiene mapa ni constelaciones para encontrarlo, pero te contaré una historia de la cual fui testigo.
Bajo la luz de las dos lunas, se encontraba una mujer sentada en una roca, el sonido de la corriente del lago que lo rodeaba y la escasa iluminación azulada proveniente del río hacía del lugar un ambiente acogedor y sumamente tranquilo para invitar a la mente de aquella mujer enigmática a reflexionar los fragmentos del tiempo que parecían desvanecerse en el reloj de lo visible, pero ella todavía los recordaba como una vieja canción que causa regocijo para un corazón cansado.
Esta imágen causaba gran curiosidad en unos pares de pequeños ojos curiosos que la observaban. La mujer notó las miradas y las llamó a que se sentaran con ella, salieron de uno por uno los infantes que se escondían en los majestuosos y blanquecinos árboles que el río rodeaba, ellos miraron a la mujer buscando alguna pista de cómo lucía, su cara estaba cubierta de un velo blanco que le llegaba a la altura de la cadera, la brisa de la noche lo mecía de una manera que todo aquél que lo veía quedaba hechizado, sin embargo, no revelaba más de lo que debía, su vestido parecía bañado de las mismas estrellas que se encontraban danzando en el gran tablero cósmico, los niños la miraron como si se tratase de la misma diosa Éphos.
—No teman. — dijo ella con una voz tan melodiosa y profunda, extendió su mano invitándolos a sentarse en las piedras que la circundaban. —No puede haber mejor regalo que la noche para contarles una historia que ya pasó hace muchas conjunciones de lunas y que el viejo mundo casi no recuerda. — Suspiró cerrando los ojos un momento para después continuar.
Los niños ya estaban hipnotizados por la manera en que hablaba la figura que estaba sentada delante de ellos.
— Antes de que los dones fueran otorgados y mucho antes de la batalla de "Las dos deidades". Existieron dos jóvenes, provenientes de diferentes tierras, ellos carecían de riquezas y sus familias hacían lo que podían para subsistir, el jóven llamado Phylos, solía cazar en lo que hoy en día se conoce como el bosque de "Los Encontrados", resultó que por azares del destino Phylos y Shypho se conocieron, ambos quedaron encantados el uno con el otro y acordaron que se encontrarían en ese mismo lugar al segundo sol, y así fue, con el tiempo, mientras sus almas se iban develando, a la vez su amor se hacía más fuerte, pero no tanto como para llenar el vacío de de la mirada soñadora de Phylos, sus deseos ya no iban dirigidos completamente para Shypho, sino para algo muy peligroso que iba echando raíces lentamente: la ambición.
---En una noche desolada, cuando la desesperación se vuelve ecos de un abismo y las ansías del futuro ya es un incendio implacable, el jóven acudió a lo más alto del monte Henys , dónde miró hacia un recoveco en la tierra, influenciado por una voz que lo había seguido desde ya hace mucho tiempo cayó — la mujer hizo una pausa y bajó su tono de voz, parecía que hasta el cántico del río había cesado sólo para hacerle auge a la historia— cayó y cayó hasta que el flujo temporal se detuvo, Phylos aterrizó en un lugar donde lo conocido deja de existir, la lógica falla, y el miedo es el arma principal, pero no para él que ya estaba consumido por la ambición, la leyenda narra que lo que vieron sus ojos fueron la causa de la desaparición del último fragmento de luz que descansaba en su alma.
---Los gritos de horror del lugar le carcomieron la piel humana, como si de una planta seca se tratase, el viento era desgarrador no solo por cómo lo hacía doblarse sino por los recuerdos de Shypho que estaban siendo arrancados de las raíces de su corazón, llevándolos al pozo del olvido, pero había alguien ahí presenciando todo esto, el dueño de esa misma voz que había creado laberintos y locura en él, esa figura malévola que lo había acompañado durante los últimos meses acechándolo desde las sombras y alimentando su gran deseo, sonrió para sí mismo puesto que sus planes se habían puesto en marcha y con un paso que hizo que los gritos se callaran apareció delante del eco que quedaba de Phylos.
---Era el Dios Tagos, el "manipulador de sueños" cómo lo conocían en aquel entonces, demasiado ciego para la mirada de cualquier mortal pero no tanto para los que se atrevían a ir más allá. Llantos adornaban su vestimenta, Phylos cayó de rodillas ante la aterradora imágen que tenía en frente, en el lago que rodeaba la calzada en el que se encontraba él se podía observar cráneos hundidos, servían de ladrillos agonizantes para el trono oscuro que estaba al lado de la indistinguible figura fantasmagórica, la cara no era observable puesto que maldecía a todo ser que se atreviera a despertar la furia del Dios.
— Sé lo que has estado buscando, pues mil días y mil noches he estado observando a través de los espejos de tus sueños. — las palabras parecían haber sido pronunciadas por el viento.
— Dime tú criatura que dices saberlo todo — Phylos habló, pero su voz era arrastrada y su intensidad suave.
---Y así como la historia fue contada de boca en boca en tiempos del sol solitario, igual fue maldecida para no ser repetida, pero como la cura para todo remedio es el mal tiempo, pronto se descubrió en donde terminó esta historia perdida. Resultó que Tagos le entregó un anillo, pero no cualquiera, era uno que poseía la mala grandeza de someter reinos, tierras, riquezas, mares y toda clase de criaturas vivientes. De esta manera, Phylos ya cegado por el inmenso poder se aseguró de tenerlo siempre, así que cometió toda clase de crímenes innombrables, conquistó lo que era imposible y así las raíces de este mal árbol lo cubrieron. Todos lo maldijeron, pero hubo alguien que no lo hizo, hubo alguien que todavía tenía una semilla de fe consigo misma, esa pequeña flor que se aferraba a las sombras del pasado de lo que alguna vez fue su amado.
Todo ocurrió en una noche de fuegos ardientes en la que el lirio y la espada negra se encontraron. En Aélyne se selló una profecía que confinaría al mundo para la siguiente era.
—Un fragmento caerá del firmamento, acabará con toda tu estirpe, mil maldiciones traspasarán su alma, pero ninguna la tocará , será justa como el espíritu del bosque, fuerte como el viento e indomable como el fuego, y cuando llegue el momento en que las dos destinos se encuentren, el sol dejará de ser errante.
Lágrimas cayeron del cielo al ver al lirio muerto.
Y la profecía permaneció encadenada al olvido durante mil años.
Pero cuando todo el mundo estaba sumido en tinieblas apareció un rayo de luz nocturno, el cual cayó en forma de un cometa con el nombre de una niña: Adara."