Prólogo
28 de enero de 2190
Cuando era pequeña, mi madre me dijo que nunca debía temer a la oscuridad. Que las sombras no eran más que un reflejo de nuestra propia fuerza, esperando ser comprendidas. Aquellas palabras fueron lo único que conservé de ella, un eco que aún arde en mi memoria, y siempre he querido repetírselas a mi hijo… si algún día tengo uno. Porque la verdad es que la oscuridad no da miedo por lo que es, sino por lo que perdemos en ella. ¿Y qué pasa cuando esa luz en tu vida ya no existe? ¿Qué ocurre cuando los héroes que admirabas caen?
Dooso conocía esa sensación demasiado bien.
El cuarto olía a medicina barata y a madera húmeda. El maestro respiraba con dificultad, sus pulmones luchando contra una enfermedad que ni los mejores sanadores ni la más avanzada tecnología podían frenar.
—Dime, Dooso… —la voz del maestro era apenas un susurro quebrado— ¿cómo se consigue el poder?
El hombre de cabello ya salpicado de canas apartó la mirada. Esa era la única pregunta que jamás había podido responder.
—No lo sé, maestro —admitió con un hilo de voz.El anciano sonrió con amargura.
—Es una pena. Una verdadera pena.
El silencio se llenó del sonido de una tos áspera. El maestro temblaba al llevarse la mano al pecho.
Dooso reaccionó de inmediato, sosteniendo su hombro con suavidad.
—Maestro…
—Maldita enfermedad —gruñó el anciano con una fuerza que no tenía.
—Lo sé —Dooso le acercó un vaso de agua, sosteniéndolo con cuidado—, pero usted mejorará.
El maestro negó con la cabeza, con esa calma resignada de alguien que ya había visto demasiado.
—No digas mentiras, muchacho. Estoy viejo, y mi muerte se acerca.
La tos se intensificó hasta que Dooso temió que lo perdería en ese mismo instante. Tragó saliva, incapaz de aceptar esa verdad, aun cuando la llevaba sintiendo desde hacía meses.
—El mundo… —dijo el anciano al recobrar el aliento— necesita nuevos héroes.
Dooso lo miró confundido.
—¿Qué?
—Lo que has oído. Ya no basta con lo que somos. Los villanos resurgen, las calles se llenan de caos, y la gente confía cada vez menos en quienes juramos proteger. —El maestro levantó una mano temblorosa y la apoyó en el rostro de su alumno—. No podrás detenerlos solo.
Dooso apretó los dientes.
—Yo soy capaz, maestro.
El anciano lo miró con ternura, casi como un padre que observa a un hijo testarudo.
—No lo dudo, pero tienes cuarenta y cinco años, Dooso. Tu vida debería ir por otro camino. Ya diste demasiado. —Sus ojos se deslizaron hacia la pierna izquierda de su discípulo—. Y no olvides… tu discapacidad.
Dooso cerró los ojos con dolor. La parálisis en aquella pierna era el regalo del “Señor del Fuego”, un villano que casi arrasa media ciudad antes de que él lo detuviera. El precio de un atraco frustrado. Desde entonces, cada paso era un recordatorio cruel de lo que había perdido.
—Entonces, ¿quiénes? —preguntó con la voz quebrada—. ¿A quién propone, maestro?
El anciano soltó una risa débil y arrastró la mano hacia el cajón de su mesita. Con esfuerzo, lo abrió y sacó un pequeño cofre ennegrecido por el tiempo. Lo colocó sobre la cama, y al abrirlo, cinco esferas brillaron con colores distintos, vibrando como si tuvieran vida propia.
Dooso las reconoció al instante. Su rostro se endureció.
—No… maestro, esas esferas…
—Con ellas fuiste reclutado tú, junto a otros. Ahora es tu turno de repetir el ciclo.
Dooso sintió un nudo en la garganta. Recordaba la noche en que aquellas luces lo eligieron, cuando él aún era un muchacho lleno de ilusiones. Recordaba también a los compañeros que habían muerto en la guerra contra la Orden de Ceniza. Él era el único sobreviviente de aquel equipo.
—Lánzalas al aire cuando me haya ido. —El maestro tosió otra vez, esta vez con sangre—. No tardará demasiado. Pero antes… prométeme algo, Dooso.
Las manos del hombre temblaban al recibir el cofre. Sus ojos se llenaron de lágrimas al mirarlo.
—Lo que sea, maestro.
—Entrena a los escogidos. Guíalos. No cometas mis errores.
Dooso apretó los labios.
—Usted no cometió errores.
El anciano lo miró con un brillo de dolor en los ojos.
—Sí, Dooso… sí los cometí. Y si no los aceptas, los repetirás. Prométeme que serás mejor que yo.
Las lágrimas rodaron por el rostro endurecido del héroe.
—Lo prometo, maestro.
El silencio invadió la habitación. Por un instante, Dooso creyó que aquella promesa había llegado demasiado tarde. Pero el anciano, aunque apenas respiraba, alcanzó a sonreír.
—Entonces… quizá aún haya esperanza.
El cofre pesaba en las manos de Dooso como si llevara dentro no cinco esferas, sino el futuro entero de la humanidad. Y con él, la certeza de que la era de los viejos héroes había terminado.
Una nueva generación estaba a punto de comenzar.