Adicto a ti

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Summary

Alex descubre que la adolescencia está llena de sorpresa está dictado por un sistema que ha tratado de evitar pero al final se hunde en el, pero quien lo arrastra es su cruch Demian un deportista cuyo secreto no han salido a luz pero Alex lo sabe, sabe que la oscuridad que desborda Demian lo atrae tanto, su mirada que es capaz de desnudarlo. Por primera vez Alex experimentará todo lo malo de ser un adolescente

Genre
Drama
Author
Maik
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1 El sistema

Saben qué es ser adolescente?

Déjenme decirles, es una puta mierda disfrazada de libertad. Te obligan a actuar como si supieras quién carajos eres, cuando en realidad nadie tiene ni puta idea. Sonríes cuando quieres llorar, encajas cuando lo único que deseas es correr, compites cuando en verdad solo quieres desaparecer. Y la mayoría… solo traga todo eso y finge que está bien.

Y aquí estoy yo, en medio de todo este desmadre. Luces golpeando mis ojos, música vibrando en el pecho, completamente eufórico y seguramente ebrio, pensando que tal vez, por primera vez, el aire puede llenar mis pulmones sin que me duela la vida.

La música retumba en mis venas como un tsunami. No debería estar aquí, entre risas estridentes, humo pegajoso y cuerpos rozándose como si no existiera el espacio personal. Pero mis pies tienen memoria propia, y me arrastran directo a lo que sé que me va a romper.

Su voz interrumpe mis pensamientos se sintió con un golpe de realidad

—Oye, Alex, ¿me escuchas? Te pregunté si vienes o te quedas en la cama otra vez. La voz de Damien corta la música como un cuchillo. Profunda, gruesa, fácil de identificar. Peligrosa.

Lo miro desde la esquina, y por un segundo todo desaparece, ni luces fluorescentes, ni botellas volando, ni chicos riendo por nada. Solo él. Y mierda… eso me asusta más que cualquier pelea con mis padres o cualquier comentario de mierda en la escuela.

—No… no sé —tartamudeo, intentando sonar firme, aunque mi cabeza grite, ¡Corre, Alex!—. No sé si quiero ir.

—Vamos, Alex. No seas un puto fantasma —insiste Damien, acercándose. La luz de neón le pinta el rostro de azul y rojo. Sus ojos me atraviesan, y siento que si no doy un paso hacia él, me voy a evaporar de miedo y deseo al mismo tiempo.

—Ábrete, chica, el alcohol te va a gustar —me dice con una voz docil, y de repente todo se intensifica, los sonidos, las luces, el calor. Todo directo al pecho.

Damien todavía no sabia que yo era gay. Ni que estoy jodidamente enamorado de él. Ni que esta noche podría ser la primera vez que confiese algo real.

Doy un paso. Otro. Mis manos tiemblan. Todo lo que soy se deshace lentamente, pero también siento que estoy encontrando algo que ni sabía que me faltaba.

Salimos de la habitación. Bajamos las escaleras. Mi madre está en el sillón, ebria como siempre. Ya ni recuerdo la última vez que estuvo sobria.

Montamos la bicicleta. La noche brilla, los faroles iluminan el camino como si nos protegieran del resto del mundo. Respiro hondo; por fin siento aire en mis pulmones. Giro a mirar a Damien. Es jodidamente perfecto. Mi propio Leonardo DiCaprio, con esa belleza que parece no pertenecer aquí.

—Tierra llamando a Alex… ¿acaso estás drogado? —dice Damien con una risa torcida.No sé por qué pensaría eso. Claramente no lo estoy. O sí… mierda.

—No lo sé… —respondo. Idiota, ¿por qué dijiste eso?

—Okey, mira, es aquí.

El sonido de la música explota, ensordeciendo mis tímpanos. Tiembla en el suelo bajo mis pies. Por un momento me arrepiento de haber venido… pero ya es demasiado tarde.

La fiesta es un caos calculado cuerpos chocando, risas que parecen gritos, parejas follando en los baños. Alcohol, cigarrillos y perfume barato mezclándose en el aire. Todos intentando escapar de su vida con pastillas prestadas y miradas peligrosas. Me pregunto si alguna vez voy a sentirme vivo fuera de este puto infierno disfrazado de diversión.

—Ey, Alex. —Max me toca el hombro con complicidad. Su sonrisa torcida siempre parece un secreto mal guardado—. Tú siempre tan serio, ¿no? Relájate un poco, mierda.

—No es eso… esto… todo esto me abruma —respondo, cuidando no sonar débil. No quiero que nadie vea que tengo miedo. Ni siquiera yo mismo.

—Es la fiesta de regreso a clases —dice Max, pasándome una botella y un cigarro. Mis manos tiemblan al tomarlos. Nunca encajo. Nunca.

Damien vuelve a aparecer, más cerca esta vez. Puedo sentir su aliento cargado de alcohol. Y, aunque debería incomodarme, solo pienso en besarlo.

—¿Sabes? —susurra—. No tienes que fingir. Lo veo. Siempre escondiéndote detrás de tus manos, tus ojos, cada palabra que no dices.

Trago saliva. Nadie me había visto así antes. Ni mis padres. Ni Max. Ni los profesores que me llaman “inteligente pero raro”. Nadie.

—¿Y qué se supone que haga con eso? —pregunto, sin desafío. Solo intentando respirar.

—Lo que quieras —sonríe, y esa sonrisa me hace querer correr y caer al mismo tiempo—. Si te atreves, podrías descubrir quién carajos eres.

La primera pastilla la toco por curiosidad. Porque Damien la sostiene como si compartiera un secreto demasiado grande. La segunda es por miedo, miedo a quedarme afuera, miedo a perder algo que los demás parecen sentir y yo nunca. La tercera… la tercera es porque quiero que todo duela menos, aunque sea solo un rato.

El humo, la música, el caos… todo se mezcla con recuerdos que intento borrar, mi padre abandonandonos, mi madre hablando mierda de mi padre, los comentarios crueles de la escuela. Y, por un momento, todo eso desaparece.

—¿Estás bien? —pregunta Max, su voz atravesando el ruido. Sus ojos cargados de resignación, como si supiera que nada nos salvará de nosotros mismos.

—Sí… más o menos —miento. La verdad pesa demasiado para cargarla aquí.

Damien me toma de la mano, suave. —Ven. Solo esta noche, Alex. Nada más importa.

Y me dejo arrastrar.

El mundo afuera sigue frío, pero aquí dentro todo es ardiente y euphorico. Parejas en los baños, chicas riendo como si se fueran a romper, amigos traicionando sin pensar. Y yo, perdido entre ellos, sintiendo que cada latido podría romperme o salvarme.

Damien me lleva al borde de la piscina, lejos del ruido. Nos sentamos uno junto al otro.

—¿Alguna vez te has sentido invisible? —pregunta. Su mirada no juzga. Es peligrosa, pero vulnerable.

—Todo el tiempo —respondo, levemente. Siempre invisible. Siempre solo. Y ahora, alguien me ve.

El mundo se reduce a él y a mí. El calor entre nuestros cuerpos. No hacen falta palabras. El silencio grita más fuerte que cualquier música. Sé que no es seguro. Sé que podría lastimarme. Pero no me importa. No ahora.

—Damien… —mi voz se quiebra.

Él arquea una ceja. —¿Qué pasa, fantasma? ¿Otra crisis existencial? Dice con su tono sarcastico de siempre.

Trago saliva. El humo me ahoga. ¿Y si se lo digo? ¿Y si me odia? Mierda se valiente Alex por una vez en tu vida

—Yo soy… —empiezo, pero alguien grita desde dentro,

—¡Damien, ven a tomar algo!

Él se levanta. —Eh, ¿qué me querías decir?

—Nada… ve y diviértete.

—¿No vienes?

—No me quedaré aquí, ya sabes… bebiendo y fumando como todos.

—Nos vemos, amigo. —Dos palmadas en el hombro.

Amigo.

Puta mierda.

Prendo un cigarro. El humo me rodea. Adentro todos bailan, ríen, follan, se drogan. La música sigue, como si el mundo no fuera a acabarse mañana. Quizá debería rendirme a este sistema de mierda.

La noche continúa descontrolada y brillante. ritmos que golpean el pecho, secretos demasiado grandes para cargar. Alex, adolescente atrapado en un sistema que nos obliga a fingir, descubro que doler también puede ser hermoso, intenso, aterrador.

Y por primera vez… quiero sentirlo todo. Esto es tan adicto