Capítulo 1
UNO
El aire en el gran salón pesaba tanto como la pena en su pecho, las velas titilando ante la suave brisa que se colaba por la gran entrada y el murmullo constante de los nobles a su alrededor. Pequeños lloriqueos, quejidos, voces suaves invadidas por la tristeza de la pérdida era lo que podía escuchar; Mientras que su gélida mirada estaba posada, casi petrificada, sobre el sereno rostro de su amada tía, la reina de Escocia. Se encontraba tan tranquila, apenas podía divisar una ligera sonrisa en sus comisuras, sus labios adornados con un color rosado como siempre había llevado, tan llena de gracia y tan respetable como la gobernante que era. Suspiró.
Su ceño se frunció ligeramente ante el dolor sofocante aterrizando en su pecho y aprisionando su pesado corazón, incluso teniendo todas las miradas de los presentes sobre él podía sentir como ahora la soledad iba a pesarle aún más. Catriona De Fraiser, amada por su pueblo y familia, casi la madre que el pelirrojo nunca pudo tener. Tragó algo de saliva antes de acercarse unos centímetros y susurrarle sus últimas palabras.
— Gracias, por mostrarme la parte más luminosa de mi. —Dicho eso, dejó una delicada rosa sin espinas a un costado del rostro ajeno, dándose la vuelta inmediatamente para perderse entre la multitud de nobles afligidos. Con cada paso que lo alejaba del ataúd, el peso en su pecho no hacía más que aumentar. El murmullo de los nobles seguía llenando sus oídos, pero para él todo se tornaba distante, como si la atmósfera misma se hubiera teñido de un tono grisáceo. Su mirada, fija en las amplias ventanas de cristal decoradas con escenas de viejas batallas y la mayoría de imágenes de sus ancestros, encontró a la luna llena dominando el cielo nocturno. Aquella luz se derramaba sobre la sala como una manta fría, ineludible, envolviéndolo con un peso casi tangible.
Había algo inquietante en como ese resplandor parecía amplificar su cansancio, volviéndolo más consciente del ritmo pausado de su propio corazón. En tres días, esa misma luna dejaría paso a la oscuridad de la nueva, y con ello... algo cambiaría. Lo sabía. Lo sentía en los confines más profundos de su ser, como una promesa silenciosa que había guardado desde su nacimiento. Pero ahora no era el momento exacto para dejarse consumir por esas ideas; había demasiados ojos observándolo, demasiados cuchicheos que apuntaban a cualquier señal de debilidad, cosa que, no podía permitir.
Su atención volvió a su hermano, quien se arrodillaba junto al ataúd con esa elegancia casi ensayada que parecía natural en él. Las palabras de Oliver eran apenas audibles, pero bastaban para que el aire se llenara de consuelo. Los hombros tensos de los nobles cedían, y algunos lograban esbozar pequeñas sonrisas entre las lágrimas. Como siempre, la luz del pelirrojo menor era suficiente para iluminar incluso el rincón más oscuro. Incluso en el que él habitaba.
Se desgastó, podía sentir como el zumbido en sus oídos comenzaba a generarle una molestia mayor y, por lo tanto, las miradas de presión constante sobre su espalda, lo colmaron, como si cada uno de los presentes esperara algún gesto que validara su dolor. Pero el dolor no era algo que quisiera compartir. No ahora. No con ellos.
Débil, Vulnerable, Emocional. Todas esas características le generaban repulsión, las rechazaba completamente y eso no parecía que cambiaría en ningún momento. Era tan frío como un glaciar, al menos esa era su imagen hacía el reino, un príncipe de hielo, el mismo invierno reclamándolo una y otra vez sin siquiera pedirlo.
Con una última mirada al ataúd lejano, dejó que sus pasos lo llevaran fuera del gran salón. No corrió, ni mostró prisa alguna; simplemente avanzó con una calma calculada, evitando más miradas de rechazo hacía su persona, las manos aún detrás de su espalda, la solemnidad del momento no podía perturbar su huida. El aire nocturno lo recibió como un bálsamo en la piel, una caricia fría que le devolvía algo de control que había perdido en aquella habitación sofocante. Las sombras de los altos cipreses y los rosales del jardín real se proyectaban en el suelo bajo la pálida luz de la luna llena.
El musgo trepaba por la piedra de la fuente, húmedo y oscuro, como si el tiempo hubiera ido dejando su peso en cada grieta. Dither pasó los dedos por el borde resbaladizo; el agua estaba helada, y sin embargo no lo despertaba, solo acentuaba el sopor que lo habitaba.
El reflejo en la superficie se agitaba con la luz, fragmentado, incapaz de sostener una forma estable. El cabello, enredado y húmedo, perdía todo rastro de cobre bajo aquella claridad mortecina. Las pecas, multiplicadas en la ondulación, parecían manchas de óxido más que recuerdos del sol.
Pero lo que dominaba la imagen no eran esos detalles dispersos, sino la expresión en sus ojos: cansados, siempre a medio cerrar, como si el mundo los forzara a protegerse incluso de la risa ajena. El reflejo del agua les devolvía un tono más frío todavía, una dureza que parecía arrastrar con ella al resto del rostro. Las cejas, pesadas, subrayaban esa rigidez, marcándolo con un gesto que nunca lo abandonaba.Es una pintura desconocida,pensó, incapaz de reconocerse en ella.
Sintió un cosquilleo en la espalda: la certeza de alguien detrás. No se giró. Prefirió seguir atrapado en esa figura rota, más real en la superficie temblorosa del agua que en la carne que lo sostenía.
El murmullo que caía en la fuente lo reconfortaba más que cualquier palabra esa noche. Aquí, entre el susurro de las hojas y el perfume de las flores nocturnas, podía permitirse unos segundos de verdadera soledad, la cual no duró demasiado. Detrás de él se encontraba una silueta tan tétrica como la luna misma, un hombre que sobrepasaba lo que sería una estatura promedio.
—Lamento la interrupción, Excelencia— Una voz suave pero baja se deslizó por el silencio de jardín, Dither no necesitó girarse para saber quién era. Aquella presencia fantasmal, ligera como el roce de un susurro, le resultaba tan familiar como su propio ser. —Aunque debo admitir que nunca he llegado a entender qué encuentra tan fascinante en este lugar— Agregó en lo que el pelirrojo dejaba caer sus hombros.
—La ausencia de otros, principalmente —Respondió Dither sin desviar la vista del reflejo lunar en la fuente. Su tono era seco, pero no agresivo, al menos no con Caelan.
El mismo avanzó unos pasos más, deteniéndose justo al borde de la fuente, con las manos cruzadas detrás de la espalda. El resplandor acentuaba su apariencia espectral, el cabello plateado brillando como un eco del mismo astro reflejado en el agua. —Entonces.. lamento interrumpir su búsqueda de soledad, pero esto no puede alargarse más. — Caelan inclinó ligeramente la cabeza, observando al noble con esos ojos grises que parecían leer lo que ni él mismo se atrevía a reconocer. Digno de un amigo de la infancia, pero mucho más importante, su consejero real. Su persona había llegado a acompañar la infancia del noble, jurando una amistad eterna e inquebrantable, en la que al menos Dither podía mostrar un ápice de su vulnerabilidad sin sentir una mirada que lo juzgara.
—Su majestad ha convocado una reunión a primera hora de la mañana, junto a su hermano.
Dither solo dejó escapar un suspiro largo y molesto, el sonido apenas perceptible en el aire frío de la noche. Se apartó de la fuente con un movimiento lento, sus manos ahora cruzadas sobre su pecho.
—¿Otra charla sobre como no manejo bien mi ducado? ¿No le parece suficiente con enterrar a su propia esposa? —Su voz era un murmullo cargado de sarcasmo, pero su mirada gélida reflejaban algo más profundo: cansancio, quizá, o una ira contenida que aún no encontraba su salida.
El consejero no respondió de inmediato, como de costumbre. Lo observó con esa calma inquebrantable que siempre parecía irritar y tranquilizar a Dither al mismo tiempo. Finalmente, dijo:
—Sabe que no es solo eso..—Su tono era algo bajo, pero sus palabras llevaban un peso que parecía hundirse en el pecho del noble—. Quedan tres días. El rey lo sabe, y usted también debería estarlo considerando.
Dither apretó la mandíbula, sus ojos desviándose hacía las sombras más profundas del jardín. No necesitaba que Caelan se lo recordara; la llegada de su vigésimo primer cumpleaños era como una cadena invisible alrededor de su cuello, sabía perfectamente las responsabilidades y deberes que comenzarían a presionarlo contra una pared hasta dejarlo sin nada.
—Supongo que tampoco tengo opción esta vez—concedió finalmente, su voz más fría de lo que pretendía.
El consejero solo inclinó la cabeza, como si aceptara esa pequeña victoria. Dio un paso hacía atrás, dejando que la distancia entre ambos se ampliara ligeramente.
—Nunca tiene opción.. Dither.—Y con esa declaración cruda pero honesta, giró sobre sus talones, desapareciendo entre las sombras del jardín, tal como había llegado.
Las cejas pobladas se juntaron levemente ante aquellas palabras, sus ojos apenas un poco más abiertos ante aquél golpe de realidad, por supuesto que ya lo sabía pero.. caer en la realidad, era aterrador.
El pelirrojo permaneció allí unos momentos más, observando el lugar donde su leal consejero había desaparecido, antes de levantar la vista hacía su brillante compañera dominando el cielo nocturno. Cerró los ojos y dejó escapar otro suspiro un poco más pesado, rendido. Apretó con poca fuerza el broche que adornaba su traje, uno hecho de plata y adornado con una gema de zafiro. Un emblema significativo en su noble familia.
En tres días se acabaría su huida, su tan preciada libertad y para su suerte.. su soledad.