Capítulo 1 una pequeña comunidad
En una pequeña comunidad, ya hacía tiempo que dos bandos peleaban. Uno de ellos buscaba la paz, mientras que el otro era un grupo de prestamistas que ya había arrebatado la vida de más de una persona solo por dinero. Tal cual como el bien y el mal, ambos bandos peleaban, y el bando que buscaba paz salvaba y protegía a la gente de los prestamistas mientras se enfrentaban a ellos. Pero nunca olvidaré aquella tarde, el 11 de abril, donde ocurrió el principio del fin.
En un pequeño parque descuidado, con césped alto, un delgado hombre de piel oscura, poco atractivo, gritaba y suplicaba por su vida. “Por favor, no me mates, te prometo que te pagaré. Dame una semana más, te lo suplico”, dijo aquel hombre, de nombre Julio, que frente a cuatro prestamistas esperaba que llegara una salvación para él. Inmediatamente, y con voz fuerte, una de las prestamistas, una mujer de nombre Ana, fuerte, atractiva y desafiante, respondió: “Imbécil, ya te dimos más de dos meses para pagar y aún no hemos visto nada de dinero”. Lo decía mientras sacaba un cuchillo pequeño pero muy afilado. Cuando estaba a punto de comenzar a matarlo, escuchó un grito que la distrajo y, al voltear, vio a tres hombres parados frente a ella.
Dos de ellos atacaron a dos de los cuatro prestamistas, empezando una pelea, mientras que con calma el tercer hombre, llamado Mizu, miró directamente a Ana. Con una voz tranquila pero segura dijo: “Déjalo ir, él no tiene por qué morir”. Poco a poco sus amigos iban perdiendo la pelea, pero extrañamente eso no le preocupaba y empezó a sonreír. Ana, con una cara ruda y determinada, negó con la cabeza, pero poco después, casi automáticamente, respondió: “Entonces mira atrás tuyo”.
En ese momento, uno de los amigos de Mizu, con un bate de béisbol, golpeó en la nuca a Ana y, con un puño firme, derribó al otro hombre. Mizu agarró a Julio y, junto a sus amigos, escaparon de ahí rápidamente hacia su sección del parque, en donde, en una gran casa de madera, refugiaron a Julio y le hicieron prometer que nunca más volvería a pedir dinero. Julio aceptó, pero ya dentro de la casa se dio cuenta de que no era el único refugiado: había muchos, incluso se decía que cientos. Demasiado sorprendido, no se atrevió a preguntar, suponiendo que era lo mejor, pero sí vio cómo a lo lejos cinco personas, dos de ellas mujeres y tres hombres, incluyendo a Mizu, conversaban.
Esas cinco personas eran Mizu, un chico de personalidad calmada, piel morena, ojos marrones y pelo negro, alguien que no le temblaba la mano para nada ni tenía miedo a la muerte; su único miedo era la muerte de sus amigos. Los otros dos chicos eran Max y Gabriel, dos primos de la misma altura y ojos claros. Max tenía el pelo color café y Gabriel negro, tal vez su única diferencia, porque ambos serían capaces de matarse entre sí si era por sobrevivir o por interés común. Una de las chicas era un poco baja, de pelo verde y ojos marrones, su nombre era Rylie. Tal vez la única del grupo que no sabía pelear, pero también la única que no lo necesitaba. Era una chica muy atractiva, pero también muy inteligente, la encargada de organizar los ataques y emboscadas. Secretamente compartía un amor por Mizu, aunque lo consideraba como un hermano menor. La última chica e integrante del grupo se llamaba Curie, tal vez la más atractiva de todas las damas ahí, pero también la más peligrosa y ruda. Su pelo rojo, sonrisa amplia y ojos claros eran una verdadera distracción de lo que realmente era: una asesina brutal. En todo momento traía consigo una MP5 y un chaleco antibalas.
Sin saberlo, ellos cinco vivirían las peores aventuras a partir de ese día. “Lo siento, esos imbéciles intervinieron otra vez”, dijo Ana, rogando por no recibir un castigo de parte del líder de los prestamistas. El líder, mejor conocido como Charles, era un tipo grande, rudo y fuerte, al cual no le temblaba la mano a la hora de matar a alguien, sin importar si era de su propio bando. “Si intervienen, mátalos”, dijo Charles antes de pegarle un fuerte golpe en la cara a Ana. Ella, enojada pero sin poder hacer nada, no se resistió y decidió obedecer.
Ana se fue a las calles del parque, la zona que en ese momento le pertenecía a los prestamistas. Allí, un hombre serio, de pelo rubio y ojos marrones, se acercó a ella para preguntar: “¿Usted es una de las prestamistas, verdad?”. Ana, con pocas ganas de hablar y con un cigarrillo en la mano, asintió con la cabeza. Acto seguido, aquel hombre, de nombre Henry, pidió un préstamo de 80.000 dólares. Ana se quedó impactada por la cifra y, casi celebrando, aceptó y lo llevó con Charles. Después de unos minutos, el préstamo terminó y se pagaría en unos días; más le valía pagar en el tiempo límite.
Mientras tanto, aquel hombre, Henry, gastaba su dinero, pero no en lo que cualquier persona lo gastaría. Aquel ingenioso e inteligente hombre parecía tener un astuto plan. En otro lado del parque, para ser más específicos, en la zona del banco de la paz, llamado así por ellos mismos, un chico llamado Zack y Curie pasaban el tiempo. Al fin de cuentas, ellos trabajaban casi siempre juntos y había una fuerte conexión entre ambos. En eso, un hombre fuerte y alto y una chica rubia y hermosa se les acercaron. No se preocuparon, porque eran Nicolás y Valentina, amigos muy cercanos. Es sabido que Nicolás y Valentina se amaban mucho y llevaban saliendo por varios años. Los cuatro juntos se aventuraron al otro lado del parque, al lado de los prestamistas, solo para investigar un poco sobre lo que estaban haciendo.