Capítulo 2 los jefes
Los cuatro, juntos y unidos, empezaron a caminar poco a poco, con pasos suaves y precisos, mientras tenían una pequeña conversación acerca de la jefa. Mientras tanto, Ana, junto a otro de los prestamistas llamado Joey, caminaba tranquilamente mientras fumaba un cigarrillo y le preguntaba: “¿Vale la pena lo que estamos viviendo solo por dinero? Ese imbécil de Charles nos trata como escoria humana”. Joey, con su siempre voz gruesa y actitud firme, contestaba: “Claro que sí, es una cantidad enorme lo que ganamos como para quejarnos”.
Ana simplemente se quedó callada, pero era claro que no estaba conforme con la respuesta de Joey. Sin saberlo, cuatro enemigos se acercaban poco a poco a su dirección y no con intención de paz. Por suerte, antes de que estuvieran lo suficientemente cerca como para poder hacerles daño, Joey logró ver a Nicolás. Sin saber si había más o no, decidió disparar al cielo e irse corriendo con Ana, tomándola de la mano. Mientras tanto, los otros cuatro chicos, asustados y con miedo, decidieron escapar hacia su lado del parque.
Al día siguiente, Julio decidió salir a caminar junto a Mizu y Nicolás. Lo que parecía ser una salida casual al parque, solo para conocerse, terminaría en un gran punto de inflexión para dos de ellos. Cada paso que daban era monitoreado y vigilado por los prestamistas, que querían matar a Julio a toda costa. Los tres se acercaron a una zona más infantil y se sentaron a conversar, una charla sencilla y cruda en la que contaban sus vidas y cómo habían llegado a donde estaban en ese momento. De pronto, a lo lejos, vieron a ocho prestamistas acercándose con no muy buenas intenciones. Los tres chicos rápidamente empezaron a correr, sabiendo que, por ventaja numérica, podrían morir.
Corrieron y corrieron hasta llegar a una pequeña fuente en la cual los acorralaron y amenazaron. “Entreguen a Julio si no quieren morir, en este punto es su mejor opción”, dijo uno de ellos con una mirada fría y atemorizante. Mizu y Nicolás rechazaron la oferta, y fue ahí cuando, entre los ocho prestamistas, comenzó una pelea contra los tres chicos. Rápidamente, tres de ellos fueron contra Julio y lo llevaron hacia la fuente con intención de ahogarlo. Nicolás, el más fuerte de los tres, mantuvo una pelea firme contra tres de ellos, pero no por mucho tiempo. Mizu intentó correr rápidamente a salvar a Julio, pero tan rápido como corrió fue agarrado por los otros dos prestamistas, que lo golpearon hasta dejarlo muy débil y casi inmóvil, sin saber el error que estaban cometiendo. Mizu, en un estado muy débil, tuvo que ver cómo, entre cinco personas, ahogaban y acababan con la vida de Julio y, acto seguido, los ocho prestamistas se dispusieron a matar a Nicolás de la misma manera. Mizu, que apenas podía moverse, aprovechó que no lo estaban viendo, sacó un cuchillo y se dirigió hacia uno de ellos; acto seguido lo apuñaló múltiples veces hasta que murió. Los otros siete quedaron atónitos: nunca nadie había matado a un prestamista. Con miedo, decidieron huir, y con eso Mizu dejó el cuerpo de Nicolás en el suelo y salió corriendo del parque hacia la casa de madera para refugiarse.
Al llegar, rápidamente Valentina preguntó por qué venía lastimado y por qué Nicolás no estaba con él. Mizu ignoró la pregunta, se acostó en una de las camas, específicamente en la de Julio, y rápidamente se desmayó. Valentina, con miedo de lo que le hubiera pasado a Nicolás, decidió salir corriendo hacia el parque; entre lágrimas gritaba y suplicaba porque estuviera vivo. Rylie se acercó a Mizu, quien ya se había desmayado en aquella pequeña pero cómoda cama, y sin entender lo que había pasado decidió investigar por su cuenta. Era mejor que ella lo supiera antes que Luna.
Una hora después del incidente, Nicolás despertó sin entender lo que había pasado. Decidió tratar de buscar a Mizu, pero primero se encontró con el cadáver del fallecido Julio y del prestamista que Mizu había matado. Sin querer pensar lo peor, asumió que alguien más lo había hecho. Al final, si uno de los prestamistas moría a manos de ellos, Charles, el líder, se enojaría mucho y no descansaría hasta acabar con todos. Poco después se encontró con Valentina, la cual estaba muy asustada, y le explicó la situación. En ese momento, Nicolás entendió que el principio del fin se acercaba.
Rylie entró corriendo a la gran casa de madera, enojada, y directamente se abalanzó hacia un Mizu recién despertado. Con mucha ira le empezó a gritar, preguntándole en qué estaba pensando. Aunque entendía por qué lo había hecho, ahora no solo tendrían problemas con Luna, sino también con Charles, los dos jefes. Antes de que Mizu pudiera hablar, rápidamente Luna salió de su oficina hacia donde estaba él. Con una taza de café en la mano, solo preguntó: “¿Por qué escucho tantos gritos?”. Rylie estaba lista para contestar con una pequeña mentira, pero antes de que pudiera hacerlo llegaron Nicolás y Valentina. Sin hablar, Valentina acostó a Nicolás en una de las camas. Luna, al ver el estado en que estaba Nicolás, se asustó y le pidió a Valentina que le contara todo, ya que sabía que ella no era capaz de mentirle. Pero antes de que Valentina pudiera hablar, Rylie contó todo con voz muy baja y miedosa. La cara de Luna se puso pálida y, sin saber qué hacer, solo tomó otro sorbo de café.
“¿Dónde está el otro imbécil?”, gritó Charles desesperadamente a uno de los prestamistas. Sin otra opción, aquel prestamista le contó todo lo que había pasado, incluyendo el asesinato de uno de ellos. Rápidamente, la cara de Charles cambió y, a gritos, exigió traer las cabezas de cada uno de los que formaban parte de la organización que los llevaba molestando tanto tiempo, incluyendo la de Luna, la jefa. Uno de los prestamistas dijo que quien les había pasado la ubicación de los tres hombres había sido alguien más y preguntó si era buena idea ir a buscarlo. A Charles le pareció una buena idea. Sonrió y dijo: “Sí, él nos podría ayudar a acabar de una vez por todas con esos malnacidos”. Sin nada más que mencionar, un pequeño grupo de prestamistas salió corriendo a buscar a los responsables del asesinato.
Luna, asustada y sin saber qué hacer, corrió hacia su oficina, intentando pensar en algún plan. En eso, Nicolás se paró y dijo: “Si ya pudimos acabar con uno, ¿por qué no podremos acabar con todos? Ellos van a querer matarnos y tenemos que defendernos. Además, si acabamos con ellos ya no habrá gente que defender de una vez por todas”. Lo dijo con voz débil, pero con confianza. Todos los presentes se quedaron mirando durante unos veinte segundos, hasta que Rylie rompió el silencio diciendo: “Ellos son más que todos nosotros; si intentamos atacar, podríamos acabar muertos”. Nicolás rápidamente contestó, casi gritando: “¿Y entonces qué quieres hacer? ¿Sentarte a esperar que vengan y nos maten? ¿Eso quieres?”. Después de eso no hubo respuesta de parte de Rylie, pero quien sí contestó fue Valentina, quien, casi llorando, dijo: “No ataquemos. Ustedes dos casi mueren, no podemos arriesgarnos a que uno de nosotros muera. Nico, no quiero perderte, por favor piénsalo”. Después de escuchar a Valentina, los presentes decidieron pensarlo mejor antes de tomar una decisión que podría acabar con sus vidas.
Pasó un día en el que no ocurrió mucho y, en una pequeña cafetería, Rylie estaba pasando el rato con una amiga suya llamada Oli. Juntas estaban como en una tarde normal, hablando sobre sus vidas. En lo que parecía ser un día como cualquier otro, Rylie decidió contarle la situación en la que estaba con los prestamistas. Oli, realmente preocupada por su mejor amiga, le prometió que si en algún momento necesitaba ayuda, ella estaría ahí para apoyarla. En ese momento, antes de que Rylie pudiera contestar, vio a lo lejos a tres prestamistas que claramente no iban por ella con buenas intenciones. Con cara pálida y voz asustada, no pudo hacer más que señalar a los hombres. Rápidamente, Oli reaccionó y se puso de pie. Sin saber lo que estaba pasando, solo veía que Rylie señalaba algo. Miró atrás y vio a esos tres hombres, suponiendo que eran prestamistas, decidió ir a pelear. Se paró frente a uno de ellos y, antes de que una palabra saliera de su boca, le conectó un puño en el cachete que lo dejó en el piso. Los otros dos intentaron hacer algo, pero Oli era mucho más fuerte que ellos y los venció sin problema. Rylie, recordando las palabras de Nicolás, decidió agarrar el cuchillo que estaba en la mesa y, con ese filoso y pequeño cuchillo, mató a los prestamistas.
Oli le gritó, preguntándole por qué lo había hecho, y Rylie solo contestó: “No me voy a quedar sentada esperando a que vuelvan”. Con esas palabras, era más que claro que Rylie ya había tomado una decisión.
Luna aún pensaba en qué podía hacer, si era mejor ir a la guerra o quedarse tal y como estaban, pero en eso Mizu entró en la habitación. Aún con un brazo lastimado, se sentó. Solo quería hablar un poco sobre lo que estaba pasando y planteó que tal vez era mejor tratar de acabar con ellos y no simplemente sentarse a rezar para que no atacaran. Luna lo pensó bien, no estaba totalmente de acuerdo, pero reflexionó y pensó que, al final, tal vez era mejor intentarlo. Ella también quería dejar de tener que salvar gente y esta era su mejor oportunidad para hacerlo. Sin nada más que mencionar, Luna dijo con voz baja: “Dile a todos que acabaremos de una vez por todas con ellos”. Mizu, que no había escuchado bien, pidió que lo repitiera, pero esta vez Luna contestó con voz más fuerte y casi gritando: “Dile a todos que vamos a matar a esos imbéciles”. Con eso, Mizu sonrió y salió a contarles a todos que ahora iban a pelear.
Max y Gabriel, que estaban juntos en el parque comiendo, escucharon un grito de auxilio. Aunque parecía un poco lejos, rápidamente corrieron y, al llegar al lugar, lo vieron todo. Un hombre estaba siendo amenazado por Ana y Joey con cuchillos. Los chicos, asustados pero valientes, saltaron desde un pequeño techo hacia donde estaban Ana y Joey. Max logró quitarle el cuchillo a Joey, pero no pudo hacer nada antes de que él corriera. Ana atacó a Gabriel en la mano con el cuchillo y luego huyó. Los dos amigos, ahora sin peligro, se acercaron al hombre. “¿Cómo te llamas?”, preguntó Max. “Me llamo Henry”, contestó aquel hombre.