Entre Huellas y Sombras

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Summary

Fernando, un detective marcado por cicatrices que no se ven, se ve envuelto en una serie de casos donde lo más peligroso no siempre es el crimen. Cada investigación lo arrastra a un juego de miradas, silencios y verdades incómodas. Irma, su asistente -inteligente, leal y tentadoramente fuera de su alcance- lo acompaña en cada paso, despertando en él un deseo que intenta sofocar bajo el peso del deber. Pero entre pistas, sospechas y noches compartidas, la tensión entre ellos se vuelve tan inevitable como lo que están a punto de descubrir.

Status
Complete
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40
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n/a
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18+

El caso que no podía esperar

El sol apenas filtraba su luz entre los edificios del centro, tiñendo de un ámbar sucio las fachadas agrietadas. En una de esas construcciones antiguas, con letreros descoloridos y escaleras que crujían bajo el peso del tiempo, se encontraba la oficina del detective Fernando Álvarez. Un letrero de latón deslucido colgaba sobre la puerta de madera: "Investigaciones Privadas Álvarez". No hacía falta que dijera más. Quien necesitaba respuestas, sabía dónde buscarlo.

Una joven mujer empujó la puerta con decisión, pero su rostro desmentía su paso firme. Estaba angustiada. Sus ojos buscaban con ansiedad mientras se adentraba en la recepción, donde una secretaria con rostro sereno y ojeras discretas tipeaba algo entre una torre de expedientes, un bolígrafo mascado y una taza de café que claramente había conocido mejores temperaturas.

-Buenas tardes, señorita. Busco al detective Álvarez -dijo la mujer, con voz temblorosa, apenas contenida.

La secretaria levantó la mirada, midiendo con un parpadeo a la visitante.

-Buenos días. ¿Tiene cita?

-¿Debo sacar una cita antes? -preguntó ella, apretando la tela de su bolso con los dedos pálidos.

-El detective suele estar muy ocupado estos días y...

-Por favor... -la interrumpió, con súplica sincera en la voz-. Es muy urgente.

La secretaria, llamada Irma, la estudió por un momento. Algo en la desesperación de esa joven la desarmó. Suspiró, resignada, y se levantó.

-Déjeme ver qué puedo hacer.

Irma caminó hacia una puerta oscura y maciza al fondo de la oficina. Dio un par de golpecitos suaves, como quien no quiere molestar al lobo dormido. Desde el otro lado se oyó una voz grave, apenas alzando el tono.

-Pasa, Irma.

La mujer asintió apenas y entró. Fernando Álvarez estaba inclinado sobre un escritorio cubierto de papeles, informes, fotografías con círculos rojos y anotaciones apresuradas. Ni siquiera levantó la vista.

-Jefe... sé que me pidió que no lo interrumpiera, pero hay una mujer muy angustiada afuera. Dice que no puede esperar.

-Irma, te lo he dicho mil veces... tengo demasiado trabajo. Dile que saque una cita y vuelva otro día.

-Es que... de verdad se ve muy mal, jefe. Está desesperada.

Fernando levantó la cabeza lentamente, clavando su mirada afilada en su asistente. Sus ojos verdes, alertas, destilaban escepticismo.

-Seguro cree que su marido la engaña. Y ésa es la gran emergencia. Como siempre.

Pero antes de que Irma pudiera decir algo más, una voz firme y temblorosa se coló desde la puerta entreabierta:

-Me temo que es algo más complejo... y urgente, detective.

Irma se giró, sorprendida.

-¡Le dije que esperara afuera!

Fernando dejó escapar un suspiro largo, como si esa pequeña interrupción fuera otra losa más en su espalda.

-Déjala, Irma. Ya está aquí -dijo, mientras buscaba un cigarro entre los papeles.

Encendió uno con parsimonia y exhaló el humo con resignación.

-Bien, señorita. Logró su cometido. Voy a atenderla. Siéntese. Dígame qué asunto no puede esperar... al punto de irrumpir así en mi oficina.

La mujer se sentó frente a él con gesto nervioso. Su falda estaba algo arrugada por el viaje, el cabello castaño ligeramente desordenado, y sus manos no dejaban de retorcerse en su regazo.

-Es sobre mi hermana... está desaparecida.

Fernando la observó un segundo.

-¿Es joven? Tal vez se fugó con el novio.

-No. No es tan simple... -contestó ella, conteniendo las lágrimas-. Perdón. Me llamo María González. Trabajo aquí en la ciudad como sirvienta. Mi familia vive en el campo.

Fernando volvió a recostarse en su silla, ya anticipando lo que venía.

-¿Ya fue a la policía? Existe algo llamado alerta Amber, debería-

-Permítame terminar, detective -lo cortó ella con una firmeza inesperada-. En el pueblo donde vive mi familia han empezado a desaparecer jóvenes. A los pocos días... aparecen muertas. Pero de formas horribles.

El silencio se instaló en la oficina como una sombra más. María bajó la mirada, y al hacerlo, las primeras lágrimas rodaron por sus mejillas.

-La policía no hace nada. Todo sigue pasando. Y temo que mi hermana Isabel... esté contra el reloj.

Fernando no se inmutó. Tomó un pañuelo del escritorio y se lo ofreció sin palabras.

-Mire... soy alguien ocupado. Y mis honorarios no son bajos. No sé si-

-El dinero no es problema -interrumpió María con fuerza.

Fernando entrecerró los ojos. Había aprendido a leer a las personas en segundos... y en ella no vio mentira. Sólo miedo. Sincero. Aplastante.

Pasaron unos segundos antes de que hablara de nuevo.

-Está bien, señorita González. Tomaré su caso. Pase con mi secretaria, le tomará sus datos y le dará mi número de cuenta. Cuando haya cubierto al menos la mitad... empezaré a trabajar en ello.

María asintió, con un alivio palpable.

-Gracias, detective. Que Dios lo bendiga.

-Sí, claro... -dijo él con un gesto vago-. Con Irma, por favor.

María salió de la oficina y regresó al escritorio. Irma ya tenía una hoja preparada, más amable ahora, menos automática.

-Tuvo suerte, señorita González. Mi jefe no suele aceptar tan rápido. Pero no se preocupe, es el mejor detective del país.

María la observó con una ceja alzada, sin ocultar cierta duda.

-A decir verdad... lo veo muy joven para eso.

Irma sonrió. Había escuchado eso más veces de las que podía contar.

-Que no te engañen tus ojos -dijo, bajando un poco la voz, como si revelara un secreto-. Él es todo un profesional.

Después de que María salió, el despacho volvió a sumirse en su silencio habitual, quebrado solo por el zumbido lejano del tráfico y el ocasional crujido de la madera envejecida. Fernando Álvarez, aún con el cigarro apagándose entre los dedos, levantó la mirada hacia la puerta entreabierta.

-Irma -llamó con voz grave-. Ven un momento.

La joven secretaria apareció con prontitud, como si ya hubiese estado esperando la señal. Llevaba un folder color beige en las manos, cuidadosamente preparado con los datos de la nueva clienta. Caminó con seguridad fingida, como solía hacerlo ante su jefe, y colocó el expediente sobre el escritorio sin decir palabra.

-Aquí están todos los datos de la señorita González, jefe -dijo al fin, con tono profesional.

Fernando tomó el folder, hojeando lentamente los papeles con su expresión impenetrable. Leyó en silencio durante un rato que pareció eterno, hasta que alzó la vista y la miró por encima de los documentos.

-¿Tienes algo que hacer esta tarde, Irma?

Ella parpadeó, ligeramente sorprendida.

-No... ¿por qué, jefe?

Sin responder directamente, Fernando abrió el cajón del escritorio, sacó un cheque y lo extendió hacia ella.

-Necesito que lo deposites. Si tengo que viajar, voy a necesitar un extra.

Irma tomó el cheque sin decir nada, aunque no pudo evitar cierta punzada de desencanto. Tal vez esperaba algo más que un encargo bancario.

-Claro, con mucho gusto... -respondió, conteniendo el suspiro-. ¿Saldrá muchos días?

Fernando encendió otro cigarro, y el humo comenzó a ascender en espirales grises, dándole al despacho un aire más denso, casi cinematográfico.

-Seré franco -dijo tras una calada-. No creo que esa pobre mujer logre cubrir todos mis honorarios. ¿Qué opinas tú?

Irma lo miró con una sonrisa tímida, casi maternal.

-No deberíamos juzgar a las personas por su apariencia.

Fernando la observó un instante, y por primera vez en todo el día, una media sonrisa cruzó su rostro.

-Buen punto.

Irma vaciló un segundo. Tenía los dedos jugueteando con el borde del folder, como si las palabras quisieran salir pero no encontraran su momento.

-¿Y no necesitará ayuda? -preguntó, fingiendo casualidad-. Ya sabe... una secretaria capaz. Intuitiva.

Fernando se tensó apenas. Apagó el cigarro con gesto seco y la miró de frente.

-Si este caso es real, puede ser muy peligroso -dijo sin adornos-. Se trata de mujeres desaparecidas, Irma. No voy a exponerte. El seguro saldría muy caro.

Ella asintió lentamente, bajando la mirada. Su entusiasmo se disolvió como el humo en el aire.

-Entiendo, jefe. Iré al banco.

Ya se dirigía a la puerta cuando la voz de Fernando volvió a detenerla. No se giró, pero habló con un tono más suave, casi humano.

-No te preocupes. No te vas a quedar sin trabajo.

Irma se volvió solo un poco, esbozando una sonrisa contenida.

-Ya vuelvo.

El aire de la ciudad era más cálido de lo habitual. Irma caminaba con paso ligero hacia el banco, pero su mente vagaba en direcciones distintas. Sostenía el cheque como si fuera algo más que papel. Su mente se fue al pasado, al primer día que cruzó aquella puerta buscando empleo.

Tres años habían pasado ya. Tres años junto a ese hombre difícil, brillante, que hablaba poco y fumaba mucho. Que parecía cargar con todo el peso de los secretos del mundo. Al principio, lo admiraba con distancia, como quien contempla a una figura de mármol. Pero con el tiempo, la admiración había mutado. A algo más íntimo. Más vulnerable.

Lo sabía. Nunca le diría nada. Nunca debía decirle nada.

Y sin embargo, esa mañana sentía un presentimiento que le apretaba el pecho. ¿Y si ese caso era su última oportunidad de estar cerca de él? ¿Y si jamás volvía a verlo? ¿Y si él jamás supiera cuánto le importaba?

Un par de horas después, Irma regresó con la eficiencia de siempre.

-Listo, jefe -dijo al entrar.

Fernando, que se había mantenido concentrado en la lectura, levantó la mirada con expresión de leve sorpresa.

-No lo vas a creer... -comentó, dejando el cigarro a medio encender sobre el cenicero-. La clienta cubrió la mitad del trabajo.

Se puso de pie de inmediato, más alerta que en toda la mañana. Tomó el folder, comenzó a repasar algunos documentos, a organizar sus cosas con ese impulso que solo le nacía cuando un caso le interesaba de verdad.

-Debo organizar todo. Mañana temprano salgo.

Irma lo observó desde su rincón, sintiendo cómo algo se le encogía dentro. Lo supo con certeza. Si no decía algo ahora... no lo diría nunca.

-Jefe... yo quería decirle algo más. Yo...

Fernando se giró. Sus miradas se cruzaron, y durante un segundo, el tiempo pareció detenerse. Irma sintió cómo se perdía en esos ojos verdes que la habían intimidado desde el primer día.

-¿Sí? Te escucho -dijo él, con voz baja.

Ella sonrió, pero su voz tembló levemente. El coraje no alcanzó.

-Sólo quería desearle suerte.

Fernando la miró un momento. Tal vez comprendía. Tal vez fingía no hacerlo. Al final, como siempre, eligió la distancia profesional.

-Mañana abres el despacho como siempre -indicó con tono neutro-. Entrega este folder al señor Jiménez. Si, su mujer lo engaña, ahí están las fotos, los nombres, la evidencia y todo lo demás.

Irma asintió en silencio.

-Te llamaré para estar en comunicación. Te veo después.

Sin más, tomó su saco y se marchó, dejando tras de sí el aroma del tabaco,y el de su perfume

fresco, el eco de sus pasos... y la puerta entreabierta.

Irma se quedó de pie, con el folder en las manos y el corazón golpeando bajo la blusa. Respiró hondo, y murmuró para sí, apenas audible:

-Espero que regreses con bien...