CASI ME VUELVO LOCA… POR UN IDOL?

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Summary

Si alguien me hubiera dicho que la cultura coreana iba a convertirse en el eje de mi vida, no le habría creído. Al principio eran solo animes, luego doramas, después canciones, el mundo del kpop, es un lujo que no cualquiera puede aprovechar. Pero, en medio de todo eso, apareció él. No planeaba enamorarme, y mucho menos de un idol. Pero la vida rara vez pregunta antes de darte un giro inesperado.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

CAPÍTULO 1. - DESDE EL INICIO

Hay recuerdos que se borran y otros que se vuelven cicatrices. El mío empezó con una travesura frente a la televisión y terminó llevándome, años después, directo a Corea. Conservo cada uno de los recuerdos de mi infancia, como si fuera una clase de película que se reproduce diariamente. Aunque, sospecho que algunos recuerdos podrían estar un poco adornados, pero la mayoría siguen siendo muy vívidos.

Desde niña me encantaba ver anime, podía pasar horas frente a la televisión. Mis favoritos eran Sakura Card Captor, Inuyasha, Digimon, Dragon Ball y otros. Me fascinaban esas historias mágicas. Llegué incluso a inventar mis propias historias con cada uno de esos personajes.

Todas las tardes, de lunes a viernes a las cuatro en punto, una tía pasaba por mi para llevarme a clases de ballet. Yo las odiaba. Sentía que me robaban el tiempo más valioso: la hora de mis dibujos animados. Una tarde decidí rebelarme. Fingí estar profundamente dormida, cuando mi abuela vino a despertarme:

—Elena, Elena… despierta —me repetía suavemente.

Yo cerré los ojos con toda la fuerza que pude, conteniendo la respiración, rezando porque creyera en mi actuación. Lo logré: ese día me quedé en casa viendo televisión, feliz como nunca. Ese pequeño triunfo marcó una de mis memorias más queridas. Y quizá también fue la primera señal de que yo veía el mundo distinto, que no estaba dispuesta a aceptar las cosas solo “porque tocaban”. El anime siguió acompañándome durante toda mi infancia hasta gran parte de mi adolescencia, si no fue toda.

Cuando terminé el colegio, me obligaron a inscribirme en una carrera, profesión que hasta el día de hoy no la disfruto. Pero siempre he sido fiel creyente de que todo pasa por algo. Como no amaba lo que hacía, empecé a buscar algo que sí lo hiciera. No recuerdo con exactitud cómo llegaron los doramas a mi vida, pero fue alrededor del 2012. Tal vez fue un enlace perdido en YouTube, un foro de anime o incluso la recomendación de alguna amiga. Lo cierto es que, de un día para otro, ya estaba completamente atrapada en esas historias coreanas. La calidad del video era pésima, los subtítulos parecían traducidos por un robot, pero nada de eso importaba. Cada escena me mantenía pegada a la pantalla, como si alguien hubiera escrito los guiones pensando en mis propios anhelos y miedos.

Esas novelas coreanas llenas de amores imposibles, tragedias y momentos que me dejaban pegada a la pantalla por horas, escapando de mi realidad y de la elección de carrera que había hecho. El primer dorama que vi fue Eres mi estrella. Me cautivó tanto que lo repetí cinco veces. A partir de ahí me convertí en una espectadora compulsiva, devorando una serie tras otra, como si en cada escena pudiera encontrar un pedacito de lo que buscaba en mi propia vida, un gran error que lo entendería más adelante.

Mis compañeros de carrera siempre pasaban hablaban de fiestas, novelas latinas o series de Hollywood, yo invertía la mayor parte de mi tiempo en analizar estratégicamente como descargar más novelas coreanas y no acabar con la memoria de mi computador.

Sabía que ellos nunca iban a entender lo que esos programas despertaban en mí. Ya me habían criticado bastante por confesar en una reunión que me encantaba el anime; ¿qué habrían dicho si descubrían que ahora lloraba por historias coreanas? En esa época no era nada popular y fácilmente podían verme como un bicho raro… algo que, de hecho, ya pasaba. Y aun así, lo aceptaba. Podía ser peor.

Quizá por eso me refugiaba en los doramas. Ahí encontraba las historias más locas, romances imposibles, amistades que desafiaban el destino y personajes que parecían sentir con la misma intensidad que yo. Lo que para otros era entretenimiento pasajero, para mí se convirtió en una forma de vida. Aprendí a soñar con amores que parecían sacados de un guion, a llorar con tragedias que se sentían demasiado reales, y a imaginar que en algún rincón del mundo existía un lugar donde esas historias podían hacerse verdad. Ese lugar, sin saberlo todavía, era Corea.

Aunque estaba muy atrapada por los dramas coreanos, en ese entonces me rehusaba a escuchar kpop. A penas tenía noción sobre algunos grupos de esta industria, el mas conocido era PSY y su famosa canción Gangnam Style. No lo voy a negar, había algo en esa canción, tanto que cada reproducción en la radio, no podía evitar cantarla… y luego moría de rabia conmigo misma por hacerlo. Lo mío siempre fue el rock alternativo y electro dance. Bandas como 30 Seconds to Mars, Kodaline, Avicii, entre otros.

Nunca imaginé que algún día mi gusto musical daría un giro tan radical, y menos que ese cambio vendría por una sola persona.

En ese momento no podía explicar porque rechazaba tanto la idea de que en algún momento me gustara el kpop. Muchas veces mencioné la palabra nunca. Mi madre siempre me dijo: nunca en la vida, debes decir nunca. Lo entendía como una clase de sarcasmo o un juego de palabras mal utilizadas. Hoy en día, con una trayectoria vida medio recorrida, entiendo que mi mayor miedo, siempre fue: no ser aceptada en un grupo social y moralista mal construido.

De por sí, me llamaban niña otaku solo por ver animes; ni si quiera me imagino la palabra o frase que hubiesen utilizado por el hecho de escuchar kpop. Y como ya mencioné, siempre mantuve como uno de mis secretos mejor guardados mi enorme gusto por la cultura coreana.

Yo podía criticar muchas cosas del K-pop, pero había algo que siempre me dejaba en silencio: la capacidad de los idols. Eran artistas completos, disciplinados al extremo. Me impresionaba pensar que alguien pudiera dedicar tantos años de su vida a entrenar sin descanso, solo para que, en cuestión de minutos, conquistara un escenario. Y aunque no lo admitiera en voz alta, algo en mí ya empezaba a sentirse atraída hacia ese mundo.