Lágrimas de cocodrilo (Toll)

Summary

Día 4: Diferencia de edad/Dacrifilia. Tom estaba sumamente enojado con sus padres por este castigo tan injusto que le estaban dando, él no necesitaba un niñero a su edad, y mucho menos su primo el pobretón.

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Complete
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1
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n/a
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18+

Capítulo único

Mi canal donde subo memes y actualizaciones de mis fics, pasa el QR para estar al pendiente:

Nota: Pues llegamos al día 4, con diferencia de edad y el fetiche que tenía Tom de Tom boy cam, excitarse por ver a alguien llorar. En este caso son primos, y bueno, recuerden que esto es ficción, lo digo para que no se vayan a ofender por el comportamiento de Tom clasista. No olviden dejar un comentario si les gustó.

Tom miró enojado a sus padres, cruzándose de brazos y con el ceño fruncido.

—No me pueden hacer esto… ¡No pueden hacerlo! ¡Me prometieron que iríamos juntos de vacaciones a Las Maldivas! —se quejó Tom viendo a Simone y Jörg, que él ya tenía la ropa de baño lista para broncearse bien y no tener que estar yendo a que le hicieran el bronceado artificial, sino más bien uno natural, donde no podría usar tanga para quedar uniforme o sus padres le tirarían una toalla encima para taparlo, pero igualmente era súper el que empezara el próximo año la universidad con un tono tostado en su piel, sin contar los masajes que recibía, o tratamientos faciales… ¿Cómo era posible que fueran tan injusto con él? Ya había terminado el Gymnasium, con notas… Bueno, aprobatorias, aunque no fueran las mejores.

—Sí, claro, íbamos a hacerlo juntos, pero por tu mal comportamiento estarás castigado, en lo que nosotros nos tomamos una segunda luna de miel en vez de vacaciones familiares —explicó Jörg con simpleza.

Tom apretó la mandíbula con rabia, pero intentando controlar su respiración… Entonces lo dejarían solo por un mes, momento que él aprovecharía para hacer fiestas descontroladas aprovechando el estar solo, así que no sonaba tan mala idea, aparte, sus padres eran unos estúpidos, porque si se iban tendrían que dejarle igualmente la tarjeta de crédito para que se comprara su comida y demás en todo ese mes, cuando precisamente el castigo era porque… Bueno, sobregiró la tarjeta de crédito de sus padres, es que ellos no comprendían lo muy necesario que era comprar algunas cosas como unas zapatillas Air Jordan de colección que apenas costaban 13 mil euros, es decir, sus padres tenían mucho dinero, así que aquello no era un problema, pero no, le dijeron que se había excedido y por eso lo castigarían.

—Bueno, entonces déjenme la tarjeta porque necesito comer en este mes, ¿o esperan que me muera de hambre también? —inquirió Tom en tono retador.

—Lo ideal sería que tú aprovecharas estas vacaciones para conseguir un trabajo y tener tu propio dinero, pero no —acotó Jörg, y Tom frunció el ceño.

—¿Para qué voy a trabajar como si fuera un pobretón? Si después de que termine la carrera trabajaré para ti, papá —soltó Tom, que lo hallaba absurdo el pensar en tener que trabajar como mesero o algo así de gente sin dinero.

—Hijo, no te daremos la tarjeta de crédito —habló Simone viendo al de rastas.

Tom abrió la boca indignado.

—¡¿Entonces en serio esperan que me ponga a trabajar como mesero de McDonalds?! ¡Qué asco, mis rastas se van a llenar de olor a grasa! —se quejó Tom, tocando protectoramente sus rastas y ariscando la nariz como si ya pudiera oler el aroma a podredumbre y carbohidratos del McDonalds.

Sus padres soltaron un suspiro casi al unísono.

—No, hijo, sino que va a venir tu primo a cuidarte este mes —explicó Simone.

—¡¿Qué?! ¿Cuidarme como si fuera un niño? ¡Tengo dieciocho años, soy un adulto, no necesito un niñero! ¡Y mucho menos mi primo nadaqueveriento y pobretón! —increpó Tom, enojado porque Bill, su primo de veinticuatro años que iba en su cuarto año en la universidad estatal, teniendo trabajos a medio tiempo para costearse sus cosas, iba a “cuidarlo”, como si ellos no se llevaran sólo seis años.

—No hables así de tu primo, Tom. No te hemos criado así —masculló Jörg con expresión endurecida—. Bill no tuvo las mismas oportunidades porque desde que mi cuñado falleció, él tuvo que hacerse cargo de sus propias cosas, debido a que tu tía sólo podía sostener los gastos básicos de su casa, por lo mismo es que Bill sí trabajó desde que era menor de edad incluso, a diferencia tuya, para aportar a su casa, y por lo mismo es que también no empezó a estudiar en la universidad a los diecinueve años, sino a los veinte, porque estuvo preparándose en lo que trabajaba para ingresar a una estatal —terminó por decir el mayor, que entendía que su sobrino la había luchado bastante, y por lo mismo le habían ofrecido la oportunidad de que estas vacaciones trabajara para ellos como “niñero” de Tom, que era más que nada para que vigilara que Tom no hiciera estupideces, y también que Bill administrara el dinero, porque su sobrino mayor era un muchacho muy centrado que ni siquiera se atrevería a robarles nada.

—Pero soy mayor de edad, no necesito un niñero —insistió Tom, que no es que odiara a Bill, es decir… Sí lo había visto desde pequeño, y cuando los iba a visitar pero no le gustaba la idea de que lo vieran como si fuera un niñito.

—Un mayor de edad irresponsable y despilfarrador, por lo mismo es que necesitarás que un mayor de edad responsable se haga cargo en nuestra ausencia —barbotó Simone con severidad.

—¡Ustedes me odian, me detestan! ¡No sé para qué quisieron tener un hijo si iban a maltratarlo de esta manera! —gritó Tom.

—Baja la voz, Tom Kaulitz, porque sólo estás haciendo un berrinche después de decir que eres mayor de edad pero sigues comportándote como un mocoso malcriado y berrinchudo. No es ningún maltrato el que te quedes en casa un mes con tu primo a modo de castigo por tu gracia de gastar en zapatillas, guitarras y ropa, como si tú trabajaras para haber gastado más de 30 mil euros —soltó Jörg en voz alta con seriedad—. Así que agradece que no te mandamos a trabajar para que pagues esa deuda y sólo te dejaremos sin viaje de vacaciones —terminó por decir.

Tom apretó la mandíbula, sintiéndose totalmente frustrado, y más porque su padre le había alzado la voz, regañándolo, en lo que apretaba sus puños ahora contra su cuerpo.

—¿Me puedo ir a mi cuarto a fingir que no existo o tienen algo más que decirme? —interrogó Tom ahora en voz baja porque no quería que su padre le gritase de nuevo, a Tom no le gustaba que le llamasen la atención, él solía llorar para manipularlos y evitar que los regañase, pero aquí no iba a funcionar, estaban muy enojados y él ya no era un niño.

—Te amamos, hijo, Cuídate, Bill vendrá en la tarde, ya tiene la llave, sólo… No te metas en problemas, Tom —pidió Simone con voz cansada.

Tom puso los ojos en blanco y se fue refunfuñando a su habitación, para luego azotar la puerta.

—Realmente le hace falta una dosis de humildad a nuestro hijo, lo hemos malcriado demasiado —le habló Jörg a su mujer.

—Lo sé, amor. Sólo espero que estemos pagándole lo suficiente a Bill para que lo aguante por un mes —masculló Simone.

—Puedo darle más al volver, pero ya vámonos, amor. Démonos un descanso de nuestro hijo, que nos hace mucha falta —pidió Jörg y la mujer asintió, en lo que tomaban sus maletas y se iban de la casa.

Bill miró la casa de sus tíos, en lo que metía la llave para abrir la puerta, y después buscaba el cajón donde le dijeron que puso la tarjeta de crédito, para que realice todas las compras necesarias para aquel mes, guardando la tarjeta en su bolsillo interno de la casaca, en lo que notaba que su primo no estaba cerca, lo cual no le extrañaba, seguro después del regaño estaría enojado en su habitación.

—¿Tom? —preguntó Bill en voz alta, observando cómo el de rastas bajaba de las escaleras con el ceño fruncido.

—Dame la tarjeta —exigió Tom, extendiendo su mano en dirección a su primo, era más alto, con cabello corto negro y barba, pero el rubio de rastas no se sentía amedrentado por él.

Bill se rió. —Buenas tardes, pequeño Tomi.

—Pequeño tu pene, sólo eres mi mayor por seis años. Dame la tarjeta, Bill —repitió Tom con el gesto insistente de la mano.

—¿Me lo has visto para que opines? —interrogó el mayor con una sonrisa.

Tom puso los ojos en blanco. —Dame la maldita tarjeta, Bill. ¿O tan rápido te llegó la senectud porque te quedaste sordo? —se burló el rubio.

—Oh, claro, primero son sólo seis años de diferencia, pero ahora soy un anciano. Entiendo, sí —chanceó Bill.

Tom gruñó. —Ya deja de hacerte el payaso y dame la tarjeta.

—Oh, perdón, ¿puedes repetirlo? Es que este pobre anciano no escucha bien —masculló Bill señalando su oído sin dejar de sonreír.

Tom chasqueó la lengua, soltando un sonido de exasperación, y acercándose al oído del mayor.

—Dame la maldita tarjeta, anciano —habló Tom contra la oreja del mayor, y Bill se giró, tomándolo por la quijada, acercándose peligrosamente hacia los labios del de rastas.

—No —susurró Bill contra la boca de Tom, para relamerse los labios y reír, soltándolo, dejando al rubio nervioso por el acercamiento de su primo, en lo que el de cabello azabache iba a la cocina—. ¿Qué vas a querer cenar? —inquirió a lo lejos.

Tom parpadeó confundido, con las mejillas sonrojadas y el corazón latiéndole fuertemente, negó con la cabeza y se fue en dirección a la cocina.

—Yo puedo pedir comida por aplicativo si me das la tarjeta para pagarla —mencionó Tom ya en la cocina.

Bill volteó a mirarlo.

—No te daré la tarjeta, Tom. Por más veces que me lo pidas, no te la daré —comentó Bill, en lo que abría la refrigeradora—. Así que… Veamos —farfulló en lo que revisaba las cosas que podrían emplear para cocinar—. Vaya, realmente tendremos que ir a comprar al mercado. Pero por mientras podemos comer arroz con huevo frito —mencionó el mayor.

—¿Qué? ¿Arroz con huevo frito? Por favor, no me vengas con tus comidas de pobre —se quejó Tom.

Bill se rió. —Pues mira, si te hace sentir menos pobre, piensa que estás comiendo semillas secas del oriente al vapor junto con caviar de ave —bromeó el azabache.

Tom soltó un sonido de exasperación nuevamente. —¡No voy a comer esa comida de pobres! —soltó el de rastas totalmente determinado.

Sin embargo, luego de hacer una “huelga de hambre”, que sólo le duró hasta que el olor del arroz recién hecho y huevo le hizo gruñir el estómago ya que por estar enojado con sus padres no desayunó ni almorzó, prefiriendo dormir del coraje, es que se acercó nuevamente a la cocina, como quien no quiere la cosa, en lo que Bill estaba comiendo.

—En el microondas está tu plato —mencionó Bill sin verle, para luego meterse otra cucharada a la boca.

Tom hizo un mohín pero sacó el plato del microondas, junto con un cubierto del cajón y se sentó frente a su primo.

—Sólo estoy comiendo esto porque no he comido en todo el día. No porque me guste —arguyó Tom, mirando con desagrado el plato de arroz con huevo frito, mientras Bill lo ignoraba, comiendo, y el de rastas luego de tanto jugar con la comida, terminó poniendo una cucharada en su boca y…

Se dio cuenta que en realidad sabía bien, que el huevo tenía la yema algo derretida, y el arroz con esa yema sabía rico, comiendo muy a gusto, hasta terminar antes que su primo.

—Lo bueno es que no te gusta la comida de pobres, porque sino hasta el plato te habrías comido —farfulló Bill y Tom se sonrojó.

—¡Sólo me lo terminé porque tenía hambre no porque me gustó! —se intentó defender Tom, para no admitir que sí le gustó.

—Claro, es igual como cuando tenía quince años y tú nueve, donde fui tu niñero, y te hice macarrones con queso de caja, y tú diciendo que muy rica la pasta de la trattoria, hasta que te dije que no, mostrándote la caja y te pusiste a decir que no te gustó, que te dio asco, y hasta haciendo amago de vomitar. Siempre te han gustado las cosas de pobres, sólo que eres muy insufrible para admitirlo, Tom —masculló Bill.

Tom frunció el ceño. —Tú siempre me has molestado con esas cosas… Nunca te perdonaré que me dijiste que estaba comiendo una sopa oriental, y me diste una maruchan cuando tenía diez años.

Bill rió con ganas. —Técnicamente la marca viene de Tokio, y los fideos son ramen, así que… No era del todo una mentira.

—Técnicamente eres un estúpido y un pésimo niñero —respondió Tom.

—Te cocinaba, cuidaba, leía cuentos, así que no creo que fuera tan malo —acotó Bill, alzándose de hombros.

—Me dabas comidas de pobres, me leías creepy pastas diciéndome que eran reales, y luego abrazabas porque no paraba de llorar de miedo, así que eras un estúpido y pésimo niñero —rebatió Tom frunciendo el ceño.

—Sí, recuerdo que te quedabas dormido cuando dejabas de llorar y ya se me adormecía el brazo por tu cabezota y me terminaba quedando dormido a tu lado —farfulló Bill.

—Eres un insoportable, pensé que sólo tendría que lidiar contigo hasta las vacaciones de mis dieciséis años, pero no, sólo estuve libre de ti por dos años —barbotó Tom con la misma expresión enojada, aunque sí recordaba que las veces que durmió con Bill, incluso cuando estaba demasiado grande para cuentos, bajo la excusa de los truenos o pesadillas, a pesar de que lo hizo hasta los dieciséis con Bill de veintidós.

—También te extrañé, Tom —chanceó Bill, riéndose en lo que Tom soltaba un bufido enojado—. Ahora, te toca lavar los platos.

—¡Ni en tus sueños! —masculló Tom para irse a su habitación.—¡Pero gracias por la comida! —dijo antes de cerrar su cuarto.

Bill negó con la cabeza, en lo que juntaba los platos para lavarlos, al menos había dicho gracias.

Tom estaba viendo vídeos en su celular, esperando que fuera medianoche, ya que Bill con horario de anciano por sus vacaciones de la universidad, se dormía a las diez u once de la noche, así que cuando su primo estuviera profundamente dormido es que buscaría dónde diablos había puesto la tarjeta de crédito de sus padres.

Él mismo estaba con una camiseta y pantalones cortos de pijama, porque sin dinero no podía ni salir con sus amigos, así que sólo le tocaba estar ahí, minutos para la medianoche viendo vídeos en pijama. Le daba tanta rabia este castigo injusto.

Cuando Tom se fijó en las doce en punto, es que se levantó, dejando su celular, porque tendría que ser cauteloso, y buscar a tientas o el brillo de la linterna despertaría a Bill, sin contar las notificaciones o que no tenía bolsillo en pijama.

Se fijó que, tal cual lo imaginó, la puerta de Bill estaba sin seguro, así que entró descalzo, no es que Tom le gustara la sensación del suelo bajo sus pies o estar ensuciándose, al menos se puso medias para no estar directamente con las plantas sobre el suelo, pero era la única forma de asegurarse de no hacer ruido, y pues Tom notó que sí, su primo estaba dormido de costado, Bill no estaba usando camiseta, sólo estaba en bóxers, haciendo que Tom tragara saliva algo nervioso al notar que el mayor tenía tantos tatuajes, y ni sabía de dónde si era un pobretón, aunque suponía que era como los presos que de donde sea se llenaban de tatuajes incluso sin dinero.

Pero negó con su cabeza para no estar fijándose en su primo con tatuajes y sólo calzoncillos, porque Tom había ido con un propósito allí, que no era el de fijarse en el bulto que se le notaba en los calzoncillos al mayor.

Así que el de rastas empezó a buscar con sigilo en el cajón de la mesa de noche de Bill, notando que estaban llaves, su billetera… Que no tenía ninguna tarjeta de crédito, sólo la de tren, su identificación, su carnet universitario, y… Lo que era una tarjeta de débito, esas que tenía la gente pobre donde ellos mismos ponían dinero dentro y evidentemente no tenían los millones sin límites de la tarjeta de crédito de sus padres.

Tom se mordió el labio inferior, así que evidentemente no estaba allí.

Por lo que abrió la maleta de Bill, notando que… Ya estaba vacía, o sea que Bill ya había desempacado todo, ¿es en serio? ¿Quién desempaca todo el mismo día que llega?

Por lo que luego se puso a buscar en la cómoda, y no, no encontró la tarjeta. ¿Dónde la habría puesto?

Su visión panorámica se puso en alerta al notar movimiento, y era que Bill se acomodó contra la almohada, moviéndola levemente y haciendo ver a Tom el brillo plateado que se asomaba bajo la almohada… Así que ahí había puesto el indeseable pobretón de su primo la tarjeta, bajo su almohada.

Tom se acercó hacia Bill, pensando que necesitaría que Bill se moviera un poco más para meter la mano bajo la almohada y sacarla, pero Bill seguía ahí. Tom se mordió el labio inferior, buscando acercar su mano hacia el brillo plateado, tan cerca… Sólo debía acortar la distancia, sacarlo suavemente y huir, pero al momento de que su mano llegó a tocar la tarjeta, es que todo pasó muy rápido, porque Bill lo jaló a la cama, poniéndolo bajo suyo, tomándole la muñeca que tenía la tarjeta, presionándole aquella zona contra el colchón, con Tom totalmente nervioso porque no se había dado cuenta en qué momento había despertado su primo mayor que estaba sobre él, casi desnudo.

—No te rindes, ¿verdad? —inquirió Bill, en lo que apretaba más su muñeca.—Suéltala —ordenó el mayor, queriendo hacer que con aquella fuerza Tom soltara la tarjeta.

—¡No lo haré! —replicó Tom, con Bill empujándose más sobre él, casi poniéndole el rostro encima y apretando más su muñeca, pero al momento de hacer ello, Bill también estaba presionando su pelvis contra la de su primo menor, y aquello estaba poniendo nervioso a Tom, que no quería decirlo en voz alta, mientras empezaban el forcejeo entre ambos por la tarjeta de crédito.

—Qué lo sueltes, carajo, Tom. No quiero hacerte daño —repitió la orden Bill, pero hablando en tono severo, presionándolo más, con el ceño fruncido, porque no iba a ceder, sabía lo caprichoso que era su primo, y tenía órdenes de sus tíos de asegurarse que no volviera a cagarla.

Entre el forcejeo, es que Tom, con ahora ambas manos contra el colchón, se le salió un gemido cuando Bill siguió presionándolo de esa forma, con el pene abultado contra el suyo, y se sonrojó, agradeciendo que las luces estuvieran apagadas para que no se notara que tenía el rostro como un tomate, aunque Bill sí lo escuchó gemir, percatándose cómo es que se veía la situación y lo que había provocado en su primo menor, por lo que lo soltó de inmediato, agarrando la tarjeta y viendo que Tom se iba a corriendo.

Bill se sintió pésimo al respecto, porque… Sí, no había sido de forma intencional, pero se había estado frotando contra Tom en aquel forcejeo, con una erección en sus bóxers ahora mismo, y… Tom de igual modo.

Tom no era ningún menor de edad, pero de igual modo, él era el mayor, por seis años, y… Bill se sintió culpable. Tenía que hablar con Tom, por más que fuera su primo clasista y castroso, era su primito menor, y no quería que Tom se sintiera mal por esto o lo viera como un degenerado que se había frotado con él aprovechándose de que lo superaba en altura o fuerza, no. En sí la intención de Bill había sido inmovilizarlo para quitarle la tarjeta, nada más… Sólo que Tom… Su primo, bueno, siempre le había llamado la atención, por eso suponía que su cuerpo mismo había reaccionado ante la cercanía, que no era la misma que cuando dormían juntos, no, porque solían abrazarse sí, pero no estar frente a frente uno sobre otro, no, más bien de costado o de cucharita, oliendo su cabello o él apoyándose contra su pecho.

Pero Tom había gemido, y ya no era un niño, su cuerpo no era el de un niño para nada, era… Bello sí, con sus rastas sueltas y labios acolchados con ese piercing, sí, Bill sabía lo hermoso que era su primo menor. Pero él era el mayor, que debía pensar con la cabeza correcta y disculparse por haber lucido como un pervertido.

Así que Bill fue en dirección al cuarto de su primo, fijándose que la puerta estaba entreabierta, y al ver en la ranura es que Bill se paralizó al notar cómo Tom se había quitado los pantalones cortos de su pijama y estaba acariciándose el miembro con una mano, mientras que con la otra se estaba metiendo los dedos en el trasero, mordiéndose el labio inferior con una expresión de lascivia en lo que seguía empujando sus caderas para penetrarse a sí mismo con sus dígitos, por lo que su erección que había bajado un poco por la culpa se volvió a parar por completo ante aquella escena. ¿O sería sólo que lo hacía por una reacción de su cuerpo?

—Bill… Bill… Uhm… Síi… Tócame ahí…—gimoteó en voz baja Tom, aún con los ojos cerrados, sin dejar de tocarse.

Así que con ello Bill desterraba el pensamiento de que Tom sólo se estuviera masturbando por una erección accidental, no… Tom era plenamente consciente de que gustaba de él, y por eso te estaba masturbando pensando en él.

A Bill se le secó la boca y entró a la habitación del menor, acercándose a la cama, en lo que Tom lo veía deteniendo sus movimientos de inmediato, tragando saliva.

—¿Por qué paraste? —cuestionó Bill con una sonrisa, en lo que subía a la cama de Tom situándose detrás del de rastas, quien seguía sentado, pero el más alto, lo atrajo hacia su pecho, metiéndole la mano por debajo de la camiseta de pijama para apretar el pezón erecto del rubio, empujando su erección en sus bóxers contra el trasero de Tom, porque su primo seguía sin nada debajo y con la otra mano acunando la dureza del menor, que se arqueó ante ese toque, mientras Bill le lamía el cuello.

—Bill… ¿Qué carajos haces? —preguntó Tom con la voz quebrada, en lo que intentaba remover la mano de su primo, sin mucha fuerza de voluntad, estremeciéndose al sentir cómo la dureza de Bill, aún dentro de su bóxer, frotándose en medio de sus nalgas porque el de cabello corto estaba meciendo sus caderas.

—Haciéndote sentir mi pene pequeño —bromeó Bill, para morderle el lóbulo de la oreja, tocando su erección de arriba abajo en un bamboleo que sólo hizo que Tom gimiera más fuerte.

—No… Suéltame, soy tu primo y no estás a mi nivel —musitó Tom, cerrando los ojos, en lo que presionaba más sus nalgas contra la virilidad de Bill, que definitivamente no era pequeña como le había molestado, siendo la contradicción encarnada, porque le pedía que lo suelte, aunque su cuerpo mostrara señales totalmente distintas.

—¿Ah sí? ¿Entonces por qué te pajeabas pensando en mí, eh? Si soy tu primo el que no está a tu nivel… Estabas diciendo mi nombre —susurró Bill con voz aterciopelada con los labios casi rozándole el cuello, su aliento haciendo que se erizase su piel, en lo que Tom soltó un jadeo.

A Tom le daba rabia el que Bill tuviera ese control sobre él, porque lo sabía, que siempre le había gustado el mayor, el más estúpido, idiota, pobretón, nadaqueveriento, muerto de hambre de su primo, que todavía cuando venía a cuidarlo después de su trabajo de McDonalds apestando a papas fritas todas asquerosas, grasosas y él sudado, igualmente Tom se excitaba por ese olor a podredumbre siendo un menor de edad. Su momento más humilde no era que fuera un incestuoso por gustarle su primo, era porque su primo era pobre.

—Era otro Bill… Uno que sí tiene dinero, no tú —mintió Tom, para luego gemir, cuando Bill aumentó el ritmo de las caricias sobre su miembro.

—¿Ah sí? ¿Entonces por qué gemiste cuando estabas debajo mío? Se te paró cuando estaba inmovilizándote, tuve una erección, pero tú también —musitó Bill, mordiéndole el cuello, en lo que Tom volvía a gemir, aún sin poder pensar coherentemente con Bill tocándole el miembro, en lo que le apretaba el pezón y seguía presionándose contra sus nalgas.

Tom comenzó a llorar… Con su cuerpo vibrando por el llanto, y las lágrimas recorriéndole el rostro, sintiéndose en parte derrotado por todo lo que estaba lidiando y cómo era inútil negar lo innegable.

Bill se fijó en cómo Tom lloraba… Luciendo frágil y totalmente distinto a cómo era siempre, tan burlón, cínico y castroso siendo… Hermoso en lo que soltaba aquellos sollozos, que en vez de preocuparle, lo excitó más, por lo que soltó su pezón, girando el rostro de Tom hacia él, y Bill, lamió las lágrimas de las mejillas del rubio, probando lo salado, su tristeza… O bueno, parte de su fragilidad, cómo es que se le ponía más dura conforme seguía quitándole las lágrimas con la lengua.

—Eres un asqueroso de mierda… Ni siquiera te detienes porque estoy llorando y me lames como un jodido perro —se quejó Tom, que en realidad no sentía asco porque lo lamiera Bill, porque hasta se excitaba más, sólo que tenía que verse así, como que no le gustara nada, sólo para no herir más su orgullo.

Bill se rió.

—Porque me prende verte soltar esas lágrimas de cocodrilo, Tom —masculló Bill, ahora mordiéndole el cuello, en lo que Tom se arqueaba cuando la barba de Bill le raspaba, excitándolo más.

Bill dejó de morderlo para escucharlo escupir y sentir cómo es que el mayor dirigía esos dedos con saliva hacia su trasero, presionando por encima de su hendidura, hasta comenzar a hurgar en su interior.

—¿Esto hacías, cierto? Te estabas tocando aquí… Me decías que te toque aquí… ¿Verdad? —inquirió Bill, en lo que giraba sus dígitos dentro de Tom, quien se mordía el labio inferior, por la forma diestra en que su primo lo tocaba, porque una cosa era que él se metiera los dedos pensando en él, y otra que Bill mismo fuera quien se lo hiciera, ni siquiera usando una crema como él, sólo con su saliva, siendo tan… Asqueroso y sexy. Cómo lo odiaba pero prendía ese marginal.

—No… No quiero —dijo Tom, en lo que él mismo se empujaba contra los dedos de Bill, escuchándolo reír apoyando su quijada rasposa sobre su hombro.

—Pues negarlo las veces que quieras, pero tu cuerpo me dice que sí, Tom —arguyó Bill, abriendo como tijeras sus dedos, para luego curvarlos, en lo que su primo gemía fuertemente porque le tocó la próstata, y Bill los sacó, bajando su calzoncillo, volviendo a escupir sobre su mano para embadurnar su miembro, levantando a Tom por detrás de sus muslos, cargándolo para casi sentarlo sobre su regazo, su erección en la entrada del rubio, presionando levemente su glande en aquella resistencia, con Tom arqueándose al percibirlo, era Bill… Iba a hacérselo, estaba entrando en él, iba a llevarse su primera vez.

—¡Ngnh! —gimoteó Tom, al sentir la cabeza dentro, pero con las piernas temblando en lo que Bill lo tenía cargado, sin meterse por completo sólo la punta, la jodida punta, como si quisiera enloquecerlo con ello.

—Dime… Dime que pare y lo haré, te lo sacaré y me iré a mi habitación a pajearme para sacarme las ganas. Si en verdad no quieres me detendré, Tom —vociferó Bill contra el cuello de Tom con las rastas suaves moviéndose en lo que su pecho se alzaba y bajaba por el deseo y excitación.

Tom se mordía el labio inferior con rabia, volviendo a llorar, incluso sabiendo esto le prendía al enfermo de su primo, porque él quería que se la metiera, aunque fuera un pobretón, pero no quería rogar por ello, ni decirle directamente que lo deseaba y fantaseaba con él, que lo había amado desde siempre, y que por eso soñaba con que él se lo follara, teniendo novios pero nunca perdiendo la virginidad más que frotándose por encima de la ropa porque ninguno era Bill.

—No quiero… —empezó a hablar acezado, sintiendo que Bill iba a salirse—. ¡No quiero que te salgas, marginal! —completó su frase, empujándose sobre la polla de su primo, quien gruñó y empujó su pelvis por completo, en lo que terminaba de hacer bajar a Tom sobre su regazo.

—¿Ves qué no era tan difícil pedirlo, clasista insufrible? —preguntó Bill, riéndose sobre el oído de su primo, para luego comenzar a jadear, aún cargando a su primo sobre su verga, embistiéndolo, sin dejar de apretar sus muslos internos, le iba a dejar marca de sus manos definitivamente.

Tom empezó a masturbarse, gimiendo sonoramente en lo que Bill seguía arremetiendo en su interior. Ardía… Sí que lo hacía, pero era un dolor agradable, que sólo dejaba a Tom anhelante por más, haciendo que pusiera los ojos en blanco por la manera en que Bill lo llenaba… Su orgullo estaba hecho mierda, porque estaba enamorado de su primo pobretón que estudiaba para ser profesor, encima una profesión de mierda mal pagada, porque el imbécil quería ser maestro de Literatura, como para decir que empezó desde abajo y ahí se quedó, pero no podía evitarlo, Tom lo amaba, aunque lo odiara, y detestara que fuera así, pensando mientras Bill se la metía tan dentro que sentía que iba a sentirlo por una semana, el que Tom empezaría a estudiar Gestión empresarial, y en cinco años terminaría la carrera, él podría mantenerlos a los dos al trabajar para su padre, sí… El estúpido pobretón con su salario mínimo de profesor sólo tendría que pensar en problemas económicos o cómo ayudar a su madre, su tía Charlotte, no, porque él los mantendría a ambos, sí, sólo que lo esperara cinco años más ese imbécil pobretón con aroma a perfume de catálogo porque no le alcanzaba para uno de calidad.

Bill siguió embistiéndolo, adorando su primo, en lo que se fundían en un sólo ser, sí, quería besarlo, pero por la posición actual no podía hacerlo, disfrutando la orquesta de gemidos, el sonidos de sus pieles chocando y cómo es que el menor apretaba tanto su miembro con sus esfínteres que sentía que se le iba perder dentro… Era tan delicioso sentirlo, tan estrecho, aquella calidez… Lo estaba haciendo latir dentro de su canal, con sus testículos apretándose porque iba a correrse dentro de Tom, aún haciéndolo dar botes sobre su verga, iba a venirse pronto, lo sabía, era tan intenso al hacerlo sin condón, pero también porque era él… Siempre lo protegió, cuidó, a su forma, pero también molestó, porque Tom era fastidioso, clasista, egoísta, un imbécil pero… Lo amaba, precisamente le encantaba su primo, y no pensó tener la oportunidad de poder llegar a tener algo con él, culpándose a veces por ser el mayor, aunque nunca hizo nada antes, Bill lo mantuvo oculto dentro de sí mismo, tratando de enfocarse en sus estudios, y parejas ocasionales que buscaban suplir a Tom, aunque ninguno era como él.

Tom se corrió contra su mano, haciendo que su miembro explotara en largos chorros de semen, y apretando a Bill con fuerza, haciendo que se empujara un más de veces hasta venirse dentro de Tom, haciendo que boqueara al sentirse así de lleno, arqueándose, en lo que Bill sacaba su pene ya dormido, y acomodaba a Tom en la cama, para acariciarle las mejillas con afecto, y besarlo, con Tom correspondiendo al ósculo, disfrutando la barba contra su rostro rasurado, gimiendo contra los labios de Bill, enredando sus dedos en los cabellos cortos del mayor.

—¿Quieres que te cuente un creepy pasta hasta que llores para que durmamos abrazados? —bromeó Bill al dejar de besarlo, habiendo disfrutado de sentir los labios llenos de Tom, de aquel piercing con que fantaseó varias veces, y la forma en cómo lo recorrió la cavidad entera con su lengua perforada, Tom rió.

—Ya no necesitamos más excusas —farfulló Tom, viéndole fijamente con ojos brillantes, y Bill sujetó la cintura del rubio, pegándolo hacia él.

—Uhmn… Hueles bien —halagó Bill, hundiendo su rostro en las rastas de Tom.

—Es porque yo sí uso perfume Dior y no como tú —mencionó Tom, en lo que Bill terminaba llegando hasta el cuello del menor, dejándole un beso sobre donde latía la vena carótida.

—No… No es tu perfume, eres tú —acotó Bill, ignorando el comentario discriminatorio—. Es tu almizcle —agregó, lamiendo el cuello del rubio, en lo que jadeaba Tom, sintiendo que se estaba poniendo duro de nuevo—. Tenemos un mes, Tom, antes de que empieces la universidad y yo regrese a clases. ¿Esto es temporal? ¿Quieres que todo se acabe cuando regresen tus padres o…? —dejó la pregunta al aire, separándose del cuello del menor para verlo, incluso en la oscuridad podía ver sus ojos.

Tom tragó saliva. —¿O qué? —instó el de rastas.

—O quieres ver a dónde nos lleva todo esto. Porque me has gustado desde siempre, mocoso berrinchudo, clasista e insufrible. Mi primo favorito —confesó Bill, y lo decía de corazón, porque sí, Bill amaba a Tom.

—No soy un mocoso berrinchudo, tengo dieciocho años, y tú eres un marginal, pobretón y… Siempre me has gustado también, Bill. Fuiste mi primera vez —masculló Tom, diciendo lo último en voz baja con un deje de inseguridad.

Bill se enterneció ante ello, sujetándole el rostro nuevamente para besarlo con cariño.

—Lo lamento, de haberlo sabido habría sido más cuidadoso y te lo habría hecho cara a cara. Pero tengo mucho tiempo para ser más delicado, y comprar lubricante para hacerlo de forma adecuada —masculló Bill—. Aún tengo un año de universidad por delante, y tú cinco años, sin embargo, igualmente quiero darme un tiempo para ti, ¿entiendes? Así sea un poco complicado con los horarios. Soy tu primo, pero también quiero ser tu novio —ofreció el mayor.

—Sí, quiero que lo seas, Bill —correspondió Tom, viendo a su primo, sintiendo que si lo tenía a él, no importaba nada más.

Bill apoyó su nariz contra la de Tom, ambos sonriendo en lo que hacían un beso esquimal al juntar sus narices y se separaron.

—¿Ahora sí me das la tarjeta de crédito? —preguntó Tom.

—No, seguiré sin dártela —respondió Bill, en lo que Tom estaba apoyado contra su pecho.

—Eres un imbécil —soltó Tom, de igual modo disfrutando estar siendo abrazado por su primo.

—Te amo, Tom —susurró Bill.

—Y yo también te amo, imbécil —dijo Tom, para luego bostezar, comenzando a quedarse dormido.

Bill cerró los ojos, aún abrazado a su primo, recordando cómo es que dormían juntos desde pequeños, y que ahora sería un tanto complicado el tener que lidiar con sus tíos, o explicarle a su mamá que se había enamorado de su primo, pero… Por ese clasista castroso con lágrimas de cocodrilo, valía la pena.