Prólogo

El cielo ardía. No en llamas visibles, sino en esa forma silenciosa y sofocante en la que el calor se pega a la piel, obligando al cuerpo a respirar más despacio. La ciudad parecía contener el aliento, como si cada esquina, cada edificio, esperara el momento exacto para colapsar.
Entre las sombras de un rascacielos sin luces, un hombre observaba el horizonte. Luca Moreau, alfa dominante, no era el tipo de persona que buscaba la soledad... pero tampoco la rechazaba. En su mundo, el poder no se heredaba: se tomaba. Y él lo había tomado todo. A sus espaldas, el eco lejano de motores y pasos apresurados le recordaba que, aun en la cima, siempre había ojos vigilando. Siempre había alguien esperando que el rey bajara la guardia.
Takashi Yamamoto, su beta, aguardaba unos metros detrás. Silencioso. Preciso. Siempre listo para recibir órdenes. No había afecto en su mirada, ni gestos que delataran un vínculo más allá del deber. Entre ellos existía una línea invisible que ninguno parecía dispuesto a cruzar. Sin embargo, esa distancia era engañosa: en el interior de Luca, algo más que respeto se movía como un veneno lento, una obsesión cuidadosamente disimulada.
El viento nocturno arrastró el olor metálico de la ciudad. Luca encendió un cigarrillo, sus labios formando una sonrisa apenas perceptible.—Es hora —dijo, sin mirar atrás.
Takashi dio un paso adelante, inclinó levemente la cabeza y esperó la siguiente instrucción. No hubo necesidad de palabras adicionales. Ambos sabían que la noche estaba a punto de mancharse de sangre, y que el mundo, tal como lo conocían, podía empezar a arder desde ese instante.
Y Luca... Luca estaba listo para verlo quemar.