Entre dos Mundos (Convergencia)

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Summary

*Hay secretos que no deberían recordarse. Hay almas que nunca dejaron de buscarse* Rania Deveraux siempre sintió que no encajaba, como si no perteneciera del todo. Lo que nunca llegó a imaginar fue que su alma estaba ligada a otro mundo, donde el amor y el poder arden consumiéndolo todo a cada paso. Donde una elección puede destruirlo todo. Cuando Kael, su guardián de sombras aparece, El mundo como Rania lo conoce se desvanece. Él la mira como si la reconociera entre milenios. Como si ya la hubiera amado... o perdido. Pero no está solo. Varien, su rival, la acecha desde las sombras con una promesa que la sacude hasta los huesos: "Tu alma ya fue mía... y volverá a serlo". Y en medio de ambos, un pasado olvidado comienza a despertar, revelando un linaje tan antiguo como peligroso. ¿Elegirá la luz o se dejará consumir por la oscuridad que le promete redención? En esta historia, nada es lo que parece. Los sentimientos se mezclan con la magia. El destino con la sangre. Y el amor... con la condena. Oscura. Sensual. Adictiva. Esta historia te arrancará de la realidad. Si te atréves, cruza el velo de esta historia donde los mundos colisionan. Pero recuérda... cada elección, tiene un precio. OBRA EN PROCESO. CAPITULOS DIARIOS.

Genre
Fantasy
Author
Alexandra
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Linea de Ruptura

Llueve otra vez.

En Portland, eso no sorprende a nadie. La ciudad se oculta bajo un cielo de ceniza que parece perpetuo, como si el sol hubiese olvidado cómo llegar hasta aquí. Las gotas caen suaves, persistentes, como un susurro constante que envuelve todo. Las farolas reflejan su luz sobre el asfalto mojado y la humedad lo embriaga todo, la piel, el aliento, los pensamientos.

Me gusta la lluvia. No por lo que es, sino por lo que disimula. Nadie puede notar si estás llorando, si tu mirada se perdió más de lo habitual, o si tu alma se siente —una vez más— desconectada del cuerpo que habita.

Mientras camino por Hawthorne Boulevard, los árboles desnudos se alzan como esqueletos suaves a ambos lados. El aire huele a tierra, café tostado y a la nostalgia de algo que no sé si alguna vez viví.

El semáforo parpadea en rojo. Me detengo.

Observo mi reflejo en el escaparate de una librería vieja. La gente pasa a mi lado. Ríen, miran sus teléfonos, charlan con esa despreocupación automática que siempre envidié. Yo finjo igual que ellos. Pero sé que no estoy presente del todo.

Hay algo que me falta.

No sé exactamente qué es. Un recuerdo, una emoción, una parte de mí que aún no despierta. A veces siento que estoy dormida con los ojos abiertos. Que lo que otros llaman realidad es solo una jaula bien decorada.

—¿Otra vez en tus viajes internos?

La voz me saca de golpe de mi espiral.

Giro la cabeza y allí está Ariadna, resguardada bajo un paraguas transparente con flores negras. Su cabello pelirrojo brilla húmedo bajo la luz de un farol, y sus ojos verdes

—chispeantes como siempre— me miran con esa mezcla entre ternura y picardía que tanto la caracteriza.

—Solo observaba el caos —respondo sonriendo, mientras cruzamos juntas.

—¿El caos o a vos misma?

No respondo. Porque sé que ella ya sabe la respuesta. Ariadna tiene esa cualidad extraña de leer entre líneas, de descifrarme incluso cuando yo aún no me entiendo.

Caminamos hacia el pequeño bar donde Saimon ya nos espera. La lluvia arrecia un poco más, como si quisiera lavarnos las capas de rutina que llevamos encima.

Me detengo un segundo a mirar el cielo.

Algo se agita dentro de mí. No es miedo. No es alegría. Es una vibración silenciosa, como el crujido de una puerta que ha estado cerrada durante siglos… y acabara por comenzar a abrirse.

El bar está casi escondido, como si no quisiera ser encontrado por cualquiera. Una puerta de madera y cristal, con un pequeño cartel de luces parpadeantes, se abre hacia una penumbra cálida.

Una mezcla de aromas, se hace presente al instante, leña, especias y cerveza negra flotan en el aire.

Entramos. El sonido de una canción suena ambientando el lugar desde una rockola gastada. Lo veo enseguida.

Saimon está apoyado contra la barra, con una copa en la mano. Lleva una camisa negra arremangada y ese aire imperturbable que siempre me pareció reconfortante. Sus ojos verdes se clavan en los míos apenas cruzamos la puerta, y por un instante, siento algo parecido a calma.

—Tarde, como siempre —dice con esa media sonrisa que solo él puede hacerme soportar sin rodar los ojos.

—La culpa es de Rania —responde Ariadna sin perder el paso, sacudiendo su paraguas como si fuera una varita.

—Se quedó contemplando su existencia frente a una vidriera.

Me siento en la banqueta junto a Saimon y dejo escapar una risa suave. Él me observa un segundo más de lo necesario. Siempre lo hace. No con juicio, sino con una especie de cuidado invisible que no se puede nombrar.

—¿Todo bien? —pregunta en voz baja, casi solo para mí.

No. No está todo bien.

Pero asiento.

Me cuesta explicarlo. No es tristeza. No es angustia. Es… un temblor. Como si algo debajo de la piel se estuviera agrietando.

—Últimamente tengo sueños —murmuro, sin mirarlo.

—¿De nuevo?

—No son como antes. Son más… reales.

Y cada vez que despierto, siento que algo me falta. Como si me hubieran arrancado un pedazo de alma mientras dormía.

Ariadna se acerca con tres shots.

—Bueno, bueno… basta de introspección. Propongo un brindis por salir del agujero existencial.

—¿Brindamos con tequila o con exorcismo? —pregunto con ironía.

—¿Y si hacemos ambos? —dice ella con una sonrisa luminosa.

Chocamos los vasos. El alcohol arde como si bajara directo a la grieta que llevo dentro.

Y es entonces que sucede.

Por una fracción de segundo… todo se detiene.

El sonido. La luz. Incluso el latido de mi corazón.

Siento que alguien me observa. Desde un rincón vacío.

El aire se vuelve más espeso. La temperatura cae apenas.

Un susurro me atraviesa el oído:

—Te encontré.

Me doy vuelta de golpe, pero no hay nada. Solo um Saimon confundido observándome con preguntas en los ojos.

Parpadeo.

Todo parece haber vuelto a la normalidad.

—¿Estás bien? —pregunta Saimon, con el ceño apenas fruncido.

—Sí… solo sentí un escalofrío —miento.

Ariadna hace un gesto exagerado con sus manos.

—¡Seguro fue el alma de algún ex intentando pedir perdón desde el más allá!

—Dios… ¿por qué te invité? —le digo entre risas.

—Porque sin mí tus noches serían un desfile de existencialismo y silencio, querida.

Rio. De verdad.

Esa risa que me cuesta tanto encontrar últimamente.

Ariadna saca del bolso una servilleta arrugada y la despliega sobre la mesa con solemnidad.

—Damas y caballero, presento el plan maestro del año.

—¿De nuevo estás intentando organizar nuestros futuros sentimentales como si fuéramos piezas de ajedrez? —dice Saimon, apoyando la cabeza en su mano.

—No. Bueno, sí. Pero esta vez es distinto

—responde ella, como si estuviera revelando un secreto de Estado—. Esta es la lista oficial de cosas que tenemos que hacer antes de morir.

—¿Otra vez? La última vez terminamos metidos en un buen lío.

—¡Exacto! Y fue maravilloso.

No puedo evitar reírme. La lista tiene cosas como “robar un cartel de tránsito”, “decirle a tu jefe lo que pensás y salir ilesa”, y “enamorarse sin perder la cabeza” (tachado y reescrito como “ok, perderla un poco sí”) entre otras cosas.

—¿Dónde encaja todo esto en mi agenda laboral y emocionalmente inestable? —pregunto mientras tomo otro sorbo.

—No encaja. Por eso funciona.

Saimon asiente con una leve sonrisa.

—Yo solo espero que esta lista no termine con nosotros en una celda o invocando demonios en el bosque, por vivir como si no hubiera un mañana, un día de estos con tus ideas seguro no tendremos uno.

—¿Y si fuera las dos? —dice Ariadna, alzando su vaso.

Brindamos de nuevo.

La noche sigue entre risas, recuerdos, frases sin sentido y confesiones pequeñas. Afuera, la lluvia sigue cayendo como si nada, como si el mundo no estuviera por cambiar, como si algo en mi interior no se estuviera revolviendo desesperadamente.

●●●


Afuera, la ciudad sigue envuelta en esa neblina constante que parece no irse nunca. Pero al menos dejó de llover.



Caminamos los tres bajo la tenue luz de las farolas, que se reflejan en los charcos como pequeños portales a otro mundo.

Ariadna va un poco más adelante, tarareando una canción que no reconozco, jugando a pisar solo las líneas blancas de la vereda.

—¿Siempre fue así de… intensa? —pregunto sin pensarlo, observándola.

—¿Ariadna? —Saimon sonríe, metiendo las manos en los bolsillos—. Siempre. Aunque nunca igual dos días seguidos.

Caminamos unos pasos más. Mi hombro roza el suyo de forma natural. No nos miramos. Pero siento que está ahí. Que siempre está.

—¿Y yo? —susurro— ¿Siempre fui así de… perdida?

—No estás perdida, Rania. Solo estás buscando más lejos que los demás.

Me detengo un segundo. Sus palabras me atraviesan.

—¿Y si no encuentro nada?. Dejo escapar un suspiro cansado.

Él se gira apenas hacia mí, su voz baja, firme:

—Entonces te ayudaré a buscar aun más lejos.

Sonrío. De verdad. Por segunda vez en la noche.

Ariadna grita desde la esquina:

—¡Si no apuran el paso, les dejo sin postre, y todos sabemos lo fundamental que es para la existencia, eh!

Nos echamos a reír y corremos para alcanzarla.

Por un momento, no hay grietas.

Solo amigos.

Solo una noche más, antes de que la realidad comience a desdibujarse.

●●●

*A LA MAÑANA SIGUIENTE*

El sol hizo su milagroso acto de presencia. Sus rayos entraban de forma itermitente por la persiana entre abierta.

Me despierto con el aroma del café invadiendo el aire. El mismo que deje programado la noche anterior, con la vaga esperanza de que me motive a empezar. En situaciones así la tecnología es tan adictiva, nos facilita demasiadas cosas.

Mi departamento huele a velas aromáticas, madera y papel. Ese olor característico que tienen los libros nuevos.

Me siento frente a la computadora y abro un manuscrito. Cien páginas de una novela que no es mía. Ser Diseñadora editorial freelance, me da ciertas ventajas sobre el uso de mi tiempo. Aunque siempre pensé que corregir palabras ajenas a veces se siente como ordenar la mente de alguien más.

Pero no la mía.

En el fondo, una libreta abierta muestra varios garabatos que dibuje ayer de forma insconsciente mientras estaba en una llamada de trabajo.

No entiendo qué significan. Arranco el papel y lo tiro al cesto que tengo al lado.

A las doce, salgo a caminar. El parque está cubierto de hojas . Un cuervo se posa en una rama, y por un segundo siento que me observa.

Camino más rápido. Su presencia me inquieta.

Un par de cuadras más y me detengo frente a la fachada de The Thistle & Ink, una cafetería-librería escondida entre edificios de ladrillo y enredaderas. La descubrí hace un año por accidente. Desde entonces, es uno de mis refugios favoritos

Entro. El calor me envuelve de inmediato, junto con el olor a café tostado y papel viejo.

Hay música de fondo

Algunos estudiantes con portátiles, un par de jubilados jugando ajedrez en el rincón, una mujer con un sombrero desproporcionado subrayando frenéticamente un libro de psicología.

Me siento cerca del ventanal, en mi mesa habitual. Desde ahí, puedo ver todo el exterior.

Dejo mi abrigo sobre la silla, me ato el cabello en un moño improvisado, y abro el libro que traje: Símbolos antiguos una vieja edicion que encontré en una feria.

Pido un sandwich tibio y una infusión con menta.

Mientras espero, hojeo las páginas amarillentas sin mucha intención... hasta que algo me detiene.

Una ilustración.

Un símbolo.

Tenía mucha similitud con los garabatos que estuve dibujando.

Dos líneas largas, finamente afiladas como lanzas enfrentadas, emergían desde el centro hacia arriba y hacia abajo. Entre ellas, tres puntas más cortas

—curvadas apenas como llamas detenidas— completaban la figura.

Todo estaba encerrado, o quizás sostenido, por una media corona trenzada que descendía en espiral hasta fundirse en un nudo perfecto.

Un nudo sin principio claro ni final.

Era dorado, pero no brillaba con la luz: daba la sensación de que la absorbía.

Contenía una breve descripción:

"Aquellos que lo portan no buscan la llave, la contienen".

Mi piel se eriza.

Cierro el libro de golpe, como si alguien pudiera verlo.

—¿Todo bien? —me pregunta la camarera, al dejar la taza.

Asiento, algo nerviosa.

Miro hacia afuera.

El cuervo del parque está en un poste frente a la librería.

Observándome.

O esperándome.

Bajo la mirada, tomo la taza y me obligo a respirar.

Todo está bien.

Solo es un libro. Solo un símbolo. Solo una coincidencia.

¿No?, tiene que serlo. Es eso o ya enloquecí por completo.

El reloj marcaba las cuatro y veinte cuando cerré el libro con una exhalación lenta. Había leído el mismo párrafo incontables veces sin entenderlo. No había mas información como tenían los demás simbolos. Eso llamó mi atención.

Necesitaba olvidarme del asunto.

Tomé el teléfono, dudé un instante y luego le escribí a Saimon: "¿Estas libre? Necesito que me busques estoy en Thistle & Ink".

Su respuesta llego como siempre, sin necesidad de preguntas.

"En diez, donde siempre"

Salí de la cafetería con la bufanda mal envuelta y el pelo todavía oliendo a café. Afuera, el viento arrastraba hojas como si jugara con el otoño. Lo vi estacionar con ese auto que ya sentía como una extensión de él. Negro, sobrio, levemente polvoriento. Saimon.

Abrí la puerta y me metí dentro, el calor del interior me dio la bienvenida. Mis manos estaban ardiendo por el contraste de temperatura del exterior al interior.

Saimon encendio el vehículo con el atisbo de una sonrisa poco marcada.

—¿Mal día? —preguntó sin forzar nada.

—No… sólo raro —respondí.

Él no preguntó más. Encendió la música, una cancion de Ashes remain llenaba el ambiente, y comenzó a manejar sin rumbo fijo. Eso era lo que más valoraba de él. Su forma de estar sin invadir.

Nos detuvimos en un parque desierto, donde los árboles parecían custodiar la calma, y caminamos sin decir casi una palabra.

Con Saimon todo simplemente fluía, nuestra amistad de años nos permitía leernos y entendernos sin esfuerzo.

Tomé su brazo y lo enganche al mio.

—¿Te quedás conmigo el resto del día pregunté, con la voz más baja de lo que imaginé. —

Él asintio.

—No tengo nada mejor que hacer realmente.

Volvimos al auto. Compramos algo de comida, vimos media película, compartimos el sofá. El símbolo seguía rondando mi mente, pero por un rato, me permití desconectar. Dejé que el murmullo de la ciudad se apagara detrás de la cortina, que sus dedos acariciaran distraídamente mi cabello, y que el calor de su presencia me recordara que, al menos por hoy, no tenía que cargar con todos los enigmas del universo.

Me quedé dormida escuchando su respiración constante y relajada.