Capítulo 1 "El collar que no recuerda"
—¡Ashley! —gritó una voz lejana, arrancándola de aquel recuerdo borroso que siempre regresaba en sus sueños, como una sombra persistente.
Ashley parpadeó varias veces, sacudiendo la cabeza con fuerza, como si pudiera despejar las imágenes del pasado que se aferraban a ella. Aún resonaban en su mente las risas suaves de niños… siempre esas voces infantiles sin nombre, siempre aquella sensación de pérdida.
Pero esta vez había sido diferente.
Esta vez, por primera vez, había escuchado un nombre “Nolie”.
Un nombre desconocido, pero que le dejó una extraña calidez en el pecho.
—¿Eh? ¿Qué? Lo siento —balbuceó, despertando de su trance. Frente a ella, Lina, su compañera de trabajo, la miraba con una ceja arqueada y los brazos cruzados, como si ya estuviera acostumbrada a sus ausencias mentales.
—Te estoy hablando del pedido urgente para la señora Morgan, y tú estás en otro planeta otra vez —suspiró—. ¿Soñaste con ese collar de nuevo?
Ashley bajó la mirada, como si el simple gesto pudiera protegerla de sí misma. Sus dedos rozaron el pequeño colgante de plata que colgaba de su cuello, una piedra azul brillante, de un tono tan puro que parecía guardar secretos. Lo había tenido desde siempre, desde antes de que pudiera recordar… desde antes de aquel accidente.
—Es extraño —murmuró, acariciando el collar con ternura— No recuerdo quién me lo dio, mamá tampoco. A veces pienso que lo tengo desde antes del accidente, pero no tiene sentido ¿Cómo podría ser?
—¿Quizás sea solo un sueño repetido, no? —intentó aligerar Lina, aunque la preocupación asomaba en su voz— Puede que tu mente lo haya inventado.
Ashley negó suavemente, perdida en sus pensamientos.
—Lo raro —añadió, como si apenas se atreviera a decirlo—es que esta vez fue distinto. Siempre he soñado con este collar, siempre escuché risas… pero nunca nombres. Esta es la primera vez que escucho uno, lo dijeron claramente “Nolie”.
—Vi a un chico, tenía una sonrisa tranquila… pero sus ojos estaban tristes. Sentí que me conocía, sentí que… me estaba protegiendo.
—Suenas como si recordaras una vida pasada —bromeó Lina, aunque su voz ya no sonaba tan segura. Algo en la atmósfera se había vuelto pesado, casi como si la conversación fuera más real de lo que ambas querían admitir.
—A veces lo creo —susurró Ashley, como si confesara un secreto que no estaba lista para compartir.
En el fondo, sabía que aquel collar no era solo un detalle sin importancia. Era un hilo invisible que la ataba a algo… o a alguien y cada noche, al cerrar los ojos, los mismos fragmentos regresaban, risas infantiles, promesas lejanas, la sensación de que le faltaba algo… o alguien.
Desde la esquina más discreta del restaurante, Inseok Han, de cabello castaño con toques dorados, rostro fino y elegante, alto y de piel clara, con ojos grises e intensos que parecían atravesar hasta la última máscara, un socio silencioso del local y viejo amigo del dueño, levantó la vista al escuchar lo que le congeló la sangre “Nolie”, ese apodo.
Solo ellos trece lo sabían. Habían crecido juntos como hermanos, inseparables. Haneol era uno de ellos y Ji-hyung, cuando eran niños, solía pronunciar ese apodo con la mayor dulzura. Los trece compartieron una infancia que nadie más conocía, eran familia.
Hasta que ocurrió el accidente.
Cuando Ji-hyung regresó después de aquel día, ya no era la misma. Se volvió fría, distante, ajena a todos ellos. Nunca volvió a pronunciar esos apodos, nunca volvió a mirarlos como antes. Se alejó por completo, como si los hubiera olvidado. Como si ellos nunca hubieran existido.
Por eso, escuchar a aquella chica —que se parecía físicamente a Ji-hyung— decir ese nombre… no podía ser una coincidencia.
Inseok entrecerró los ojos, analizándola con la precisión de quien no puede permitirse errores. La forma en que se perdía en sus pensamientos, la manera en que fruncía el ceño al sentirse confundida… todo en ella le hacía recordar a la Ji-hyung de la infancia.
Y entonces lo vio…
El pequeño collar de plata, la piedra azul que colgaba suavemente de su cuello. El mismo collar que había desaparecido después del accidente. El mismo collar que todos ellos llevaban de niños como símbolo de su hermandad. Cada uno tenía uno, idéntico, un recuerdo del lazo que los unía con Ji-hyung.
Cuando regresó tras el accidente, el collar ya no estaba y nadie se atrevió a preguntar.
Ahora, al verlo de nuevo, colgando del cuello de una chica que no debería tenerlo, Inseok lo supo. Ashley no era solo una chica que se parecía a Ji-hyung… Ashley era Ji-hyung, la verdadera.
—Voy a investigarla —decidió Inseok mientras fingía revisar sus papeles, sin poder dejarlo pasar.
Lo que Ashley ignoraba era que sus sueños no eran simples juegos de la mente. Eran piezas rotas de una verdad que alguien había intentado borrar.
—¡Ashley! —llamó otra voz, cálida y familiar, rompiendo la tensión del ambiente.
Ashley giró y allí estaba Park Rowoon, un chico alto de cabello negro con reflejos castaños algo ondulado, ojos cafés, piel clara, labios gruesos y rosados, con un aura inocente y brillante, con su mochila cruzada al hombro y esa sonrisa capaz de hacerle creer, aunque fuera por un instante, que todo estaba bien.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, cruzándose de brazos—Deberías estar en clases, no husmeando en mi trabajo.
—Y tú deberías dejar de trabajar tanto —replicó él, con un tono protector que le nacía de forma natural— Déjame ayudarte, ¿sí? No quiero que te desgastes sola.
—Sabes que no puedo —suspiró Ashley, bajando la mirada—No quiero abusar de nadie, ni que gasten su tiempo o dinero en mí.
Rowoon sonrió, pero en su pecho dolía. Amaba a Ashley y eso era innegable. La amaba por su fuerza, por esa forma de sostener el mundo sobre sus hombros sin pedir ayuda. La amaba por cómo se desvivía por cuidar a su madre, enferma de cáncer, mientras soportaba la indiferencia de un padre hundido en el alcohol.
Por eso Ashley trabajaba sin descanso. Por eso sonreía, incluso cuando le dolía. Por eso no podía permitirse bajar la guardia.
Y aun así, seguía sin saber que no estaba sola. Que alguien más la observaba, que el pasado había comenzado a respirar de nuevo, acechándola entre los espacios cotidianos de su vida rota.
Esa tarde, mientras los pedidos iban y venían, el destino comenzó a moverse.
Catorce años después de aquel accidente que separó a dos niñas idénticas, la verdad comenzaba a sacudirse el polvo. Y ya no habría vuelta atrás.